martes, 10 de marzo de 2026

TOCADOS Y HUNDIDOS


    “Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: ‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?’ Jesús le contesta: ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’” (Mt. 18,21-22).


    En el evangelio de hoy Pedro todavía piensa el perdón como una mercancía que puede contarse y medirse. Siete veces, seguramente, ya le parece mucho; es una cifra bastante generosa, casi heroica. Pero Jesús rompe ese cálculo humano y le dice: “hasta setenta veces siete”. No está expresando un número exacto, sino un horizonte sin límites: siempre. El perdón cristiano no nace de una contabilidad moral, sino del amor. Y quien ama de verdad no lleva cuentas. Perdona porque participa del corazón de Dios, y el corazón de Dios es una fuente inagotable. Jesús invita a Pedro -y a cada uno de nosotros- a entrar en esa lógica divina donde la misericordia no conoce límites.


    En esta misma línea me iluminan mucho las palabras de Ramón Llull en el Libro del Amigo y del Amado que sigo meditando en esta Cuaresma: “Peligraba el Amigo en el grande mar de amor, y confiábase en la ayuda de su Amado, quien le dijo: ‘El lago de amor es muy al contrario de los otros lagos, porque en aquél se salva quien se zambulle a lo más profundo; y quien no se anega y sale fuera, éste se pierde, lo que muy al revés acontece en los demás lagos’. Y por esto el Amigo deja de temer” (nº 311).


    El amor de Dios funciona al revés de la lógica del mundo. En los mares ordinarios de la vida, quien se hunde perece; en el mar del amor divino, se salva quien se sumerge sin reservas. El que intenta mantenerse en la superficie (“no se anega”), defendiendo su orgullo, guardando cuentas de los agravios o aferrándose al resentimiento, termina perdiéndose. Pero quien se atreve a descender a lo profundo del amor -quien perdona “setenta veces siete”, como pide Jesús- descubre que no se ahoga: es sostenido por la misma misericordia de Dios.


    Perdonar “setenta veces siete” es, en realidad, aceptar esa inmersión. Cada acto de perdón es un pequeño salto hacia el fondo del lago del amor. Y allí, donde parecía que el hombre se perdía, se encuentra con Dios. Tocados por su amor, hundidos en su misericordia.


    Señor Jesús, enséñanos a no calcular el amor ni medir el perdón. Haznos entrar sin miedo en ese lago profundo de tu misericordia, donde el corazón que se entrega no se pierde, sino que encuentra la Vida. Amén.

lunes, 9 de marzo de 2026

¿SEREMOS COMO NAAMÁN?


    “Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a decirle: ‘Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio’. Naamán se puso furioso y se marchó diciendo: ‘Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra”. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio’. Dándose la vuelta, se marchó furioso. Sus servidores se le acercaron para decirle: ‘Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!’ Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio” (2 Re. 5,9-14).


    Naamán llega con toda la grandeza de un general cargado de éxitos militares y poder. Carros, caballos, servidores… todo el aparato propio de un hombre importante. Pero nada de eso puede curar su lepra. Esperaba un gesto solemne, una ceremonia impresionante, una intervención espectacular del profeta. En cambio, recibe una indicación sorprendentemente sencilla: bañarse siete veces en el Jordán. Y esa sencillez le irrita. Le parece demasiado poca cosa.


    También nosotros somos muchas veces como Naamán. Nos cuesta creer que Dios actúe a través de medios simples. Esperamos algo extraordinario, algo difícil. Y cuando Dios nos habla a través de lo sencillo -una obediencia humilde, una palabra discreta, un gesto pequeño, los sacramentos celebrados con normalidad- tendemos a despreciarlo. Pensamos que algo tan simple no puede venir de Dios.


    Pero el problema no está en Dios. Dios es extraordinariamente sencillo, porque es perfectamente uno. En Él no hay división ni complicación interior. La sencillez pertenece a la misma naturaleza de Dios. Nosotros, en cambio, somos los complicados, los divididos por dentro, llenos de resistencias, de expectativas y de orgullo. Por eso lo sencillo nos desconcierta.


    Naamán solo se cura cuando acepta descender, cuando renuncia a su orgullo y se sumerge obedientemente en el Jordán. Entonces sucede el milagro: su carne se vuelve como la de un niño. Algo parecido sucede también en la vida espiritual. Si la carne de Naamán se volvió como la de un niño, lo importante para nosotros es que nuestra alma, nuestro espíritu, se vuelva como el de un niño. La verdadera curación es la infancia espiritual: la confianza, la sencillez, la obediencia humilde ante Dios. Acoger estas palabras puede llevarnos también a que la piel de nuestra alma, por así decirlo, se vuelva limpia y tierna como la de un niño pequeño.


    Señor Jesús, líbranos de la soberbia que desprecia los caminos sencillos. Danos un corazón humilde y confiado para obedecer tu Palabra, y haz que también nuestra alma recupere la pureza y la sencillez de un niño. Amén.

domingo, 8 de marzo de 2026

SED DE AGUA VIVA

    “La mujer le dice: ‘Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?’. Jesús le contestó: ‘El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna’” (Jn. 4,11-14).


    La mujer samaritana, protagonista del evangelio de hoy, piensa en el agua del pozo de Jacob: un agua buena, necesaria, pero que hay que volver a buscar cada día. Jesús no desprecia ese pozo, pero revela algo mucho más profundo: existe otra agua que no se saca con cubos ni depende de la profundidad de ningún pozo. Es el agua que viene de Dios y que puede transformar el corazón humano en fuente.


    También nosotros conocemos bien esos pozos de los que tantas veces bebemos. Son muchos y están muy cerca de nuestra vida cotidiana. A veces es el pozo del reconocimiento, el deseo de que los demás nos valoren, nos escuchen, nos tengan en cuenta. O el pozo del éxito, de la eficacia, de sentir que todo sale bien y que nuestra vida funciona. O el pozo de las pequeñas distracciones que nos llenan durante un rato: conversaciones superficiales, entretenimiento constante, redes sociales, noticias, información continua… También puede ser el pozo de nuestras propias seguridades: lo que poseemos, lo que controlamos, lo que creemos tener asegurado para el futuro. Incluso en la vida espiritual podemos buscar pozos que nos tranquilicen: prácticas hechas de un modo rutinario, consolaciones sensibles, la satisfacción de cumplir. Todo esto puede aliviar la sed durante un momento… pero no la apaga del todo.


    Por eso la palabra de Jesús resulta tan luminosa y tan verdadera: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed”. La experiencia lo confirma. Después de beber en esos pozos, volvemos a sentir el mismo vacío, la misma inquietud, la misma necesidad de algo más profundo. Jesús, en cambio, no ofrece simplemente otra agua más, sino algo totalmente distinto: una fuente interior. Su gracia, su Espíritu, su presencia viva en el corazón pueden convertir la vida en un manantial que no depende de factores externos: un surtidor que brota desde dentro.


       La Cuaresma es precisamente el tiempo en que el Señor nos invita a mirar con sinceridad dónde estamos buscando el agua. Es un tiempo para reconocer cuál es nuestra sed verdadera y también nuestros pozos insuficientes. El ayuno, el silencio, la oración o la limosna no son solo prácticas exteriores: son caminos para dejar espacio a esa agua que Dios quiere derramar en nosotros. Cuando el corazón se vuelve más sencillo y más pobre, queda más libre para recibir el don de Dios. Entonces empezamos a comprender que la vida cristiana no consiste solo en esforzarnos más, sino en dejar que Cristo haga brotar en nosotros su propia vida, su agua viva. 


    Señor Jesús, Tú conoces mi sed más profunda, incluso aquella que yo mismo apenas reconozco. Muchas veces he buscado agua en pozos que solo alivian por un momento y vuelven a dejar el corazón vacío. En esta Cuaresma quiero acercarme a ti con mi pobreza y mi sed. Derrama en mi corazón esa agua viva que es tu Espíritu, para que mi vida no dependa de consuelos pasajeros, sino que encuentre en ti la fuente que no se agota, el manantial que salta hasta la vida eterna. Así sea. 

sábado, 7 de marzo de 2026

BUSCAR A CRISTO EN LA CRUZ


    "¡Oh Jesús Nazareno, que quiere decir florido, y cuán suave es el olor de ti, que despierta en nosotros deseos eternos y nos hace olvidar los trabajos, mirando por quién se padecen y con qué galardón se han de pagar! ¿Y quién es aquel que te ama, y no te ama crucificado? En la cruz me buscaste, me hallaste, me curaste y libraste y me amaste, dando tu vida y sangre por mí en manos de crueles sayones; pues en la cruz te quiero buscar y en ella te hallo, y hallándote me curas y me libras de mí, que soy el que contradice a tu amor, en quien está mi salud. Y libre de mi amor, enemigo tuyo, te respondo, aunque no con igualdad, empero con semejanza, al excesivo amor que en la cruz me tuviste, amándote yo y padeciendo por ti, como tú, amándome, moriste de amor de mí. Mas ¡ay de mí, y cuánta vergüenza cubre a mi faz, y cuánto dolor a mi corazón!, porque siendo de ti tan amado, lo cual muestran tus tantos tormentos, yo te amo tan poco como parece en los pocos míos" (San Juan de Ávila, Carta 58).


    En este texto apasionado de san Juan de Ávila late una intuición profundamente mística: el verdadero conocimiento de Cristo nace ante la Cruz. Allí el alma descubre algo que ninguna reflexión puramente intelectual podría alcanzar: que ha sido buscada, hallada, curada y amada. El santo doctor, apóstol de Andalucía, no contempla la Cruz solo como un hecho histórico, sino como un encuentro personal con Cristo. El Señor no murió simplemente por la humanidad en general; murió por mí. Y ese descubrimiento cambia completamente la mirada del alma.


    La Cruz aparece entonces como el lugar donde se revela el amor más extremo (cf. Jn.13,1). Allí Jesús busca al hombre perdido y lo rescata incluso de sí mismo. San Juan de Ávila señala algo muy profundo: no solo necesitamos ser liberados del pecado, sino también de nuestro propio amor desordenado, de ese amor a nosotros mismos que tantas veces contradice el amor de Dios. Y es precisamente el amor crucificado de Cristo el que tiene fuerza para curar esa raíz interior.


    Pero cuando el alma contempla ese amor, nace también una santa vergüenza. No es una vergüenza estéril ni desesperada, sino una vergüenza llena de luz: la conciencia de haber sido infinitamente amado y de amar tan poco. Los santos conocen bien este dolor, que en realidad es una forma preciosa del amor. Cuanto más se descubre el amor de Cristo, más desea el alma responderle, aunque sea pobremente, con una vida entregada.


    Jesús, mi Señor crucificado, que en la Cruz me buscaste cuando yo no te buscaba: haz que tu amor despierte en mi corazón un amor verdadero. Que al contemplarte herido por mí, aprenda a amarte más y a olvidar tantas cosas insignificantes para vivir solo para ti. Amén.


viernes, 6 de marzo de 2026

TODO ES GRACIA


    En el camino espiritual hay avances y retrocesos. Hay momentos en los que un creyente se siente fuerte, decidido a cambiar, lleno de buenos propósitos y con la voluntad firme para luchar contra el pecado. Y hay también momentos de debilidad, de cansancio interior o de mediocridad, en los que experimenta con claridad que sin la gracia de Dios nada puede.


    Cuando avanzamos, fácilmente pensamos que lo hemos conseguido con nuestro esfuerzo. Cuando caemos, nos culpamos por nuestra debilidad. Sin embargo, la verdad es más profunda y más humilde a la vez. Incluso el deseo de mejorar, la fuerza para levantarnos y la decisión de volver a empezar son ya un don de Dios. La gracia no sustituye a la voluntad, pero la despierta, la fortalece y la orienta.


    Por eso la vida cristiana no consiste en elegir entre gracia o esfuerzo, como si fueran dos fuerzas opuestas. La voluntad del hombre coopera con la gracia, y la gracia sostiene ese esfuerzo interior. Dios actúa en nosotros sin destruir nuestra libertad, y nuestra libertad alcanza su plenitud cuando responde a la acción de Dios.


    Cuando el cristiano descubre esto, algo cambia en su interior. Deja de apoyarse en sí mismo con orgullo, pero también deja de desesperar por sus caídas. Aprende a vivir en una humilde confianza. Sabe que debe luchar, pero sabe también que la victoria pertenece siempre a Dios.


    La verdadera conversión comienza cuando comprendemos que todo es gracia: la llamada, el deseo de buscar a Dios, la fuerza para levantarnos después del pecado y la luz que ilumina nuestro corazón. Entonces la vida espiritual deja de ser una tensión angustiosa entre éxito y fracaso y se convierte en un caminar confiado con Cristo.


    Señor Jesús, concédenos un corazón humilde que coopere con tu gracia. Haznos comprender que sin ti no podemos hacer nada, pero que contigo todo puede comenzar de nuevo. Amén.

jueves, 5 de marzo de 2026

CALLAR CON LOS HOMBRES, HABLAR CON DIOS


    “Usad mucho el callar con la boca hablando con hombres, y hablad mucho en la oración en vuestro corazón con Dios, del cual nos ha de venir todo el bien; y quiere Él que venga por la oración, especialmente pensando la pasión de Jesucristo nuestro Señor. Y si algo padeciereis de lenguas de malos (que otra cosa no hay que padezcáis), tomadlo en descuento de vuestras culpas y por merced señalada de Cristo, que os quiere limpiar con lengua de malos, como con estropajo, para que ella quede sucia, pues habla cosas sucias, y vosotros limpios con el sufrir, y vuestro bien esté cierto en el otro mundo. Mas no quiero que os tengáis por mejores que los que veis ahora andar errados; porque no sabéis cuánto duraréis en el bien, ni ellos en el mal; mas obrad vuestra salud con temor (Flp. 2,12) y en humildad; y de tal manera esperad vuestro bien en el cielo, que no juzguéis que vuestro prójimo no irá allá; y así conoced las mercedes que Dios os ha hecho, como no despertéis las faltas de publicano, en lo cual debemos escarmentar (Lc. 18,10-14)” (San Juan de Ávila, Carta 58).


    San Juan de Ávila (1499-1569), doctor de la Iglesia, fue un sacerdote secular español, gran predicador y maestro espiritual, llamado con frecuencia “Apóstol de Andalucía”. Escribió varios tratados espirituales, entre los que destaca el Audi filia, aunque las palabras que citamos en este artículo están tomadas de una carta que escribió para consolar a unos discípulos suyos que sufrían persecución. Sus consejos son sobrios y profundos, de modo que parecen escritos para todos los tiempos. Ante la crítica, la calumnia o la incomprensión —esas “lenguas de malos” de las que habla—, el santo propone una actitud profundamente evangélica: silencio ante los hombres y oración ante Dios.


    El mundo suele responder al ataque con defensa, al juicio con otro juicio, a la palabra hiriente con otra más hiriente todavía. Pero el santo propone otro camino: callar con los hombres y hablar con Dios. Es esta una sabiduría espiritual que brota de la experiencia: cuando el corazón se vuelve hacia Dios en la oración, muchas de las heridas humanas pierden su veneno. Allí se purifican las emociones, se ordenan los pensamientos y se aprende a mirar la vida con una luz más alta.


    Más sorprendente aún es la interpretación que San Juan de Ávila da al sufrimiento causado por la maledicencia: puede convertirse en una gracia. Con una imagen muy expresiva dice que Cristo limpia el alma “con lengua de malos, como con estropajo”. Es decir, aquello que nos hiere puede, si se acepta con humildad, convertirse en un instrumento de purificación. Las palabras injustas dejan manchado al que las pronuncia, pero pueden dejar más limpio al que las soporta con paciencia.


    El santo añade todavía una advertencia llena de realismo espiritual: no debemos creernos mejores que quienes ahora parecen equivocados. Nadie sabe cuánto perseverará en el bien, ni cuánto tardará el otro en levantarse del mal. Por eso el camino seguro es la humildad, trabajar la propia salvación “con temor y temblor” y mirar siempre al prójimo con esperanza.


    En el fondo, esta carta nos recuerda una verdad profundamente cristiana: la santidad no consiste en defender nuestra imagen, sino en dejar que Dios purifique nuestro corazón. Incluso las contradicciones de la vida pueden convertirse en instrumentos de gracia cuando se viven unidos a la pasión de Jesucristo.

miércoles, 4 de marzo de 2026

ASCENDER DESCENDIENDO


    “No sabéis lo que pedís (…). ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? (…). Y llamándolos, les dijo: ‘El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos’” (Mt. 20,22. 26-28).


    Jesús no niega el legítimo deseo de grandeza que tienen los hijos de Zebedeo en el evangelio de hoy, sino que lo purifica. No apaga esa aspiración a lo más alto, sino que la transforma. Mientras que los demás discípulos piensan en puestos de honor, Él habla de cáliz. Mientras ellos imaginan tronos, Él revela la importancia de la entrega. La verdadera subida es la que pasa por la bajada. La verdadera primacía consiste en hacerse el último.


    Aquí está la inversión radical que revela el Evangelio. En el mundo, subir es imponerse; en el Reino, subir es servir. Y servir no es simplemente hacer cosas por los demás: es dejar de ocupar el centro. Es aceptar que la propia vida no nos ha sido dada para afirmarnos, sino para darnos. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido. Ha venido a entregar su vida. La medida de la grandeza es la capacidad de darse.


    Esta enseñanza enlaza profundamente con la doctrina de la Subida al Monte Carmelo de San Juan de la Cruz. Allí se nos dice que el alma no llega a la unión buscando lo más alto, lo más sabroso, lo más brillante, sino caminando por la senda de la negación y el despojo, de la noche. El apetito de honras —incluso espirituales— debe ser purificado. El deseo de “sentarse a la derecha” es todavía demasiado humano. El camino seguro es la fe desnuda, la renuncia silenciosa, el anonadamiento interior.


    ¿Podéis beber el cáliz?” Esa es la pregunta decisiva. No se trata de ocupar un lugar, sino de compartir el destino de Jesús. Beber el cáliz es aceptar la lógica de la cruz: perder para ganar, ocultarse para fructificar, morir para resucitar. En esa aparente pérdida se esconde la verdadera exaltación.


    Al final, la grandeza cristiana no consiste en ser visto, sino en amar. Y el amor verdadero siempre tiene forma de servicio. Ahí comienza la auténtica subida: cuando dejamos de buscar nuestro puesto y aceptamos, con paz, el lugar que Dios nos concede.


    Señor Jesús, purifica nuestros deseos y arranca de nosotros toda ambición escondida. Danos un corazón humilde, capaz de servir sin buscar reconocimiento, y haz que encontremos nuestra verdadera grandeza en amar como Tú amas. Amén.




martes, 3 de marzo de 2026

MÁS ALLÁ DE LOS CONSUELOS


    En el primer libro de la Subida al Monte Carmelo, san Juan de la Cruz trata de la noche del sentido: el dominio de los apetitos y pasiones, el aprendizaje de una sobriedad real que libera el corazón de lo inmediato y dispone a la unión con Él. Pero, al pasar al segundo libro, entra en una noche mucho más oscura y exigente: la noche activa del espíritu. Ya no se trata de silenciar apetitos sensibles, gustos inmediatos o inclinaciones visibles, sino de purificar todo aquello que, siendo espiritual, despierta en nosotros un gusto o una inclinación que nos ata.


    Queremos conocer a Dios. Pero muchas veces queremos conocerlo a nuestra manera: comprenderlo, sentirlo, saborearlo, deducirlo con nuestra inteligencia. Sin embargo, el único camino seguro es la fe, y la fe es oscura. No ilumina como una evidencia, ni consuela como una emoción tierna. La fe es noche para el alma. Y esa noche exige que aprendamos a renunciar también a nuestros gustos espirituales.


    Hay personas muy inclinadas a lo dulce. Les encanta el azúcar, lo desean y necesitan muy a menudo a lo largo del día. Y el azúcar, tomado sin medida, termina dañando la salud: el gusto desordenado empuja a buscarlo cada vez más y a descuidar otros alimentos más necesarios. En la vida espiritual sucede algo parecido cuando buscamos solo lo dulce, como consuelos, sentimientos, experiencias espirituales, visiones u otros fenómenos sobrenaturales.


    Entre esas golosinas espirituales está también el deseo de reconocimiento. El Evangelio de hoy, precisamente, nos advierte con claridad: “No os dejéis llamar rabí… no llaméis padre a nadie… no os dejéis llamar maestro… el primero entre vosotros sea vuestro servidor” (cf. Mt. 23,8-12). A todos nos gusta brillar un poco. Nos agrada que nos reconozcan, que nos escuchen, que nos consideren una referencia. Son dulces espirituales: pueden parecer inofensivos, pero no purifican el alma ni la disponen plenamente para la unión con Dios.


    Ahí es donde la noche activa del espíritu nos purifica. Nos enseña a caminar sin títulos, sin necesidad de ser confirmados, sin apoyarnos en el gusto de ser alguien. Porque mientras busquemos ese brillo, aunque no sea mundano sino espiritual, todavía no estamos buscando sólo a Cristo. Y únicamente quien le busca sólo a Él puede esperar unírsele en unión de amor. 


    Señor, líbranos de buscarte por avidez de gustos y consuelos. Enséñanos a hacerlo por puro y despojado amor. Purifica nuestros apetitos, incluso los espirituales, para que no nos distraigan ni un instante en la búsqueda del único tesoro que merece la pena: Tú. Así sea. 

lunes, 2 de marzo de 2026

DE LA NADA AL TODO


    “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, en vuestro regazo; porque con la medida con que midáis se os medirá a vosotros’” (Lc. 6,36-38).


    Hace algunos días ya comenté aquí que pensaba aprovechar la Cuaresma para releer la Subida al Monte Carmelo de san Juan de la Cruz. Desde ayer estoy dando Ejercicios espirituales a monjas carmelitas en Córdoba, y he pensado compartir con ustedes las reflexiones que yo mismo me hago al hilo de las lecturas y el trabajo apostólico. He terminado ya el primer libro de la Subida, donde el Santo explica qué es la noche oscura y por qué es necesario atravesarla para llegar a la unión con Dios. Habla particularmente de la noche de los sentidos y de los apetitos. ¿Qué es un apetito? Es esa inclinación, ese deseo, esa tendencia interior que nos empuja hacia algo que nos atrae. No es malo en sí mismo; forma parte de nuestra condición humana. Pero cuando el alma se deja gobernar por sus apetitos desordenados, entonces —dice nuestro místico— queda atormentada, oscurecida, ensuciada, debilitada. El apetito desordenado no solo inquieta y produce los anteriores efectos, sino que ciega el alma, la entibia, y le quita fuerza para practicar el bien.


    San Juan de la Cruz no propone aniquilar el deseo, sino purificarlo. No se trata de que desaparezcan los apetitos, sino de que no determinen nuestra vida. Aquí resuena con fuerza aquella expresión que usa san Ignacio en los Ejercicios Espirituales (nº 21) para explicar su utilidad: “para vencerse a sí mismo y ordenar la propia vida sin determinarse movido por alguna afección desordenada”. Es la misma batalla interior. La noche oscura no es desprecio de lo humano, sino camino hacia una libertad más alta. El alma aprende a no vivir movida por lo que le apetece, sino por lo que ama en Dios.


    En esta línea el Evangelio de hoy adquiere una profundidad nueva. “Sed misericordiosos… no juzguéis… perdonad… dad”. Solo un corazón libre de sus desordenados apetitos (afectos) puede no juzgar, puede no condenar, puede dar sin calcular. Cuando el alma está dominada por su orgullo, por su susceptibilidad o por su deseo de tener razón, mide con mezquindad. Pero cuando ha pasado por la purificación, empieza a medir con la medida de Dios. Y esa medida es “generosa, colmada, remecida, rebosante”.


    Dad y se os dará”. El Señor no nos invita a una estrategia para recibir más, sino a entrar en la lógica del Reino. El alma purificada ya no vive para acumular, sino para entregarse. Y cuanto más se vacía de sí, más espacio hace para la gracia. La noche del sentido, que al principio parece tiempo de pérdida, camino para la nada, se convierte entonces en ensanchamiento del corazón, en ruta para alcanzar el Todo. Dejamos las estrecheces y miserias y aprendemos la amplitud de la misericordia del Padre.


    Señor Jesús, purifica nuestros deseos. No permitas que nuestros apetitos nos cieguen o nos debiliten. Haznos libres para no juzgar, para perdonar de verdad y para dar con medida generosa, de modo que nuestra vida, purificada en la noche, se abra a la unión contigo. Amén.

domingo, 1 de marzo de 2026

LA LUZ Y LA NUBE


    “De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: ‘Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: ‘Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo’. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: ‘Levantaos, no temáis’” (Mt. 17,3-7).


    La escena narrada en el evangelio de hoy se abre con una revelación: Moisés y Elías conversan con Jesús. La Ley y los Profetas dialogan con Él como reconociendo que todo lo anunciado en la Sagrada Escritura encuentra ahora su plenitud. No es un coloquio cualquiera: es el Antiguo Testamento inclinándose ante su cumplimiento. Y Pedro, conmovido por la hermosura de ese instante, quiere detenerlo, fijarlo, habitarlo para siempre. “¡Qué bueno es que estemos aquí!”. Es el deseo humano de eternizar la consolación, de prolongar la luz, de construir tiendas para que lo eterno no se nos escape. Pero la experiencia de Dios no se posee; se recibe y se continúa en el camino.


    Mientras Pedro habla, la nube luminosa los envuelve. La nube es signo de la Presencia que oculta y revela a la vez. No permite ver del todo, pero deja sentir que Dios está allí mismo. Y desde la nube resuena la Voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado… Escuchadlo”. La clave no es construir tiendas, sino escuchar. No es tratar de retener la experiencia, sino acoger la Palabra. En la cima del monte no se nos pide administrar la experiencia, sino dejarnos enseñar por Dios. La auténtica experiencia mística no es evasión, sino obediencia amorosa a la Voz que nos conducirá después a la llanura.


    Los discípulos caen rostro en tierra, llenos de espanto. Cuando la Gloria se manifiesta, el hombre no solo descubre su pequeñez, sino que queda turbado y desarmado ante lo Santo. Pero entonces sucede el gesto más delicado del episodio: Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levantaos, no temáis”. El Dios que deslumbra es el mismo que toca con ternura. El que habla desde la nube es el que se inclina y roza la fragilidad. Toda experiencia verdadera de Dios termina en esta palabra: no temáis. No temáis la luz, no temáis la cruz que vendrá después, no temáis bajar del monte. Él ha tocado nuestra vida.


    Señor Jesús, que en la luz de tu gloria nos atraes y con el contacto de tu mano nos sostienes, enséñanos a escucharte en la nube y en el camino, y a no temer cuando tu Voz nos conduzca más allá de nuestras tiendas. Amén.