“María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19).
Hoy es primer sábado de mes. Para muchos cristianos esta expresión recuerda inmediatamente una petición de la Virgen en Fátima. El 13 de julio de 1917, después de mostrar a los tres pastorcitos la terrible realidad del infierno, María les anunció: “Vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados”. Aquella petición se concretaría algunos años después, cuando Lucia era ya religiosa y vivía lejos de Fátima.
El 10 de diciembre de 1925, encontrándose Lucia en la casa de las Doroteas de Pontevedra, se le aparecieron la Santísima Virgen y el Niño Jesús. María le mostró su Corazón rodeado de espinas y pidió que, durante cinco primeros sábados de mes consecutivos, los fieles se confesaran, recibieran la sagrada Comunión, rezaran cinco misterios del rosario y permanecieran durante quince minutos haciéndole compañía mientras meditaban los misterios del rosario. Todo debía hacerse con una intención muy concreta: reparar las ofensas cometidas contra su Inmaculado Corazón.
¿Por qué cinco sábados? Más tarde, sor Lucia explicó que el Señor le había mostrado su relación con cinco clases de ofensas contra María: las dirigidas contra su Inmaculada Concepción, contra su virginidad, contra su maternidad divina y espiritual, las que siembran en el corazón de los niños la indiferencia o el desprecio hacia Ella y las ofensas contra sus imágenes. A quienes vivieran esta devoción la Virgen hizo una importante promesa: asistirlos en la hora de la muerte con las gracias necesarias para la salvación. No se trata, naturalmente, de una fórmula que garantice la salvación sin vivir las virtudes y el combate cristiano, sino de un camino de gracia que nos lleva a la conversión, de una escuela de María que nos hace frecuentar la confesión, la Comunión, la oración y la reparación.
Pero quizá lo más bonito de esta devoción se encuentre escondido en unas palabras sencillísimas: la Virgen pide que durante quince minutos le “hagamos compañía”. No nos pide solamente rezar unas oraciones, sino estar con Ella. Hay corazones que sufren porque nadie los ama, porque nadie comprende su dolor, porque nadie permanece junto a ellos. También el Corazón de María, inseparablemente unido al de su Hijo, aparece en Fátima herido por las espinas de nuestra indiferencia y de nuestros pecados. El primer sábado es una invitación a acercarnos silenciosamente a nuestra Madre y decirle con nuestra presencia: “Yo quiero estar contigo”.
Después de mostrar a los pastorcitos la visión del infierno, la Virgen les dijo: “Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón” (Fátima, 13 de julio de 1917). No porque María pueda ocupar nunca el lugar de Cristo, sino precisamente porque todo en Ella conduce hacia Él. Su Corazón es el corazón de una Madre que solo desea llevarnos hasta su Hijo. Por eso, en medio de un mundo que tantas veces se aleja de Dios, el Inmaculado Corazón de María sigue siendo refugio, esperanza y camino. Ella misma se lo había dicho a Lucia un mes antes: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios” (Fátima, 13 de junio de 1917).
Madre nuestra, déjanos entrar en tu Corazón Inmaculado y encontrar en él nuestro refugio. Enséñanos a reparar con amor las heridas que nuestros pecados causan en tu Corazón y en el de tu Hijo. Llévanos siempre de tu mano hasta Jesús y haz que, viviendo junto a ti, aprendamos a amarle cada día más. Amén.