miércoles, 8 de abril de 2026

EL CAMINO DE EMAÚS

 


    “Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús (…) y conversaban entre ellos de todo lo que había sucedido” (Lc. 24,13-14).


    El evangelio de la misa de hoy nos habla del camino de Emaús. Se parece muchas veces al que nosotros mismos llevamos. Es, en primer lugar, un camino de vuelta: el camino de quien empieza a perder la ilusión, de quien deja que la experiencia se transforme en desconfianza y el escepticismo en una mirada endurecida. Y es triste que un cristiano, que ha conocido al Señor, termine caminando así, como si ya nada pudiera sorprenderle ni salvarle.


    Es también un camino de falta de unidad. Los discípulos iban conversando, pero esa conversación era discusión, y por ello deja entrever una división interior, una dificultad para mantenerse unidos en lo esencial. Lo que debería sostenernos -el seguimiento de Jesús- ya no es vivido con la misma claridad. Entonces aparecen las grietas, las interpretaciones, las tensiones. El corazón dividido ya no camina con firmeza.


    Es además un camino de tristeza. Se detienen “con aire entristecido”. Nada ha sucedido como esperaban. Sus ilusiones se han venido abajo. Y sin embargo, lo que ellos viven como fracaso es en realidad el gran acontecimiento de la historia de la salvación. Pero el corazón herido no sabe entender a Dios. La tristeza cierra los ojos y nubla la mirada, de modo que incluso la presencia de Jesús pasa desapercibida.


    Sin embargo, este camino es también -afortunadamente- camino de apertura. Los discípulos acogen la palabra de Jesús, la escuchan en profundidad, no se sienten ofendidos cuando Él les dice “¡qué torpes y necios sois!”, sino que, con humildad, permiten que esas palabras los iluminen. Poco a poco el corazón comienza a arder; la luz entra sin hacer ruido, pero transforma todo.


    Finalmente le abren la puerta: “quédate con nosotros”. Lo invitan a entrar, a compartir la mesa, su vida, su intimidad. Acontece el reconocimiento; desde entonces ven y todo cambia. El camino deja de ser huida para convertirse en retorno al amor primero.


    Señor Jesús, cuando mi camino sea de vuelta y el corazón se endurezca, acércate Tú a mí. Hazme humilde para acoger tu Palabra, aunque tu corrección me duela. Enciende mi corazón con el fuego de tu presencia y dame la gracia de abrirte la puerta de mi vida, para que, al reconocerte, vuelva a ti con alegría renovada. Amén.


martes, 7 de abril de 2026

EL ERROR DE MARÍA MAGDALENA




    “María estaba fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se inclinó hacia el sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco (…) Ellos le dicen: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’. Ella les contesta: ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. (…) Jesús le dice: ‘¡María!’. Ella se vuelve y le dice: ‘¡Rabuní!’” (Jn. 20,11-18).


    En el Evangelio que leíamos el día anterior, María Magdalena corría hacia Simón Pedro y hacia el discípulo amado con una noticia que brotaba de su desconcierto: “se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. El sepulcro vacío, que ya era signo de algo nuevo (pero signo ambiguo), fue interpretado por ella desde la ausencia, desde su falta de fe. No proclama la Resurrección, sino la desaparición. Ante la Iglesia naciente -Pedro y el discípulo amado, la autoridad y el amor contemplativo- su palabra no es todavía anuncio de fe, sino eco de su herida. Así también nosotros, incluso dentro de la Iglesia, podemos transmitir más nuestras sombras que la luz de Dios, más nuestras propias opiniones y conclusiones, que su verdad.


    Y hoy el Evangelio nos muestra cómo esa misma mirada se mantiene incluso ante los ángeles. Dos mensajeros del cielo, vestidos de blanco, le preguntan por su llanto, y ella responde de la misma manera: “se han llevado a mi Señor”. Su dolor no nace ya del hecho de la muerte, sino de una ausencia mal comprendida. Permanece en una lógica material, como si el Señor fuera algo que se pone y se quita, se pierde o se recupera. Ni siquiera la cercanía del cielo logra abrir su corazón. ¡Cuántas veces también nosotros estamos rodeados de signos, de llamadas, de presencias discretas de Dios, y seguimos encerrados en nuestra propia interpretación!


    Y aún más, cuando Jesús mismo está delante de ella, no lo reconoce. Lo toma por el hortelano y llega incluso a decirle: “si tú te lo has llevado…”. El corazón herido puede endurecerse hasta sospechar de Dios. Puede hablar con Él sin reconocerlo. Puede buscarlo sin saber que lo tiene delante. Pero todo cambia en un instante, cuando Él pronuncia su nombre: “¡María!”. No es un argumento lo que la despierta, sino una llamada personal. Y entonces se produce la verdadera conversión: se vuelve desde su manera de ver, desde su lectura herida de la realidad, hacia la luz de la Presencia. Ya no mira desde el pasado, sino desde el Viviente.


    También nosotros hemos pasado muchas veces por ese mismo camino. Hemos interpretado la acción de Dios desde nuestra tristeza, hemos reducido su misterio a nuestras categorías, hemos dudado incluso de su cercanía. Pero Él, en su infinita misericordia, nos busca y sigue pronunciando nuestro nombre.


    Señor Jesús, llámanos por nuestro nombre. Sácanos de nuestras interpretaciones pobres y de nuestras cegueras. Haz que nos volvamos de verdad hacia ti, para reconocerte vivo, presente y actuante en nuestra vida. Amén.

lunes, 6 de abril de 2026

ABRIR LA MALETA

 


    “Ellas se marcharon del sepulcro con miedo y con alegría…” (Mt. 28,8).


        He regresado a casa después de ocho días pasados en compañía de las monjas carmelitas, vividos en un clima de oración y de recogimiento, pero también de descanso, lectura y convivencia fraterna con otros sacerdotes y con las hermanas. El viaje de vuelta, cansado. Y, al llegar, lo de siempre: deshacer la maleta, colocar la ropa, ordenar los libros, poner cada cosa en su sitio. Y ya se aprovecha para ir poniendo orden en los lugares de la casa donde vamos colocando todo lo que traemos.


        Mientras lo hacía, he pensado que también nosotros llevamos una maleta interior. Una maleta que no siempre abrimos, porque nos da pereza o vergüenza, y en la que vamos guardando muchas cosas: preocupaciones, cansancio, recuerdos, tareas sin completar, pequeñas cargas que se acumulan sin darnos cuenta, heridas, encuentros y desencuentros. A veces la cerramos deprisa, por pereza o por miedo, y seguimos adelante como si nada. Pero la Pascua, la experiencia de Cristo resucitado, nos invita precisamente a enfrentarnos a la tarea de abrirla y vaciar lo que hay dentro, ordenar, limpiar, dejar espacio.


    No se trata de hacer grandes cosas ni de emprender cambios espectaculares. Se trata, más bien, de acoger el estilo de vida al que debemos regresar, de volver a un estilo de vida más conforme con el Evangelio, de secundar los deseos de Dios, que dice: “He aquí que hago nuevas todas las cosas”. Él hace también nuevas las pequeñas, las ocultas, las que parecen más desordenadas o insignificantes. La Resurrección no es solo un acontecimiento que celebramos; es una fuerza que quiere entrar en nuestra vida concreta, en lo cotidiano y en lo sencillo.


        Estamos en la octava de Pascua, que es como un eco prolongado del día de la Resurrección. La Iglesia nos invita a no pasar deprisa, a no cerrarnos a la experiencia, a saber permanecer en ella. Quizá estos días pueden ser ocasión para esto: para abrir la maleta con calma, para revisar lo que llevamos dentro, para dejar que la luz del Señor entre también ahí.


    Porque no todo habrá que conservarlo. Habrá cosas que quizá convenga dejar, otras que deban quedar mejor ordenadas, otras que simplemente deben encontrar su sitio adecuado. Y también hay dones que redescubrir, gracias que agradecer, llamadas que retomar. Porque la Pascua no borra nuestra historia, sino que la ilumina y la reordena.


        Señor Jesús, que has vencido a la muerte y haces nuevas todas las cosas, danos la gracia de no vivir superficialmente estos días de Pascua. Ayúdanos a abrir nuestras vidas ante ti, a ordenar lo que esté desordenado, a abandonar lo que pesa y a acoger la vida nueva que tú quieres darnos. Que esta octava pascual no sea solo un recuerdo, sino un tiempo de verdadera renovación interior. Amén.

domingo, 5 de abril de 2026

CAMINANDO SE VE MEJOR



    "Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo, corrió la piedra y se sentó encima. El ángel habló a las mujeres: ‘Vosotras no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía; e id aprisa a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos’… Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; y, llenas de miedo y de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: ‘Alegraos’. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante Él. Jesús les dijo: ‘No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán’” (Mt. 28,1-10).


    Este es el Evangelio que se proclamó anoche en la solemne Vigilia Pascual, la noche más santa del año, en la que la Iglesia veló en oración para contemplar el estallido de la Vida. No es un relato del pasado, sino una palabra viva que hoy vuelve a resonar muy actual para nosotros.


    La piedra corrida del sepulcro es una imagen poderosa. ¡Cuántas losas pesan sobre el corazón del hombre! Losas de pecado, miedos, vicios, tristezas, heridas del pasado no cerradas… Sin embargo, el ángel la aparta sin esfuerzo y se sienta encima, mostrando que aquello que parecía invencible ha quedado reducido a nada. Así actúa Dios en nuestra vida: lo que para nosotros es un peso insoportable, puede ser removido por Él en un instante. La Pascua es también esto: la revelación de que ninguna losa es definitiva cuando Dios interviene.


    El ángel no permite a las mujeres demorarse en contemplaciones o lloriqueos; les dice: “id aprisa”. Solo les muestra la tumba vacía, pero no les concede todavía ver al Resucitado. Deben aceptar la Palabra, creer el anuncio, ponerse en camino sin tener todas las evidencias. También nosotros querríamos lo contrario: comprenderlo todo, tener todas las respuestas, sentir todas las seguridades… y solo entonces decidirnos. Pero el camino de la fe es otro: primero creer, luego partir. Y será en el camino donde el Señor se manifieste. Las mujeres encuentran a Jesús cuando ya han salido, cuando ya están en misión. La fe no es una garantía previa, es una luz que se enciende mientras se camina.


    Y ese mismo envío a Galilea tiene una profundidad inmensa. El Señor no los envía al Tabor para verle de nuevo glorioso, como en la transfiguración, sino a Galilea. Galilea es la vida ordinaria, el lugar de siempre, las redes, la barca, el trabajo cotidiano. Allí, en la normalidad de la vida, se deja encontrar. También nosotros somos enviados a nuestra “Galilea”: nuestra historia concreta, nuestras tareas sencillas, nuestros ritmos habituales. Allí nos espera Cristo vivo. Allí, en lo aparentemente común, acontece lo más grande.


    Las mujeres parten “con miedo y alegría”. No son sentimientos contradictorios, sino profundamente complementarios. El temor es reverencia ante el misterio, es la conciencia de estar ante Dios, de saberse pequeño, indigno, sobrecogido. La alegría es el desbordamiento del corazón que descubre que la muerte ha sido vencida. Y en medio de esa mezcla, Jesús mismo sale al encuentro y pronuncia dos palabras que sostienen toda la vida cristiana: “Alegraos… no temáis”. La Pascua no elimina el temblor del alma ante lo divino, pero lo llena de una alegría invencible.


    Señor Jesús, en esta mañana de Pascua queremos ponernos también en camino. Aparta Tú las losas que nos oprimen, aquellas que nosotros no podemos mover. Danos un corazón que crea antes de ver, que se atreva a partir fiándose de tu palabra. Haznos volver a nuestra Galilea, a nuestra vida concreta, con la certeza de que allí nos esperas. Y cuando el miedo nos visite, recuérdanos tu voz: “no temáis”; y cuando el corazón se abra, haz que brote en nosotros la alegría que nadie puede quitarnos. Aleluya, alabad al Señor, porque vive y camina con nosotros. Aleluya. Amén.

sábado, 4 de abril de 2026

TRASPASADA Y DOLOROSA


“La Madre piadosa estaba

junto a la cruz y lloraba

mientras el Hijo pendía.


Cuya alma, triste y llorosa,

traspasada y dolorosa,

fiero cuchillo tenía.


¡Oh, cuán triste y cuán aflicta

se vio la Madre bendita,

de tantos tormentos llena!


Cuando triste contemplaba

y dolorosa miraba

del Hijo amado la pena”

(Secuencia litúrgica latina, siglo XIII).


    Stabat Mater dolorosa…”. Estos versos antiguos, que traducen la secuencia latina tradicional -en una versión atribuida a Lope de Vega- nos sitúan ante una escena que no necesita muchas explicaciones: María está “junto a la cruz”. No huye, no se aparta del Calvario, no se acoge al dicho popular de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Está en el lugar más difícil, en el punto exacto en que el amor se vuelve entrega total. No hace nada exteriormente extraordinario, y, sin embargo, su permanencia es una de las formas más puras de la fidelidad. Mientras el Hijo pende de la Cruz, Ella permanece.


    El dolor de María no es solo el dolor de una madre que ve sufrir a su Hijo; es un dolor que la atraviesa por dentro, “traspasada y dolorosa”. El antiguo himno habla de un “fiero cuchillo”: no es una herida visible, pero es real, profunda, continua. Es el dolor de quien ama sin poder aliviar, de quien contempla sin poder intervenir, de quien consiente en el designio de Dios cuando este parece incomprensible. En María, el sufrimiento no se convierte en desesperación, sino en una forma excelsa de unión.


    Y así, “triste contemplaba y dolorosa miraba”. Hay una mirada que no se aparta. María contempla. No aparta los ojos del misterio, aunque ese misterio sea oscuro, aunque duela. En esa mirada hay fe, una fe desnuda, sin consuelos sensibles, una fe que permanece cuando todo parece terminado. El Sábado Santo nace aquí: no solo en la soledad, sino en una fe que no se rinde.


    Oh Virgen María, Madre piadosa, enséñanos a estar junto a la cruz, a no huir del dolor cuando se convierte en camino, a creer cuando nada resulta fácil. Que, como Tú, sepamos mirar a Jesús en la Cruz, y permanecer. Amén.

viernes, 3 de abril de 2026

PUERTA DE LA CRUZ

 


   “Desamparada me vi

en la tierra y sin consuelo

clamorosa rogué al cielo,

y vuestro amparo sentí.”


    Estoy pasando la Semana Santa en Aracena, en plena sierra de Huelva. En el recinto del castillo, que se alza en lo más alto del pueblo, sobre un cerro que lo domina todo, hay una iglesia monumental. En uno de sus laterales se abre una puertecita sencilla, casi escondida, con un azulejo deteriorado que verán en la imagen que acompaña este texto. En esta iglesia tiene su sede canónica la hermandad de la Vera Cruz, que venera también como titular a la Virgen del Mayor Dolor, patrona muy querida de Aracena, que procesiona bajo palio. Pero hoy, Viernes Santo, quiero detener la mirada de un modo especial en esa pequeña puerta, y en esos versos que parecen brotar del corazón mismo de la cruz.


    Hay algo profundamente simbólico en esa puerta. No es grande ni solemne, no impresiona por su arquitectura, pero sugiere la idea de acceso, de paso. Y es inevitable pensar que la cruz de Cristo es precisamente eso: una puerta. No un muro que cierra, no el final de un camino, sino un umbral que se atraviesa. Para entrar en el misterio de Cristo hay que pasar por ahí, por esa puerta estrecha de la que habla el Señor: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha…” (Lc. 13,24). No basta con contemplar la cruz desde fuera, hay que acercarse, tocarla, dejarse “afectar”, reconocer en ella el propio desamparo, esa experiencia tan humana de sentirse “en la tierra y sin consuelo”. Solo desde ahí nace el verdadero clamor.


    Y ese clamor no queda sin respuesta. La cruz nos enseña que cuando todo parece perdido, cuando los apoyos humanos fallan, cuando el alma se siente sola, es entonces cuando se abre el cielo de un modo nuevo. Cristo, elevado en la cruz, es al mismo tiempo el que clama y el que responde, el que sufre y el que sostiene. Por eso la cruz no es solo dolor, es también amparo. No elimina la oscuridad, pero la llena de presencia. No evita la herida, pero la transforma en lugar de encuentro. Quien atraviesa esa puerta comienza a comprender, en lo hondo, que el desamparo puede convertirse en experiencia de Dios.


    Señor Jesús, llévame hasta tu cruz y dame la gracia de no quedarme fuera. Que sepa entrar por esa puerta humilde, reconocer mi pobreza y clamar a Ti con verdad. Y que, en medio de todo, descubra siempre tu amparo fiel. Amén.




jueves, 2 de abril de 2026

SU CUERPO ENTREGADO

 


    “Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía’. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’. Pues cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Cor. 11,23-26).


    La segunda lectura de la misa de esta tarde es de san Pablo, de su primera carta a los Corintios, y nos sitúa en el corazón mismo de lo que celebramos. Comienza con una expresión que no debemos pasar por alto: “en la noche en que iba a ser entregado”. No es un detalle secundario, es el marco real en el que se va a instituir la Eucaristía. Y esa noche a la que se refiere san Pablo es la noche de hoy. No es en un momento de mucha paz, ni está envuelto en un clima de fidelidad, ni cuando todo está controlado. Es en la noche de la traición. Y en ella, precisamente en ella, Jesús no escapa, no se protege, no se defiende. Al contrario: se da. “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”. No es solo una frase, es una realidad sobrenatural. Es el Cuerpo entregado, anticipando la cruz, ofreciendo ya lo que al día siguiente será visible en el Calvario.


    Y después, el cáliz. “Este es el cáliz de mi sangre… que será derramada…”. Aquí el tiempo parece detenerse. La sangre derramada no es una imagen bonita: es la vida ofrecida, el amor llevado hasta el extremo. Cada vez que pronunciamos estas palabras, no recordamos algo pasado: entramos en ese mismo misterio. Es el mismo sacrificio, la misma entrega, el mismo amor que no se reserva nada. Por eso, ese silencio que me gusta abrir tras el “será derramada” no es un vacío, sino un espacio sagrado donde el alma puede asomarse al misterio. Ahí se comprende que amar no es decir, sino darse; no es sentir, sino entregarse.


    Y, sin embargo, ese sacrificio no queda atrás en el pasado. Se hace presencia. “Haced esto en memoria mía”. No es solo un recuerdo, es una permanencia. Jesús ha querido quedarse. No como idea, no como enseñanza, sino como presencia real, viva, silenciosa. El mismo que se entrega, permanece. El mismo que derrama su sangre, se nos da como alimento. La Eucaristía une para siempre estas dos dimensiones: sacrificio y presencia. No podemos separar una de otra. Si se pierde el sacrificio, la presencia se vacía; si se olvida la presencia, el sacrificio queda lejos. Pero unidos, forman el corazón mismo de nuestra fe.


    Así, cada misa es un Jueves Santo, y cada consagración es un instante en el que el tiempo se abre y Cristo, que se ha hecho presente, vuelve a entregarse por nosotros y a quedarse con nosotros. Y nosotros, que tantas veces somos inconstantes, distraídos, incluso infieles, somos, sin embargo, invitados a participar de este misterio. Él no espera a que seamos dignos: se nos da para hacernos capaces. Se nos entrega para enseñarnos a entregarnos. Se queda para que aprendamos a permanecer.


    Señor Jesús, en este Jueves Santo haznos entrar en el misterio de tu Cuerpo entregado y de tu Sangre derramada. Danos un corazón capaz de detenerse, de adorar, de comprender en silencio lo que sucede en cada Eucaristía. Enséñanos a permanecer contigo para que, alimentada por tu presencia, sepamos vivir una vida entregada por amor. Amén.

miércoles, 1 de abril de 2026

LAS PRISAS DEL PECADO

 


    “Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les dijo: ‘¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?’. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo…” (Mt. 26,14-16).


    Hay en este comienzo del Evangelio una prisa inquietante. Judas “va”, pregunta, negocia, calcula, busca el momento oportuno. Todo se mueve con rapidez, como si hubiera urgencia por cerrar el trato, por asegurar el plan, por no dejar pasar la ocasión. Es la prisa del pecado, que no quiere detenerse a pensar demasiado, que necesita avanzar para no enfrentarse a sí mismo. Y, sin embargo, en medio de esa agitación, Jesús no corre, no se defiende, no se escapa. Permanece. Mientras los hombres se precipitan, Dios tiene paciencia.


    En la cena, la tensión crece y se hace más dolorosa. “Uno de vosotros me va a entregar”. No hay acusación, no hay denuncia pública. Solo una palabra que interpela el corazón de todos. Cada uno pregunta: “¿Soy yo, Señor?”. También Judas, que ya ha pactado la entrega, que ya ha comenzado a recorrer el camino de la traición. Y, sin embargo, sigue sentado a la mesa, escuchando, compartiendo el pan. Todavía hay tiempo. Ese es el misterio que sobrecoge: incluso después de haber dado pasos tan graves, Judas está todavía en el lugar de la comunión, todavía cerca de Jesús, todavía al alcance de su palabra.


    Pero el drama se consuma en lo más profundo, en ese “tarde” que cada uno decide por dentro. No es que Dios cierre la puerta; es el hombre el que la va cerrando poco a poco. Judas entra en una dinámica de prisas, de decisiones encadenadas, de autojustificaciones que le impiden detenerse y volver atrás, mirar de verdad al Señor. Pedro, en cambio, también caerá, también negará, pero su historia no estará marcada por las prisas sino por el llanto. Y el llanto abre caminos que las prisas cierran.


    En este contraste entre la prisa y la paciencia de Dios se juega también nuestra propia vida. Hay decisiones que tomamos casi sin darnos cuenta, pequeños pasos que parecen insignificantes, pero que nos van alejando del Señor o acercando a Él. El peligro no es haber caído, sino no detenerse: no dejar que una mirada, una palabra, una gracia rompa la cadena.


    Señor Jesús, Tú que permaneces sereno en medio de nuestras prisas, detén nuestro corazón cuando empiece a alejarse de ti. Haznos capaces de reconocer a tiempo nuestras traiciones, de no justificarlas, de no seguir adelante como si nada ocurriera. Danos lágrimas como las de Pedro y líbranos de la desesperación de Judas. Y cuando estemos aún a la mesa contigo, concédenos la gracia de volver, antes de que sea tarde. Amén.

martes, 31 de marzo de 2026

EL ARTE Y LA PALABRA

 


    (una reflexión personal y prescindible, que mis lectores me permitirán pacientemente)


    Estoy pasando estos días de Semana Santa en un monasterio carmelita en la Sierra de Huelva. Son días de silencio, de lectura, de oración y de paseo. Días también para escribir y, en algunos momentos, para ver algo de cine en mi ordenador portátil. He aprovechado para revisar la obra de Andrei Tarkovsky, un director ruso que siempre me ha fascinado por su hondura, por su profundidad y por esa dimensión espiritual que atraviesa sus películas, incluso habiendo sido realizadas en el contexto de la Unión Soviética (“La infancia de Iván“, “Andrei Rublev”, “Sacrificio”…).


    Hay obras de arte -en la literatura, en la pintura, en el cine- que, al contemplarlas, no se agotan en lo que vemos. Permanecen dentro, como si siguieran hablando en silencio. No siempre se comprenden del todo, y menos aún a la primera, pero se intuyen, se saborean, y siguen acompañándonos durante mucho tiempo, invitándonos a ser mejores, a superarnos de algún modo.


    Algo semejante ocurre con la Palabra de Dios. No es un texto que se agote en una primera lectura, ni siempre es fácil encontrar su sentido. Eso desalienta a algunos, que la abandonan a la primera dificultad. Pero, si somos capaces de superar ese obstáculo, vuelve una y otra vez, y cada vez diciendo algo nuevo. No porque cambie, sino porque somos nosotros quienes vamos cambiando al acogerla.


    También el arte verdadero tiene esa fecundidad. No queda encerrado en la intención de quien lo creó, sino que se independiza del autor (cobra vida propia) y se abre a múltiples lecturas. Una imagen, un verso, una escena, pueden ser leídos de maneras distintas, y sin embargo verdaderas. Como en la Escritura, donde una misma palabra puede iluminar diversas situaciones de la vida.


    Por eso el arte puede ser camino hacia Dios. No porque hable de Él de una forma explícita, sino porque despierta en nosotros una profundidad que nos trasciende. Nos obliga a detenernos, nos hace mirar de otro modo, nos arranca de la prisa y nos introduce en el silencio. Y en ese silencio, el corazón se vuelve más disponible.


    La Palabra de Dios, por su parte, no solo ilumina, sino que transforma. Es viva, eficaz, capaz de penetrar en lo más hondo del alma (Heb. 4,12). Pero para acogerla, hace falta una actitud semejante a la que requiere el arte: atención profunda y constante, apertura, disponibilidad interior… contemplación. 


    Cuando el arte es verdadero y la Palabra es acogida, ambos coinciden en algo esencial: nos sacan de nosotros mismos y nos orientan hacia una vida más plena. Nos despiertan, nos purifican, nos elevan.


    Y así, el arte -estoy convencido de ello- puede prepararnos para escuchar la Palabra, y la Palabra puede enseñarnos a mirar el arte con ojos nuevos. En ambos, si sabemos detenernos, se abre un camino que conduce hacia Dios.