“Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rom. 8,14).
Llegamos hoy al final del recorrido espiritual que hemos venido realizando durante estas semanas pascuales. Han sido veintiún artículos nacidos del deseo de vivir la Pascua no solo como el recuerdo de la resurrección de Jesucristo, sino también como imagen de esa vida nueva que el Espíritu Santo quiere hacer crecer en nosotros. Porque el tiempo pascual no mira únicamente hacia un acontecimiento pasado. La Pascua habla también del alma transformada, renovada y vivificada por Dios. Habla de la vida cristiana entendida como crecimiento interior bajo la acción del Espíritu Santo.
Por eso comenzamos contemplando los dones del Espíritu Santo, esas disposiciones interiores que hacen al alma más dócil a Dios y más sensible a sus inspiraciones. Los dones expresan sobre todo la acción interior y silenciosa del Espíritu Santo en nosotros. Después nos hemos detenido en los frutos, que son la manifestación visible y madura de esa presencia divina: la manera concreta de amar, de sufrir, de vivir, de reaccionar y de entregarse. Los frutos dejan transparentar exteriormente la obra interior de Dios.
En el fondo, todo este itinerario ha querido recordarnos que la vida cristiana no consiste simplemente en nuestro esfuerzo por ser mejores personas o por comportarnos correctamente. La vida cristiana es, ante todo, la vida del Espíritu en nosotros. El verdadero protagonista de la santidad es el Espíritu Santo. Él va modelando el alma lentamente según el modelo de Cristo. La va cristificando poco a poco, configurándola con Jesús, como un artista que trabaja pacientemente su obra. Purifica los afectos, ilumina la inteligencia, fortalece la voluntad y transforma lentamente la mirada, el corazón y la manera de vivir.
Muchas veces esa acción divina es silenciosa y casi imperceptible. Pero precisamente así actúa con frecuencia el Espíritu Santo: sin ruido, sin imponerse, trabajando en lo escondido del corazón. Y quizá muchos lectores se hayan reconocido en algunas luchas, deseos, pobrezas o esperanzas que han ido apareciendo a lo largo de estas meditaciones. Tal vez ese sea ya un signo de que Dios continúa actuando y conduciéndonos interiormente.
Ahora nos acercamos a Pentecostés. Y después de haber recorrido juntos este camino de dones y frutos, quizá comprendemos un poco mejor que la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejarnos transformar por Dios hasta que toda nuestra vida refleje cada vez más los sentimientos y la vida misma de Cristo.
Espíritu Santo, continúa tu obra en nosotros. Haznos dóciles a tus inspiraciones y perseverantes en el camino interior. Que los dones que Tú siembras en el alma produzcan frutos visibles de amor, de paz, de bondad y de pureza. Y que toda nuestra vida llegue a ser, poco a poco, reflejo humilde y verdadero de Jesucristo. Amén.