lunes, 3 de noviembre de 2025

BONDAD, IGNORANCIA Y DEBILIDAD


    “Así como vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios, pero ahora habéis obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se os ha otorgado a vosotros, para que también ellos alcancen ahora misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos. ¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!” (Rm. 11,30-33).


    El Señor tiene misericordia de nosotros, ante todo, por la infinita Bondad de su Corazón. La misericordia no nace de nuestra dignidad, sino de su Amor. Dios no se cansa de amar, porque su Bondad es eterna, y esa Bondad se inclina sobre nuestra miseria. Todo en Él es ternura y perdón. Aun cuando el hombre se encierra en la desobediencia, Dios responde con la misericordia; cuando el pecado multiplica el extravío, su Bondad multiplica la búsqueda. Esa Bondad infinita es la fuente y el primer motivo de su compasión: el Amor que perdona porque no puede dejar de amar.


    El segundo motivo de la misericordia es nuestra ignorancia. Jesús mismo la invocó en la cruz cuando dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23,34). Ignorar el bien, no conocer el rostro del Amor, es lo que nos lleva a alejarnos de Dios. Si supiéramos qué grande es la Bondad de Dios, no podríamos apartarnos de Él ni por un instante. Pero el corazón humano vive muchas veces en tinieblas, sin reconocer la Luz que lo envuelve. Y Dios, viendo nuestra ceguera, no responde con ira, sino con ternura; no destruye, sino que espera, porque su misericordia es paciente y su Amor, incansable.


    El tercer motivo es nuestra debilidad. “Se acuerda de que somos polvo” (Sal. 103,14). Dios sabe que somos barro frágil, y se compadece de nuestra condición quebradiza. Nos mira con ternura cuando caemos, nos levanta cuando nos hundimos, y nos rehace con su gracia. Su misericordia no solo perdona, sino que reconstruye. En esa compasión divina hacia nuestra debilidad se revela el poder del Amor que transforma la ruina en templo del Espíritu Santo, la herida en fuente luminosa, la miseria en lugar de encuentro con Él.


    En el texto de san Pablo, que leemos en la misa de hoy, resuena este triple misterio: “Nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.” En la raíz de esa desobediencia están nuestra ignorancia y nuestra fragilidad, pero en la raíz de la misericordia está su Bondad infinita. Por eso, cuanto más experimentamos nuestra debilidad y nuestro extravío, más se manifiesta la fuerza del Amor que nos busca. La desobediencia humana se convierte así en ocasión para que brille con más intensidad la misericordia divina, y todo termina en alabanza: “¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!”


    Señor Jesús, que tu Bondad nos sostenga, que tu Luz disipe nuestra ignorancia y que tu fuerza venza nuestra debilidad. Ten piedad de nosotros y haz que vivamos siempre bajo la misericordia de tu Amor. Amén.



domingo, 2 de noviembre de 2025

UMBRAL DE LA CASA DE DIOS


    “No se turbe vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque voy a prepararos un lugar. Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros” (Jn. 14,1-3).


    Hoy, día en que conmemoramos a Todos los fieles difuntos, he celebrado la Misa aquí, en el campo, por mis seres queridos: por mis padres, por mis abuelos. Este lugar está lleno de su recuerdo. Mi abuelo vivió en él mucho tiempo, y aquí pasó días muy felices al igual que mis padres; mi abuela murió en esta misma casa. He querido ofrecer la Eucaristía por ellos, con gratitud y esperanza, confiando en la misericordia de Dios y en la fuerza de la comunión de los santos que no se rompe con la muerte.


    Celebrar la Santa Misa por quienes amamos y han partido es unir la tierra con el cielo. Es confesar, con el lenguaje de un amor que no muere, que seguimos unidos en Cristo. Al ofrecer el Pan y el Vino se abre un resquicio de eternidad: el altar se convierte en el umbral de la casa del Padre. Y mientras oramos por ellos, ellos oran por nosotros. En el sacrificio de Cristo, los vivos y los difuntos tomamos conciencia de que en Él formamos un solo Cuerpo. Allí donde se celebra la misa, la distancia se acorta, y el corazón se llena de paz.


    El Evangelio de hoy nos invita a no turbarnos. Jesús ha ido delante de nosotros para prepararnos un lugar. En esa casa del Padre, tan real como el cielo que nos cubre, hay sitio para todos los que Él ha redimido. Nuestros seres queridos no se han perdido; nuestras oraciones no han sido en vano: viven ya en Él, y nos esperan. También nosotros caminamos hacia esa misma meta, sostenidos por la fe y el consuelo de su Palabra. 


    Señor Jesús, Tú que has vencido la muerte: acoge en tu casa a quienes amamos y han partido. Haznos vivir con la certeza de que la muerte no es el final, sino el paso que nos lleva a ti. Que tu promesa sea nuestra esperanza, hasta que nos reúnas contigo para siempre. Amén.

sábado, 1 de noviembre de 2025

RESPIRANDO EL CIELO


    “Uno de los ancianos me dijo: ‘Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?’. Yo le respondí: ‘Señor mío, tú lo sabrás’. Él me respondió: ‘Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero’” (Ap. 7,13-14).


    Los santos no son superhéroes, ni figuras legendarias, ni almas ajenas a nuestro mundo. Son hombres y mujeres (¡y niños!) como nosotros, que atravesaron la gran tribulación de la vida con fe y perseverancia. La blancura de sus vestidos no fue adquirida a costa de esfuerzos titánicos, sino que fue don del Amor de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, cuya Sangre los lavó. Y cada herida recibida, cada lágrima vertida, cada gota de sudor derramada, cada prueba sufrida por Él, acrecentaron su luminosidad, pues los unió más estrechamente al misterio de la cruz y a la misericordia infinita del Redentor.


    La gran tribulación no está referida solo al final de los tiempos; también está presente en la fidelidad cotidiana, en las noches oscuras del alma, en la incomprensión o el dolor silencioso. Quien permanece fiel en medio de esas oscuridades participa ya del resplandor de los santos. La sangre del Cordero sigue blanqueando nuestras vestiduras cuando nos acogemos a su perdón y dejamos que su gracia renueve nuestro corazón.


    Hoy, casi recién llegado a casa después de una larga ausencia, he venido a la provincia de Huelva con mi familia para celebrar este luminoso día de Todos los Santos. Respirando el aire limpio del campo, contemplando la lenta caída de la tarde, pienso que también nosotros caminamos hacia esa misma blancura, entre cansancios y pequeñas tribulaciones. No, los santos no están lejos: nos acompañan, nos preceden, nos esperan. Ellos han llegado antes al hogar de familia que es el cielo y, desde allí, nos animan a no rendirnos, a confiar siempre en la gracia que nos impulsa hacia delante y puede blanquear hasta nuestra vestidura más manchada.


    Señor Jesús, Cordero inmolado, que tus santos nos recuerden que el cielo no está lejos, sino dentro del corazón que se deja purificar por tu Amor. Danos perseverancia en el camino, esperanza en la prueba y alegría en la fidelidad de cada día. Así sea.

viernes, 31 de octubre de 2025

¡EN CASA!



    “Digo la verdad en Cristo, no miento; mi conciencia me atestigua en el Espíritu Santo que tengo una gran tristeza y un dolor continuo en mi corazón, pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne; los israelitas, de quienes es la adopción, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas y de los cuales procede Cristo según la carne, Él que está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén” (Rm. 9,1-5).


    Ayer regresé a mi casa después de una larga estancia fuera. Es una sensación extraña y agradable reencontrarse con el propio hogar. Todo me resulta familiar y dulce: los muebles, los libros, los cuadros y objetos que llenan el salón y que siempre han acompañado mi vida. En las paredes cuelgan los retratos de mis abuelos y de mis padres, pintados por mi abuelo materno —entre ellos su autorretrato, realizado cuando tenía quince años—, y también paisajes, algunos de los cuales evocan lugares de mi infancia. Imágenes del Corazón de Jesús y de la Santísima Virgen me observan también desde distintos ángulos. Todas son presencias silenciosas que me miran desde el tiempo y me hablan sin palabras. En este espacio tan familiar vuelve a latir mi historia y, por tanto, palpita de una forma particular mi fe. Por eso la soledad no la veo como algo amenazador, porque está poblada de afectos. El silencio es un silencio lleno, habitado, como si las cosas alentaran conmigo y recordaran conmigo.


    La Palabra de Dios que se proclama hoy en la misa expresa algo semejante. Pablo, escribiendo a los Romanos, vuelve también él a su hogar interior: a su pueblo, a sus raíces, a la fe que recibió y que lo sostuvo desde siempre. Habla con una emoción profunda, con esa mezcla de gratitud y de dolor que sentimos cuando miramos hacia atrás y descubrimos cuánto debemos a quienes nos precedieron. Su fe, como la nuestra, tiene carne, memoria, nombres, rostros concretos... En esa memoria está Cristo, cumplimiento de todas las promesas y de todas las profecías, la Presencia por excelencia que da sentido a la historia humana.


    También nosotros, al volver a casa, redescubrimos que nuestra vida no empieza en nosotros mismos. Venimos de una herencia; tenemos una historia. Venimos de la fe que nos transmitieron aquellos que nos amaron, cuyas palabras resuenan aún en nuestros oídos y cuyos sacrificios siguen siendo vida para nosotros. Venimos de su esperanza. Por eso, cada objeto y cada rincón puede volverse una parábola del amor y de la fidelidad de Dios a lo largo del tiempo.


    Y en medio del silencio sentimos que el Señor está presente en esa continuidad invisible que une el pasado con el presente y, de alguna manera, también la tierra con los que ya están en el cielo. Un cielo que es como el hogar al que yo he vuelto hoy.


    Señor Jesús, al volver a casa sentimos tu paz. Gracias por los que nos precedieron y nos transmitieron la fe. Que sepamos custodiar lo recibido, vivirlo con gratitud y hacerlo fecundo en el amor, para que Tú sigas habitando en nosotros y en nuestros hogares. Amén.

jueves, 30 de octubre de 2025

ALGUIEN NOS ACOMPAÑA


    “¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: ‘Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza’. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm. 8,35-39).


    Estas palabras de san Pablo, que hoy hemos escuchado como segunda lectura de la Misa, me acompañan mientras emprendo el regreso a casa. Han sido quince días intensos y llenos de gracia: acompañando una peregrinación, predicando una tanda de ejercicios espirituales y visitando a las hermanas Clarisas de Cantalapiedra. Ahora, al volver, me siento cansado, pero profundamente agradecido. Y en medio de este cansancio físico y psicológico, la Palabra proclamada en la liturgia resuena como una luz interior: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” Nada, absolutamente nada. Ni los kilómetros del camino que me aleja de un Santuario dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, ni el peso de la fatiga, ni las despedidas emocionadas de las hermanas e hijas. Él permanece.


    Ayer, antes de partir, me detuve en la capilla del monasterio, frente al Santísimo expuesto. Allí comprendí que el Señor no se queda tras de mí, en los lugares donde he estado, sino que viene conmigo. Cristo quiere tener en nosotros, particularmente en los sacerdotes, una humanidad desde la cual seguir viviendo y actuando en el mundo. En nosotros combate contra el mal, se esfuerza, se cansa, ora, perdona, ama. En nosotros también sufre y muere, pero en nosotros triunfa. Su pasión no es sólo un recuerdo del ayer, sino que continúa en sus miembros. Él sigue padeciendo en nuestras debilidades, pero también resucita en nuestra fidelidad. Así su victoria se renueva cada día en el corazón de los que creen.


    Por eso, cuando escucho hoy a san Pablo decir: “En todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado”, lo entiendo como una palabra dirigida a mí, a este momento concreto de mi vida. Vuelvo a casa, sí, pero no vuelvo solo. Cristo camina dentro de mí; su amor me sostiene, me guía, me une a tantos a los que he encontrado en el camino. Nada podrá separarme de Él, porque su amor no está fuera, sino dentro, latiendo en el fondo mismo del alma.


    Señor Jesús, gracias porque caminas con nosotros. Gracias porque haces tuyos nuestros cansancios, nuestras luchas y nuestras esperanzas. Permítenos ser para ti una humanidad desde la que seguir amando, perdonando y salvando. Que en nosotros ores, sufras, trabajes y descanses; que en nuestras fatigas continúes tu combate, y en nuestras victorias, tu triunfo. Danos vivir en ti, unidos a ti, sostenidos por ti, hasta que nada ni nadie pueda apartarnos de tu amor, que es más fuerte que la muerte y más dulce que toda alegría. Amén.

miércoles, 29 de octubre de 2025

ALGUIEN NOS ESPERA


    “Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio. Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que Él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó” (Rm. 8,28-30).


    Llegué ayer al monasterio del Sagrado Corazón de Jesús de las hermanas Clarisas, en Cantalapiedra, Salamanca. Aquí voy a permanecer unos días. Una de las primeras cosas que hice al llegar fue entrar en la capilla y postrarme ante el Santísimo Sacramento, expuesto sobre el altar en la custodia. En ese silencio luminoso, sabiéndome esperado, bajo la mirada de Jesús realmente presente, resonaban en mí las palabras de san Pablo a los Romanos que se leen en la misa de hoy: “A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó”. Todo lo que el Apóstol proclama se cumple misteriosamente aquí, donde Cristo nos llama, nos justifica y nos glorifica con su sola presencia.


    El Santísimo permanece expuesto desde la mañana hasta las vísperas, y las hermanas —una comunidad de casi sesenta Clarisas— se turnan para hacerle compañía. Aquí el alma reconoce la fuerza invisible del Amor que la modela desde dentro. Cristo, presente y vivo, no solo espera nuestra adoración: desea que nos configuremos con Él, que dejemos que su imagen se grabe en nuestra carne y en nuestro espíritu. No basta con mirarlo: hay que dejarse mirar por Él, hasta que su mirada penetre en lo más profundo y nos rehaga a su imagen y semejanza.


    Esta iglesia conventual fue consagrada hace pocos meses por el Señor Obispo como Santuario Diocesano del Sagrado Corazón de Jesús. Y está bien elegido, pues aquí se cumple el designio eterno del Padre: que su Hijo sea el primero de una multitud de hermanos que reflejen su santidad. Cada adorador, cada monja Clarisa en la penumbra del coro, cada alma que se abandona a su Corazón eucarístico, es un destello de esa gloria que comienza ya en la tierra y se consumará en el cielo.


    Señor Jesús, que me has llamado a este lugar de silencio y adoración, haz que mi alma se transforme en tu imagen. Que cada latido de mi corazón sea eco del tuyo, y que toda mi vida glorifique tu Nombre, ahora y por siempre. Amén.

martes, 28 de octubre de 2025

ELEGIDOS PARA LA MISIÓN


    “Jesús subió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles (…). Después de bajar con ellos, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo” (Lc. 6,12-17).


    Antes de elegir a los Doce, Jesús pasa la noche entera en oración. En la soledad del monte se encuentra con el Padre y, en esa comunión silenciosa, se dispone a escoger y a recibir a quienes serán sus compañeros y continuadores en la misión de anunciar el Evangelio. Ninguna misión puede nacer sin oración, porque en ella el alma sintoniza con la voluntad de Dios. Los apóstoles fueron escogidos después de haber sido pensados y amados por el Corazón de Cristo en diálogo con el Padre. Son aquellos que el Padre entrega a su Hijo como un regalo, como un don, aquellos de los que Él mismo dirá más tarde: “Padre, los que Tú me has dado” (Jn. 17,24). También nosotros formamos parte de ese don del Padre al Hijo, llamados a vivir en comunión con Él y a continuar su misión en el mundo.


    El Evangelio de este día, fiesta de los apóstoles Simón el Zelotes y Judas Tadeo, nos invita a reflexionar sobre nuestro propio camino. Todos, de alguna manera, hemos sido llamados y enviados. Hay momentos de subida al monte —soledad, silencio, contemplación— y momentos de bajada a la llanura —encuentro, anuncio, servicio—. La vida del discípulo se teje en ese movimiento constante entre el recogimiento y la entrega, entre el silencio de la oración y el dinamismo de la misión. Este pueblo de Castrojeriz, con su paz y su belleza sencilla, simboliza esos lugares del camino donde el alma se detiene a orar, a fortalecerse, a tomar aliento para seguir anunciando el Evangelio en nuevos lugares.


    Llega el momento de marchar. Dejo atrás nuevos amigos, rostros conocidos, personas que han escuchado la Palabra de Dios que he anunciado. Me voy enamorado de este lugar, al que deseo y espero volver en alguna otra ocasión. Pero, como los apóstoles que después de haber estado junto a Jesús fueron enviados, también yo debo seguir caminando. Hay muchos lugares que esperan la Palabra y corazones que necesitan ser tocados por el Evangelio.


    Señor Jesús, que antes de enviar a los apóstoles pasaste la noche en oración: enséñanos a orar como Tú, para que todo lo que hagamos brote de la comunión contigo. Haz que nuestros pasos, cuando reemprendamos el camino, sean guiados por tu Espíritu y lleven tu paz a quienes encontremos. Así sea. 

lunes, 27 de octubre de 2025

LIBRES EN EL AMOR

    “No habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ‘¡Abba, Padre!’ Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él” (Rm. 8,15-17).


    Estamos leyendo estos días en la misa la carta a los Romanos. San Pablo, a veces, puede parecer oscuro o difícil de seguir, pero si leemos con atención descubrimos que su mensaje es luminoso y profundo. Hoy nos enseña que el Espíritu Santo no nos hace siervos, sino hijos. No nos reduce a la obediencia temerosa de quien se siente vigilado, sino que nos introduce en la confianza de quien se sabe amado. Donde reina el Espíritu, desaparece el miedo. Entonces el alma empieza a llamar a Dios con el nombre más tierno, el que brota del corazón del Hijo: Abba, Padre. Esta palabra, que solo puede pronunciar quien ha sido alcanzado por el Espíritu, abre las puertas de la intimidad divina.


    El cristiano que vive en el Espíritu es heredero de la vida misma de Dios. Y la vida de Dios es el amor, porque Dios es amor. Esa vida divina que se nos comunica la llamamos gracia santificante: es la participación real y misteriosa en el ser mismo de Dios, que nos hace hijos suyos, nos diviniza configurándonos con Cristo. Pero esa herencia pasa por el sufrimiento, porque solo compartiendo la cruz de Cristo participamos también de su filiación y de su gloria. El Espíritu no nos evita el dolor, sino que lo transforma: lo llena de sentido, de esperanza y de fecundidad eterna.


    Por eso el cristiano no teme las pruebas ni las cruces. En cada herida se transparenta la acción del Espíritu Santo que purifica, fortalece y eleva. La libertad del hijo no consiste, pues, en no sufrir, sino en saber que el sufrimiento no tiene la última palabra. En todo lo que acontece, el Espíritu repite dentro del alma la misma palabra que pronunció Jesús en Getsemaní: Padre. Por eso oramos:


    Padre santo, danos tu Espíritu para que vivamos como hijos tuyos, libres de temor y llenos de confianza. Que la gracia que infundes en nuestros corazones nos haga participar cada día más de tu amor. Enséñanos a reconocerte en las pruebas, a confiar en medio del dolor y a caminar hacia ti con corazón de hijos. Amén.

domingo, 26 de octubre de 2025

ORACIÓN Y VERDAD


    “Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no” (Lc. 18,10-14).


    Hoy es domingo, y en el Evangelio de la misa escuchamos esta parábola del fariseo y del publicano. En ella, Jesús nos muestra dos modos radicalmente distintos de orar. El fariseo ora “en su interior”; su oración no sale de sí mismo. Habla, pero no a Dios: se escucha, se elogia, se contempla embelesado ante su propio reflejo. Su oración no se eleva, no busca encuentro ni espera respuesta. Es un monólogo, un discurso vacío donde Dios está ausente. El publicano, en cambio, ora “diciendo” y golpeándose el pecho. Su oración nace del reconocimiento humilde de su pobreza. “Diciendo”: es decir, hablando a alguien. Su interlocutor es Dios. En esas pocas palabras existe el deseo de entablar un verdadero diálogo, el diálogo más hondo que puede existir: el del pecador que se confía a la misericordia.


    El fariseo repite cinco veces “no soy”: “no soy como los demás hombres”, “no soy ladrón”, “no soy injusto”, “no soy adúltero”, “no soy como ese publicano” … Se define por negaciones, por lo que no es, por lo que no hace. Va al templo con una máscara de perfección, sin mostrar su verdadero rostro, tal como realmente es. El publicano, en cambio, dice solo una vez “soy”: “soy pecador”. En esa sola afirmación está su verdad entera. No esconde, no finge, no disimula. Se presenta ante Dios a cara descubierta, y esa sinceridad le abre a la gracia. El que ora así, desde su pequeñez y verdad, vuelve a su casa justificado; el otro, no.


    Señor Jesús, enséñanos a orar como el publicano. Arranca de nuestro corazón las máscaras de la autosuficiencia y la falsa justicia. Haznos sencillos, verdaderos, capaces de mirarte con confianza y de decirte, desde lo hondo: “Ten compasión de nosotros, pecadores”. Amén.


sábado, 25 de octubre de 2025

RUINAS, LUZ Y SILENCIO


    Continúo en Castrojeriz, en la provincia de Burgos, dando ejercicios espirituales a las monjas de Santa Clara. Este lugar me ha enamorado. Es uno de esos pueblos donde el Camino de Santiago parece detenerse para respirar, como si también el espíritu del peregrino necesitara aquí una pausa para contemplar. Las calles silenciosas, las casas de piedra y los campos que rodean el pueblo crean una atmósfera de recogimiento. Todo invita a mirar hacia adentro y a dejarse envolver por una paz antigua, casi monástica.


    En el camino de entrada al pueblo, unos tres kilómetros antes, las ruinas del antiguo monasterio de los Antonianos conservan todavía el alma de la hospitalidad. Allí, entre sus viejas piedras, una pequeña asociación ha abierto un refugio muy humilde, totalmente gratuito: una habitación con doce literas, otra que sirve de comedor y lugar de encuentro, y todo sin luz eléctrica. El agua se trae en cubas y se administra con cuidado. Pero lo esencial no falta: siempre hay una jarra de café caliente y unas galletas para quien se detenga unos minutos a descansar. Todo está atendido por voluntarios; los que encontré ayer eran dos jóvenes italianos. No hay lujos ni comodidades, pero sí hay algo más valioso: una alegría serena, una fraternidad silenciosa que hace presente el Evangelio. Entre aquellas piedras medio derruidas late todavía el espíritu de san Antón, el de aquella extinguida orden religiosa instituida para practicar la compasión en el cuidado de los enfermos y peregrinos. Nos recuerda que el amor cristiano no necesita grandes medios para ser fecundo.


    Más arriba, la Colegiata de Santa María se alza majestuosa, imponente en su empaque de catedral. Sus muros góticos, sus retablos, sus esculturas y su grandiosidad abruman. Uno entra con el polvo del camino en los pies y sale con el alma encendida. Allí se experimenta con fuerza la presencia de Dios a través de la belleza. Porque la verdadera belleza, cuando no se mancha de orgullo ni de vanidad, se convierte en oración: eleva, purifica, evangeliza. En el silencio de la Colegiata las piedras parece que siguen cantando todavía las alabanzas divinas, aunque su coro esté ya desierto.


    Y la iglesia de San Juan Bautista guarda tesoros que sorprenden: ocho tapices flamencos, magníficos, que representan las distintas artes y ciencias humanas. Como si la fe y la cultura se dieran aquí la mano, recordándonos que toda búsqueda sincera de la verdad conduce, antes o después, hacia la Sabiduría de Dios. El arte y la ciencia, cuando son humildes, también pueden ser caminos de santidad. Y el claustro, sobrio y espacioso, prolonga ese mismo espíritu: fue construido cuando el templo estuvo ocupado por la orden militar y caballeresca de Santiago. Sus miembros, que eran también religiosos, necesitaban un espacio de oración y de vida común, y así el claustro conserva aún esa mezcla de recogimiento y nobleza que caracteriza a los hombres de armas que también supieron ser hombres de fe.


    Al final de un bellísimo paseo, regreso al monasterio de Santa Clara, apartado en medio del campo. Todo allí es también silencio, recogimiento y oración. Las hermanas, ocultas tras los muros y rejas de su clausura, velan día y noche sobre el pueblo y sobre los peregrinos que pasan en goteo interminable. Rezan por ellos, por todos los que caminan, por quienes se detienen y por quienes buscan. Su oración invisible sostiene a este Castrojeriz luminoso y pobre, donde las ruinas, las piedras y la belleza hablan un mismo lenguaje: el de un Dios que se deja encontrar en todo lo que es verdadero, humilde y bello.


    Señor Jesús, que el alma aprenda a detenerse, a contemplar y a agradecer. Que en los caminos de la vida sepamos descubrirte tanto en la pobreza acogedora como en la belleza que eleva. Y que, como las hermanas de Santa Clara, también nosotros aprendamos a velar orando por quienes caminan. Amén.

viernes, 24 de octubre de 2025

BATALLA INTERIOR


    Querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo. Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí. (…) ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor! (Rm. 7,18-25).


    En estas palabras de san Pablo se condensa el drama más profundo del alma humana: el desgarramiento entre el deseo del bien y la fuerza del mal. No habla aquí el apóstol desde la teoría, sino desde su propia experiencia interior: la experiencia de todo hombre que lucha sinceramente por vivir en gracia. Dentro de nosotros hay una ley que nos impulsa hacia Dios; y otra que nos arrastra al egoísmo, a la ira, a la codicia y a la sensualidad. Es la batalla interior que cada día libramos entre la luz y las tinieblas, entre el amor a Dios y al prójimo, y el amor propio, que es raíz de toda soberbia.


    Pablo no se lamenta para quedarse en la queja y el lloriqueo inútiles, sino para confesar su impotencia y abrirse totalmente a la gracia. Está convencido de que la victoria no viene del esfuerzo humano, sino del poder de Cristo. Él nos libra de este “cuerpo de muerte”, no destruyendo nuestra fragilidad, sino uniéndose íntimamente a ella. En Él el fracaso se transforma en esperanza, la herida en fuente de salvación, y la debilidad en lugar donde puede revelarse la gloria de Dios. Quien se reconoce pobre, necesitado, incapaz de salvarse por sí mismo, está ya cerca del Reino de Dios, porque solo el que se sabe enfermo puede dejarse curar.


    Jesús, Señor y Salvador nuestro, Tú conoces nuestra lucha, nuestras caídas y nuestras contradicciones. Ven a librarnos de este cuerpo de muerte, de todo lo que nos aleja del amor. Haznos humildes para reconocer nuestra pobreza y fuertes con la fuerza de tu gracia. Que en ti encontremos siempre la victoria que no podemos alcanzar solos. Amén.

jueves, 23 de octubre de 2025

DESDE MI VENTANA


    “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!” (Lc. 12,49-50).


    Hoy celebramos la fiesta de san Juan de Capistrano (1386-1456), franciscano y gran predicador de la Palabra de Dios. Fue un apóstol infatigable que recorrió buena parte de Europa enseñando el camino de la verdad, combatiendo herejías y sembrando paz entre los que se enfrentaban como enemigos. Fue un hombre ardiente, lleno de fervor interior, movido por la fe y el amor a Cristo. Y precisamente en el Evangelio de hoy, Jesús dice que ha venido “a prender fuego a la tierra”. Ese fuego divino encendió el alma de san Juan de Capistrano y lo hizo testigo apasionado del Evangelio, llevando la luz de Cristo allí donde la fe se había enfriado. Sin embargo, este santo fraile sabía también recogerse en su convento, guardando silencio ante Dios, dejando que la oración renovara en su alma la llama del Espíritu, y lo colmara de amor.


    Como saben, me encuentro ahora en Castrojeriz, dando ejercicios espirituales a las hermanas Clarisas. Desde la ventana de mi alojamiento contemplo las ruinas del antiguo castillo, elevadas sobre la colina y recortadas contra un cielo gris. En esas piedras gastadas se refleja el paso del tiempo, la huella de lo que un día fue fortaleza y hoy es ruina. Y me parecen una imagen de nuestra fe: una fe que en muchos corazones se ha agrietado o derrumbado, herida por el olvido o el cansancio. Pero también una llamada a reconstruirla: a levantar de nuevo, piedra a piedra, el castillo interior de la confianza en Dios; a restaurar lo que está caído y devolver a la fe su esplendor y su fuerza. Solo así podrá volver a ser una fortaleza luminosa, visible desde lejos, hacia la cual los hombres puedan mirar en busca de orientación y esperanza.


    Señor Jesús, Tú que encendiste en san Juan de Capistrano el fuego de tu amor, haz que también nosotros ardamos en ese fuego santo. Renueva en nosotros la fe, repara lo que está en ruinas y haz de nuestra vida una llama que ilumine el mundo. Amén.