jueves, 30 de julio de 2026

DE LA CIMA A LA SIMA (7)

Hoy los peregrinos han comenzado la jornada ascendiendo al Krizevac, el Monte de la Cruz. Algunos de ellos, vencidos por el cansancio, decidieron quedarse descansando en Medjugorje. Los demás emprendieron a las cinco de la mañana la subida, rezando el Vía Crucis. El camino pedregoso exige esfuerzo, pero al llegar a la cima todo parece cobrar sentido. El aire es más fresco, el horizonte se abre en todas direcciones y, a la sombra de la gran Cruz que corona la montaña, uno experimenta una paz difícil de expresar con palabras. Siempre ocurre así: cuanto más nos acercamos a Cristo, más amplia se vuelve nuestra mirada. La Cruz es una maravillosa atalaya desde la cual se contempla el mundo desde una perspectiva completamente diferente.


Sin embargo, la verdadera lección de este día nos aguardaba por la tarde. Visitamos la Comunidad del Cenáculo, fundada hace más de cuarenta años por la Madre Elvira. Después de muchos años de vida religiosa, sintió la llamada de Dios a entregar su vida a los jóvenes esclavizados por la droga y otras adicciones. Para responder a esa vocación dejó la congregación a la que pertenecía y abrió en Saluzzo (Italia) la primera casa del Cenáculo, origen de una obra que hoy se ha extendido por numerosos países. Dos de aquellos jóvenes, un muchacho belga y otro español, de Murcia, nos abrieron su corazón con una sinceridad conmovedora. Uno habló de su dependencia de internet, de los videojuegos y de la pornografía; el otro, de la droga. Los dos coincidían en una misma expresión: “Toqué fondo”. No intentaban justificarse ni despertar compasión. Simplemente daban gracias porque, cuando ya no encontraban ninguna salida, Cristo resucitado salió a su encuentro.


En la capilla de la Comunidad del Cenáculo se conserva un hermoso icono pintado por los propios muchachos. Representa a Cristo resucitado descendiendo al lugar de los muertos para sacar de sus sepulcros a Adán y Eva. No los toma de la mano, sino que los agarra con fuerza por la muñeca y los arranca de la muerte. No es un detalle casual. El icono quiere expresar que el hombre, por sus propias fuerzas, no puede aferrarse a Dios para salir del abismo en el que ha caído. Es Cristo quien toma siempre la iniciativa. Es Él quien desciende hasta la sima, quien nos agarra cuando ya no somos capaces de sostenernos y quien nos levanta con la fuerza de su Resurrección.


Hoy hemos pasado de la cima a la sima. De la cima del Krizevac, donde la Cruz nos invita a elevar el corazón hacia Dios, a la sima en la que tantos hombres y mujeres terminan hundidos por el pecado, las adicciones y la desesperanza. Pero ambas realidades están unidas por un mismo misterio. La Cruz señala siempre hacia lo alto; y, cuando nosotros ya no podemos subir, Cristo desciende hasta nuestro abismo para tomarnos y conducirnos de nuevo hacia la luz.


Al despedirnos de la Comunidad del Cenáculo no nos llevábamos solamente el recuerdo de dos testimonios impresionantes. Nos llevábamos, sobre todo, una certeza. No existe sima tan profunda que el amor de Cristo no pueda alcanzar. Porque el Señor no solo nos espera en la cima de la montaña; también nos busca cuando hemos tocado fondo. Allí donde termina la esperanza humana, comienza siempre la esperanza de Dios.


miércoles, 29 de julio de 2026

UNA PAZ PERSEGUIDA (6)

El quinto día de nuestra peregrinación nos llevó por fin a Medjugorje. Nada más llegar emprendimos la subida al Podbrdo, el Monte de las Apariciones. Un guía nos introdujo en la historia de aquellos primeros días de junio de 1981, presentó la figura de los videntes y nos condujo hasta la llamada Cruz Azul, uno de los lugares más queridos por los peregrinos. Allí volvimos a escuchar el primer gran mensaje que la Virgen dirigió al mundo: “¡Paz, paz, paz! ¡Reconciliaos con Dios y entre vosotros!”. Rezando el santo Rosario ascendimos después hasta la imagen de la Virgen que corona la colina, conocida popularmente como la “Virgen coreana”, no por tener rasgos asiáticos sino por haber sido donada por un peregrino de Corea que encontró allí la fe en aquel lugar.


Sin embargo, apenas veinticuatro horas antes de nuestra llegada, Medjugorje había sufrido un violento ataque de odio. Mientras todavía nos encontrábamos en Bari contemplábamos con tristeza las fotografías que iban llegando: varias imágenes de la Virgen habían sido cubiertas de pintura negra; la gran carpa donde durante buena parte del año se celebra la santa Misa había sido incendiada en diversos puntos tras rociarla con líquido inflamable; y en distintos lugares aparecieron pintadas blasfemas y ofensivas. Todo parecía expresar el rechazo a un lugar que, desde hace cuarenta y cinco años, no hace otra cosa que invitar a los hombres a encontrarse con Dios y llamarlos a la paz. 


Pero al llegar descubrimos algo mucho más elocuente que los destrozos. No quedaba prácticamente ningún rastro de ellos. Desde primera hora de la mañana, jóvenes del pueblo, vecinos, voluntarios y miembros de la Comunidad del Cenáculo —fundada por la Madre Elvira para ayudar a personas esclavizadas por distintas adicciones— habían trabajado sin descanso para limpiar, reparar y devolver a cada rincón su aspecto habitual. El odio había actuado durante unas horas; el amor había respondido inmediatamente, con mayor fuerza y sin hacer ruido.


Quizá esa sea una de las lecciones más profundas de Medjugorje. El mal siempre hace mucho ruido, pero el bien trabaja en silencio. Satanás busca sembrar división, desesperanza y violencia; la Virgen, en cambio, no deja de conducir a sus hijos hacia Cristo, Príncipe de la Paz. Allí no se invita a nada extraordinario. Todo el mensaje puede resumirse en una sencilla llamada a vivir el Evangelio mediante las conocidas “cinco piedrecitas”: la oración hecha con el corazón, especialmente el santo Rosario; el ayuno vivido con generosidad; la lectura cotidiana de la Palabra de Dios; la participación frecuente en la santa Misa y la comunión; y la confesión mensual para permanecer siempre en la gracia de Dios.


Por la tarde recorrimos con nuestro guía los alrededores de la parroquia de Santiago y participamos en el impresionante programa vespertino de oración. Comenzó con el rezo de los misterios gozosos y dolorosos del Santo Rosario; después tuvo lugar la santa Misa, concelebrada por decenas de sacerdotes y vivida por miles de peregrinos llegados de todos los continentes. Siguió una prolongada oración de liberación y sanación. Al contemplar aquella inmensa asamblea se comprende que el auténtico milagro de Medjugorje no consiste en reunir multitudes, sino en llevar innumerables almas a la conversión, a la reconciliación con Dios y a una vida sacramental más intensa.


Al final, las manchas negras sobre las imágenes de la Virgen habían desaparecido. Pero quedaba una imagen mucho más fuerte grabada en el corazón: la del odio que intenta destruir y la del amor que reconstruye. Quizá sea esa la historia de toda la Iglesia. Las tinieblas nunca dejan de combatir la luz; sin embargo, la luz siempre acaba brillando de nuevo. Porque la paz que viene de Cristo puede ser perseguida, pero jamás derrotada.

martes, 28 de julio de 2026

ÁNGEL CELESTIAL, ÁNGEL HUMANO (5)

Hoy nuestra peregrinación ha estado acompañada por dos ángeles. Uno del cielo y otro de la tierra. El primero ha sido san Miguel Arcángel, a cuyo santuario del Monte Sant’Angelo hemos subido por la mañana para venerar el lugar donde, según una antiquísima tradición, quiso manifestar su protección sobre el pueblo cristiano. Descendiendo a aquella gruta sagrada, donde durante siglos han orado innumerables peregrinos, hemos recordado que Miguel no es solo el vencedor del maligno, sino también el gran testigo de la gloria de Dios. Su mismo nombre es una pregunta que atraviesa toda la historia: “¿Quién como Dios?”. Nadie. Nada. Solo Él merece el primer lugar en nuestro corazón. Solo Él puede colmar el anhelo infinito con que hemos sido creados.


Al mediodía hicimos un alto en Manfredonia. Algunos peregrinos pudieron acercarse a la playa, mientras otros paseaban por el paseo marítimo o se acercaban ala catedral. Allí compartimos también la comida antes de reemprender el camino. Aquella pausa junto al Adriático fue un momento de descanso y convivencia entre los peregrinos, antes de continuar hacia el destino de la tarde.


Al llegar a Bari visitamos la basílica que custodia el cuerpo de san Nicolás, trasladado desde Mira en el siglo XI y venerado desde entonces tanto por cristianos de Oriente como de Occidente. Si Miguel nos conduce hacia Dios, Nicolás nos conduce hacia los hombres. Toda su vida quedó marcada por una caridad tan delicada como generosa, hasta el punto de que las innumerables tradiciones nacidas en torno a su figura tienen siempre el mismo hilo conductor: un corazón que no sabía permanecer indiferente ante la necesidad ajena. También él fue un ángel, un enviado de Dios, pero con rostro humano, enviado para recordarnos que nadie puede decir que ama al Señor si permanece insensible ante el sufrimiento de sus hermanos.


Hoy hemos comprendido que estos dos ángeles anuncian, en realidad, un único Evangelio. Miguel nos enseña a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas. Nicolás nos enseña a amar al prójimo como a nosotros mismos. No son dos caminos distintos, sino los dos brazos de una misma cruz y los dos latidos inseparables de una misma vida cristiana. Solo cuando ambos amores crecen juntos alcanza el hombre la plenitud para la que fue creado. Quizá por eso el Señor ha querido que nuestra peregrinación encontrara hoy, en un mismo día, un ángel del cielo y un ángel de la tierra.

lunes, 27 de julio de 2026

UN HOGAR PARA DIOS (4)

       Hoy nuestra peregrinación nos ha llevado primero hasta Lanciano, donde se conserva el milagro eucarístico más antiguo y célebre de la Iglesia. En el siglo VIII, un monje basiliano, asaltado por fuertes dudas sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, vio cómo el pan consagrado se transformaba en carne y el vino en sangre. Aquel prodigio permanece todavía hoy ante los ojos de los peregrinos: un fragmento de tejido muscular del corazón humano y cinco coágulos de sangre, custodiados con inmenso respeto. Hemos rezado también en la antigua capilla donde tuvo lugar el milagro. Allí comprendemos que la fe no es un sentimiento vago ni una idea piadosa, sino el encuentro con un Dios que ha querido quedarse realmente con nosotros bajo las humildes apariencias del pan y del vino. La Eucaristía no necesita prodigios para ser verdadera, pero Dios, con infinita misericordia, ha querido conceder alguno para fortalecer la debilidad de nuestra fe.


        Desde allí nos hemos dirigido al Santuario de Loreto. Si Lanciano nos habla del Dios que quiere permanecer con nosotros en la Eucaristía, Loreto nos habla del Dios que quiso tener un hogar entre los hombres. En el corazón de la inmensa basílica se conservan las tres paredes de piedra de la casa de Nazaret, donde el ángel anunció a María el misterio de la Encarnación. La sencillez de aquellas piedras contrasta con la magnificencia del templo y del magnífico edículo de mármol proyectado por Bramante (1444-1514), que la protege como un precioso cofrecillo. Allí, en aquel espacio reducido, el Verbo se hizo carne; allí comenzó la historia nueva de la humanidad. Arrodillarse en la Santa Casa es experimentar que Dios ha santificado para siempre la vida cotidiana, el trabajo, el silencio… Allí probablemente nació María; allí fue concebida por sus padres, Joaquín y Ana, cuya fiesta celebrábamos ayer. ¡Allí Dios obró el extraordinario prodigio de una Inmaculada Concepción!


       Pero quizá uno de los lugares que más hondamente nos ha impresionado ha sido la capilla de San José, convertida hoy en capilla de adoración perpetua. Mientras el Santísimo permanece expuesto, los frescos que narran la vida del santo patriarca parecen conducir la mirada hacia Jesús escondido en la Eucaristía. Todo respira armonía, belleza y paz. En esta capilla, llamada “de los Españoles”, resulta casi imposible separar el arte de la oración, porque la belleza misma se convierte en un camino hacia Dios. Salimos de aquel lugar con el corazón sereno, dando gracias por haber podido recorrer, en un mismo día, el camino que va desde la casa donde Cristo comenzó a habitar entre nosotros hasta el altar donde continúa haciéndose realmente presente para permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos.

domingo, 26 de julio de 2026

DOS SERAFINES (3)

 El segundo día de nuestra peregrinación ha transcurrido enteramente en San Giovanni Rotondo, siguiendo las huellas de san Pío de Pietrelcina. Hemos celebrado la santa Misa en la antigua iglesia del convento, donde durante cuarenta y nueve años ofreció el santo sacrificio. Después recorrimos el monasterio, veneramos la pequeña celda donde murió en la madrugada del 22 al 23 de septiembre de 1968; también visitamos distintas dependencias del monasterio, entre ellas el pequeño coro donde, el 20 de septiembre de 1918, recibió los estigmas del Señor; y la iglesia nueva, construida para acoger el creciente número de peregrinos que acudían para asistir a la misa que celebraba cada día a las cinco de la mañana. Para la tarde dejamos la visita de la tercera iglesia, ya del siglo XXI, diseñada para acoger grandes peregrinaciones y expresar, mediante su arquitectura, una profunda idea teológica, además de custodiar el cuerpo del santo.


Recorremos un pasillo que va descendiendo, una auténtica vía sacra que conduce al corazón del santuario. Avanzamos en medio de paredes adornadas por los mosaicos del artista esloveno Marko Rupnik. Antes de llegar al lugar donde descansa el cuerpo del santo, dos grandes figuras reciben al peregrino. Son dos serafines, representados como auténticas llamas de fuego. Apenas se distinguen en ellos un rostro, unas manos y unos pies, llagados, que emergen de un incendio de amor. No son un simple elemento decorativo. Los serafines forman el coro más alto de los ángeles, los más cercanos al trono de la Santísima Trinidad, los que arden sin consumirse en el amor purísimo de Dios.


Mientras permanecía contemplándolos, me vino espontáneamente un pensamiento. Aquellos dos serafines me parece que representan a san Francisco de Asís y a san Pío de Pietrelcina. Dos hijos de la misma familia espiritual, dos hombres completamente abrasados por el amor de Cristo, dos vidas marcadas por las llagas del Señor recibidas en su propio cuerpo. En aquellas manos y en aquellos pies, apenas visibles entre las llamas, parecía resonar la misma llamada que recibió san Francisco en el monte Alverna y que, siglos después, alcanzó también al padre Pío en San Giovanni Rotondo: dejar que el amor de Dios transforme al hombre hasta hacerlo semejante al Crucificado.


A lo largo de este día hemos recordado también las durísimas persecuciones que sufrió el padre Pío, muchas de ellas nacidas precisamente dentro de la misma Iglesia. En dos lados opuestos de la cripta, dos mosaicos muestran escenas muy significativas: uno, a los tres jóvenes en medio del horno ardiente, protegidos por un ángel (Dn 3, 19-27); el otro, a José y a sus hermanos, con las gavillas inclinándose ante la suya, origen de la envidia que acabaría llevándolos a venderlo (Gn 37, 5-8). No parece una casualidad. El camino de los santos pasa muchas veces también por un fuego que no es el del amor, sino el de la persecución; y por unas llagas que no son sino las de la traición. Pero ese fuego no destruye a los amigos de Dios, sino que los purifica. Y quien permanece fiel descubre que nunca está solo, porque Dios envía siempre a sus ángeles para sostener a quienes confían en Él.


Quizá por eso aquellos dos serafines custodian la entrada al recinto más sagrado. El padre Pío no llegó hasta allí solamente por haber recibido los estigmas, sino porque antes dejó que el amor de Dios lo incendiara por completo. También nosotros estamos llamados a recorrer ese mismo camino. Nadie entra en la intimidad de Dios sin dejarse abrasar primero por su amor. Pero ese amor lleva grabada la señal de la Cruz. Pedir amar a Dios con un corazón puro es pedir, al mismo tiempo, participar de las llagas luminosas de Cristo. Son heridas que duelen -porque el amor verdadero duele- pero que terminan abriendo el camino hacia la verdadera cámara santa, aquella donde contemplaremos para siempre el rostro del Señor.

UN CÁLIZ EN EL CAMINO (2)

 El primer día de toda peregrinación suele estar lleno de ilusiones. También el nuestro. Hemos salido de Madrid en avión hacia Roma y, desde allí, en autobús hasta Pietrelcina. Tras una parada para comer, hemos podido recorrer las calles donde san Pío pasó su infancia, donde comenzó a responder a la llamada de Dios y donde, ya sacerdote y enfermo, vivió todavía algunos años con su familia. Sin embargo, el tiempo (que se había calculado muy mal) se nos echó encima, y no nos ha sido posible celebrar allí la santa Misa como estaba previsto. Hemos tenido que continuar hasta San Giovanni Rotondo y solo al final de la jornada, después de la cena y ya cerca de las once menos cuarto de la noche, pudimos reunirnos en la capilla de la Casa de Espiritualidad donde nos alojamos para celebrar la Santa Misa, junto al Señor presente en el sagrario.


Quizá alguno haya sentido una cierta decepción. Cuando organizamos algo con cariño, nos cuesta aceptar que las cosas no salgan como las habíamos imaginado. Nos ocurre en las peregrinaciones y nos ocurre, sobre todo, en la vida. Hay proyectos que fracasan, planes que se alteran, puertas que se cierran, responsabilidades que pesan sobre nosotros y nos hacen pensar que todo ha salido mal. Pero la fe nos enseña una verdad profundamente consoladora: Dios nunca pierde el gobierno de los acontecimientos. Él permite nuestra libertad, permite incluso la acción de nuestros enemigos espirituales, pero sigue siendo el Señor de la historia. Si hubiera querido que este primer día transcurriera exactamente como nosotros lo habíamos previsto, así habría sucedido. Si no ha sido así, es porque también este camino, con sus contratiempos, puede convertirse en instrumento de su gracia.


No deja de ser providencial que el evangelio de la solemnidad de Santiago Apóstol nos haya hablado precisamente del cáliz. Santiago y Juan soñaban con los primeros puestos, pero Jesús les preguntó únicamente: “¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”. El verdadero discípulo no se distingue porque todo le salga bien, sino porque sabe aceptar el cáliz que el Señor le ofrece cada día. A veces ese cáliz tiene el sabor de la enfermedad; otras, de la incomprensión, del cansancio, del fracaso o de la frustración. Beberlo con Cristo es creer que ninguna cruz es inútil y que, detrás de cada aparente derrota, el Padre está preparando una victoria más profunda.


Hoy hemos comenzado nuestra peregrinación aprendiendo una de las primeras lecciones del camino: no hemos venido a que se cumplan nuestros planes, sino a dejarnos conducir por los planes de Dios. Y esos planes son siempre mejores que los nuestros, aunque muchas veces solo podamos comprenderlo cuando miramos hacia atrás. La Eucaristía celebrada al final de una jornada larga, cansada e imperfecta quizá haya sido, precisamente por eso, uno de los momentos más auténticos de este primer día. Allí comprendimos que el verdadero centro de la peregrinación no era Pietrelcina ni San Giovanni Rotondo, sino Cristo, que nos esperaba pacientemente para enseñarnos a beber con Él el cáliz de cada jornada.

sábado, 25 de julio de 2026

EN CAMINO

 Me he venido a Madrid y mañana, solemnidad de Santiago Apóstol, emprenderemos una peregrinación acompañando a un grupo de cincuenta personas. No es mala fecha ponerse en camino el día del patrón de los peregrinos. Visitaremos, en primer lugar, Pietrelcina y San Giovanni Rotondo, tan vinculados a san Pío de Pietrelcina. Después nos acercaremos a la gruta del monte San Miguel, a Lanciano, donde se conserva el célebre milagro eucarístico, y al santuario de Loreto, para venerar la casita de la Virgen. Más tarde pasaremos por Manfredonia y luego llegaremos a Bari, donde haremos noche. Al día siguiente volaremos hasta Split y, desde allí, continuaremos en autobús hacia Međugorje, donde permaneceremos un par de días.


Mi propósito es ir compartiendo con ustedes, diariamente o con la mayor frecuencia posible, una pequeña crónica espiritual del viaje, para que también puedan participar, de alguna manera, en esta peregrinación, no solo conociendo los lugares que visitamos, sino también compartiendo las reflexiones que el Señor vaya suscitando en nuestro corazón.


Peregrinar es, en cierto modo, orar con los pies. Aunque hoy las peregrinaciones se hagan en avión, en tren o en autobús, no dejan de ser una auténtica experiencia penitencial. Peregrinar implica despegarse: salir de la propia comodidad, desprenderse de muchas seguridades y aceptar con paz las incomodidades, los retrasos, los cambios de planes y los pequeños sacrificios que inevitablemente aparecen en el camino.


También supone convivir con personas que no hemos elegido. Igual que no escogemos la familia en la que nacemos ni los compañeros con quienes trabajamos, tampoco elegimos a quienes comparten con nosotros una peregrinación. Habrá personas con las que todo resulte fácil y agradable, y otras con las que la convivencia exija paciencia, comprensión y caridad. Precisamente ahí se esconde una parte muy importante de la gracia del camino.


Toda peregrinación es, en el fondo, una imagen de la vida. En pocos días vivimos, de manera intensa, muchas de las circunstancias que encontramos a lo largo de los años: la alegría y el cansancio, el entusiasmo y la contrariedad, el encuentro, la espera, la oración, el silencio y la ayuda mutua. Ojalá que, mientras recorremos estos caminos santos, el Señor nos conceda también avanzar un poco más por el camino interior que conduce hasta Él.

viernes, 24 de julio de 2026

SOLO DIOS BASTA

                     


    Hoy celebra la Iglesia la memoria de san Charbel Makhlouf, en cuya figura se nos invita a contemplar a un hombre que hizo de Dios el centro absoluto de su existencia. Nacido en el Líbano en 1828, ingresó muy joven en la Orden Libanesa Maronita y, después de años de vida monástica, pasó los últimos veintitrés años de su vida enclaustrado en una diminuta ermita de apenas unos metros cuadrados. Allí, casi oculto para el mundo, entregó sus días al silencio, la oración, la penitencia y la celebración de la Eucaristía. Una existencia tan pobre y escondida que muchos la considerarían incomprensible, pero que se convirtió en una luminosa proclamación de que solo Dios basta.


    Un año antes de la muerte de san Francisco de Asís, el santo visitó a santa Clara en San Damián. Se encontraba profundamente abatido. La enfermedad, la casi total ceguera y las dificultades surgidas dentro de la Orden pesaban sobre su alma. Después de escucharle en silencio, Clara pronunció solamente cuatro palabras: “Dios es, y basta”. No necesitó decir nada más. Aquellas palabras bastaron para devolver la paz al corazón de Francisco, que salió de allí lleno de alegría, alabando al Señor.


    También esa podría haber sido la divisa de san Charbel. Él no escribió grandes tratados ni predicó a las multitudes. Su vida entera fue una silenciosa proclamación de que “Dios es, y basta”. Cuando un hombre descubre de verdad que Dios existe, que Dios ama y que Dios llena el corazón, todo lo demás encuentra su sitio. No dejan de existir los sufrimientos, las renuncias o la soledad, pero dejan de ocupar el primer lugar. El Absoluto ha aparecido y todo lo demás queda iluminado por Él.


    Quizá por eso san Charbel, sorprendentemente, atrae hoy a tantos hombres y mujeres, precisamente en una época tan distinta de la suya. Vivimos rodeados de ruido, de prisas y de distracciones; buscamos continuamente algo que calme nuestra inquietud. Y, sin embargo, el testimonio de aquel humilde ermitaño sigue diciendo, con una fuerza extraordinaria, que el corazón humano solo descansa cuando descansa en Dios. Lo que parecía una vida escondida se ha convertido en un faro para miles de personas.


    San Charbel, enséñanos a buscar a Dios por encima de todas las cosas, para que nuestro corazón encuentre en Él la paz, la alegría y la plenitud que nunca pasan. Amén.



jueves, 23 de julio de 2026

YA NO SOY YO


    “Yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” (Gál 2,19-20).


    Estas palabras de san Pablo, tomadas de la carta a los Gálatas, constituyen la primera lectura de la misa de hoy, fiesta de Santa Brígida de Suecia. Difícilmente podría haberse elegido un texto que resumiera mejor la vida de esta gran santa, copatrona de Europa. Porque la santidad no consiste, ante todo, en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que Cristo viva en nosotros hasta el punto de poder repetir con verdad: “Vivo, pero no soy yo el que vive; es Cristo quien vive en mí ”.


    Precisamente porque Cristo ocupaba el centro de su existencia, Santa Brígida sintió una atracción cada vez mayor hacia el misterio de la Pasión. De esa contemplación nacieron sus célebres oraciones sobre los sufrimientos del Señor, que durante siglos han alimentado la piedad de innumerables cristianos. También recibió profundas visiones sobre la vida y la Pasión de Jesucristo, no destinadas a satisfacer una curiosidad piadosa, sino para despertar un amor más intenso al Crucificado.


    Pero el mayor milagro de Santa Brígida no fueron sus visiones y revelaciones. El verdadero prodigio fue una existencia tan transformada por la gracia que podía transparentar la vida misma de Cristo. Los dones extraordinarios pasan, son para el tiempo; la santidad permanece, es para la eternidad. Dios no llama a todos a recibir revelaciones, pero sí invita a todos a vivir esa unión profunda con su Hijo que convierte nuestros pensamientos en los suyos, nuestras palabras en eco de las suyas y nuestro amor en reflejo del suyo.


    El secreto de todo está en la última frase de san Pablo: “Me amó y se entregó por mí”. No dice solamente “por nosotros”, aunque sea verdad. Lo dice en singular. Cada santo comienza a serlo cuando descubre que Cristo no ha amado únicamente al mundo, sino que lo ha amado personalmente a él. También Santa Brígida vivió desde esa certeza. Y quien llega a comprender que el Hijo de Dios se entregó por él ya no puede seguir viviendo para sí mismo. Sin darse apenas cuenta, un día descubre que aquellas palabras del Apóstol han dejado de ser un ideal para convertirse en una realidad: “Ya no soy yo”.

miércoles, 22 de julio de 2026

VOLVERSE A LA REALIDAD

 

    “Ellos le preguntan: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’ Ella les contesta: ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: ‘Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?’ Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Jesús le dice: ‘¡María!’ Ella se vuelve y le dice:
‘Rabbuní!’, que significa: ‘¡Maestro!’”
(Jn 20,13b-16).


    Hoy es la fiesta de Santa María Magdalena, y hay un detalle en el Evangelio de la misa del día que fácilmente puede pasar desapercibido, pero que encierra una extraordinaria enseñanza sobre nuestra propia conversión. El evangelista dice dos veces que María Magdalena ‘se vuelve’. No se trata simplemente de un cambio de postura, sino de dos movimientos interiores muy distintos. El primero consiste en apartarse del sepulcro. Deja a su espalda la tumba del Señor, símbolo de un pasado marcado por el dolor, por la muerte y por una ausencia que ella cree definitiva. Es un pasado que ya no existe y, sin embargo, continúa pesando sobre su corazón más que la enorme piedra que cerraba el sepulcro. María se vuelve hacia el presente, pero todavía contempla ese presente desde las lágrimas. Su cuerpo ha cambiado de dirección; su corazón, todavía no.


    Por eso no reconoce a Jesús, aunque lo tiene delante. El Resucitado está de pie, vivo, junto a ella, pero María sigue viendo la realidad con los ojos del Viernes Santo. Todo cuanto contempla queda interpretado desde la pérdida que cree haber sufrido. Incluso cuando Jesús le dirige la palabra, ella apenas escucha su pregunta. Responde inmediatamente con aquello que ocupa todo su pensamiento: ‘Si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Busca con un amor inmenso, pero todavía busca a un muerto. Quiere encontrar un cuerpo para seguir cuidándolo, sin sospechar que Aquel a quien ama está vivo y es precisamente quien le está hablando.


    Todo cambia cuando Jesús pronuncia una sola palabra: ’¡María!’. No le ofrece una explicación, no le demuestra que ha resucitado, no responde a sus razonamientos. Simplemente la llama por su nombre. Y entonces el Evangelio vuelve a decir que ‘ella se vuelve’. Esta segunda vuelta es la verdadera conversión. Ya no consiste en apartarse del pasado, sino en abandonar una manera equivocada de mirar el presente. María deja de contemplar la realidad desde el dolor para verla desde la presencia del Resucitado. Ahora sí descubre a Jesús vivo, de pie ante ella. El pasado ha dejado de gobernar su mirada. La muerte ya no tiene la última palabra. Solo entonces puede responder con aquel grito que resume toda su fe y todo su amor: ’¡Rabbuní!’.


    También nuestra conversión suele recorrer esas mismas etapas. Rara vez sucede como la de san Pablo, instantánea y definitiva. Casi siempre comenzamos alejándonos de aquello que nos hace daño, de nuestros pecados, de nuestras heridas o de nuestros fracasos. Pero eso no basta. Podemos haber dejado atrás el sepulcro y seguir viviendo como si Cristo permaneciera dentro de él. Seguimos interpretando el presente desde antiguas heridas, desde viejos miedos o desde recuerdos que ya no deberían gobernar nuestra vida. Solo cuando el Señor pronuncia nuestro nombre aprendemos a mirar la realidad con ojos nuevos. La verdadera conversión no consiste únicamente en dejar atrás el pasado, sino en descubrir que Jesucristo vivo está, desde hace tiempo, de pie junto a nosotros, esperándonos para enviarnos, como a María Magdalena, a anunciar a los demás la alegría de la Resurrección.


    Señor Jesús, llámame también a mí por mi nombre. Haz que me vuelva una y otra vez hacia ti, hasta aprender a mirar toda mi vida desde tu presencia viva y no desde mis miedos o mis heridas. Que, como María Magdalena, pueda reconocerte, seguirte y anunciar con alegría que Tú has vencido para siempre a la muerte. Amén. 





lunes, 20 de julio de 2026

A LO HONDO DEL MAR

 


    "¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar” (Miq. 7,18-19).


    Hay palabras de la Sagrada Escritura que nos conmueven por su belleza, y hay otras que, además de conmovernos, nos obligan a creer algo que supera nuestra experiencia humana. Esta, tomada de la primera lectura de la misa de hoy, es una de ellas. Todos sabemos lo que significa recordar una ofensa. Todos sabemos lo difícil que resulta borrar de la memoria una herida o una traición. Nosotros podemos perdonar y, sin embargo, seguir recordando. Dios, en cambio, no solo perdona: destruye nuestras culpas y arroja nuestros pecados a lo hondo del mar. Lo que Él perdona deja verdaderamente de existir como culpa ante sus ojos.


    A veces me pregunto qué milagro es mayor. Hubo un momento en que yo no existía. No había un solo recuerdo, un solo pensamiento, un solo latido mío. Y, sin embargo, Dios me llamó a la existencia y creó de la nada un alma inmortal que nunca dejará de vivir. Ese es un misterio inmenso. Pero me resulta aún más asombroso creer que Dios pueda borrar el pecado. No simplemente dejar de castigarlo, sino hacerlo desaparecer. Por eso resulta tan significativa la escena del paralítico al que descienden por el techo hasta los pies de Jesús. Todos esperaban una curación física. Sin embargo, las primeras palabras del Señor fueron: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (cf. Mc. 2,1-12). Aquello escandalizó a los presentes, porque comprendieron que solo Dios puede perdonar los pecados. Después Jesús curó también el cuerpo, para mostrar visiblemente el poder invisible que había ejercido sobre el alma.


    El pecado no tiene la última palabra sobre nuestra historia. La última palabra la tiene siempre la misericordia de Dios. Cuando Él perdona, la culpa queda destruida por la fuerza redentora de Cristo. Pueden permanecer las consecuencias de nuestros actos o el recuerdo de nuestra fragilidad, pero la culpa ha desaparecido. Dios no vuelve sobre ella, porque la ha arrojado, como dice el profeta, “a lo hondo del mar”.


    En la celebración de la misa suelo escoger para profesar la fe de la Iglesia el Símbolo de los Apóstoles. No porque sea más breve que el otro, el llamado niceno-constantinopolitano, sino porque concluye con una profesión de fe que siempre impresiona: “Creo en el perdón de los pecados.” Es una afirmación inmensa. Creemos que Dios puede recrearnos por dentro, devolvernos la gracia perdida y comenzar de nuevo con nosotros. Esa certeza sostiene nuestra esperanza y nos permite levantarnos una y otra vez, confiando no en nuestras fuerzas, sino en la infinita misericordia del Señor.


    Señor Jesús, aumenta nuestra fe para creer de verdad en el perdón de los pecados. Haz que nunca desconfiemos de tu misericordia y que vivamos siempre con la alegría humilde de quienes han sido reconciliados contigo. Amén.

domingo, 19 de julio de 2026

EL DÉCIMO PERSONAJE


    “Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,26-27).


    Con esta reflexión concluye el recorrido que he querido compartir durante estos días siguiendo el itinerario de la novena en honor de la Virgen del Carmen. Hemos ido acercándonos a María de la mano de quienes tuvieron la gracia de encontrarse con Ella. San Gabriel nos enseñó a entrar en su casa; santa Isabel, a acogerla; san José, a vivir y morir con Ella; los pastores, a velar; Simeón y Ana, a reconocer; los Magos, a buscar; los servidores de Caná, a confiar; san Juan, a permanecer; y la Iglesia naciente, reunida en el Cenáculo, a orar con María y como María.


    Podría parecer que el camino termina aquí. Pero, en realidad, los nueve personajes no eran el final del camino. Eran nuestros maestros. Cada uno nos ha enseñado una actitud del corazón, un paso necesario para acercarnos a la Virgen. Gracias a ellos hemos aprendido a contemplarla con ojos nuevos. Sin embargo, el Evangelio no concluye con ninguno de ellos. Termina dejando una puerta abierta.


    Esa puerta conduce hasta nosotros. El décimo personaje ya no pertenece a las páginas del Evangelio. El décimo personaje eres tú. Soy yo. Somos todos los que, siglos después, seguimos escuchando las palabras de Jesús: “Ahí tienes a tu madre.”


    Ésa es la gran pregunta con la que termina la novena. Ya no importa tanto qué descubrieron Gabriel, Isabel, José o los Magos. La pregunta decisiva es otra: ¿qué descubro yo en María? ¿Qué lugar ocupa realmente en mi vida? Porque la devoción a la Virgen no consiste solamente en admirarla, invocarla o hablar de Ella. Consiste en recibirla.


    El evangelista añade un detalle de extraordinaria sencillez: “Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.” No dice que la recibiera solo bajo su techo. La expresión significa mucho más. La recibió entre las cosas más íntimas de su vida, en aquello que le era más propio. Ésa es también la invitación que Jesús dirige hoy a cada uno de nosotros. No basta con visitar de vez en cuando la casa de María; hemos de dejar que María entre en la nuestra.


    Si estos días de novena han servido para conocerla un poco más, para amarla un poco más y, sobre todo, para abrirle un poco más la puerta de nuestro corazón, entonces el camino habrá dado fruto. Porque la novena termina, pero la presencia de María en nuestra vida no termina nunca. Al contrario, es precisamente ahora cuando comienza de verdad. Ése es el último regalo que el Señor nos hace desde la cruz: una Madre que nos acompañe hasta conducirnos definitivamente a Él.