lunes, 12 de enero de 2026

TODAVÍA UN VILLANCICO


    “Hay un lucero nuevo que alumbra la madrugada, y tiene brillo de corona de oro para un rey.

    El universo tiembla de ternura con la nana, que una doncella virgen tararea al Emmanuel. 

    No quiere más riqueza que vivir sin tener nada, no quiere más victoria que sufrir y padecer. Los ángeles se quedan como locos con las ganas

que tiene de morir para que yo pueda nacer. 


Cántale, María, qué lindo es. 

Déjamelo diez minutos conmigo, 

quiero tener en mis brazos al Rey.

Contigo, Madre, darle cariño,

mira cómo se emociona José. 

Déjamelo diez minutos conmigo,

hoy en Belén ha nacido un Bebé

y da la vida con sus latidos. 


    Hoy se han hecho divinos los caminos de la tierra, y todos me conducen en volandas a Belén. 

    Viva la Nochebuena más humana y más eterna. Viva mi Niño lindo, con María y con José. 

    Cuando la tierra llore, que ha perdido la esperanza, cuando la primavera tarde mucho en renacer, yo pediré refugio en el pesebre y haré guardia, lleno de amor y fe, junto a la mula y junto al buey. 


Cántale, María, qué lindo es.

Déjamelo diez minutos conmigo,

quiero tener en mis brazos al Rey. 

Contigo, Madre, darle cariño,

mira cómo se emociona José. 

Déjamelo diez minutos conmigo,

hoy en Belén ha nacido un Bebé

y da la vida con sus latidos de Rey. 


Yo le adoro y le beso también. 

Nochebuena en Belén, tiene aroma de flor del Edén.

Sus latidos de Rey. Yo le adoro y le beso también. Nochebuena en Belén,

tiene aroma de flor del Edén.


Cántale, María, qué lindo es.

Déjamelo diez minutos conmigo,

quiero tener en mis brazos al Rey.

Contigo, Madre, darle cariño,

mira cómo se emociona José. 

Déjamelo diez minutos conmigo,

hoy en Belén ha nacido un Bebé

y da la vida con sus latidos. 


Hoy en Belén ha nacido un Bebé

Y da la vida con sus latidos…

Y da la vida con sus latidos”. 


    Hemos dado comienzo al tiempo ordinario, pero yo me he quedado por dentro en un instante de Navidad. Mis hermanas Carmelitas de Osuna se despidieron de mí cantándome este villancico, y fue un broche sencillo y verdadero para una estancia breve que, sin embargo, me hizo muchísimo bien. Hay letras que pasan; y hay letras que se quedan porque nombran una necesidad del corazón. Esta lo hace: “Déjamelo diez minutos conmigo”. No pide grandes cosas. Pide un gesto: tener en brazos al Rey, al Niño Dios.


    Por eso, y porque me he hecho mayor casi sin darme cuenta, me viene a la memoria el anciano Simeón. Él también aguardaba. Él también estaba “en tiempo ordinario”, viviendo la paciencia de los largos días. Y cuando llegó el momento, tomó al Niño en sus brazos, recibido de manos de María. Entonces dio gracias a Dios y bendijo a la Virgen. No la bendijo imponiéndole las manos, sino acogiendo en sus propios brazos al Niño Jesús: como si el mismo acto de recibir al Hijo fuera ya una bendición para la Madre, y como si toda bendición auténtica naciera de dejar entrar a Cristo en la propia vida, sostenerlo, reconocerlo, agradecerlo.


    Esta insistencia en “diez minutos” me ayuda: pone a la fe una medida concreta. No se trata de “sentir” mucho, ni de decir mucho. Se trata de estar. De sostener al Señor en la oración humilde, de acercarse a Él con cariño limpio, de hacerle sitio sin complicarlo todo. Y en un mundo que a veces “llora” y pierde la esperanza, el villancico dice algo muy serio con palabras sencillas: refugiarse en el pesebre, hacer guardia junto a la vida del pequeño, permanecer fiel junto al misterio. Porque ese Niño “da la vida con sus latidos de Rey”, también cuando ya no es Navidad en el calendario.


    Señor Jesús, déjame tenerte conmigo. Enséñame a sostenerte en la oración con mi piedad sencilla, y a vivir el tiempo ordinario con la gratitud del anciano Simeón. Así sea.

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