“Todo atleta se impone toda clase de privaciones” (1 Cor. 9,25).
Después de haber meditado sobre la modestia en el día de ayer, damos un paso más y nos detenemos hoy en la continencia, el undécimo fruto del Espíritu Santo. No es todavía la paz plena de quien ya vive totalmente unificado, sino el combate fiel de quien, con la ayuda de la gracia, aprende a gobernarse. La continencia no elimina de inmediato los impulsos desordenados, pero sí da la fuerza para no dejarse arrastrar por ellos. Es un fruto humilde, silencioso, pero absolutamente necesario en el camino espiritual.
“Todo atleta se impone toda clase de privaciones”. La palabra del Apóstol nos sitúa en una imagen muy concreta: la del atleta que se prepara, que se controla, que se ejercita con esfuerzo constante. La vida cristiana no está exenta de esta dimensión de lucha. Hay en nosotros tendencias que tiran en direcciones diversas, deseos que no siempre están ordenados, inclinaciones que buscan imponerse. La continencia es esa capacidad, fruto del Espíritu, de poner un límite, de decir NO cuando es necesario, de no conceder a cada impulso que experimentamos el derecho a convertirse en acto. No es pura represión, sino libertad que se conquista día a día.
Este fruto tiene mucho que ver con la vivencia de la verdad. La persona continente no vive según lo que le apetece en cada momento, sino según lo que reconoce como bueno delante de Dios. Esto refleja una gran dignidad: el empeño por no ser uno esclavo de sí mismo. En un mundo que identifica libertad con hacer lo que uno siente, la continencia aparece como una luz discreta que recuerda que la verdadera libertad consiste en poder elegir el bien, incluso cuando cuesta.
Es como un terreno que se va limpiando para que pueda crecer algo. Por eso este fruto del Espíritu, aunque pueda parecer austero, está lleno de esperanza. Anuncia una libertad más plena que todavía está por venir.
Señor, Tú conoces la fragilidad de nuestro corazón y la fuerza de nuestros impulsos. Danos tu Espíritu para que sepamos contenernos, para que no vivamos a merced de lo que sentimos, sino según tu verdad. Haznos libres de verdad, capaces de elegir el bien incluso cuando cuesta, y conduce nuestro corazón hacia esa paz profunda que solo Tú puedes dar. Amén.