“El temor del Señor es el principio de la sabiduría” (Prov. 9,10).
Hoy llegamos al séptimo y último de los dones del Espíritu Santo, que no es por ello el menos importante. El don de temor de Dios no es miedo, ni angustia ante un Dios que castiga. Es, más bien, una actitud interior de profundo respeto, de reverencia, de reconocimiento de quién es Dios y de quién soy yo ante Él. Es el don que nos sitúa en la verdad: Dios es Dios, y yo soy yo, es decir, su criatura. Y esta verdad, lejos de oprimir, libera, porque nos coloca en nuestro lugar real.
Este don es como el fundamento de toda la vida espiritual. Sin él, fácilmente caemos en la superficialidad, en tratar a Dios con ligereza, o incluso en vivir como si Él no existiera. El temor de Dios, en cambio, nos hace vivir en su presencia, con una conciencia viva de que Él está, nos ve y nos ama. No es una vigilancia tensa, sino una mirada que nos acompaña y nos sostiene.
El temor de Dios nos aparta del pecado, no por miedo al castigo, sino por amor. Nos duele ofender a Dios, no porque nos pueda castigar, sino porque es bueno, porque es Padre, porque nos ama. Es el llamado dolor de contrición, que la Iglesia nos invita a pedir en una oración muy conocida: “por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón el haberos ofendido”. Es el temor del hijo que no quiere entristecer a su Padre. Por eso este don está profundamente unido al amor: cuanto más se ama, más crece este santo temor.
Además, este don nos da humildad. Nos hace reconocer que todo lo hemos recibido, que no somos dueños de nada, que dependemos de Dios en todo. Y esta humildad es la puerta de todos los demás dones. El alma que vive en el temor de Dios es un alma abierta, disponible, dócil a la acción del Espíritu.
En cierto modo, el temor de Dios es el comienzo y también la custodia de toda la vida espiritual: nos introduce en ella y la protege. Nos guarda en la verdad, nos mantiene vigilantes y despiertos, nos ayuda a perseverar.
Espíritu Santo, infunde en nosotros este don del temor de Dios; enséñanos a vivir en la presencia de la Santísima Trinidad con un corazón humilde y reverente, a apartarnos del pecado por amor y a permanecer siempre en la verdad. Que nunca nos acostumbremos a tu gracia ni perdamos el respeto ante tu grandeza. Y que vivamos siempre como hijos que aman y veneran a su Padre. Amén.