“Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma.” (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 99).
Con esta afirmación luminosa, San Juan de la Cruz nos introduce en el corazón mismo del misterio cristiano. Dios no ha dicho muchas palabras: ha dicho una sola. Y esa Palabra es su Hijo. No se trata de un sonido pasajero ni de un mensaje entre otros. Cristo es la Palabra eterna, pronunciada desde siempre y para siempre. En Él, el Padre nos ha dicho todo lo que quería decirnos. No hay una revelación mayor ni una verdad más profunda que Jesucristo.
Pero el santo añade algo que puede sorprendernos: esa Palabra “habla siempre en eterno silencio”. Dios no se impone con estrépito ni busca vencer por la fuerza. Su voz es discreta, profunda, capaz de llegar allí donde el ruido no alcanza. Por eso solo puede ser verdaderamente escuchada por un corazón recogido. El alma que aprende a callar comienza a percibir que Dios no está ausente ni mudo, sino que habla sin cesar en lo hondo.
El evangelio de este domingo nos recuerda que Cristo no ha venido “a abolir la Ley, sino a dar plenitud” (Mateo 5,17). Esto no quiere decir que haya venido como un nuevo legislador que sustituya a Moisés con otras normas distintas, más exigentes. No, sino que la plenitud es Él mismo. Jesús encarna en su persona, en sus palabras y en sus obras, la verdadera Ley. Es la voluntad del Padre que se ha hecho carne. La Ley ya no es solo un texto escrito, sino un rostro al que mirar, una vida concreta que contemplar e imitar.
También nosotros vivimos rodeados de muchas palabras que compiten por atraer nuestra atención. Sin embargo, solo una permanece, solo una sostiene, solo una salva. Todo pasa; Cristo permanece. Aprender a escucharle es el trabajo de toda la vida, un ejercicio constante de humildad, de desapego de lo superfluo y de amor.
Señor Jesús, Palabra eterna del Padre, gracias por esta semana en la que, de la mano de San Juan de la Cruz, nos has enseñado a buscar el silencio y la verdad del corazón; prepáranos para vivir la Cuaresma que se acerca con un alma recogida, dócil y agradecida. Amén.