"¡Oh Jesús Nazareno, que quiere decir florido, y cuán suave es el olor de ti, que despierta en nosotros deseos eternos y nos hace olvidar los trabajos, mirando por quién se padecen y con qué galardón se han de pagar! ¿Y quién es aquel que te ama, y no te ama crucificado? En la cruz me buscaste, me hallaste, me curaste y libraste y me amaste, dando tu vida y sangre por mí en manos de crueles sayones; pues en la cruz te quiero buscar y en ella te hallo, y hallándote me curas y me libras de mí, que soy el que contradice a tu amor, en quien está mi salud. Y libre de mi amor, enemigo tuyo, te respondo, aunque no con igualdad, empero con semejanza, al excesivo amor que en la cruz me tuviste, amándote yo y padeciendo por ti, como tú, amándome, moriste de amor de mí. Mas ¡ay de mí, y cuánta vergüenza cubre a mi faz, y cuánto dolor a mi corazón!, porque siendo de ti tan amado, lo cual muestran tus tantos tormentos, yo te amo tan poco como parece en los pocos míos" (San Juan de Ávila, Carta 58).
En este texto apasionado de san Juan de Ávila late una intuición profundamente mística: el verdadero conocimiento de Cristo nace ante la Cruz. Allí el alma descubre algo que ninguna reflexión puramente intelectual podría alcanzar: que ha sido buscada, hallada, curada y amada. El santo doctor, apóstol de Andalucía, no contempla la Cruz solo como un hecho histórico, sino como un encuentro personal con Cristo. El Señor no murió simplemente por la humanidad en general; murió por mí. Y ese descubrimiento cambia completamente la mirada del alma.
La Cruz aparece entonces como el lugar donde se revela el amor más extremo (cf. Jn.13,1). Allí Jesús busca al hombre perdido y lo rescata incluso de sí mismo. San Juan de Ávila señala algo muy profundo: no solo necesitamos ser liberados del pecado, sino también de nuestro propio amor desordenado, de ese amor a nosotros mismos que tantas veces contradice el amor de Dios. Y es precisamente el amor crucificado de Cristo el que tiene fuerza para curar esa raíz interior.
Pero cuando el alma contempla ese amor, nace también una santa vergüenza. No es una vergüenza estéril ni desesperada, sino una vergüenza llena de luz: la conciencia de haber sido infinitamente amado y de amar tan poco. Los santos conocen bien este dolor, que en realidad es una forma preciosa del amor. Cuanto más se descubre el amor de Cristo, más desea el alma responderle, aunque sea pobremente, con una vida entregada.
Jesús, mi Señor crucificado, que en la Cruz me buscaste cuando yo no te buscaba: haz que tu amor despierte en mi corazón un amor verdadero. Que al contemplarte herido por mí, aprenda a amarte más y a olvidar tantas cosas insignificantes para vivir solo para ti. Amén.