“Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1 Cor. 1,1-3).
Al comenzar esta carta, segunda lectura de la misa de hoy, San Pablo no se presenta desde sus méritos ni desde su historia personal, sino desde una llamada: “llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios”. Siempre me ha conmovido esta expresión, porque me reconozco a mí mismo en ella. También yo me sé llamado, no por mis cualidades ni por mi valía personal, sino por pura iniciativa de Dios. El apostolado no es para mí un título honorífico ni un adorno espiritual: lo vivo como una exigencia, como un deber que me precede y me sobrepasa, y que me ha configurado con Jesucristo a través del sacramento del orden. Esa conciencia no aplasta, pero sí ayuda a situarse: me recuerda cada día que no me pertenezco y que mi vida tiene una misión que cumplir, que no es otra sino la de nuestro Salvador.
Pablo se dirige después a los cristianos de Corinto con una expresión de una profundidad inmensa: “a los santificados por Jesucristo, llamados santos”. En esas pocas palabras está contenida toda la vida cristiana. Por una parte, el don: hemos sido santificados por Jesucristo; es Él quien nos comunica su vida, su santidad, su Espíritu. Nada empieza en nosotros, todo comienza en Él. Pero, al mismo tiempo, aparece la llamada, y con ella el esfuerzo de corresponder: somos llamados a ser santos. La gracia no anula la tarea, la provoca. La santidad recibida pide ser acogida, cuidada, desplegada; puede crecer, pero también puede ser descuidada y casi desperdiciada si no hay correspondencia.
Por eso el saludo final del apóstol no es una fórmula vacía: “gracia y paz”. La gracia es la vida divina actuando en nosotros; la paz es su fruto más delicado, el don del Espíritu que ordena el corazón y lo unifica. Como apóstol, Pablo sabe —y yo lo experimento cada día— que estamos llamados no solo a recibir esa gracia, sino también a hacerla presente, a comunicarla, a repartirla humildemente. Y solo cuando la gracia permanece unida a la paz, todo lo que hacemos en nombre de Dios es verdadero y fecundo.
Señor Jesús, que me has llamado sin merecerlo, guarda viva en mí la conciencia de la gracia recibida y la responsabilidad de la llamada. No permitas que me acostumbre a lo santo ni que desperdicie el don. Concede a tu Iglesia, y a mi propio corazón, vivir siempre de tu gracia y caminar en tu paz. Amén.
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