“Rezando, dijeron: ‘Señor, Tú que penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido para que ocupe el puesto de este ministerio y apostolado, del que ha prevaricado Judas para marcharse a su propio puesto’. Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles” (Hch. 1,24-26).
Hoy la Iglesia celebra la fiesta del apóstol san Matías. Y resulta muy hermoso que esta fiesta llegue justamente cuando faltan solamente diez días para la gran solemnidad de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Quizás hoy mismo podría ser un buen momento para comenzar una novena al Espíritu Santo, preparando interiormente esa gran fiesta de la Iglesia, pidiendo luz, fuerza, discernimiento y docilidad a sus inspiraciones.
La primera comunidad cristiana vivía precisamente así: esperando al Espíritu Santo y creyendo firmemente que Él guiaba a la Iglesia. El relato de los Hechos de los Apóstoles es de una sencillez conmovedora. Los apóstoles necesitan completar el grupo de los Doce después de la traición y muerte de Judas Iscariote. Humanamente podrían haber discutido mucho, calculado, debatido o impuesto opiniones. Sin embargo, hacen algo muy distinto: rezan. Se ponen delante de Dios y le dicen con humildad: “Tú que penetras el corazón de todos…”. Ellos saben que no conocen plenamente el interior del hombre, pero Dios sí lo conoce.
Después echaron suertes. A nuestros ojos modernos podría parecer algo extraño, pero para aquella Iglesia naciente era un acto de fe. No estaban jugando al azar, sino confesando que el Espíritu Santo podía servirse incluso de aquello para manifestar la voluntad de Dios. Y así Matías fue asociado a los once apóstoles. Un hombre discreto, silencioso, del que apenas sabemos nada, pero al que Dios había mirado desde hacía mucho tiempo.
También nosotros necesitamos reaprender esta actitud espiritual. Vivimos rodeados de ruido, de prisas, de opiniones y cálculos humanos. Sin embargo, la Iglesia cree que el Espíritu Santo sigue actuando, sigue guiando, sigue inspirando. Dios continúa manifestando su voluntad de maneras muy diversas: en la oración, en la paz interior, en la fidelidad perseverante, en la escucha humilde, en acontecimientos aparentemente sencillos, e incluso a través de caminos inesperados.
San Matías nos recuerda que muchas veces Dios llama a personas que humanamente parecen irrelevantes y que nunca han llamado demasiado la atención. Hombres y mujeres que quizá pasan desapercibidos, pero que han permanecido fieles junto al Señor. Y cuando llega el momento, Dios los llama por su nombre.
Espíritu Santo, enséñanos a esperar, a escuchar y a dejarnos conducir por ti. Haznos dóciles a tus inspiraciones, como aquella primera comunidad cristiana que vivía unida en la oración junto con María, la Madre de Jesús, aguardando la venida del Espíritu Santo. Amén.