domingo, 4 de enero de 2026

LA MIRADA DE MOISÉS

     



    “Moisés subió de las estepas de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisgá, frente a Jericó. Y el Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan, todo Neftalí, la tierra de Efraím y Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar Occidental, el Négueb y la llanura, el valle de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Soar. Y le dijo el Señor: ‘Esta es la tierra que juré a Abrahán, a Isaac y a Jacob: se la daré a tu descendencia. Te la he hecho ver con tus propios ojos, pero no entrarás en ella’. (…) Allí murió Moisés, siervo del Señor, en tierra de Moab, conforme a la palabra del Señor. Y fue enterrado en el valle, en tierra de Moab, frente a Bet-Fegor; y nadie ha sabido hasta hoy dónde está su sepultura” (Dt. 34,1-6).


    Nuestro caminar por las tierras de la Biblia nos llevó ayer hasta el monte Nebo, en Jordania. Mientras nos aproximábamos a él, su silueta ya resultaba impresionante. Desde su cumbre se puede contemplar una vista espléndida de la tierra de Palestina, tal como narra el libro del Deuteronomio. Es una experiencia extraordinaria: uno siente que mira, casi con los mismos ojos de Moisés, aquella tierra situada al otro lado del Jordán, tantas veces prometida, tantas veces esperada durante cuarenta años de marcha, de pecado y de fidelidad.


    En la cima se encuentra un santuario muy antiguo, del que se conserva la doble columnata que delimitaba la nave central, junto con espléndidos mosaicos en los suelos y en algunas paredes. Todo este conjunto arqueológico está protegido por una construcción moderna que, por un lado, facilita la visita turística y, por otro, conserva el clima de recogimiento necesario para la oración. En el ábside se sitúa el altar, con bancos de madera a derecha e izquierda, lo que permite celebrar la misa en un ambiente de silencio y recogimiento.


    Desde aquel monte la mirada se abre sobre grandes escenarios bíblicos: el profundo valle del Jordán, el mar Muerto, los horizontes lejanos de aquella “tierra de Dios”. No llegábamos a descubrir el lago de Genesaret, porque el nivel de sus aguas ha descendido mucho y ya no se distingue desde allí. Pero más allá del paisaje exterior, el Señor nos invitaba, en aquella cumbre, a volver la mirada hacia dentro, a descubrir en el silencio del corazón la nostalgia de nuestra patria definitiva, hacia la cual caminamos con esperanza.


    En la iglesia, para sorpresa de los peregrinos, se repetía con frecuencia la imagen de una serpiente enroscada en un estandarte o mástil de madera en forma de T. Recordaba aquel signo que levantó Moisés en el desierto para curar a quienes habían sido mordidos por las serpientes abrasadoras: una serpiente de bronce erigida sobre un estandarte. Todo aquello era figura de lo que alcanzaría su plenitud en la pasión y muerte de Cristo. Él cargó con nuestros dolores, asumió las raíces de nuestra muerte y se dejó elevar en la cruz para transformarlo todo en causa de salvación. Mirar a Cristo crucificado con fe es ya comenzar a sanar. En Él descubrimos no sólo al nuevo Moisés que intercede por su pueblo, sino al Hijo de Dios entregado a la muerte para nuestra redención: el Hijo que vence a la muerte resucitando y nos abre el camino de la vida eterna.


    Señor Jesús, que fuiste levantado en la cruz para darnos vida, enséñanos a mirarte siempre con fe. Cura nuestras heridas, fortalece nuestra débil esperanza y haznos caminar con los ojos puestos en la patria del cielo. Que, sostenidos por tu gracia, sepamos vivir en tu amor y aguardar confiados la plenitud de tu Reino. Amén.

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