“Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: ‘Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo’. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: ‘Levantaos, no temáis’” (Mt 17,5-7).
Hoy celebra la Iglesia la Transfiguración del Señor. Esta fiesta siempre ha ejercido sobre mí una atracción especial. Quizá porque fui bautizado en la parroquia del Divino Salvador de Sevilla, una advocación que precisamente recuerda este misterio. Y se trata de una fiesta en la que todos los cristianos estamos invitados a subir con Pedro, Santiago y Juan hasta el monte, para dejarnos allí sorprender por una extraordinaria revelación del Señor.
Personalmente, cuanto más medito este pasaje del evangelio, menos me detengo en el resplandor del Señor y más en la nube que envuelve la escena. Es una nube luminosa, pero sigue siendo una nube. No permite ver con claridad. Dios se manifiesta ocultándose. Ya ocurrió en el Sinaí, en la Tienda del Encuentro y en el Templo de Jerusalén. Su presencia es tan inmensa que nuestros ojos no pueden abarcarla. No es que Dios permanezca lejos; es que está infinitamente por encima de cuanto somos capaces de comprender.
Quizá por eso los grandes contemplativos hablan tantas veces de la oscuridad. Cuando el alma se acerca a Dios, no siempre encuentra mayor claridad, más evidencias o más explicaciones. Con frecuencia entra en una nube donde desaparecen las seguridades humanas. Allí no se ve, pero sí se escucha. La voz del Padre no dice: “Miradlo”, sino: “Escuchadlo”. La fe no consiste tanto en poseer una visión extraordinaria como en aprender a escuchar a Cristo incluso cuando el camino permanece envuelto en el misterio.
Los discípulos reaccionan como tantos hombres y mujeres de la Biblia cuando se encuentran con la santidad de Dios: caen rostro en tierra, llenos de espanto. Hay un temor santo que brota del descubrimiento de la inmensa grandeza de Dios frente a nuestra pequeñez y nuestro pecado. Pero ese temor nunca tiene la última palabra. Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levantaos, no temáis”. El mismo misterio que sobrecoge es el que extiende una mano para levantarnos. El Dios inaccesible se ha hecho cercano en Jesucristo.
También nuestra vida conoce momentos de luz y momentos de nube. Hay días en que todo parece claro y otros en que solo podemos caminar apoyados en la fe. Quizá entonces convenga recordar que la nube no significa que Dios se haya marchado. Al contrario. En la Sagrada Escritura, la nube es precisamente el signo de que Él está presente. Cuando no alcanzamos a verlo, sigue hablándonos. Y cuando el misterio nos sobrepasa, Cristo continúa acercándose hasta nosotros para repetirnos con infinita ternura: “Levantaos, no temáis”. Quizá la verdadera transfiguración no consista en contemplar durante unos instantes el resplandor de Dios, sino en aprender a reconocer su presencia incluso cuando permanece escondido en la nube. Porque la fe no se alimenta de la visión, sino de la escucha. Quien aprende a escuchar al Hijo descubre, aun en medio de la oscuridad, una luz que ninguna nube puede ocultar.