“En aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole: ‘¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?’ Jesús les dijo: ‘¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán’” (Mt. 9,14-15).
Ramón Llull (1232-1316), conocido en castellano como Raimundo Lulio, fue un laico mallorquín, místico, pensador y misionero incansable, una de las figuras más originales de la Edad Media cristiana. Dentro de su gran obra Libro de Evast y Blanquerna se encuentra una joya de la mística, El libro del Amigo y del Amado. En él, el Amigo es el alma fiel enamorada de Jesucristo o el cristiano enamorado de Jesucristo, y el Amado es Cristo mismo, aunque en ocasiones asoma el misterio insondable de Dios Trinidad.
Hoy podemos detenernos en uno de estos dichos: “¡Ah!, ¿cuándo se gloriará el Amigo de morir por su Amado? Y ¿cuándo verá el Amado a su Amigo enfermar por su Amor?” (nº 5).
El Evangelio nos presenta a Jesús como el Esposo. Mientras Él está presente, no es tiempo de luto. El cristianismo no nace del esfuerzo ascético, sino del encuentro; no comienza con el ayuno, sino con la alegría. Los discípulos no ayunan porque están con el Esposo; sus corazones están gozosos y llenos. Sin embargo, Jesús anuncia también el tiempo en que “les arrebatarán al esposo”. Entonces vendrá el ayuno. Y ahí la palabra de Llull adquiere un tono ardiente: el Amigo no ayuna por obligación ni por disciplina exterior, sino porque ama. Llega un momento en que el amor es tan intenso que desea incluso padecer por el Amado. No busca el sufrimiento por sí mismo, pero quiere compartir el destino del Esposo.
Hay un ayuno que nace de la ley y hay otro que brota del amor. El primero puede cumplirse con exactitud; el segundo sólo puede vivirse desde un corazón herido. Cuando el Amado parece ausente, el Amigo enferma de amor. Esa “enfermedad” es la santa añoranza de la presencia, la sed del que ha gustado la alegría de estar con Él y ya no se conforma con menos. Así el Evangelio y Llull se encuentran en un mismo punto: el cristianismo es relación esponsal. Primero está la presencia que llena de gozo; después la ausencia que purifica el amor. Primero la mesa compartida; luego el ayuno que ensancha el corazón. Y en todo, el Amigo vive para el Amado.
En los próximos días, si Dios quiere, seguiremos escuchando a este místico ardiente que supo hablar de Cristo con lenguaje de enamorado.