“Jesús determinó salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: ‘Sígueme’. Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: ‘Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret’. Natanael le replicó: ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’. Felipe le contestó: ‘Ven y verás’” (Jn. 1,43-46).
Antes de ayer salimos de Mádaba para pernoctar en Ammán, en la obra de Nuestra Señora de la Paz. Allí, ayer por la mañana, celebramos la Eucaristía en una capilla verdaderamente hermosa, recogida, llena de frescos pintados por religiosas de Tel Aviv, que constituyen una catequesis bíblica muy profunda. Todo invita a detenerse, a mirar despacio, a dejarse enseñar por las imágenes. Y en ese marco exterior tan sereno, el Evangelio sorprendió nuestros ánimos excitados de una manera muy especial. Jesús decide abandonar el Jordán y ponerse en camino hacia Galilea. Exactamente lo mismo que nosotros estábamos a punto de hacer: dejar atrás los lugares cercanos al río y el Mar Muerto, y emprender el camino de regreso hacia el aeropuerto en Galilea, para volver a casa.
Pero el detalle decisivo del Evangelio es que Jesús no quiere ir solo. Llama a Felipe, y a través de Felipe, alcanza a Natanael. El camino se hace acompañado. El Señor avanza creando comunión, tejiendo vínculos, invitando a otros a compartir su paso. Y eso nos llena de una esperanza muy honda: la peregrinación toca a su fin, pero no regresamos solos. Volvemos acompañando a Jesús y dejándonos acompañar por Él. La experiencia vivida en los lugares santos no se termina; lejos de cerrarse, se abre ahora a la vida cotidiana, que se convierte en el nuevo espacio del seguimiento.
La escena de Natanael añade una nota muy humana y muy verdadera. Hay prevención, hay escepticismo: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”. Y la respuesta de Felipe no es una lección ni un razonamiento, sino una invitación sencilla: “Ven y verás”. Así es como se transmite la fe, invitando al encuentro personal con el Señor. Y aquí cobra especial relieve la segunda lectura de hoy, tomada de la primera carta del apóstol san Juan (1 Jn. 3,11-21): buscar a Jesús no es solo recordarlo ni hablar de Él, sino reconocerlo y encontrarlo en el amor concreto al hermano. El regreso de la peregrinación nos sitúa precisamente ahí: en el amor vivido, en los gestos sencillos, en la caridad diaria. Allí, en ese terreno humilde, el Señor sigue saliendo a nuestro encuentro.
Señor Jesús, al partir hacia nuestra Galilea cotidiana, concédenos volver contigo y no solos, reconocer tu paso en el amor sencillo al hermano y vivir cada día como un verdadero camino de seguimiento. Amén.
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