“Y dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Jn. 20,22).
La Pascua no es solamente el tiempo de las apariciones del Resucitado. Es, sobre todo, el tiempo en que Jesús va educando la fe de los suyos, fortaleciéndola, purificándola, llevándola poco a poco a su madurez. Los discípulos creen, pero su fe es todavía frágil; han visto, pero aún no comprenden del todo; han recibido la vida, pero esa vida recibida todavía no se ha desplegado plenamente en ellos. Por eso el Señor se acerca, les habla, les corrige, les consuela… y los prepara. Todo está orientado a un momento decisivo: el don del Espíritu Santo.
No se trata de algo añadido, como si después de la Resurrección viniera simplemente un complemento. El Espíritu Santo es la plenitud de la Pascua. El Resucitado no solo se deja ver por sus discípulos, sino que los transforma. No solo los consuela, sino que los capacita. No solo los confirma en la fe, sino que los hace capaces de vivir según Dios. Cuando infunde su Espíritu, los discípulos dejan de ser únicamente testigos temerosos para convertirse en hombres nuevos, enviados hasta los confines de la tierra.
En este horizonte queremos situarnos. A partir de hoy comenzamos una serie de artículos en los que iremos contemplando la acción del Espíritu Santo en el alma. No como una enseñanza teórica, sino como una realidad viva, que nos afecta personalmente y que está llamada a desplegarse en nosotros.
Tradicionalmente, la Iglesia nos habla de los dones y de los frutos del Espíritu Santo. Los dones, enseñados por el Catecismo de la Iglesia Católica, son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo (CEC, 1830). No son el fruto de nuestros esfuerzos, sino una capacidad recibida, una docilidad interior que nos permite dejarnos conducir por Dios más allá de nuestros propios cálculos, de nuestra lógica humana y limitada.
Los frutos del Espíritu Santo, por su parte, son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu como primicias de la gloria eterna (CEC, 1832). La tradición de la Iglesia, recogiendo las palabras del apóstol san Pablo, habla de estos frutos como aquello que se hace visible en la vida cuando Dios actúa en el alma (cf. Gál. 5,22-23). Son aquello que se percibe cuando el corazón vive verdaderamente unido a Dios.
Durante los próximos días iremos deteniéndonos, uno a uno, en los siete dones del Espíritu Santo. Después recorreremos también estos frutos, no como una simple enumeración, sino como un camino de vida interior, como una llamada concreta a dejarnos transformar por la gracia.
No basta con saber que el Espíritu Santo existe. No basta con creer en Él. Se trata de vivir de Él, de acoger su acción, de permitirle obrar, de dejar que la vida nueva recibida en nosotros crezca, madure y dé fruto. La Pascua nos conduce precisamente a eso: ¡a vivir!
Ven, Espíritu Santo, despierta y alienta en nosotros lo que Tú mismo has sembrado. Recuérdanos todo lo que Jesús nos ha enseñado y haznos comprenderlo desde dentro. Ilumínanos con la luz de tu gracia, fortalécenos en la fe, ensánchanos el corazón y haznos dóciles a tus inspiraciones. Que la vida nueva que hemos recibido no permanezca estéril en nosotros, sino que crezca, madure y dé fruto para gloria de Dios. Amén.