sábado, 3 de enero de 2026

EL NIÑO DIOS Y SU MADRE

           


    Ayer sábado partimos de Wadi Musa -la población donde estamos alojados en Jordania- en dirección al muy cercano sitio arqueológico de Petra. Petra no fue propiamente una ciudad, sino un inmenso complejo funerario, un entramado de tumbas excavadas en la roca que, con el paso del tiempo, fueron convirtiéndose en santuarios dedicados a los dioses nabateos, el pueblo que levantó todo aquel conjunto impresionante. El lugar es fascinante, de una belleza sobrecogedora, pero me llamó especialmente la atención que este día de nuestra peregrinación, quizá el más “laico” de todos desde un punto de vista exterior, se convirtiera también en un día de profunda resonancia espiritual. Nuestro guía nos habló de Dushurá, el dios niño de los nabateos, y de su madre, la diosa virgen Ushua, ambos frecuentemente representados mediante piedras sagradas. En pleno tiempo litúrgico de la Navidad, rodeado de restos paganos y de antiguas creencias, me vi sorprendido por una ternura inesperada: cómo Dios ha ido prefigurando la historia de la redención en tantos lugares, en tantas épocas y culturas, expresándose en lenguajes muy diversos.

    Conocía la figura del dios muerto y resucitado del mundo egipcio, y la de Horus y su madre virgen Isis, pero no había oído hablar de este dios niño nabateo cuyo nombre, en su transcripción castellana, suena casi a dulzura. Y esa dulzura remite de modo inevitable a lo que se despierta en nosotros cuando contemplamos al Niño Jesús y a su Madre virgen, cercana, fuerte, llena de una misteriosa omnipotencia nacida del amor. Todo parecía hablarnos, incluso desde aquellas piedras milenarias, de lo que un día sería la realidad más sorprendente y gozosa: el comienzo de nuestra redención. Más tarde, ya avanzada la jornada, tuvimos ocasión de adentrarnos en el desierto del Wadi Rum, recorrerlo en vehículos todo terreno, subir a las dunas y experimentar ese frío intenso que cae sobre el desierto al anochecer, un frío que cala hasta lo más hondo y que envuelve todo en un silencio casi absoluto.


    Ya de noche, al celebrar la misa en el hotel, elevamos una oración a Dios por todos aquellos hombres y mujeres que viven en la frialdad de otra noche más profunda: la de no conocer la luz que es Cristo. Y pedimos por ellos, para que todos lleguen al conocimiento de la verdad y se salven, como escribe san Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2,4).


    Señor Dios, que no has dejado de sembrar señales de tu amor en la historia de los pueblos, conduce a todos los hombres hacia la luz de tu Hijo, para que, saliendo de toda noche, encuentren en Él el camino de la salvación. Amén.

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