viernes, 16 de enero de 2026

BUSCAR Y ENCONTRAR ATAJOS


    “Vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde Él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: ‘Hijo, tus pecados te son perdonados’” (Mc. 2,3-5).


    El Evangelio de la misa de hoy nos presenta una escena muy concreta y profundamente humana. Jesús está en una casa y la gente acude en masa. Todos quieren verlo, escucharlo, acercarse a Él. Hay expectación, hay búsqueda, hay una necesidad honda, aunque no siempre se sepa expresar con palabras. Donde está Jesús, algo se mueve en el corazón de las personas. Pero esa misma multitud que se agolpa también se convierte en un obstáculo: no todos pueden llegar ahora hasta Él, no basta con quererlo, no siempre el camino está despejado.


    En medio de esa multitud que rodea a Jesús aparece un hombre que no es capaz de entrar. No porque no quiera, sino porque no puede. Está paralizado, inmovilizado, dependiente de otros. No tiene fuerzas para abrirse paso, no puede colocarse delante de Jesús, no puede siquiera intentarlo. Y entonces el relato da un giro lleno de delicadeza: la atención ya no se centra en el paralítico, sino en quienes lo llevan. “Viendo Jesús la fe que tenían…”. El centro deja de ser su enfermedad y pasa a ser la fe de los otros:  Una fe que no se queda en la compasión, sino que actúa; que no se resigna ante lo imposible; que no se deja bloquear por el orden establecido ni por los obstáculos que parecen insalvables.


    Suben al techo, lo abren, rompen lo que estorba y descienden la camilla. No dicen nada. No explican nada. No piden nada. Su actitud recuerda mucho a la del leproso del Evangelio de ayer: colocan la miseria, el dolor, la necesidad desnuda delante de Jesús y se detienen ahí. Dejan al Señor enfrentado con la pobreza del hombre, sin imponerle nada, sin marcarle el camino. Será Jesús quien decida si actúa o no, cuándo hacerlo y de qué manera. Ellos se limitan a poner al hombre ante Él y a aguardar. Y el Evangelio subraya entonces algo decisivo: Jesús no ve solo al paralítico, ve la fe de ellos. No la fe de uno solo, sino una fe compartida, sostenida, comunitaria, una fe que carga con el peso del otro y se arriesga por él.


    Ese modo de actuar, tan discreto y tan audaz al mismo tiempo, arroja una luz muy concreta sobre la vida cristiana de hoy. No siempre se llega a Jesús por caminos rectos y despejados. A veces el acceso queda bloqueado por la multitud, por el ruido, por las circunstancias exteriores o por la propia incapacidad interior. Y es entonces cuando aparecen los atajos del Evangelio: la mediación de los otros, la fe sencilla que se muestra en obras concretas o pequeños detalles, el amor sincero que se inclina y carga con pesos ajenos…. Muchas personas llegan a Dios no por grandes razonamientos, ni por largos discursos, sino porque alguien las sostuvo, las acompañó y las presentó ante Él en silencio.


    Y cuando finalmente el paralítico queda delante de Jesús, sucede lo más desconcertante. Jesús no empieza por lo visible ni responde de inmediato a la parálisis del cuerpo. Va más hondo. Señala la herida más profunda, la que no se ve: el pecado, la carga interior, el corazón quebrantado. Antes de levantar al hombre de su camilla, lo levanta por dentro. El perdón aparece así como el verdadero comienzo de toda sanación. No como un añadido piadoso, sino como el centro mismo de la salvación.


    Señor Jesús, concédenos una fe sencilla y valiente, capaz de ponerse en camino, de cargar con los hermanos y de abrir paso cuando todo parezca cerrado; y si nos faltan las fuerzas, danos la gracia de dejarnos llevar hasta ti con confianza y abandono. Amén.


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