Me he venido a Madrid y mañana, solemnidad de Santiago Apóstol, emprenderemos una peregrinación acompañando a un grupo de cincuenta personas. No es mala fecha ponerse en camino el día del patrón de los peregrinos. Visitaremos, en primer lugar, Pietrelcina y San Giovanni Rotondo, tan vinculados a san Pío de Pietrelcina. Después nos acercaremos a la gruta del monte San Miguel, a Lanciano, donde se conserva el célebre milagro eucarístico, y al santuario de Loreto, para venerar la casita de la Virgen. Más tarde pasaremos por Manfredonia y luego llegaremos a Bari, donde haremos noche. Al día siguiente volaremos hasta Split y, desde allí, continuaremos en autobús hacia Međugorje, donde permaneceremos un par de días.
Mi propósito es ir compartiendo con ustedes, diariamente o con la mayor frecuencia posible, una pequeña crónica espiritual del viaje, para que también puedan participar, de alguna manera, en esta peregrinación, no solo conociendo los lugares que visitamos, sino también compartiendo las reflexiones que el Señor vaya suscitando en nuestro corazón.
Peregrinar es, en cierto modo, orar con los pies. Aunque hoy las peregrinaciones se hagan en avión, en tren o en autobús, no dejan de ser una auténtica experiencia penitencial. Peregrinar implica despegarse: salir de la propia comodidad, desprenderse de muchas seguridades y aceptar con paz las incomodidades, los retrasos, los cambios de planes y los pequeños sacrificios que inevitablemente aparecen en el camino.
También supone convivir con personas que no hemos elegido. Igual que no escogemos la familia en la que nacemos ni los compañeros con quienes trabajamos, tampoco elegimos a quienes comparten con nosotros una peregrinación. Habrá personas con las que todo resulte fácil y agradable, y otras con las que la convivencia exija paciencia, comprensión y caridad. Precisamente ahí se esconde una parte muy importante de la gracia del camino.
Toda peregrinación es, en el fondo, una imagen de la vida. En pocos días vivimos, de manera intensa, muchas de las circunstancias que encontramos a lo largo de los años: la alegría y el cansancio, el entusiasmo y la contrariedad, el encuentro, la espera, la oración, el silencio y la ayuda mutua. Ojalá que, mientras recorremos estos caminos santos, el Señor nos conceda también avanzar un poco más por el camino interior que conduce hasta Él.