lunes, 26 de enero de 2026

LAS LÁGRIMAS DE TIMOTEO


    “A Timoteo, hijo querido: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro. Doy gracias a Dios, a quien sirvo, como mis antepasados, con conciencia limpia, porque te tengo siempre presente en mis oraciones noche y día. Al acordarme de tus lágrimas, ansío verte, para llenarme de alegría. Evoco el recuerdo de tu fe sincera, la que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice, y estoy seguro de que también en ti. Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2 Tim. 1,2-6).


    Hoy la Iglesia celebra la memoria del discípulo predilecto del apóstol san Pablo: Timoteo. Aquel adolescente, encontrado en Listra, al que Pablo asoció a su misión y quiso casi como a un hijo, llevándolo consigo como compañero y colaborador en muchos de sus viajes apostólicos. Confió en él tareas delicadas, comunidades difíciles, responsabilidades que quizá superaban sus fuerzas. Y en esta carta aparece un detalle que llama poderosamente la atención y revela una profunda humanidad: Pablo recuerda las lágrimas de Timoteo. ¿De qué tipo de lágrimas se trataba?


    Hemos de reconocer que no lo sabemos con certeza y que son susceptibles de más de una explicación, ya que el corazón del discípulo es un lugar ancho donde caben muchas causas. Pueden ser lágrimas de cansancio y de desánimo, cuando la misión parece desbordar las fuerzas; lágrimas de soledad, cuando el padre espiritual está lejos y el camino se vuelve arduo; lágrimas de ternura, de afecto limpio, de amor agradecido por quien nos engendró en la fe. También pueden ser lágrimas de consolación profunda, de devoción silenciosa, de sentirse sostenido por Dios en medio de la fragilidad. Pablo las recuerda con cariño, las acoge como una ofrenda, como un verdadero lenguaje del alma.


    Timoteo aparece aquí muy joven, expuesto pero valiente, capaz de dejar atrás seguridades, vínculos y afectos para apostar su vida por Cristo. Su fe no nace de la nada: tiene buenas raíces, firme memoria, un hogar creyente que lo sostuvo cuando él aún no podía sostenerse solo. Su madre y su abuela han jugado un papel fundamental. Y, sin embargo, llega un momento en que esa fe heredada debe avivarse como don personal, como fuego recibido que pide cuidado. La imposición de las manos no lo exime de la lucha; lo compromete. Por eso la exhortación no es a hacer más, sino a reavivar lo que ya está dentro de él; a no dejar que la llama se apague bajo el peso del cansancio o del miedo.


    Esta palabra, proclamada en la Iglesia, puede resonar como una carta personal de Dios. En ella el Señor tiene presente nuestra vocación con ternura, reconoce las lágrimas sin reproche y vuelve a confiarnos la misión. No pide héroes invulnerables, sino hijos queridos que, aun temblando, mantengan viva la gracia recibida. Al decir como respuesta “Palabra de Dios”, algo de esto sucede: Dios vuelve a hablarnos hoy mismo, y su voz alcanza el lugar más íntimo donde su llamada sigue viva, avivando nuestro fuego interior.


    Señor Jesús, Tú conoces nuestras lágrimas y sabemos que conmueven tu Corazón; reaviva en nosotros el don que un día nos hiciste, y danos la gracia de la fidelidad cuando la misión nos supere. Así sea.

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