“Yo he muerto a la ley por medio de la ley, con el fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” (Gál 2,19-20).
Estas palabras de san Pablo, tomadas de la carta a los Gálatas, constituyen la primera lectura de la misa de hoy, fiesta de Santa Brígida de Suecia. Difícilmente podría haberse elegido un texto que resumiera mejor la vida de esta gran santa, copatrona de Europa. Porque la santidad no consiste, ante todo, en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que Cristo viva en nosotros hasta el punto de poder repetir con verdad: “Vivo, pero no soy yo el que vive; es Cristo quien vive en mí ”.
Precisamente porque Cristo ocupaba el centro de su existencia, Santa Brígida sintió una atracción cada vez mayor hacia el misterio de la Pasión. De esa contemplación nacieron sus célebres oraciones sobre los sufrimientos del Señor, que durante siglos han alimentado la piedad de innumerables cristianos. También recibió profundas visiones sobre la vida y la Pasión de Jesucristo, no destinadas a satisfacer una curiosidad piadosa, sino para despertar un amor más intenso al Crucificado.
Pero el mayor milagro de Santa Brígida no fueron sus visiones y revelaciones. El verdadero prodigio fue una existencia tan transformada por la gracia que podía transparentar la vida misma de Cristo. Los dones extraordinarios pasan, son para el tiempo; la santidad permanece, es para la eternidad. Dios no llama a todos a recibir revelaciones, pero sí invita a todos a vivir esa unión profunda con su Hijo que convierte nuestros pensamientos en los suyos, nuestras palabras en eco de las suyas y nuestro amor en reflejo del suyo.
El secreto de todo está en la última frase de san Pablo: “Me amó y se entregó por mí”. No dice solamente “por nosotros”, aunque sea verdad. Lo dice en singular. Cada santo comienza a serlo cuando descubre que Cristo no ha amado únicamente al mundo, sino que lo ha amado personalmente a él. También Santa Brígida vivió desde esa certeza. Y quien llega a comprender que el Hijo de Dios se entregó por él ya no puede seguir viviendo para sí mismo. Sin darse apenas cuenta, un día descubre que aquellas palabras del Apóstol han dejado de ser un ideal para convertirse en una realidad: “Ya no soy yo”.