viernes, 23 de enero de 2026

UN ICONO EN LA MALETA (2ª parte)


    Termino con la reflexión que inicié ayer, y lo hago -como en todo banquete, también espiritual- con lo más dulce. 

    En el icono de la izquierda, el centro ya no es el Maestro que enseña, sino la Madre que ofrece. María no habla. No señala. No bendice. Sus manos ni siquiera son visibles. Todo en Ella es silencio y presencia. No explica el misterio: lo sostiene.


    Sobre su “maforion” brillan tres estrellas: una en la frente y otras sobre los hombros. La tradición de la Iglesia ha visto siempre en ellas la confesión de su virginidad antes del parto, en el parto y después del parto. No como un dato biológico aislado, sino como un signo teológico profundo: María es espacio íntegro para Dios, lugar abierto y disponible donde la salvación puede entrar en el mundo sin resistencia.


    El Niño Jesús, en cambio, sí bendice. Y aquí el gesto no es idéntico al del Cristo adulto. Los dedos índice y corazón aparecen juntos, proclamando también su doble naturaleza. Pero el resto de la mano no se cierra de la misma manera: el pulgar toca el anular y el meñique queda suelto. Esta diferencia no es un defecto ni una imprecisión. Es una promesa. En mi lectura personal veo en ese gesto una teología aún no desplegada, pero ya presente. El pulgar, dedo del poder, alude al Padre; el anular, dedo del anillo, remite al Hijo que será Esposo de la Iglesia; el meñique, todavía suelto, sugiere al Espíritu Santo que “sopla donde quiere” y que aún no se ha derramado plenamente en la historia. No porque el Espíritu no esté ya en el Niño, sino porque todavía no ha llegado la hora de su donación.

    Y, de nuevo, bajo esa mano aparece Pentecostés. En el icono de Cristo, el Espíritu era don pascual. En el icono mariano, el Espíritu es promesa contenida, latente, aguardando el tiempo de Dios.


    Las dieciséis escenas que rodean a ambos iconos hemos visto que son las mismas. No cambian los acontecimientos; cambia el punto de vista. Cuando el centro es Cristo, la historia se lee como revelación y cumplimiento. Cuando el centro es María, la historia se lee como acogida y disponibilidad.

    Por eso este doble icono no se explica del todo con palabras. Se contempla. Se admira. Se recorre con la mirada, pasando de un centro al otro y dejando que la misma historia resuene de dos maneras distintas.


Gracias, Señor, por los iconos que la Iglesia nos ha regalado como ventanas abiertas al Misterio, como ayudas silenciosas para la oración, y como caminos sencillos hacia Ti.


Gracias por estas imágenes santas que no sustituyen la fe, pero la sostienen; que no explican el Misterio, pero lo hacen habitable.


Que, al mirarlas, aprendamos a mirar mejor, acoger con más hondura, y a dejarnos transformar por tu presencia discreta y fiel. Amén.




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