El artículo que publiqué ayer sobre santa Hildegarda de Bingen ha suscitado mayor interés del que esperaba. Tanto en el canal de Telegram como en el blog han llegado preguntas y deseos de conocerla mejor. Me alegra mucho que otras personas compartan esta misma fascinación mía. Por eso, a partir del próximo viernes, quiero dedicar varios programas de Ciudadanos del Cielo, en Radio María —los viernes a las 11:30 de la mañana—, a acercarnos a su vida, a sus virtudes y, en la medida de lo posible, a ese extraordinario universo espiritual que dejó plasmado en sus escritos.
Conviene hacer desde el principio una advertencia. Hildegarda no es una autora fácil. No porque carezca de belleza o de profundidad, sino precisamente porque pertenece de lleno a un mundo que se encuentra muy lejos del nuestro. Nació en 1098 y murió en 1179. Su manera de contemplar el universo, el cuerpo humano, las enfermedades, los alimentos, las plantas o los animales responde inevitablemente a las categorías científicas y culturales del siglo XII. Quien abra sus libros esperando encontrar un tratado moderno de medicina, nutrición o botánica probablemente terminará desconcertado. Para entenderla hay que entrar, poco a poco, en su mundo.
Y todavía puede resultar más desconcertante el universo de sus visiones. Hildegarda afirma haber recibido desde niña una singular capacidad de visión espiritual —manifestada ya desde los tres o cuatro años—, aunque durante muchos años guardó silencio sobre ella. Cuando finalmente comenzó a poner por escrito lo que contemplaba, surgieron algunas de sus obras fundamentales. No se limita a contar una visión: la describe minuciosamente, escucha palabras que iluminan su significado y después desarrolla una larga interpretación teológica y espiritual. En algunos manuscritos esas visiones aparecen acompañadas por imágenes extraordinarias. La investigación actual considera que, al menos en el gran manuscrito iluminado del Scivias realizado durante su vida, Hildegarda pudo intervenir muy directamente en la concepción de las imágenes, aunque naturalmente esto no significa que podamos asegurar que ella misma las pintara.
Tres grandes libros contienen el corazón de su obra visionaria y teológica. El primero es el Scivias, título que suele traducirse como Conoce los caminos. Es su primera gran obra y constituye una inmensa contemplación de Dios, de la creación, del pecado, de la redención, de la Iglesia y de la historia de la salvación. Después escribió el Liber vitae meritorum (Libro de los méritos de la vida), donde aparecen enfrentados vicios y virtudes y donde la vida humana es contemplada como un combate espiritual. Finalmente compuso el Liber divinorum operum (Libro de las obras divinas), su gran obra de madurez: una grandiosa visión del universo, del hombre y de toda la creación procedente de Dios, sostenida por Dios y orientada hacia Él. Estas tres obras ocupan un lugar central en el inmenso legado que llevó a Benedicto XVI a proclamarla Doctora de la Iglesia en 2012.
Escribió también sobre la naturaleza, las enfermedades y la salud en una gran obra que la tradición manuscrita terminó transmitiendo en dos conjuntos diferenciados: la Physica, dedicada principalmente a las propiedades de plantas, árboles, piedras, animales y otros elementos de la creación, y Causae et curae (Causas y remedios), centrada especialmente en el ser humano, la salud, las enfermedades y sus remedios. Son obras fascinantes en las que se entremezclan la observación de la naturaleza, el saber médico medieval, la tradición recibida y una determinada comprensión teológica del cosmos.
Y todavía queda mucho más. Hildegarda fue también compositora. Conservamos numerosas piezas de música sacra, reunidas bajo el título Symphonia harmoniae caelestium revelationum (Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales). Escribió también el extraordinario Ordo virtutum (El orden de las virtudes), un drama espiritual y musical en el que las Virtudes combaten por el alma frente al diablo. Nos han llegado además centenares de cartas dirigidas a papas, obispos, emperadores, abades, comunidades religiosas y personas de muy distinta condición; escritos relacionados con la Regla de san Benito; y hasta una curiosísima Lingua ignota (Lengua desconocida), una lengua creada por ella de la que conservamos un amplio vocabulario de palabras inventadas. La variedad de su producción es verdaderamente asombrosa.
Por todo ello, quizá no sea aconsejable comenzar el conocimiento de Hildegarda tomando simplemente uno de sus grandes libros y poniéndose a leer desde la primera página. Si a algunos lectores les cuesta adentrarse directamente en santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz, el salto cultural que exige Hildegarda es todavía mucho mayor. Puede ser preferible comenzar por una buena biografía, conocer primero a la mujer, la monja, la abadesa, la fundadora, la consejera y la profetisa; comprender después un poco su mundo; y solo entonces ir abriendo sus escritos con alguna ayuda que permita interpretarlos.
Eso es precisamente lo que quisiera intentar con distintos pequeños artículos y con los programas de Ciudadanos del Cielo. Tampoco yo he leído, ni mucho menos, toda la inmensa obra de santa Hildegarda, y sigo acercándome a ella y descubriéndola poco a poco. No pretendo, por tanto, abarcarla —sería imposible—, sino abrir algunas puertas y compartir aquello que vaya conociendo y que pueda ayudarnos a comprenderla mejor. Quizá, más adelante, podríamos incluso preparar un retiro-cursillo de varios días, donde se pudiera entrar con mayor calma y profundidad en algunos de sus textos. Hildegarda requiere paciencia. Pero, cuando uno consigue atravesar la distancia de nueve siglos que nos separa de ella, comienza a descubrir una personalidad fascinante y, sobre todo, una mujer apasionadamente habitada por Dios.