"El primer lenguaje de Dios es el silencio. Todo lo demás es una pobre traducción. Para entender este lenguaje, debemos aprender a ser silenciosos y a descansar en Dios" (de las enseñanzas del Card. Robert Sarah).
Pocos personajes eclesiales de la actualidad han enseñado tanto y tan bien del silencio como el Cardenal Sarah, antiguo Prefecto de Liturgia. En nuestro mundo, el ruido se ha convertido en una droga que nos impide escuchar. Vivimos sumergidos en un océano de ruido. Notificaciones, palabras, música y el zumbido constante de la actividad llenan cada resquicio de nuestro día. Este ruido no contiene comunicaciones relevantes; es más bien una atmósfera que dispersa el alma, la mantiene en la superficie y la ahoga en lo efímero. Es la "dictadura del ruido" contra la que advierte el Cardenal Sarah, un ambiente donde la voz tenue y apacible de Dios difícilmente puede ser percibida. En este caos sonoro, cultivar el silencio se convierte en un acto de resistencia espiritual: la construcción de un santuario interior desde el cual poder escuchar.
La Escritura nos enseña esta pedagogía divina en la experiencia del profeta Elías, el Padre espiritual del Carmelo. Angustiado y lleno de miedo, huyó al desierto y luego al monte Horeb. Allí, Dios no se reveló en el huracán devastador, ni en el terrible terremoto, ni en el fuego devorador. Su presencia se manifestó en "el murmullo de una suave brisa", en un sonido apacible y delicado que le hizo salir de la cueva en que se escondía. Este pasaje es clave: Dios habla en el susurro, no en el grito. Para oírlo, Elías necesitó apartarse del clamor de su propia angustia y del mundo, y adentrarse en un silencio expectante. Allí, en la quietud del desierto, pudo por fin escuchar y, al escuchar, recibir de nuevo su misión.
Este silencio al que estamos llamados es, por tanto, mucho más que la mera ausencia de sonido. Es una actitud interior de atención y plenitud. Es el espacio sagrado donde el alma se descalza como Moisés, y deja de hablar para empezar a escuchar a quien se revela en una zarza ardiente de verdad y de amor. Es el lugar donde dejamos de alimentar nuestros propios monólogos sobre Dios para permitirle que sea Él quien se revele a sí mismo. En este silencio, nos encontramos cara a cara con nuestra propia verdad, con nuestras fragilidades y anhelos, y es precisamente en esa vulnerabilidad donde Dios se hace presente. Como dice Sarah, el silencio "te da la oportunidad de verte a ti mismo, de escucharte a ti mismo, de escuchar a Dios". Es el umbral del encuentro auténtico.
Este encuentro tiene su escuela y su cumbre en la liturgia. El silencio sagrado no es un vacío incómodo, sino un acto de adoración. Es el clima necesario para que el misterio que se celebra resuene en lo profundo del corazón. Ante la majestad de Dios, las palabras humanas a menudo se quedan cortas; el silencio se convierte entonces en el lenguaje más elocuente de la adoración y el asombro. Pienso que quizás nuestras liturgias actuales padecen una inflación de sonidos, y una grave escasez de silencios.
Por eso quiero hoy dirigir a mis lectores una invitación urgente y personal. Debemos atrevernos a procurar apagar un poco los ruidos exteriores e interiores para crear en nuestra vida, en nuestros hogares, en nuestros templos, oasis de silencio. Pueden ser en unos minutos ante el Sagrario; o una pausa en medio del ajetreo en la soledad de nuestra habitación; o unos instantes de contemplación serena de la naturaleza o de una obra de arte. En esos momentos, podemos dejar de estar habitados por el murmullo del mundo para empezar a ser habitados por el silencio de Dios. Y desde ese centro de paz, aprenderemos a escuchar su voz no solo en la oración, sino también en el prójimo, en los acontecimientos cotidianos y en el susurro de la conciencia. El silencio, lejos de aislarnos, nos reconectará con la Fuente de todo Amor; y nos enviará, como a Elías, renovados, a nuestra misión.