“Usad mucho el callar con la boca hablando con hombres, y hablad mucho en la oración en vuestro corazón con Dios, del cual nos ha de venir todo el bien; y quiere Él que venga por la oración, especialmente pensando la pasión de Jesucristo nuestro Señor. Y si algo padeciereis de lenguas de malos (que otra cosa no hay que padezcáis), tomadlo en descuento de vuestras culpas y por merced señalada de Cristo, que os quiere limpiar con lengua de malos, como con estropajo, para que ella quede sucia, pues habla cosas sucias, y vosotros limpios con el sufrir, y vuestro bien esté cierto en el otro mundo. Mas no quiero que os tengáis por mejores que los que veis ahora andar errados; porque no sabéis cuánto duraréis en el bien, ni ellos en el mal; mas obrad vuestra salud con temor (Flp. 2,12) y en humildad; y de tal manera esperad vuestro bien en el cielo, que no juzguéis que vuestro prójimo no irá allá; y así conoced las mercedes que Dios os ha hecho, como no despertéis las faltas de publicano, en lo cual debemos escarmentar (Lc. 18,10-14)” (San Juan de Ávila, Carta 58).
San Juan de Ávila (1499-1569), doctor de la Iglesia, fue un sacerdote secular español, gran predicador y maestro espiritual, llamado con frecuencia “Apóstol de Andalucía”. Escribió varios tratados espirituales, entre los que destaca el Audi filia, aunque las palabras que citamos en este artículo están tomadas de una carta que escribió para consolar a unos discípulos suyos que sufrían persecución. Sus consejos son sobrios y profundos, de modo que parecen escritos para todos los tiempos. Ante la crítica, la calumnia o la incomprensión —esas “lenguas de malos” de las que habla—, el santo propone una actitud profundamente evangélica: silencio ante los hombres y oración ante Dios.
El mundo suele responder al ataque con defensa, al juicio con otro juicio, a la palabra hiriente con otra más hiriente todavía. Pero el santo propone otro camino: callar con los hombres y hablar con Dios. Es esta una sabiduría espiritual que brota de la experiencia: cuando el corazón se vuelve hacia Dios en la oración, muchas de las heridas humanas pierden su veneno. Allí se purifican las emociones, se ordenan los pensamientos y se aprende a mirar la vida con una luz más alta.
Más sorprendente aún es la interpretación que San Juan de Ávila da al sufrimiento causado por la maledicencia: puede convertirse en una gracia. Con una imagen muy expresiva dice que Cristo limpia el alma “con lengua de malos, como con estropajo”. Es decir, aquello que nos hiere puede, si se acepta con humildad, convertirse en un instrumento de purificación. Las palabras injustas dejan manchado al que las pronuncia, pero pueden dejar más limpio al que las soporta con paciencia.
El santo añade todavía una advertencia llena de realismo espiritual: no debemos creernos mejores que quienes ahora parecen equivocados. Nadie sabe cuánto perseverará en el bien, ni cuánto tardará el otro en levantarse del mal. Por eso el camino seguro es la humildad, trabajar la propia salvación “con temor y temblor” y mirar siempre al prójimo con esperanza.
En el fondo, esta carta nos recuerda una verdad profundamente cristiana: la santidad no consiste en defender nuestra imagen, sino en dejar que Dios purifique nuestro corazón. Incluso las contradicciones de la vida pueden convertirse en instrumentos de gracia cuando se viven unidos a la pasión de Jesucristo.