jueves, 10 de septiembre de 2026

AQUEL LIBRO EN FRANCIA


    “Oh Dios, que eres glorificado en todo y por todo, en tu gran honor no me rechaces, sino que por tu gran bondad fortaléceme, sosténme y protégeme con tu bendición. Así sea” (Santa Hildegarda de Bingen, Física, libro IV, capítulo 8, Oración del topacio).

    Muchos años antes de ser sacerdote, siendo todavía un joven veinteañero, pasé varias temporadas veraniegas en Francia para practicar el idioma. En uno de los lugares donde me hospedé —era una casa religiosa— había, en la habitación que me habían asignado, un libro con algunas obras de santa Hildegarda de Bingen, o quizás un libro dedicado a ella. Una noche, mientras esperaba que llegara el sueño, comencé a hojearlo. Más que ponerme a estudiarlo, me entretuve contemplando las extraordinarias ilustraciones con las que se representaban sus visiones. Aquellas imágenes me fascinaron y quedaron profundamente grabadas en mi memoria, aunque después pasaran los años y llegara incluso a olvidar el nombre de la mujer que las había inspirado.

    Mucho tiempo después, cuando Benedicto XVI canonizó a santa Hildegarda, el 10 de mayo de 2012, y la proclamó doctora de la Iglesia, el 7 de octubre de aquel mismo año, aquel recuerdo despertó de nuevo y comencé a interesarme por su figura. Leí libros sobre ella, conocí algunas de sus obras y acudí a cursillos dedicados a su pensamiento. Era como reencontrar, al cabo de muchos años, a un personaje que me había interesado profundamente y que había permanecido guardado en un rincón de mi memoria.

    Santa Hildegarda fue una mujer verdaderamente sorprendente. Vivió en el siglo XII, pero parece haberse ocupado de todo: habló de Dios y del hombre, de la creación y de la música, del cuerpo y del alma, de la enfermedad y de la salud, de las plantas y de los alimentos, de los vicios y de las virtudes. Se ocupó incluso de la cocina, porque para ella la alimentación era la mejor medicina. Escribió obras teológicas, místicas, musicales, médicas y científicas; mantuvo correspondencia con papas, obispos, gobernantes y personas sencillas; pronunció charlas y predicaciones ante sacerdotes por invitación de las autoridades de la Iglesia, y fundó dos monasterios. No contemplaba todas estas realidades como asuntos separados: para ella, la persona, la creación y la vida espiritual formaban parte de una profunda unidad querida por Dios.

    Resulta especialmente sugerente lo que, empleando palabras de hoy, podríamos llamar la psicoterapia espiritual de santa Hildegarda. Ella comprendió que existen actitudes, pasiones y desórdenes que van enfermando el alma y pueden encerrarla en la tristeza, la ira, el miedo, la desesperanza o el resentimiento. Pero comprendió también que frente a cada una de esas fuerzas oscuras existe una virtud capaz de abrir un camino de sanación. La virtud no es entonces una fría obligación moral, sino una fuerza viva que restaura la armonía perdida y permite que la gracia vuelva a iluminar los lugares heridos de nuestro interior.

    Creo que puede ser interesante compartir con ustedes algunas de sus enseñanzas. No serán necesariamente artículos consecutivos, sino distintas aproximaciones a su pensamiento y a su sabiduría, con especial atención a su profundo conocimiento de las heridas y de la curación del alma. Tal vez así podamos acercarnos juntos a la figura fascinante de aquella mujer que encontré por primera vez, sin saber siquiera quién era, en un libro dejado en una habitación de Francia.

COMO VUESTRO PADRE

 

    “Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará” (Lc 6,35-38a).

    En el evangelio de la misa de hoy, Jesús no se limita a pedirnos que seamos buenas personas. Nos invita nada menos que a parecernos a Dios. El fundamento del amor a los enemigos no está en que ellos merezcan nuestro amor, sino en que nuestro Padre “es bueno con los malvados y desagradecidos”. También nosotros hemos recibido gratuitamente su misericordia. Amar al enemigo es permitir que el amor del Padre llegue, a través de nosotros, hasta quien menos parece merecerlo.

    Ser misericordiosos no significa cerrar los ojos ante el mal, llamar bueno a lo que no lo es o renunciar a la justicia. Significa no reducir jamás a una persona al mal que ha cometido, no encerrarla para siempre dentro de su culpa. Significa también creer que, con la ayuda de la gracia, esa persona puede convertirse, cambiar y llegar a ser distinta de lo que ahora es. Nadie está irremediablemente perdido mientras Dios continúe llamando a la puerta de su corazón. Podemos y debemos discernir los actos, pero no nos corresponde pronunciar la última palabra sobre ninguna persona. Esa palabra pertenece únicamente a Dios, que conoce las heridas, las luchas y la historia escondida de cada alma.

    “Perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará”. El corazón que perdona se libera de la amargura; el que da se ensancha para recibir. Pero amar de este modo supera nuestras fuerzas. Necesitamos mirar a Jesús en la Cruz, amando, perdonando e intercediendo por quienes lo crucifican. Solo unidos a él podremos aprender esa misericordia que no nace de nuestra bondad, sino que desciende del corazón mismo del Padre.

    Señor Jesús, haz nuestro corazón semejante al tuyo. Enséñanos a no juzgar, a perdonar sin medida y a amar incluso a quienes nos han herido. Que tu misericordia encuentre en nosotros un camino abierto para llegar a todos. Amén.


domingo, 6 de septiembre de 2026

A SOLAS CON EL HERMANO


    “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos” (Mt 18,15-16).

    Somos responsables unos de otros. Como el centinela del que habla el profeta Ezequiel en la primera lectura de la misa de hoy, domingo vigésimo tercero del tiempo ordinario, también nosotros debemos permanecer atentos al hermano que puede estar alejándose del camino. No somos sus dueños ni sus jueces, pero tampoco podemos refugiarnos siempre en el silencio. Hay silencios que nacen de la prudencia y otros que proceden del miedo, la comodidad o la indiferencia. Amar no consiste siempre en callar; a veces exige hablar con delicadeza y valentía.

    Pero solo podemos corregir cristianamente cuando buscamos de verdad el bien del otro. La corrección fraterna no puede convertirse en una ocasión para demostrar que tenemos razón, desahogar nuestro mal humor, humillar a quien se ha equivocado o sentirnos superiores. La verdad sin caridad puede convertirse en una piedra; la caridad sin verdad, en una falsa condescendencia. Corregir cristianamente es acercarse al hermano como Cristo se acerca a nosotros: no para condenarlo, sino para ayudarlo a levantarse.

    Jesús nos indica con claridad cuál debe ser el primer paso: hablar con la persona a solas. No hablar de ella, sino hablar con ella. Resulta muy fácil contar sus defectos y sus pecados a otras personas, a espaldas precisamente de aquel a quien deberíamos tratar de ayudar a salir de su error. Pero eso no es corrección fraterna, sino murmuración. La caridad nos pide que nos acerquemos directamente al hermano, escuchemos también sus razones y busquemos su bien sin exponerlo ni humillarlo. El objetivo no es ganar una discusión, sino ganar al hermano.

    Solo cuando ese primer intento fracasa propone Jesús buscar la ayuda de uno o dos hermanos, no para formar un tribunal, sino para discernir mejor y favorecer la reconciliación. Perdonar y buscar la paz no significa tolerarlo todo. En ocasiones será necesario establecer límites y protegerse de quien continúa haciendo daño. Pero, aun cuando la comunión se haya roto, podemos negarnos a odiar, humillar o desear el mal, manteniendo abierta en nuestro corazón la puerta por la que algún día pueda entrar el arrepentimiento.

    También nosotros debemos aprender a dejarnos corregir. Es fácil descubrir los defectos ajenos y mucho más difícil aceptar que otra persona pueda mostrarnos los nuestros. Antes de comenzar a defendernos, deberíamos guardar silencio y examinar serenamente qué puede haber de verdad en lo que se nos dice. Dios puede servirse de una palabra que nos incomoda para hacernos ver nuestro error y llamarnos a la conversión. Allí donde alguien corrige con amor y otro escucha con humildad, Jesús se hace presente y comienza a restaurar la comunión.

    Señor Jesús, danos valentía para hablar cuando sea necesario, prudencia para encontrar las palabras adecuadas y caridad para buscar siempre el bien del hermano. Concédenos también humildad para guardar silencio, reconocer nuestros errores y pedir perdón. Que nunca pretendamos vencer al otro, sino ayudarlo a levantarse y ganarlo para ti. Amén.



martes, 1 de septiembre de 2026

SEPTIEMBRE INEXORABLE



Septiembre. Van cerrando las persianas
y queda el mar más solo cada día.
Hay ventanas que guardan el verano
y los cuartos, el eco de la brisa.

La arena, ya desnuda de sombrillas,

se vuelve bajo el sol tibia ceniza.

Un balcón guarda aún la mecedora

y nadie cruza ya por la avenida.


Ahora que la playa queda sola,

yo debo regresar a mi otra orilla:

precisamente cuando más la quiero,

me llama inexorable la rutina.


Y este dolor tan dulce aquí en el pecho

es música secreta y fugitiva;

me hiere con la luz de lo que acaba,

despierta en mí los versos y la vida… 



    El comienzo de septiembre despierta en mí cada año una nostalgia difícil de explicar. La playa se vacía, se cierran las casas y desaparecen poco a poco las voces que llenaban las calles. Pero precisamente entonces, cuando cesa el bullicio, comienzo a descubrir la playa que más me gusta: el mar recobra su voz, las calles recuperan su intimidad pueblerina, la soledad deja de ser ausencia para convertirse en una forma misteriosa de Presencia. Todo parece más pobre y, sin embargo, también más verdadero.


    La fe cristiana no nos pide que contemplemos impasibles cómo pasan las cosas hermosas. Todo lo creado entraña una inevitable fragilidad: llega, nos acompaña durante un tiempo y finalmente se aleja. No podemos encerrar el verano detrás de las ventanas ni retener para siempre su luz. Pero la tristeza que deja su partida puede convertirse en gratitud. Nos duele aquello que hemos amado, y ese dolor da testimonio de que lo vivido ha sido un don.


    Sin embargo, no me es posible permanecer en la orilla que ahora más me atrae. Tengo que regresar a “mi otra orilla”: a mis tareas, a mis responsabilidades y a las personas que esperan algo de mí. Dios no siempre nos llama a abandonar lugares desagradables; a veces nos pide que dejemos precisamente aquello en lo que querríamos permanecer, porque nuestro amor y nuestra misión nos aguardan en otra parte. Entonces la rutina, acogida como fidelidad, deja de ser una cárcel y puede convertirse nuevamente en vocación.


    Por eso este dolor de septiembre es dulce. No me destruye ni me encierra, sino que me mantiene despierto. La belleza de este mundo nos hiere porque no podemos poseerla para siempre y porque despierta en nosotros el deseo de una Belleza que no pasa. Tal vez la poesía nazca precisamente ahí: en el lugar donde lo que termina roza por un instante lo eterno. El verano se acaba, pero su despedida ensancha mi corazón, me recuerda que estoy vivo y despierta versos dentro de mí…

domingo, 30 de agosto de 2026

Y EL PÁJARO SIGUIÓ CANTANDO

 


    “Sed como el pájaro, posado por un instante sobre ramas demasiado frágiles, que siente doblarse la rama y, sin embargo, continúa cantando, sabiendo que tiene alas” (Victor Hugo, “Dans l’église de ***”, VI, Les Chants du crépuscule).


    Hoy han llegado a mis manos estos versos del gran poeta francés Victor Hugo (1802-1885), que me han ayudado a meditar sobre la fe y la esperanza. El pájaro no ignora la fragilidad de la rama ni deja de percibir cómo se curva bajo su peso. Pero no interrumpe su canto, porque su seguridad no depende de que la rama resista: sabe que tiene alas.


    Reconozco que muchas veces busco ramas firmes: la salud, la familia y los amigos, una perfecta planificación, la protección de determinadas personas, mi propia formación, la estabilidad económica... Quisiera tenerlo todo asegurado para así poder descansar y vivir en paz. Pero ninguna realidad de este mundo puede ofrecerme una seguridad absoluta. Todas las ramas pueden terminar doblándose; algunas, incluso, pueden llegar a quebrarse.


    La confianza cristiana no consiste en creer que la rama resistirá siempre. Dios no me ha prometido que nada cambiará, que nunca enfermaré, que no perderé a nadie o que todos mis proyectos se cumplirán. Me ha prometido algo mucho más profundo: que nunca dejaré de ser hijo suyo, que su gracia me sostendrá y que, incluso cuando desaparezca aquello en lo que me apoyaba, jamás caeré fuera de sus manos.


    Las alas no son únicamente mis cualidades ni mi capacidad para seguir adelante por mí mismo. Son la fe y la esperanza recibidas con la gracia bautismal; son también la acción del Espíritu Santo y la certeza de que tengo un Padre bueno, que vela por “las aves del cielo” y, con mucho más motivo, por mí. Mi seguridad no está en la consistencia de la rama, sino en la fidelidad de Dios. Si olvido que tengo alas, cualquier movimiento me asusta; cuando recuerdo que soy hijo, puedo recuperar la paz aun sintiendo que todo se mueve bajo mis pies.


    Y queda todavía la imagen más hermosa: el pájaro continúa cantando mientras la rama se dobla. No canta después de comprobar que el peligro ha pasado. Canta mientras todo tiembla. La alegría cristiana no nace ni se expresa únicamente cuando se resuelven los problemas, sino también cuando, en medio de ellos, sabemos que Dios permanece. Tal vez no necesitemos que Dios nos dé una rama más fuerte. Tal vez necesitemos recordar que somos sus hijos, abrir las alas de la fe y continuar cantando.


    Padre bueno, cuando tiemble la rama sobre la que descansamos, no permitas que el miedo apague nuestro canto. Recuérdanos que somos tus hijos, que tu gracia nos sostiene y que nunca podremos caer fuera de tus manos. Danos alas de fe y esperanza para abandonarnos en ti y conservar la paz aun en medio de la incertidumbre. Amén.

sábado, 29 de agosto de 2026

LA PRISA DEL MAL


    “La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: ‘Pídeme lo que quieras, que te lo daré’. Y le juró: ‘Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino’. Ella salió a preguntarle a su madre: ‘¿Qué le pido?’. La madre le contestó: ‘La cabeza de Juan el Bautista’. Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: ‘Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista’.” (Mc 6,22-25).


    La memoria del martirio de san Juan Bautista, que hoy celebramos, tiene para mí un significado especialmente profundo, porque en este día se cumple el aniversario de mi bautismo. No puedo contemplarlo como una coincidencia indiferente. Aunque nací el día de un santo apóstol, mi vida cristiana comenzó bajo el signo del precursor, del hombre que vino para preparar los caminos del Señor y que terminó entregando la vida para dar testimonio de la verdad. Con el paso de los años también yo he ido descubriendo mi vocación de precursor: abrir caminos al Señor, prestarle mi voz y entregarle mi vida. Ser precursor no consiste en ocupar el lugar de Cristo, sino en conducir hacia Él; no en atraer las miradas sobre uno mismo, sino en desaparecer para que todos puedan reconocer al Cordero de Dios.


    Herodías exige la cabeza del Bautista “ahora mismo”. El mal suele tener prisa, porque teme el silencio en el que puede despertar la conciencia. No quiere conceder a Herodes tiempo para pensar, para rezar o para encontrar una salida. Herodes, aunque se entristece, no se convierte. Sabe que va a cometer una injusticia, pero prefiere conservar su prestigio ante los convidados. Su tristeza no basta para impedir el crimen. Juan estaba encadenado, pero conserva intacta la libertad que da la verdad. Herodes aparentemente es libre, pero está prisionero de su cobardía, de su deseo de quedar bien. También nosotros necesitamos aprender a detenernos cuando la ira, el orgullo, el miedo o el deseo de agradar nos empujan a decidir precipitadamente. Una pausa ante Dios puede evitar que una herida momentánea se convierta en un daño irreparable; porque no basta con lamentar el mal: es necesario apartarse de él, pedir perdón, reparar cuanto sea posible y comenzar de nuevo.


    Señor Jesús, hoy comenzamos pidiéndote que nos hagas fieles a la gracia de nuestro bautismo. Concédenos la valentía de Juan para prestar nuestra voz a tu Palabra y entregarte enteramente nuestras vidas. Líbranos de las decisiones precipitadas y de la tristeza estéril que no conduce a la conversión. Que sepamos disminuir para que Tú crezcas y preparar tus caminos en el corazón de los hombres. Amén.


lunes, 24 de agosto de 2026

SALIR EN BUSCA


    “Natanael le replicó: ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’. Felipe le contestó: ‘Ven y verás’. Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Natanael le contesta: ‘¿De qué me conoces?’. Jesús le responde: ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi’” (Jn 1,46-48).


    Hoy celebra la Iglesia la fiesta de san Bartolomé apóstol, a quien una tradición muy antigua identifica con Natanael, el discípulo del que nos habla el evangelio de san Juan. Natanael desconfía de las palabras de Felipe. Le cuesta creer que de una aldea tan pequeña e insignificante como Nazaret pueda venir aquel de quien escribieron Moisés y los profetas. Felipe no discute con él ni trata de convencerlo mediante largos razonamientos. Solamente le dice: “VEN y verás”. La respuesta a sus dudas no se encuentra en una explicación, sino en ponerse en camino y acercarse personalmente a Jesús.


    Natanael podría haberse quedado bajo la higuera, instalado en sus prejuicios y seguridades. Sin embargo, acepta levantarse y seguir a Felipe. Y al llegar descubre que Jesús ya lo conocía, que lo había visto antes de que nadie lo llamara. Natanael sale buscando respuestas y se encuentra con una mirada que alcanza lo más profundo de su corazón. Aquel pequeño paso transforma su vida: quien dudaba de que pudiera salir algo bueno de Nazaret termina confesando a Jesús como Hijo de Dios y Rey de Israel.


    Algo semejante sucedió con los Magos de Oriente. Vieron aparecer una estrella y se pusieron en camino, abandonando su tierra y sus comodidades para buscar al Rey que acababa de nacer. Herodes, en cambio, no salió de su palacio. Consultó a los sacerdotes y escribas, obtuvo de ellos la información necesaria y envió a los Magos a Belén, pidiéndoles que regresaran para contarle cuanto hubieran averiguado acerca del niño. Lo supo todo, pero no dio un solo paso para encontrarse con él.


    ¿Qué habría sucedido si Herodes hubiera salido también de su palacio? Si hubiera seguido a los Magos, tal vez, al encontrarse ante el niño, se habría arrodillado, habría besado sus piececitos y su corazón endurecido habría quedado transformado. Pero prefirió proteger su poder, aferrarse a su trono y contemplar desde lejos lo que estaba sucediendo. Los Magos salieron y encontraron a Jesús; Natanael salió y encontró a Jesús. Herodes permaneció encerrado y solamente encontró sus propios miedos.


    También nosotros podemos saber muchas cosas acerca de Cristo y, sin embargo, permanecer lejos de él. Podemos escuchar su Palabra, conocer el camino y hasta indicárselo a otros, como hicieron los escribas de Jerusalén, sin decidirnos a recorrerlo. La fe comienza verdaderamente cuando aceptamos la invitación de Felipe: “VEN y verás”; cuando salimos de nuestros prejuicios, de nuestras comodidades y de todo aquello que nos mantiene encerrados, y nos ponemos en camino hacia Jesús.


    Señor Jesús, danos la valentía de salir. Que no permanezcamos encerrados en nuestros palacios ni inmóviles bajo nuestras higueras. Haz que sigamos la estrella y aceptemos la invitación de quienes nos conducen hasta ti. Queremos acercarnos, dejarnos mirar por ti y descubrir que, mucho antes de que comenzáramos a buscarte, Tú ya nos habías visto y nos estabas esperando. Amén.

domingo, 23 de agosto de 2026

CUESTIÓN DE PERSPECTIVA


    Se atribuye a Charles Chaplin una frase llena de ingenio y sabiduría: “La vida es una tragedia vista de cerca, pero una comedia vista desde lejos”. La cercanía de los acontecimientos, su inmediatez, hace que muchas veces nos parezcan más graves de lo que realmente son. Lo que hoy nos preocupa, ocupa todo el horizonte, no nos permite ver más allá y se nos presenta como algo sin solución. Sin embargo, el paso del tiempo cura muchas heridas, reduce la importancia de bastantes problemas y nos permite contemplar con mayor serenidad aquello que, mientras lo estábamos viviendo, nos parecía insoportable.


    Pero hay dolores que no desaparecen simplemente con el tiempo. Hay pérdidas, enfermedades, abandonos y fracasos que dejan en nosotros una huella profunda. Y es precisamente en esas situaciones cuando suelen caer las máscaras. Mientras todo marcha bien podemos mantener las apariencias, fingir que somos fuertes y vivir aferrados a muchas seguridades. El sufrimiento, en cambio, nos hace sentir desamparados, débiles e impotentes, y nos obliga a reconocer quiénes somos, qué amamos verdaderamente y dónde hemos puesto nuestra esperanza.


    El dolor revela también la verdad de quienes nos rodean. Nos permite descubrir quién permanece a nuestro lado cuando ya no podemos ofrecer nada, quién sabe acompañarnos sin necesidad de dar explicaciones y quién se aleja cuando dejamos de resultarle útiles o agradables. Pero, sobre todo, el sufrimiento nos sitúa en la verdad ante Dios. Entonces la oración deja de ser una costumbre o un conjunto de palabras aprendidas y se convierte en súplica, en grito, en abandono o, muchas veces, simplemente en silencio.


    El sufrimiento no nos hace mejores por sí solo. Puede incluso encerrarnos en la amargura. Pero, cuando dejamos que Cristo se acerque y toque nuestras heridas, puede convertirse en un lugar de encuentro con Él. Dios no contempla nuestro dolor desde lejos. En Jesús crucificado ha entrado en él y lo ha llenado con su presencia. El paso del tiempo nos ayuda a comprender muchas cosas. La fe nos permite descubrir que, aun en los momentos más difíciles, Dios permanece a nuestro lado.


    Señor Jesús, sostennos cuando nuestras fuerzas flaqueen. Haznos descubrir que, incluso en las horas más difíciles, permaneces junto a nosotros y nunca dejas de conducirnos hacia la luz. Amén.

martes, 18 de agosto de 2026

LO QUE ME IMPORTA


    Vivimos tiempos de una enorme confusión. Asistimos, a veces con dolor y hasta con verdadero espanto, a escándalos que afectan a personas y comunidades católicas, algunas con grandes responsabilidades en la Iglesia y otras sin más responsabilidad que la de su propio testimonio. Quizá haya quienes se pregunten por qué en este canal no abordo habitualmente esas cuestiones espinosas de la actualidad eclesial, y mucho menos otras polémicas de nuestro tiempo.


    Mi respuesta es sencilla. Ante todo ello, lo que intento hacer aquí es lo único que considero verdaderamente necesario: invitar a la conversión, invitar a la santidad personal. No habrá una auténtica renovación de la Iglesia si no hay una profunda conversión de sus miembros. Y esa conversión comienza siempre por cada uno de nosotros. Es muy fácil mirar hacia fuera, señalar errores, juzgar comportamientos, entrar en discusiones teológicas, morales o litúrgicas. Mucho más exigente es permitir que la Palabra de Dios entre en nuestra propia vida, la ilumine, la juzgue y la transforme.


    La Iglesia necesita una grande y urgente renovación espiritual. Necesita hombres, mujeres y niños que oren, que crean, que vivan el Evangelio, que practiquen humildemente las virtudes, que busquen sinceramente la santidad. He citado algunas veces una afirmación atribuida a san Claudio de La Colombière: si en nuestro tiempo hay tan pocas conversiones es porque hay muchos que predican -hoy no solo desde los púlpitos, sino también desde los medios de comunicación y las redes sociales- y pocos que oran. Podemos hablar mucho de Dios y, sin embargo, hablar muy poco con Dios. Podemos defender apasionadamente la verdad y olvidar que la Verdad es una Persona a la que estamos llamados a amar, seguir e imitar.


    Por eso, desde que comencé a escribir en este blog, mi propósito ha sido fundamentalmente este: ayudar a orar, alimentar una fe humilde y sobrenatural, acercarnos a la Palabra de Dios, estimular la práctica de las virtudes e invitarnos, una y otra vez, a la conversión. No porque los problemas que atraviesa la Iglesia carezcan de importancia, sino precisamente porque son demasiado importantes para pensar que podrán resolverse únicamente mediante polémicas, denuncias o discusiones. La reforma más profunda de la Iglesia comienza siempre en el corazón de sus hijos. Y la primera reforma que cada uno puede emprender es la de su propio corazón.


    Señor Jesús, danos verdadero espíritu de oración. Líbranos de una fe superficial, de la tentación de opinar sin convertirnos y de hablar de ti sin vivir contigo. Concédenos una mirada sobrenatural, un corazón humilde y hambre de santidad. Derrama sobre tu Iglesia abundantes gracias de conversión y comienza esa renovación en cada uno de nosotros. Amén.

jueves, 13 de agosto de 2026

REGRESAR A ÍTACA



    También en las vacaciones hay lugar para el cine, al que, como algunos de ustedes saben, soy muy aficionado. Hoy he visto La Odisea, una película de este año 2026 que recrea, con bastante libertad, el célebre poema de Homero. Curiosamente, hace solo unos días había visto también una de sus primeras adaptaciones cinematográficas, la película muda italiana L’Odissea, de 1911. Entre una y otra han transcurrido 115 años, que se dice pronto. Contemplar ambas casi seguidas permite comprobar cuánto ha cambiado el cine durante más de un siglo y, al mismo tiempo, hasta qué punto siguen vivas las grandes historias que acompañan a la humanidad desde hace milenios. La película se toma algunas licencias y no coincide exactamente con el relato de Homero, pero, mientras la veía, casi inevitablemente iba haciendo una lectura espiritual de la historia. Porque también la vida cristiana es un itinerario, un regreso, una vuelta a aquella casa de la que nunca debimos salir: el paraíso.


    La primera gran prueba del camino será el encuentro con el cíclope monstruoso Polifemo, que encierra a Ulises y a sus compañeros en su caverna y amenaza con devorarlos. También nosotros encontramos dificultades que parecen insalvables. Se cierra la puerta, no encontramos salida y aquello que tenemos delante parece mucho más fuerte que nosotros. Hay problemas, sufrimientos y situaciones que amenazan con devorarnos. Y, sin embargo, también de la caverna de Polifemo es posible salir.


    Después aparece Circe, la hechicera que convierte a los compañeros de Ulises en cerdos. Extraordinaria imagen de cuanto puede degradar al ser humano. También nosotros podemos olvidar nuestra dignidad y terminar viviendo únicamente desde el instinto, el placer, la comodidad o el deseo inmediato. Hay tentaciones que no pretenden destruirnos de golpe: simplemente van haciendo que nos conformemos con ser menos de lo que estamos llamados a ser.


    A continuación hay que atravesar el lugar donde viven las sirenas, que con sus cantos armoniosos seducen y prometen felicidad y vida, pero terminan dando la muerte. Precisamente por eso son peligrosas. Ulises quiere escucharlas, pero sabe que no puede fiarse de sí mismo y manda que lo aten al mástil. También nosotros necesitamos permanecer a veces atados a aquello que libremente hemos elegido: una vocación, una fidelidad, la oración, unos compromisos, una palabra dada. Hay momentos en los que la libertad no consiste en romper las ataduras, sino en permanecer fieles a las que elegimos cuando veíamos con claridad.


    Y aparecen Escila y Caribdis: de un lado, el monstruo que amenaza con devorar; del otro, el remolino capaz de engullir la embarcación. Hay momentos en los que navegamos entre dos peligros y parece no existir salida alguna que pueda dejarnos indemnes: o caemos en Escila o caemos en Caribdis. Y es que a veces en la vida no existen soluciones perfectas que nos eviten todo sufrimiento y toda pérdida. Hay que ser valientes, no abandonar por ello la navegación, vivir la virtud de la fortaleza y comprender que no siempre podemos tenerlo todo ni salvarlo todo.


    La película introduce además una significativa licencia. No aparecen los lotófagos del poema homérico. Es Calipso quien recoge a Ulises, lo alimenta, cuida sus heridas y le ofrece el loto que él come gustosamente para olvidar. Allí está protegido y podría quedarse para siempre. Es la tentación de la instalación, del conformismo, de una vida cómoda satisfecha con sus pequeños éxitos y placeres. Dejamos de avanzar, renunciamos al viaje y terminamos apartándonos de nuestra vocación. Y con la instalación llega el olvido: olvidar Ítaca, olvidar el cielo, olvidar la meta hacia la que caminábamos.


    Por eso resulta tan significativo que Ulises abandone finalmente aquella seguridad echándose al mar en una mísera balsa, prácticamente sin remos ni velas. Después de tantas astucias, estrategias y esfuerzos por dominar las circunstancias, ahora solo puede entregarse. Se pone en manos de Zeus y de Poseidón, se abandona a un mar que no controla. Y será precisamente así, cuando deja de pretender dominarlo todo, como llegará sorprendentemente a Ítaca. También en nuestro camino hay momentos en los que hemos de luchar con todas nuestras fuerzas y otros en los que solo queda confiar y abandonarnos en las manos de Dios.


    Ulises carga además con su pasado. Lo atormenta el recuerdo de Troya, del engaño que permitió conquistarla, de la destrucción y de tantas vidas arrebatadas. Nadie hace el camino solamente con lo que encuentra delante. Caminamos también con nuestra historia, nuestros errores, nuestras heridas, nuestras culpas e incluso nuestros pecados. Y caminamos muchas veces ante un Dios que permanece invisible, como esos dioses misteriosos que Ulises no siempre comprende, aunque Atenea se manifieste alguna vez para orientarlo.


    Finalmente, Ulises regresa a Ítaca. Pero Ítaca no significa simplemente volver al punto de partida. Después de todo lo vivido, nadie puede regresar siendo el mismo que partió. La película, apartándose del texto de Homero, sugiere que Ulises muere a consecuencia de las heridas recibidas en el combate con los pretendientes, pero inmediatamente ofrece unas imágenes, quizá simbólicas, de un nuevo viaje que emprende hacia un horizonte distinto, hacia un más allá, donde espera encontrarse con sus compañeros muertos y quizá desentrañar el misterio de aquellos dioses que tantas veces no consiguió comprender. También nosotros atravesamos cíclopes, sirenas, hechiceras, monstruos y remolinos; conocemos el sufrimiento y la esperanza, la culpa y el perdón, el miedo y la confianza. Hasta que un día comprendemos que la verdadera Ítaca no está detrás de nosotros. Está siempre más allá.

martes, 11 de agosto de 2026

AL ATARDECER, UN ÁRBOL



    “Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin” (Sal 1,1-3).


    Estoy pasando unos días de descanso junto al mar, en un importante puerto pesquero del litoral andaluz. Al atardecer hay un momento especialmente dulce para mí: sentarme en la terraza de mi vivienda y, mientras cae lentamente la tarde, rezar el rosario y las vísperas. Desde allí contemplo el comienzo de una avenida que conduce hacia la playa, flanqueada a ambos lados por grandes eucaliptos. El más cercano, el que aparece en la fotografía que ilustra estas líneas, despierta en mí recuerdos muy lejanos.


    Se parece mucho a otro eucalipto que se alzaba cerca de la casa de campo donde transcurrieron todos los veranos de mi infancia y donde precisamente he vuelto a pasar este último fin de semana con mi familia. Y mientras desgrano las avemarías regresan imágenes de hace más de cincuenta, sesenta o incluso más años: aquellos paseos por los caminos del campo, también al atardecer, rezando juntos el rosario en familia. Lo llevaba siempre mi madre. Cerca de la casa permanecía aquel eucalipto, enorme a mis ojos de niño, con el rumor continuo de sus hojas movidas por el viento. Han pasado muchos años. El árbol ya no está, pero el rosario continúa hoy entre mis manos.


    Quizá por eso, mirando ahora este otro eucalipto, pienso que una vida humana se parece mucho a un árbol. Nunca vemos crecer un árbol. Crece silenciosamente, día tras día: hacia abajo, hundiendo sus raíces en la tierra, y hacia arriba, buscando la luz, siempre la luz. También nosotros vamos creciendo así, casi sin advertirlo. Solo cuando miramos hacia atrás descubrimos cuánto camino hemos recorrido, cuántas raíces se han hundido en nuestra historia y cuántas ramas han ido buscando el cielo.


    El eucalipto que contemplo tiene dos grandes ramas que nacen de un mismo tronco. Y no puedo evitar ver en ellas dos realidades que han acompañado toda mi vida. Una es la fe recibida. Desde muy pequeño aprendí de memoria el catecismo; después, ya adolescente y joven, llegó el descubrimiento apasionante de la Sagrada Escritura y, poco a poco, una comprensión cada vez más profunda de la Revelación de Dios. La otra rama es la razón. Siempre he sido preguntón. Me gusta saber el porqué de las cosas, leer, investigar, pensar, intentar comprender. Dios nos ha dado la inteligencia precisamente para utilizarla. Nunca he sentido la razón como enemiga de la fe. Al contrario: cuanto más he buscado comprender, más he descubierto la extraordinaria hondura y racionalidad de la fe cristiana.


    Pero basta mirar atentamente cualquier árbol para descubrir que no todo en él son ramas vigorosas y hojas verdes. Hay ramas truncadas, heridas antiguas, cortezas desgarradas, hojas secas. También las hay en una vida: equivocaciones, frustraciones, pecados, decisiones que hoy tomaríamos de otra manera, caminos que no condujeron adonde esperábamos. Quizá nos gustaría arrancar de nuestra historia toda esa hojarasca. Pero también ella pertenece al árbol. Dios no nos pide que neguemos nuestra historia, sino que se la entreguemos entera. Incluso nuestras heridas pueden convertirse, bajo su mirada misericordiosa, en lugares por donde entre la luz.


    No sé si todo esto significa que me distraigo mientras rezo el rosario. Quizá sí. Pero hay distracciones que terminan convirtiéndose en oración. Mientras las avemarías van pasando entre los dedos y las hojas del eucalipto murmuran con la brisa del atardecer, vuelvo a recorrer mi vida. Y entonces el recuerdo se hace súplica y, sobre todo, acción de gracias. Gracias por las raíces y por las ramas altas, por lo comprendido y por lo que todavía permanece en el misterio, por los frutos y también por las heridas. Gracias, Señor, porque has estado silenciosamente presente todo el tiempo y porque, después de tantos años, el árbol sigue creciendo y creciendo hacia la luz.



sábado, 8 de agosto de 2026

UN DOMINGO COMO HOY


    “Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva” (1 Re 19,12-13).

    Era el domingo 10 de agosto de 1975. Acababa de terminar el segundo curso de Derecho, me faltaban solo unos días para cumplir veinte años y me encontraba en Cádiz, donde veraneaba con mi familia. Acudí a la parroquia de San José, donde presidiría la misa el entonces obispo de la diócesis, monseñor Antonio Dorado. Era el domingo XIX del Tiempo ordinario, como hoy. No recuerdo una sola palabra de la homilía que predicó sobre la primera lectura del primer libro de los Reyes. Sin embargo, recuerdo perfectamente la huella que dejó en mí. Aquel día comprendí algo sobre la oración y sobre la vida espiritual que me ha acompañado desde entonces.

    Elías, en el Horeb, espera el paso de Dios. Llega un huracán capaz de quebrar las rocas, pero allí no está el Señor. Llega un terremoto terrible, y tampoco está allí. Llega un fuego devorador, y tampoco. Finalmente se escucha apenas el susurro de una brisa suave. Entonces Elías se cubre el rostro y sale de la cueva: ha reconocido la presencia de Dios.

    Desde aquel lejano verano he ido comprendiendo cada vez mejor esta lección. Las cosas de Dios suelen hacer poco ruido. Hace más la paciencia que la violencia, la humildad que el afán de sobresalir, una palabra serena que un grito, un pequeño gesto de amor que una acción espectacular. Dios gusta de lo pequeño, de lo sencillo, de lo escondido. Por eso necesitamos disponernos a cultivar la vida interior.

    También en la oración podemos buscar equivocadamente el huracán, el terremoto o el fuego: emociones intensas, experiencias extraordinarias, respuestas inmediatas. Y Dios quizá está pasando silenciosamente a nuestro lado en una Eucaristía cotidiana, en unos minutos ante el sagrario, en un rosario rezado con devoción, en la fidelidad de cada día. Eso sí, para escuchar una brisa suave hace falta silencio.

    Han pasado más de cincuenta años desde aquella tarde de agosto. He olvidado las palabras del predicador, pero no lo que Dios quiso decirme a través de ellas: Dios hace menos ruido del que nosotros nos imaginamos. Y quizá toda la vida espiritual consista, en buena medida, en aprender a reconocer su paso en el susurro de la brisa suave.

    Señor, enséñanos a hacer silencio para escuchar tu voz, a buscarte en lo pequeño, en lo sencillo y en lo escondido. Danos un corazón sereno, capaz de reconocer tu presencia en la oración, en las personas y en las pequeñas cosas de cada día. Que, en medio de tantos ruidos, sepamos descubrir siempre el susurro de tu brisa suave.