miércoles, 11 de febrero de 2026

DICHOS DE LUZ (III): HUMILDAD


    “Más agrada a Dios una obra, por pequeña que sea, hecha en lo escondido, no teniendo voluntad de que se sepa, que mil hechas con gana de que las sepan los hombres.”(San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 20).


    En el evangelio de la misa de hoy, Jesús desplaza la atención desde lo visible hacia lo que verdaderamente configura al hombre: “Nada que entra de fuera puede hacer impuro al hombre; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre” (Mc. 7,15). Con estas palabras, el Señor desmonta una religiosidad centrada en la apariencia y en el reconocimiento exterior.


       San Juan de la Cruz se mueve en esta misma dirección cuando afirma que agrada más a Dios una obra hecha en lo escondido que muchas realizadas con deseo de ser vistas. No habla del tamaño de la obra ni de su utilidad aparente, sino del lugar interior desde el que nace. El problema no es hacer el bien: surge cuando se experimenta la necesidad de que ese bien nos devuelva una imagen embellecida de nosotros mismos.


    Existe una forma disimulada de impureza espiritual que no se manifiesta en acciones malas, sino en la búsqueda constante de confirmación. Incluso el bien puede quedar contaminado cuando se convierte en un modo de afirmarse, de justificarse o de existir en la mirada de los otros. Entonces, sin darnos cuenta, el yo ocupa el centro y desplaza a Dios.


        La obra hecha en lo escondido es aquella en la que el yo se retira. No necesita aplauso ni reconocimiento, no se compara ni se exhibe. Basta con que exista ante Dios. En ese silencio, la acción queda purificada y se vuelve verdaderamente libre, porque ya no depende de ninguna mirada ajena.


    Esta enseñanza no invita a despreciar lo visible, ni a ocultar sistemáticamente el bien. Invita a algo más hondo: a dejar de apoyarnos en la aprobación de los demás. Cuando el corazón se libera de esa necesidad, la vida se simplifica y aparece una paz nueva: la de la humildad. Ya no hay que justificarse ante nadie ni demostrar nada.


    Señor Jesús, líbranos del deseo de ser vistos. Enséñanos a obrar con sencillez y a vivir ante tu mirada. Que sepamos hacer el bien sin apropiárnoslo, y amar sin buscar otra recompensa que estar contigo. Amén.

martes, 10 de febrero de 2026

DICHOS DE LUZ (II): CONVERSIÓN DE LA VOLUNTAD


    “El camino de la vida, de muy poco bullicio y negociación es, y más requiere mortificación de la voluntad que mucho saber” (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 57)


    Cuando San Juan de la Cruz habla del “camino de la vida”, se refiere al camino que conduce a la vida en Dios. Y afirma que es un camino de “muy poco bullicio y negociación”. Dos palabras que describen con gran precisión algunos de los obstáculos más frecuentes del alma.


    El “bullicio” es el ruido interior en el que muchas veces vivimos: pensamientos que se atropellan, preocupaciones constantes, prisas que nos impiden recogernos. Es ese corazón siempre ocupado que no encuentra espacio para Dios. El alma bulliciosa quiere estar en todo, atenderlo todo, resolverlo todo… y acaba perdiendo hondura. Mucha actividad exterior puede convivir con una gran dispersión interior.


    La “negociación” es aún más sutil. Aparece cuando, en lugar de acoger con sencillez lo que Dios nos pide, empezamos a poner condiciones: “haré esto, pero más adelante”; “perdonaré, pero no olvidaré”; “seguiré al Señor, pero sin renunciar a aquello”… No es una negativa abierta, pero tampoco es una entrega verdadera. Es intentar ajustar la voluntad de Dios a la propia medida.


    Por eso el santo añade que este camino “más requiere mortificación de la voluntad que mucho saber”. El problema casi nunca es la falta de luz. Con frecuencia sabemos lo que es bueno, intuimos el paso que deberíamos dar, reconocemos lo que habría que dejar… pero la voluntad se resiste. Aquí resuena también la advertencia del evangelio de hoy: “dejáis a un lado el mandamiento de Dios y os aferráis a tradiciones humanas” (Mc 7,8). Se puede cuidar mucho lo exterior, las costumbres y las prácticas, y sin embargo mantener el corazón lejos de Dios. No basta con saber qué es lo correcto; es necesario quererlo de verdad.


    Mortificar la voluntad no es endurecer la vida ni apagar el deseo, sino orientarlo hacia el amor verdadero. Es aprender a no preguntarnos siempre “¿qué me apetece?”, sino “¿qué quiere Dios de mí?”. Cuando el alma da ese paso, algo se pacifica por dentro: deja de dividirse, cesa la negociación interior y comienza a caminar con una libertad nueva.


    Pidámosle hoy al Señor un corazón dócil, capaz no solo de reconocer el bien, sino de elegirlo. Porque la vida espiritual no crece cuando acumulamos más ideas brillantes e intuiciones geniales, sino cuando, poco a poco, aprendemos a querer lo que Dios quiere.


    Señor Jesús, haz nuestro corazón sencillo y dócil; líbranos del bullicio que nos dispersa y de las negociaciones con las que intentamos protegerernos. Enséñanos a reconocer el bien y a elegirlo, a unir nuestra voluntad a la tuya y a caminar así en la libertad de quienes aman de verdad. Amén.

lunes, 9 de febrero de 2026

DICHOS DE LUZ (I): VERDAD


    “Más quiere Dios en ti el menor grado de pureza de conciencia que cuantas obras puedes hacer” (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 64)


    Hay palabras de los santos que, aun siendo breves, iluminan toda una vida espiritual. San Juan de la Cruz nos recuerda que Dios mira, sobre todo, el corazón. No se fija tanto en la cantidad de nuestras obras como en la verdad con que vivimos delante de Él. El evangelio de hoy presenta a Jesús rodeado de multitudes que lo buscan con una confianza sencilla. San Marcos dice que llevaban a los enfermos a las plazas y “le rogaban que les dejara tocar siquiera la orla de su manto; y cuantos lo tocaban quedaban curados” (cf. Mc 6,56). Hay ahí una fe humilde, sin exhibición, que se acerca al Señor con necesidad verdadera. Esa fe nace de un corazón que no trata de aparentar, sino que se deja mirar.


    Podríamos pensar que lo decisivo en la vida cristiana es hacer muchas cosas y llenar el tiempo con buenas iniciativas. Sin embargo, el santo doctor de la Iglesia nos conduce hacia un lugar más profundo: la propia conciencia. Un lugar invisible a los ojos, en el que Dios habita y donde se decide lo más auténtico de nuestra vida. La pureza de conciencia (la verdad del corazón) no significa perfección ni ausencia de fragilidad. Significa vivir sin doblez, sin engañarnos a nosotros mismos, sin pretender aparentar ante Dios. Es la sencillez de alguien que no quiere parecer, sino ser.


    Puede suceder que nuestras obras sean muchas y buenas; sin embargo el corazón esté disperso. Entonces la vida se llena de ruido exterior y pierde transparencia. “Más quiere Dios”, en cambio, hallar pureza en el alma, incluso cuando sus obras sean pequeñas.


    Cuando el corazón es verdadero, todo se ordena. El alma descansa, porque ya no necesita sostener ninguna apariencia. Hay una gran libertad en quien puede presentarse ante Dios tal como es. Y en esa verdad interior -aunque sea pobre y temblorosa- el Señor encuentra un lugar donde derramar su gracia.


    Señor, concédenos vivir en la verdad. Purifica nuestro corazón de toda doblez y danos una conciencia limpia, para que nuestra vida, aun en lo pequeño, sea transparente ante tus ojos. Amén.

domingo, 8 de febrero de 2026

SER SAL, SER LUZ

    “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa” (Mateo 5, 13-16).


    Las imágenes que hoy nos regala el Evangelio son de una sencillez admirable: la sal y la luz. Dos realidades humildes pero absolutamente necesarias. La sal no está hecha para mostrarse, sino para dar sabor haciéndose invisible. La luz no existe para sí misma, sino para iluminar realidades, tanto materiales como interiores. Ambas existen para los demás.


    El Señor no nos pide ser extraordinarios, sino ser verdaderos. Una pequeña cantidad de sal basta para transformar un alimento; una sola lámpara puede romper la oscuridad de toda una estancia. Así es también la vida cristiana cuando está llena de Dios: no necesita imponerse ni hacer ruido, simplemente irradia. Sin embargo, la advertencia es seria. La sal puede volverse sosa; la lámpara puede quedar escondida. También la fe puede perder vigor cuando se acomoda, cuando se diluye en la rutina o cuando se oculta. Entonces la vida cristiana se vuelve insípida y la luz parece apagarse.


    Precisamente con este deseo vamos a comenzar mañana, si Dios quiere, una pequeña serie de meditaciones apoyadas en algunos pensamientos de San Juan de la Cruz (1542-1591), tomados de sus Dichos de luz y amor. Si el Evangelio nos habla hoy de la luz que está llamada a alumbrar, queremos dejarnos guiarnos durante unos días por estos “dichos de luz” que nacen de un alma profundamente unida a Dios. Espero que les gustarán y les serán de provecho.


    Señor Jesús, que nos has llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo, aviva en nosotros la fe para que no se vuelva sosa ni se oculte entre las sombras de la rutina. Concédenos un corazón sencillo y fiel, capaz de dar sabor con discreción y de iluminar sin buscarse a sí mismo. Que nuestra vida, sostenida por tu gracia, refleje tu luz y ayude a otros a encontrarte. Amén.

sábado, 7 de febrero de 2026

VOLVER SIEMPRE A JESÚS


    “Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: ‘Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco’. Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a solas a un lugar desierto. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc. 6,30-34).


    El descanso que Jesús propone a los suyos no es una huida ni una renuncia a la misión, sino una parte esencial de ella. Después del envío, del esfuerzo, del desgaste de la entrega, los apóstoles vuelven a reunirse con Él. Volver es una palabra clave: volver al origen, volver a la fuente, volver a Aquel que da sentido a lo que se ha hecho y a lo que aún queda por hacer. Antes de seguir adelante, Jesús invita a detenerse, a salir del ruido, a buscar un espacio donde el corazón pueda reposar y la vida recupere su orden interior.


    Este “lugar desierto” no es solo un espacio geográfico, sino una actitud del alma. Es el tiempo regalado para estar con el Señor sin prisas, para contarle lo vivido, para dejar que Él lo ilumine y lo purifique. El ritmo cristiano no puede ser un activismo continuo ni una disponibilidad sin pausas: necesita alternar la misión y el descanso, la salida hacia los demás y el regreso al corazón de Dios. Cuando este equilibrio se pierde, la vida se desordena y el servicio se vacía por dentro.


    Y, sin embargo, el texto nos recuerda que el descanso en Jesús no endurece el corazón. Al desembarcar, Él ve a la multitud y se compadece. El reposo verdadero en Dios no nos encierra en nosotros mismos, sino que afina la mirada y hace más honda la misericordia. Quien descansa en el Señor aprende a volver a la misión con un corazón más libre, más pacificado, más capaz de enseñar y de amar sin agotarse.


    Señor Jesús, enséñanos a volver siempre a ti después del trabajo y del cansancio. Danos la gracia de ordenar nuestra vida desde tu presencia, de saber alternar la entrega y el descanso, la misión y el silencio. Que aprendamos a contarte lo que vivimos, a escucharte sin prisas y a reposar en ti cuando el corazón se agota.

    Haznos comprender que descansar en Ti no es huir de la misión, sino prepararnos para vivirla mejor. Renueva en nosotros la mirada y la compasión, para que, después de estar contigo, sepamos volver a los hermanos con un corazón más libre, más pacificado y más lleno de tu amor. Amén.

viernes, 6 de febrero de 2026

LIBERTAD Y VERDAD


    “El rey le dijo a la joven: ‘Pídeme lo que quieras, que te lo daré’. Y le juró: ‘Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino’. Ella salió a preguntarle a su madre: ‘¿Qué le pido?’. La madre le contestó: ‘La cabeza de Juan el Bautista’. Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: ‘Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista’. El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla” (Marcos 6, 22-26).


    Este texto, tomado del evangelio de hoy, es una narración inquietante acerca de cómo la conciencia puede dejarse arrastrar por determinados intereses. No aparece aquí un mal deliberado y frío, sino una conciencia debilitada, presionada, incapaz de sostener la verdad que en el fondo reconoce. Herodes sabe que lo que se le pide es injusto y, sin embargo, cede. La conciencia no desaparece, pero queda sometida a fuerzas externas que la condicionan y la paralizan.


    El relato pone ante nosotros un primer riesgo claro: la falta de libertad interior. El miedo al qué dirán, el deseo de mantener la imagen, la presión del ambiente o de los compromisos adquiridos pueden secuestrar la conciencia hasta hacerla incapaz de actuar conforme al bien que percibe. Así, Juan el Bautista permanece libre hasta el final; Herodes, en cambio, queda prisionero de su palabra vacía y de su necesidad de quedar bien.


    Hay todavía otro aspecto decisivo que también condiciona la conciencia: su formación. Se puede actuar en conciencia y, sin embargo, hacerlo desde una conciencia equivocada. A veces uno cree descubrir el bien donde objetivamente no hay sino mal; otras veces se percibe como mal aquello que en realidad es virtud y comportamiento justo. Por eso hay dos cuestiones que se reclaman mutuamente y que hemos de vigilar siempre: la libertad de la conciencia, para que no esté sometida a intereses o presiones; y la verdad objetiva, que solo se alcanza mediante una correcta formación, dócil a la Palabra de Dios, a la Sagrada Tradición y al Magisterio de la Iglesia. Jesús nos enseñará: “la verdad os hará libres” (Jn. 8,32).


    Señor Jesús, te pedimos una conciencia libre y despierta, no sometida al miedo ni a los intereses ocultos. Danos una conciencia que siga los criterios de la verdad, alcanzados mediante una formación sincera y perseverante, dócil a la luz de Dios y al discernimiento honesto. Haznos capaces de elegir el bien con rectitud y fidelidad, aun cuando cueste, y de permanecer fieles a ti en todo. Amén.

jueves, 5 de febrero de 2026

EN MISIÓN


    “Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y decía: ‘Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, en testimonio contra ellos’. Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban” (Mc. 6,7-13).


    En el Evangelio de hoy leemos cómo Jesús no envía a los suyos como quien los lanza a una empresa perfectamente organizada, sino como quien confía una misión que solo puede sostenerse desde la fe. El bastón que el discípulo lleva no es un simple apoyo material: es, en primer lugar, su mismo Señor, en quien únicamente puede apoyarse. Es en Cristo donde se afirma el enviado, es con Él con quien camina, y desde Él desde donde es enviado.


    Junto a esta confianza radical, el Señor permite también que el discípulo no camine solo. En primer lugar, está la presencia discreta y fiel del ángel de la guarda, verdadero acompañante espiritual en el camino de la fe. Secundariamente, y si nosotros lo necesitamos, puede haber también un ángel humano: un maestro con mayor experiencia en los caminos del Espíritu, que ayude a avanzar, a discernir, a reconocer y a sortear las dificultades y los engaños que pueden aparecer en el recorrido interior. El director espiritual no está para sustituir ni para hacer innecesaria la confianza en Dios, sino precisamente para custodiarla y purificarla.


    La misión, además, no es nunca la aventura aislada de un francotirador. Es siempre misión de la Iglesia. Por eso nadie anuncia el Evangelio en nombre propio, sino enviado por una comunidad, enviado por la Iglesia. En esa comunión de fe, de oración, de obediencia y de vida compartida se sostiene el apostolado, se purifica la intención y se evita el protagonismo. Esa misma comunión corrige cuando es necesario; y consuela cuando el cansancio y el rechazo pesan en el corazón del enviado.


    Señor Jesús, enséñame a caminar ligero, apoyado solo en ti. Líbrame de la tentación de confiar en mis propias seguridades y de anunciarme a mí mismo. Dame un corazón dócil a la Iglesia y abierto a la comunión. Que mi palabra y mis gestos nazcan de la fe y de la obediencia, para que tu Evangelio llegue limpio y verdadero a quienes pongas en mi camino. Amén.

miércoles, 4 de febrero de 2026

LA DICTADURA DEL RUIDO


    "El primer lenguaje de Dios es el silencio. Todo lo demás es una pobre traducción. Para entender este lenguaje, debemos aprender a ser silenciosos y a descansar en Dios" (de las enseñanzas del Card. Robert Sarah).


    Pocos personajes eclesiales de la actualidad han enseñado tanto y tan bien del silencio como el Cardenal Sarah, antiguo Prefecto de Liturgia. En nuestro mundo, el ruido se ha convertido en una droga que nos impide escuchar. Vivimos sumergidos en un océano de ruido. Notificaciones, palabras, música y el zumbido constante de la actividad llenan cada resquicio de nuestro día. Este ruido no contiene comunicaciones relevantes; es más bien una atmósfera que dispersa el alma, la mantiene en la superficie y la ahoga en lo efímero. Es la "dictadura del ruido" contra la que advierte el Cardenal Sarah, un ambiente donde la voz tenue y apacible de Dios difícilmente puede ser percibida. En este caos sonoro, cultivar el silencio se convierte en un acto de resistencia espiritual: la construcción de un santuario interior desde el cual poder escuchar.


    La Escritura nos enseña esta pedagogía divina en la experiencia del profeta Elías, el Padre espiritual del Carmelo. Angustiado y lleno de miedo, huyó al desierto y luego al monte Horeb. Allí, Dios no se reveló en el huracán devastador, ni en el terrible terremoto, ni en el fuego devorador. Su presencia se manifestó en "el murmullo de una suave brisa", en un sonido apacible y delicado que le hizo salir de la cueva en que se escondía. Este pasaje es clave: Dios habla en el susurro, no en el grito. Para oírlo, Elías necesitó apartarse del clamor de su propia angustia y del mundo, y adentrarse en un silencio expectante. Allí, en la quietud del desierto, pudo por fin escuchar y, al escuchar, recibir de nuevo su misión.


    Este silencio al que estamos llamados es, por tanto, mucho más que la mera ausencia de sonido. Es una actitud interior de atención y plenitud. Es el espacio sagrado donde el alma se descalza como Moisés, y deja de hablar para empezar a escuchar a quien se revela en una zarza ardiente de verdad y de amor. Es el lugar donde dejamos de alimentar nuestros propios monólogos sobre Dios para permitirle que sea Él quien se revele a sí mismo. En este silencio, nos encontramos cara a cara con nuestra propia verdad, con nuestras fragilidades y anhelos, y es precisamente en esa vulnerabilidad donde Dios se hace presente. Como dice Sarah, el silencio "te da la oportunidad de verte a ti mismo, de escucharte a ti mismo, de escuchar a Dios". Es el umbral del encuentro auténtico.


    Este encuentro tiene su escuela y su cumbre en la liturgia. El silencio sagrado no es un vacío incómodo, sino un acto de adoración. Es el clima necesario para que el misterio que se celebra resuene en lo profundo del corazón. Ante la majestad de Dios, las palabras humanas a menudo se quedan cortas; el silencio se convierte entonces en el lenguaje más elocuente de la adoración y el asombro. Pienso que quizás nuestras liturgias actuales padecen una inflación de sonidos, y una grave escasez de silencios. 


    Por eso quiero hoy dirigir a mis lectores una invitación urgente y personal. Debemos atrevernos a procurar apagar un poco los ruidos exteriores e interiores para crear en nuestra vida, en nuestros hogares, en nuestros templos, oasis de silencio. Pueden ser en unos minutos ante el Sagrario; o una  pausa en medio del ajetreo en la soledad de nuestra habitación; o unos instantes de contemplación serena de la naturaleza o de una obra de arte. En esos momentos, podemos dejar de estar habitados por el murmullo del mundo para empezar a ser habitados por el silencio de Dios. Y desde ese centro de paz, aprenderemos a escuchar su voz no solo en la oración, sino también en el prójimo, en los acontecimientos cotidianos y en el susurro de la conciencia. El silencio, lejos de aislarnos, nos reconectará con la Fuente de todo Amor; y nos enviará, como a Elías, renovados, a nuestra misión.

martes, 3 de febrero de 2026

MEDITANDO UN CUADRO


    Como ilustración de mi entrada de ayer, quise utilizar un cuadro de Ludovico Carracci (1555-1619), titulado La presentación del Niño en el Templo, perteneciente al Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, aunque se encuentra depositado en el Museu Nacional d’Art de Catalunya. Este cuadro me ha impresionado profundamente y gana mucho con una contemplación detenida y larga. Como los iconos orientales, que más que mirarlos son ellos quienes nos miran —ventanas que se abren al misterio de Dios—, esta pintura nos invita a guardar silencio y a orar. No busca deslumbrar ni conmover de manera inmediata; no hay gestos exagerados ni dramatismo, como sería lo propio del barroco, ni tampoco es emoción fácil que se pasa pronto.


    La escena transcurre sobre unas gradas. María asciende al Templo llevando al Niño. Es el gesto humilde de una madre obediente a la Ley. Pero lo que el pintor deja entrever es mucho más hondo: mientras la humanidad sube hacia Dios, es Dios mismo quien ha comenzado a bajar hacia nosotros en ese Niño sostenido con infinita delicadeza por María. Nada es violento en el cuadro. La Virgen no retiene; Simeón no arrebata, sino respetuosamente acoge. El Niño no se resiste. Todo es consentimiento, como si el mundo entero dijera “sí” sin pronunciar palabra.


    Entre María y José, casi escondidas, aparecen las dos blancas palomas de la ofrenda de los pobres. No ocupan el centro ni reclaman atención, pero hablan también con una elocuencia silenciosa. Dios ha querido entrar en nuestra historia desde la pequeñez, no desde el poder; desde la pobreza, no desde la riqueza. Y detrás de ellos avanza otra madre que lleva también a su hijo en brazos. María y José son unos padres más entre el pueblo.


    Y está Ana, que si no fuera por carecer de barba, pensaríamos que es un personaje masculino. El rostro surcado de arrugas, sin concesiones a la belleza, lleva impreso el peso de los años. Sin embargo, es ella quien proclama la novedad. En la lápida que sostiene con su mano aparecen, con algunas abreviaturas, unas palabras latinas que anuncian el destino del Niño: “Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten”. La ancianidad es sabiduría y por eso reconoce lo eterno antes que nadie. Sostiene la inscripción como quien certifica que todo esto forma ya parte del verdadero Templo. Es algo eterno e inmutable. Por eso ha quedado esculpido en mármol.


    Nada aquí pretende impresionar; todo invita a quedarse y a mirar. Quizá por eso esta pintura no se entrega al primer golpe de vista. Pide tiempo, pide una mirada sin prisas, una atención capaz de dejarse alcanzar lentamente por lo que se contempla. Porque también nuestra vida es, de algún modo, una presentación, y llega un momento en que comprendemos que nada nos pertenece del todo, que todo está llamado a ser ofrecido. Contemplar este cuadro es aprender sin palabras que la verdadera entrega no es ruidosa: es serena, es confiada, es luminosa, incluso cuando pasa desapercibida. Por eso, tal vez, las lágrimas que asoman ante una imagen así no sean solo de emoción estética, sino que nazcan de un lugar más profundo del alma en que Dios sigue saliendo a nuestro encuentro.




lunes, 2 de febrero de 2026

LA IMPORTANCIA DE OFRECER


    “Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con Él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’” (Lc. 2,27-32).


    Hoy celebramos la fiesta de la Presentación del Señor. Contemplamos cómo María y José suben al Templo para ofrecer a su Hijo al Señor. Lo presentan, lo entregan confiadamente, y lo hacen con la ofrenda humilde de los pobres, dos palomas, como señal del rescate de su vida. Este gesto sencillo proclama una verdad decisiva: el Hijo no les pertenece del todo, pertenece plenamente a Dios, su Creador. Y lo mismo ocurre con nosotros. También nuestras vidas pertenecen al Señor, porque la vida no es una posesión absoluta, sino un don recibido. Por eso estamos llamados a vivir en actitud oblativa, ofreciendo al Señor nuestras personas, lo que somos y lo que tenemos, nuestros afectos, nuestros intereses, nuestras obras, la vida entera, y también la muerte. Todo es suyo, y libremente queremos convertirlo en regalo, en ofrenda consciente y amorosa.


    El anciano Simeón no se conforma con mirar al Niño a distancia. Lo acoge en sus brazos, lo toma con sus propias manos, y María se lo cede. En ese gesto se concentra una experiencia de fe profunda. También nosotros, en cada Eucaristía, podemos tomar al Señor, recibirlo, tenerlo con nosotros. Y entonces brota la acción de gracias y la palabra confiada: ahora puedes dejarme ir en paz, Señor. Tenerle con nosotros cada día nos permite vivir ya en su paz: caminar sostenidos por la serenidad, la confianza, el abandono y la fortaleza de saberse siempre en sus manos. Exactamente como Él ha querido ponerse antes también en las nuestras.


    Señor Jesús, hoy quiero presentarme ante ti como María y José presentaron a su Hijo. Recibe mi vida tal como es, con su pobreza y su verdad, con lo que comprendo y con lo que todavía no entiendo. Todo es tuyo: lo que soy, lo que tengo, lo que amo, lo que hago y lo que me cuesta entregar. Enséñame a vivir en actitud oblativa, a ofrecerte cada día mi persona, mis obras, mis afectos y mis límites, sin reservas ni temores. Quédate conmigo, sostén mi vida en tus manos y concédeme vivir ya en tu paz, con serenidad, confianza, abandono y fortaleza, hasta el día en que quieras llamarme definitivamente a ti. Amén.