jueves, 22 de enero de 2026

UN ICONO EN LA MALETA (1ª parte)


    Hace algunos años adquirí en San Petersburgo un doble pequeño icono integrado en un estuche de terciopelo. En más de una ocasión lo he llevado en la maleta conmigo en los viajes como una pequeña capilla portátil ante la que hacer mi oración, tanto en austeras celdas monásticas como en habitaciones de buenos hoteles en los que me he hospedado. Con el paso de los días, y de la oración, he ido descubriendo que no se trata de dos imágenes independientes, sino de una única confesión de fe expresada desde dos centros distintos. A la derecha, Cristo; a la izquierda, la Virgen con el Niño Jesús.


    Rodeando a ambos aparecen los mismos dieciséis iconos que, leídos de arriba abajo y de izquierda a derecha, narran la historia de la salvación desde la perspectiva de María, comenzando por su Nacimiento y terminando en su Asunción. Estas escenas son las siguientes: 1. Nacimiento de María. 2. Presentación de María en el templo. 3. Anunciación. 4. Nacimiento de Jesús. 5. Presentación de Jesús en el templo. 6. Bautismo de Jesús. 7. Resurrección de Lázaro. 8. Entrada en Jerusalén. 9. Transfiguración. 10. Última Cena. 11. Muerte de Jesús. 12. Descenso a los infiernos (Resurrección). 13. Ascensión. 14. Pentecostés. 15. Dormición de María. 16. Asunción de la Virgen.


    Es la misma historia, pero no se cuenta del mismo modo cuando el centro es Cristo que cuando el centro es María.


    En el icono de la derecha (que pueden ver abajo), Cristo aparece como el Revelador de Dios y Maestro de los hombres. Todo converge hacia Él. Su figura domina el centro, pero no por el poder: no es el poder lo que se sitúa en el centro, sino su enseñanza. Todo converge hacia Él porque todo se deja iluminar por lo que dice y por lo que es.


    Su nombre está abreviado a ambos lados del rostro: Jesús y Cristo. En el nimbo en forma de cruz se lee la antigua confesión de fe, el Nombre revelado por Dios a Moisés: “El que es”. No es un adorno ni una fórmula piadosa, sino una afirmación decisiva: en Jesús se hace visible el misterio mismo de Dios invisible.


    Con una mano sostiene un libro abierto. Es el corazón mismo del Evangelio: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis…”. Eso es lo que aparece escrito en él, en eslavo litúrgico. Toda la vida de Cristo y la vida de María -todas las escenas que los rodean- se interpretan desde ahí. El amor es el meollo del Evangelio y la clave de lectura de toda la historia de la salvación.


    Con la otra mano, Cristo bendice. Ese gesto, en este icono, es claramente confesional. Los dedos hablan. El índice y el corazón unidos proclaman su doble naturaleza: verdadero Dios y verdadero hombre. Los otros tres tocándose confiesan la Santísima Trinidad de Personas. Es una mano que enseña, que proclama, que resume el Credo sin necesidad de más palabras.


    Debajo de esta mano, casi como una respuesta visual, aparece uno de los dieciséis iconos, el de Pentecostés. En él, estando presente María, el Espíritu que Cristo promete a lo largo de su vida mortal, el Espíritu que anunciará y enviará tras su Pascua, aparece ya derramado sobre la Iglesia. La historia de la salvación ha alcanzado su plenitud. Así, todo el conjunto -nombre, nimbo, libro, mano y escenas- constituye una confesión de fe y, al mismo tiempo, un verdadero resumen del Evangelio.

(continuará mañana)



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