“Se apareció Jesús a los once y les dijo: ‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos’” (Mc. 16,15-18).
Hoy interrumpimos nuestra serie sobre los dones y los frutos del Espíritu Santo, porque la Iglesia celebra la fiesta de San Marcos, el autor del segundo Evangelio. Su nombre verdadero era Juan Marcos, y aunque no fue uno de los Doce, sí perteneció a la primera generación cristiana, aquella que tuvo contacto directo con los apóstoles y con el mismo Jesús. Su casa en Jerusalén parece haber sido un lugar importante para la Iglesia naciente: allí tuvo lugar, con toda probabilidad, la última cena, la primera aparición de Jesús resucitado a los apóstoles y la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés.
Pronto aparece vinculado a la figura de san Pablo y más tarde a la de san Pedro, de quien fue discípulo e intérprete. Su Evangelio recoge en gran medida la predicación viva del apóstol, por eso ha sido llamado con frecuencia el Evangelio de Pedro. El Evangelio según san Marcos es posiblemente el más antiguo y quizá el más sobrio de los cuatro. En él, Jesús aparece siempre en camino, avanzando con decisión, como si todo se dirigiera hacia Jerusalén. No es casualidad que los relatos de la pasión y muerte ocupen una parte muy amplia del conjunto, casi una cuarta parte del Evangelio: todo parece orientarse hacia la cruz, donde Cristo ofrece su vida por la redención del mundo.
El texto que hoy hemos escuchado, con el que se cierra su Evangelio, tiene ese tono característico: “Id al mundo entero”. El Evangelio no se guarda, se anuncia. Y no es solo palabra: allí donde es acogido, se hace vida, transforma, libera, sana. La fe no es algo superficial, sino una respuesta decisiva que abre al hombre a la salvación y lo introduce en la vida de Dios.
Hoy, en la fiesta de san Marcos, contemplamos el origen de todo: la Palabra anunciada con fidelidad y transmitida con sencillez. De ese anuncio nace la Iglesia, y en la Iglesia comienza a actuar el Espíritu, que poco a poco dará fruto en la vida de los creyentes.
Señor Jesús, danos un corazón sencillo para acoger tu Palabra, haznos dóciles a tu Espíritu y concédenos valentía para anunciarte con verdad y fidelidad, para que nuestra vida, como la de san Marcos, sea también testimonio vivo de tu Evangelio. Amén.