viernes, 20 de febrero de 2026

EL AMIGO Y EL AMADO (I): NOSTALGIA


    “En aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole: ‘¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?’ Jesús les dijo: ‘¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán’” (Mt. 9,14-15).


    Ramón Llull (1232-1316), conocido en castellano como Raimundo Lulio, fue un laico mallorquín, místico, pensador y misionero incansable, una de las figuras más originales de la Edad Media cristiana. Dentro de su gran obra Libro de Evast y Blanquerna se encuentra una joya de la mística, El libro del Amigo y del Amado. En él, el Amigo es el alma fiel enamorada de Jesucristo o el cristiano enamorado de Jesucristo, y el Amado es Cristo mismo, aunque en ocasiones asoma el misterio insondable de Dios Trinidad.


    Hoy podemos detenernos en uno de estos dichos: “¡Ah!, ¿cuándo se gloriará el Amigo de morir por su Amado? Y ¿cuándo verá el Amado a su Amigo enfermar por su Amor?” (nº 5).

    El Evangelio nos presenta a Jesús como el Esposo. Mientras Él está presente, no es tiempo de luto. El cristianismo no nace del esfuerzo ascético, sino del encuentro; no comienza con el ayuno, sino con la alegría. Los discípulos no ayunan porque están con el Esposo; sus corazones están gozosos y llenos. Sin embargo, Jesús anuncia también el tiempo en que “les arrebatarán al esposo”. Entonces vendrá el ayuno. Y ahí la palabra de Llull adquiere un tono ardiente: el Amigo no ayuna por obligación ni por disciplina exterior, sino porque ama. Llega un momento en que el amor es tan intenso que desea incluso padecer por el Amado. No busca el sufrimiento por sí mismo, pero quiere compartir el destino del Esposo.


    Hay un ayuno que nace de la ley y hay otro que brota del amor. El primero puede cumplirse con exactitud; el segundo sólo puede vivirse desde un corazón herido. Cuando el Amado parece ausente, el Amigo enferma de amor. Esa “enfermedad” es la santa añoranza de la presencia, la sed del que ha gustado la alegría de estar con Él y ya no se conforma con menos. Así el Evangelio y Llull se encuentran en un mismo punto: el cristianismo es relación esponsal. Primero está la presencia que llena de gozo; después la ausencia que purifica el amor. Primero la mesa compartida; luego el ayuno que ensancha el corazón. Y en todo, el Amigo vive para el Amado.


    En los próximos días, si Dios quiere, seguiremos escuchando a este místico ardiente que supo hablar de Cristo con lenguaje de enamorado.

jueves, 19 de febrero de 2026

TIEMPO DE DECIDIRSE


    “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Entonces decía a todos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?’” (Lc. 9,22-25).


    Este jueves después de Ceniza, casi comenzando la Cuaresma, la Palabra de Dios nos sitúa de golpe ante el corazón mismo del mensaje evangélico. Jesús no disimula ni suaviza el camino: padecer, ser desechado, ser ejecutado… y resucitar. La cruz no es un accidente en su vida, es el camino querido por el Padre. Y, sin embargo, en medio de esa crudeza, brilla ya la promesa: resucitar al tercer día. La Cuaresma no es un tiempo sombrío; es un tiempo serio y verdadero. Nos quita las ilusiones fáciles para ofrecernos una esperanza sólida, nacida del amor que atraviesa el sufrimiento.


    Si alguno quiere venir en pos de mí…”. No impone, sino que invita. Seguirle es una decisión libre, pero exigente: negarse a sí mismo, tomar la cruz cada día. No se trata solo de grandes renuncias heroicas, sino de esa fidelidad cotidiana que nadie ve: aceptar la propia historia, cargar con las propias limitaciones, soportar con paciencia las contrariedades, perdonar, callar, recomenzar. Cada día. La cruz no es un símbolo lejano; es el lugar concreto donde mi voluntad se une a la suya.


    Y luego esa pregunta que encajamos como un golpe: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero…?”. Podemos ganar prestigio, seguridad, reconocimientos, incluso éxitos apostólicos, y sin embargo perder lo más hondo: el corazón, la comunión con Dios, la paz interior. La Cuaresma es una llamada a revisar qué estamos intentando salvar. Porque solo quien se arriesga a perder su vida por Cristo —sus seguridades, su orgullo, su autosuficiencia— descubre que, en realidad, no pierde nada, sino que lo recibe todo transformado.


    Señor Jesús, al comenzar la Cuaresma, enséñame a no huir de la cruz, a no buscar salvar mi vida al margen de ti. Dame la gracia de perderla por tu amor, para encontrarla contigo en la luz de la Resurrección. Amén.

miércoles, 18 de febrero de 2026

TIEMPO DE DESPERTAR


“Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte,

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando” 

(Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre).


    Hoy la Iglesia traza sobre nuestra frente una cruz de ceniza y, de algún modo, vuelve a susurrarnos estos mismos versos. “Recuerde el alma dormida…” La Cuaresma comienza como una llamada a la memoria, como una invitación a abrir los ojos ante el misterio del tiempo. Un tiempo que se nos escapa de entre las manos. No es un rito repetido por costumbre, ni un gesto dramático vacío de sentido; es una sacudida suave pero firme. La ceniza no humilla: trata de despertarnos. Nos recuerda que la vida pasa “tan callando”, que el tiempo no es infinito ni nos pertenece, que se nos ha dado para algo muy concreto: para obrar nuestra salvación.


    Avive el seso…” La Cuaresma es también inteligencia espiritual. Es comprender que el pecado de Adán no es solo un relato antiguo, una página del Génesis, sino una inclinación que sigue viva en nosotros: la de vivir al margen de Dios, decidir sin contar con Él, buscar paraísos que no son el suyo. Durante cuarenta días la Iglesia nos ofrece un desierto. Como Israel durante cuarenta años, aprendemos que no vivimos solo de pan, que dependemos de la Palabra de Dios para todo, que la libertad no consiste en hacer lo que deseamos, sino en obedecer al Señor. Como Jesús durante cuarenta días, somos llamados al discernimiento, a rechazar las falsas promesas y a elegir el camino del Padre.


    Y despierte…” Despertar es salir de la tibieza, romper la inercia, dejar de vivir la fe como una costumbre heredada o como pura tradición cultural. La ceniza nos habla del polvo, sí, pero también del soplo que dio vida a Adán. No nos dice que todo acaba en nada, sino que sin Dios somos nada, y con Él, en cambio, estamos llamados a la vida eterna. El polvo no es el final; es el punto de partida de una nueva creación. La Cuaresma no es un tiempo triste, sino serio; no es angustia, sino verdad. Mientras hay tiempo, hay gracia. Mientras hay vida, hay posibilidad de emprender el regreso al Paraíso del que jamás debimos salir. 


    Señor Jesús, despierta mi alma dormida, aviva mi inteligencia y hazme caminar contigo por el desierto, para que, purificado el corazón, pueda volver a la casa del Padre y gustar la alegría de la vida nueva. Amén.

martes, 17 de febrero de 2026

SEGURIDAD, ALEGRÍA, COMUNIÓN


    “Dichoso el hombre que soporta la tentación, porque, una vez probado, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. (…) No os engañéis, queridos hermanos míos. Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de variación” (Sant. 1,12.16-17).


    El texto de la epístola de Santiago que hoy leemos en la misa, nos sirve para hacer una reflexión sobre las virtudes teologales que sostienen, iluminan y conducen toda la vida cristiana.


    La fe da seguridad, certezas, porque nos apoya en la firmeza de Dios. Santiago nos habla del “Padre de las luces”, en quien no hay cambio. Creer es precisamente descansar en esa estabilidad. Cuando la fe madura, dejamos de atribuir a Dios nuestras propias sombras, dejamos de pensar que Él juega con nosotros o nos confunde. La fe introduce una certeza honda: Dios es fiel, Dios es bueno, Dios no cambia. Y esa certeza da firmeza interior. No elimina la tentación ni la la oscuridad, pero impide que nos desmoronemos en ella.


    La esperanza por su parte da alegría, porque abre el horizonte hacia la “corona de la vida” que recibiremos, según la afirmación de Santiago. No caminamos hacia el vacío, sino hacia una promesa. Las pruebas de la vida no son absurdas; están orientadas. La esperanza ensancha el corazón hacia lo que todavía no vemos, pero que nos está reservado. Y ese ensanchamiento produce una alegría sobria, limpia, serena. La alegría cristiana nace de saberse elegido por Dios y destinado a la vida.


    Por último, la caridad, el amor, nos da al Amado porque solo el amor une realmente. La fe conoce, la esperanza espera, pero el amor posee. Santiago habla de “los que lo aman”: ahí culmina todo. Amar es entrar en comunión, es participar de la vida del que se ama. El amor no se contenta con saber que Dios existe ni con esperar sus promesas; quiere a Dios mismo. Por eso la caridad nos da al Amado: nos introduce en su intimidad y nos transforma desde dentro, haciéndonos vivir ya de Él.


    Señor, fortalece nuestra fe para que vivamos seguros en medio de las pruebas; ensancha nuestra esperanza para que no perdamos la alegría cuando el camino se oscurece; y acrecienta en nosotros la caridad, para que no nos quedemos en ideas o deseos, sino que busquemos de verdad tu Rostro y vivamos unidos a ti. Haz que, sostenidos por la certeza de tu fidelidad, animados por la promesa de la Vida y transformados por el Amor, caminemos firmes hacia ti, que eres nuestro bien y nuestra plenitud. Amén. 

lunes, 16 de febrero de 2026

NOCHE LUMINOSA


    “Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia; pero que la paciencia lleve consigo una obra perfecta para que seáis perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia. Y si alguno de vosotros carece de sabiduría, pídasela a Dios, que da a todos generosamente y sin reproche alguno, y Él se la concederá” (Sant. 1,2-5).


    La Palabra de Dios nos invita hoy a pedir sabiduría. No cualquier inteligencia práctica, no la astucia que sabe adaptarse a los tiempos, sino esa sabiduría que viene de lo alto y que permite llamar al bien, bien, y al mal, mal. Porque uno de los mayores peligros de nuestro tiempo es que, lo que es un mal en sí, termina siendo presentado como progreso, como conquista irrenunciable, como derecho sagrado e indiscutible. Entonces el alma se desorienta porque se celebra lo que nos empobrece, se defiende lo que nos degrada y se aplaude lo que nos condena. Y quien se atreve a disentir puede ser condenado por odiador, considerado insensible o falto de misericordia. Por eso el apóstol Santiago no nos promete un camino cómodo, sino pruebas que purifican la fe y la vuelven paciente y fuerte. La sabiduría auténtica no nace del aplauso social, sino de una fe probada en el crisol del sufrimiento.


    Estamos a las puertas de la Cuaresma. Mientras muchos viven en carnaval días de desenfreno, con la filosofía tácita de que la vida es breve y hay que disfrutarla, la Palabra de Dios y la doctrina de los santos nos conducen más bien hacia la noche. No una noche amarga, sino la noche luminosa de la fe. Estos días pasados ya estuve leyendo a San Juan de la Cruz. He comenzado ahora, desde el principio, con la Subida al Monte Carmelo, que creo que va a constituir mi lectura principal durante toda la Cuaresma y más allá. Nuestro santo doctor lo explica todo con una claridad cristalina: para unirse con Dios es necesario el desengaño de lo que no es Dios. Es preciso apagar los fuegos artificiales que deslumbran, pero no alumbran; aceptar el vaciamiento de aquello que entretiene, pero no salva; entrar en la noche donde también se apagan los ruidos y comienza la verdad. Esa noche no es negación de la vida, sino su purificación. No es tristeza, sino un paso hacia una alegría más honda, menos frágil.


    Pedir sabiduría en estos días significa pedir la gracia de no confundir el brillo con la luz y el ruido con la plenitud. Significa aceptar que la fe sea probada, que la paciencia haga su obra perfecta, que la renuncia nos abra a una libertad más limpia y verdadera. La Cuaresma es ese camino interior donde deberemos aprender que no todo lo que se ofrece como progreso nos hace crecer y que solo Dios puede llenar el corazón sin dejar resaca de tristeza.


    Señor, danos la sabiduría que viene de ti, la sabiduría de tu Palabra, la sabiduría de tus santos. Danos la valentía para entrar en esa noche digna de ser amada y danos también paciencia y esperanza para aguardar tu Luz, que un día será nuestro hogar. Amén.

domingo, 15 de febrero de 2026

DICHOS DE LUZ (y VII): JESÚS


    “Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma.” (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 99).


    Con esta afirmación luminosa, San Juan de la Cruz nos introduce en el corazón mismo del misterio cristiano. Dios no ha dicho muchas palabras: ha dicho una sola. Y esa Palabra es su Hijo. No se trata de un sonido pasajero ni de un mensaje entre otros. Cristo es la Palabra eterna, pronunciada desde siempre y para siempre. En Él, el Padre nos ha dicho todo lo que quería decirnos. No hay una revelación mayor ni una verdad más profunda que Jesucristo.


    Pero el santo añade algo que puede sorprendernos: esa Palabra “habla siempre en eterno silencio”. Dios no se impone con estrépito ni busca vencer por la fuerza. Su voz es discreta, profunda, capaz de llegar allí donde el ruido no alcanza. Por eso solo puede ser verdaderamente escuchada por un corazón recogido. El alma que aprende a callar comienza a percibir que Dios no está ausente ni mudo, sino que habla sin cesar en lo hondo.


    El evangelio de este domingo nos recuerda que Cristo no ha venido “a abolir la Ley, sino a dar plenitud” (Mateo 5,17). Esto no quiere decir que haya venido como un nuevo legislador que sustituya a Moisés con otras normas distintas, más exigentes. No, sino que la plenitud es Él mismo. Jesús encarna en su persona, en sus palabras y en sus obras, la verdadera Ley. Es la voluntad del Padre que se ha hecho carne. La Ley ya no es solo un texto escrito, sino un rostro al que mirar, una vida concreta que contemplar e imitar.


    También nosotros vivimos rodeados de muchas palabras que compiten por atraer nuestra atención. Sin embargo, solo una permanece, solo una sostiene, solo una salva. Todo pasa; Cristo permanece. Aprender a escucharle es el trabajo de toda la vida, un ejercicio constante de humildad, de desapego de lo superfluo y de amor.


    Señor Jesús, Palabra eterna del Padre, gracias por esta semana en la que, de la mano de San Juan de la Cruz, nos has enseñado a buscar el silencio y la verdad del corazón; prepáranos para vivir la Cuaresma que se acerca con un alma recogida, dócil y agradecida. Amén.

sábado, 14 de febrero de 2026

DICHOS DE LUZ (VI): SILENCIO, SABIDURÍA, MISIÓN


    “La sabiduría entra por el amor, silencio y mortificación. Grande sabiduría es saber callar y no mirar dichos ni hechos ni vidas ajenas.” (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 108).


    San Juan de la Cruz nos abre la puerta de entrada a una sabiduría distinta de la que el mundo suele buscar. No se trata de acumular conocimientos ni de multiplicar palabras, sino de aprender a vivir desde un corazón que ama, que sabe callar y que acepta ser purificado. Porque hay verdades que solo se comprenden en el silencio. El amor dispone el alma, el silencio la recoge y ese vaciamiento interior de palabras, de juicios, de curiosidades innecesarias, la hace capaz de acoger a Dios. Allí donde todo se aquieta, comienza a nacer una comprensión más profunda, que no procede tanto del esfuerzo como de la escucha.


    El evangelio de hoy nos presenta a Jesús enviando a los setenta y dos discípulos en misión. Antes de hablar, han de aprender a depender; antes de anunciar, han de aceptar su propia pobreza; antes de proclamar que el Reino ha llegado, han de caminar ligeros, sin bolsa ni alforja. También aquí se revela una sabiduría escondida: el apóstol no es un hombre lleno de palabras propias, sino un corazón disponible que lleva la paz. Solo quien ha aprendido en la escuela del amor y el silencio, puede pronunciar con verdad esa primera palabra fundamental: “Paz a esta casa”. Porque el silencio, como vemos, no es lo contrario de la misión: es su raíz más honda.


    En este sábado, la Iglesia vuelve la mirada hacia la Santísima Virgen María. Lo que vemos en los discípulos enviados, lo contemplamos realizado en plenitud en María. Ella, Sede de la Sabiduría, acogió la Palabra en el silencio de su Corazón Inmaculado antes de entregarla al mundo. Su vida nos enseña que la verdadera fecundidad apostólica nace de una escucha humilde y amorosa. María no necesitó muchas palabras: su silencio estaba lleno de fe, de atención y de disponibilidad. Y por eso pudo llevar a Cristo a los demás, incluso sin discursos, solo con su presencia.


    Santísima Virgen María, Madre de Dios y Sede de la Sabiduría, enséñanos a amar el silencio interior, a custodiar el corazón y a llevar a Jesús a los demás con palabras nacidas de la escucha y del amor. Así sea.

viernes, 13 de febrero de 2026

DICHOS DE LUZ (V): AMOR


    “A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición.” (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, n.º 59).


    San Juan de la Cruz, en este dicho, nos conduce al criterio último de toda existencia cristiana. No es una frase escrita para inquietar, sino para simplificar la vida. Y conviene subrayar algo: esa “tarde” no es principalmente el final de un día, sino el atardecer definitivo, el ocaso de la vida, cuando se cierre nuestra historia y comparezcamos ante Dios. Entonces, cuando todo se haya despojado de su apariencia, solo quedará una pregunta decisiva: cuánto hemos amado. No cuánto hemos sabido, ni cuánto hemos poseído, ni siquiera cuánto hemos realizado, sino cuánto amor verdadero ha pasado por nuestro corazón.


    En el evangelio de la misa de hoy, Jesús se detiene ante un hombre sordo y casi mudo. Lo aparta de la gente, lo toca, suspira y pronuncia aquella palabra tan sencilla y tan poderosa: “Effetá”, es decir, “ábrete” (Mc 7,34). “Amar como Dios quiere ser amado” es, en el fondo, dejar que también a nosotros se nos diga esa palabra. Ábrete. Ábrete al amor que viene de lo alto y ábrete al hermano que espera. Porque muchas veces nuestro corazón está como cerrado, protegido, ensimismado... Oímos poco y hablamos peor. Nos cuesta escuchar de verdad, nos cuesta pronunciar palabras que construyan. El amor verdadero comienza cuando el Señor abre nuestros oídos y desata nuestra lengua para que podamos escuchar y bendecir.


    Deja tu condición”, añade el santo. Es una invitación a salir del estrecho círculo del propio interés. Mientras todo gira en torno a nosotros, el amor permanece pequeño. Pero cuando el corazón se deja tocar por Cristo, cuando acepta ser transformado, empieza a ensancharse. Amar no es, ante todo, sentir; es escuchar con paciencia, comprender sin juzgar, servir sin hacer ruido, permanecer fiel cuando otros dudan. Son gestos humildes, pero en ellos se va configurando el corazón que un día será examinado en esa “tarde” definitiva de la que habla el santo.


    El evangelio concluye diciendo: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (Mc 7,37). Ese podría ser también nuestro deseo más hondo: que, al final, nuestra vida haya sido una pequeña participación en ese “bien” que Cristo realiza, un eco de su amor que hace oír a los sordos y hablar a los mudos.


    Señor Jesús, pronuncia también sobre nosotros tu “effetá”. Ábrenos al amor verdadero, ensancha nuestros corazones y concédenos vivir de tal modo que, cuando llegue nuestra “tarde”, podamos presentarnos ante ti con la humilde alegría de haber intentado amar. Amén.

jueves, 12 de febrero de 2026

DICHOS DE LUZ (IV): DESAPEGO


    “Si quieres venir al santo recogimiento, no has de venir admitiendo sino negando.” (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 58).


    San Juan de la Cruz nos habla del “santo recogimiento” como de un espacio interior donde el alma puede encontrarse con Dios y unirse a Él. Pero advierte algo decisivo: no se llega a ese lugar espiritual acumulando bienes espirituales, sino aprendiendo a negarlos, a desprenderse de ellos. Negar, en su lenguaje, no es despreciar la vida interior, sino no darle un valor absoluto. Lo que nos debe importar sobre todo no es nuestra oración, sino solo Dios. Esto puede parecer extraño, pero el corazón demasiado lleno de expectativas, seguridades, anhelos de crecimiento… pierde la capacidad de recogerse.


    El evangelio de hoy nos ofrece un ejemplo sorprendente de este desapego en la mujer cananea (Mc. 7,24-30). Ella abandona su casa -ese ámbito seguro que era el espacio propio de la mujer- y se arriesga a la inseguridad del camino para ir en busca de Jesús. Deja atrás incluso el amor más entrañable, su hija, no porque la quiera menos, sino porque la ama tanto que está dispuesta, por salvarla, a separarse de ella. Y, cuando el Señor la pone a prueba con sus duras palabras, acepta descender hasta el lugar más bajo, el de los perros al pie de la mesa de los amos. Se desprende profundamente de su amor propio, de su imagen, de la defensa cerrada de su dignidad... Nada la retiene: ni la distancia, ni el rechazo aparente, ni el orgullo. Solo le importa alcanzar misericordia, ser escuchada y salvada por Jesús. 


    Ahí comprendemos mejor lo que significa “no venir admitiendo, sino negando”. Esta mujer sabe desapegarse radicalmente. No se aferra ni siquiera a su dignidad herida. Se vacía del todo para recibir. Y por eso su fe es grande: porque es libre de apegos y anhela sólo encontrarse con el Señor. El recogimiento del que habla el santo no es pues aislamiento: se trata de un corazón unificado que, soltándose de cualquier otra cosa, aspira a descansar en Dios.


    Señor Jesús, enséñanos a identificar aquello que ocupa el centro de nuestra vida sin ser Tú, y a ponerlo confiadamente en tus manos. Danos la gracia de desapegarnos de lo que nos ata, incluso de nuestro orgullo y de nuestras seguridades más íntimas. Que sepamos salir de nuestra “casa”, arriesgarnos en el camino, aceptar con humildad lo que nos purifica, y perseverar cuando parece que callas. Haz nuestro corazón libre, capaz de negar en sí todo lo que no es Dios. De esta forma, unificados por dentro, podremos entrar en ese recogimiento donde Tú nos esperas y donde nace la verdadera paz. Amén.

miércoles, 11 de febrero de 2026

DICHOS DE LUZ (III): HUMILDAD


    “Más agrada a Dios una obra, por pequeña que sea, hecha en lo escondido, no teniendo voluntad de que se sepa, que mil hechas con gana de que las sepan los hombres.”(San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 20).


    En el evangelio de la misa de hoy, Jesús desplaza la atención desde lo visible hacia lo que verdaderamente configura al hombre: “Nada que entra de fuera puede hacer impuro al hombre; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre” (Mc. 7,15). Con estas palabras, el Señor desmonta una religiosidad centrada en la apariencia y en el reconocimiento exterior.


       San Juan de la Cruz se mueve en esta misma dirección cuando afirma que agrada más a Dios una obra hecha en lo escondido que muchas realizadas con deseo de ser vistas. No habla del tamaño de la obra ni de su utilidad aparente, sino del lugar interior desde el que nace. El problema no es hacer el bien: surge cuando se experimenta la necesidad de que ese bien nos devuelva una imagen embellecida de nosotros mismos.


    Existe una forma disimulada de impureza espiritual que no se manifiesta en acciones malas, sino en la búsqueda constante de confirmación. Incluso el bien puede quedar contaminado cuando se convierte en un modo de afirmarse, de justificarse o de existir en la mirada de los otros. Entonces, sin darnos cuenta, el yo ocupa el centro y desplaza a Dios.


        La obra hecha en lo escondido es aquella en la que el yo se retira. No necesita aplauso ni reconocimiento, no se compara ni se exhibe. Basta con que exista ante Dios. En ese silencio, la acción queda purificada y se vuelve verdaderamente libre, porque ya no depende de ninguna mirada ajena.


    Esta enseñanza no invita a despreciar lo visible, ni a ocultar sistemáticamente el bien. Invita a algo más hondo: a dejar de apoyarnos en la aprobación de los demás. Cuando el corazón se libera de esa necesidad, la vida se simplifica y aparece una paz nueva: la de la humildad. Ya no hay que justificarse ante nadie ni demostrar nada.


    Señor Jesús, líbranos del deseo de ser vistos. Enséñanos a obrar con sencillez y a vivir ante tu mirada. Que sepamos hacer el bien sin apropiárnoslo, y amar sin buscar otra recompensa que estar contigo. Amén.