miércoles, 14 de enero de 2026

HABLA, SEÑOR

    “La lámpara de Dios aún no se había apagado y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió: ‘Aquí estoy’. Corrió adonde estaba Elí y dijo: ‘Aquí estoy, porque me has llamado’. Respondió: ‘No te he llamado. Vuelve a acostarte’. Fue y se acostó. El Señor volvió a llamar a Samuel. Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo: ‘Aquí estoy, porque me has llamado’. Respondió: ‘No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte’. Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la Palabra del Señor. El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y dijo: ‘Aquí estoy, porque me has llamado’. Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel: ‘Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”’. Samuel fue a acostarse en su sitio. El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores: ‘Samuel, Samuel’. Respondió Samuel: ‘Habla, que tu siervo escucha’”(1°Sam. 3,3-10. 19- 20).


    Este bellísimo texto pertenece a la primera lectura de la Palabra de Dios que escuchamos en la misa de hoy. Se habla de las llamadas de Dios. Hay llamadas que no irrumpen con estrépito, sino que llegan en la noche, en la oscuridad, cuando la lámpara apenas alumbra y todo parece sumergido en el silencio. Dios llama así muchas veces: sin imponerse de forma avasalladora, sin forzar, respetando los ritmos de cada corazón.


    Samuel está cerca del Arca, duerme en el templo, pero todavía no reconoce la voz del Señor. Confunde la llamada de Dios con otras voces. Le ocurre lo que nos sucede tantas veces a nosotros: Dios habla y no lo entendemos, nos inquietamos, vamos de acá para allá, de un sitio a otro, sin saber bien qué nos pasa. Hace falta tiempo, acompañamiento espiritual -como el que tan oportunamente presta Elí- y una cierta docilidad interior para aprender a escuchar de verdad.


    Dios, sin embargo, no se cansa. Vuelve a llamar. Espera. Y cuando Samuel aprende a responder, ya no corre, no se agita: se queda en su sitio y se pone a la escucha. Ahí comienza algo nuevo. La Escritura dice que ninguna palabra del Señor cayó a partir de entonces en el vacío. Samuel fue constituido profeta de Dios, testigo de su paso entre los hombres. Y es que, cuando Dios habla, su Palabra sostiene, orienta y da fruto, aunque no siempre lo veamos enseguida.


    Padre bueno, enséñanos a reconocer tu voz en medio del silencio o del ruido. Danos un corazón sencillo y atento, capaz de escucharte sin huir ni resistirnos. Aquí estoy: habla, Señor, que tu siervo escucha. Amén.

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