“Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: ‘Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló’. Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: ‘Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos’” (Mt. 4,12-17).
Ayer por la tarde celebré la misa dominical por el eterno descanso de mi tía Pepita, fallecida aproximadamente hace unos dos meses (como ya reflejé en este canal). Utilicé las lecturas propias de hoy domingo en la misma iglesia donde fue bautizada y donde se casó. Estaban presentes cinco de sus siete hijos, su viudo, tres de sus hermanos vivos, algunos de sus cuñados y un buen grupo de primos hermanos míos. Yo soy el mayor de ellos y, como tal, fui su primer sobrino, el que la convirtió en tía cuando ella solo tenía nueve años. Quizá se mostró orgullosa de ser tía entre las compañeras de su colegio y por eso, durante toda su vida, siempre me llamó “sobrino”, incluso cuando ya tenía muchos más. No era una pura costumbre. Era llamarme, más que por un nombre, por un vínculo. Eso era lo real e importante para ella: la relación, más que la denominación.
Yo tenía ocho años cuando asesinaron a John Kennedy en Dallas. No recuerdo si fue aquel mismo viernes en que ocurrió o, como acostumbrábamos, el domingo siguiente, cuando fuimos a casa de mis abuelos. Ella era entonces una adolescente de diecisiete, aunque yo la veía como perteneciente al mundo de los adultos. Sin embargo, mientras todos hablaban de la muerte de Kennedy, la recuerdo sentada, comiendo pipas concienzudamente, con toda su atención puesta en ese gesto sencillo, concentrada como si aquello fuera lo verdaderamente importante. No era la muerte lo que le interesaba. Era la vida, y el cuidado de la vida, lo que siempre llamó su atención.
Cierro los ojos y la veo con sus trenzas rubias, su rostro pecoso, niña dorada siempre con un pequeño mohín o rictus de ironía que curvaba sus labios, rebelde con causa. Fue la única de mis tías a la que vi vestir pantalones vaqueros en el campo, cuando todavía no era habitual entre las chicas. Otras veces la veo con un veraniego vestido blanco y un sombrero de paja. Pero siempre igual: luminosa. Era una chica con ideas propias, la menor de ocho hermanos. Por eso tuvo que luchar para ocupar un sitio. Para ser tenida en cuenta en su familia. Por eso, en ocasiones, su rebeldía crispaba a sus hermanos mayores y a los adultos en general.
Hoy, al escuchar de nuevo la profecía de Isaías, “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”, no puedo leer estas palabras de una manera abstracta. Las leo desde su vida concreta: la de aquella muchacha sincera e independiente que comía pipas tranquilamente mientras el mundo se preocupaba por la muerte de un líder famoso. Las leo desde el recuerdo de aquella niña orgullosa de ser tía a los nueve años. Desde aquella mujer que nunca dejó de llamarme sobrino. Hoy no decimos solo que una luz la iluminaba, ni que ella era una pequeña luz para muchos de nosotros. Decimos algo más hondo. Esperamos y rezamos para que ahora esté totalmente envuelta en la Luz. Una Luz que no es un puro fenómeno físico (ella fue una brillante licenciada en Ciencias Físicas), sino Alguien. Una Persona. Aquel que dijo un día: “Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no camina en las tinieblas” (Jn. 8,12).
Señor Jesús, Luz verdadera que brillas en medio de nuestras sombras:
enséñanos a vivir atentos a la vida y condúcenos, cuando llegue la hora,
a la plenitud de tu Luz.
Concédenos ser inconformistas frente a lo rutinario, frente a lo estúpido, frente al sinsentido y frente a la muerte, pero decididamente partidarios de tu Evangelio. Amén.
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