Hoy terminaré de predicar un septenario a la Virgen Dolorosa, bajo la advocación de María Santísima de la Piedad. Han sido siete días de consideración del misterio de la Cruz, acompañados por la presencia silenciosa de la Madre. En los tres últimos días he querido fijarme en tres formas de amor que aparecen en el Calvario: el amor fiel, representado por María Magdalena y las otras mujeres; el amor contemplativo, representado por el discípulo amado; y el amor de unión, que encontramos de modo perfecto en la Santísima Virgen.
Ayer meditábamos sobre san Juan. En el Calvario aparece junto a la Cruz, sin decir nada, sin hacer nada extraordinario. Pero su presencia tiene un significado muy profundo: Juan contempla el misterio. Permanece mirando a Cristo crucificado. Y esa contemplación marcará toda su vida. Quizá por eso el cuarto Evangelio es distinto de los otros. Los demás evangelistas narran los hechos y conservan las palabras de Jesús; Juan, en cambio, busca penetrar en su significado profundo. Cuando cuenta la curación de un ciego, el relato se convierte en una revelación sobre la luz y la oscuridad: la luz es la fe que permite ver, la oscuridad es la ceguera del corazón. Cuando Jesús conversa con la samaritana, el agua de la que habla no es solo el agua del pozo, sino el don de Dios que sacia la sed más profunda del hombre. Y así nacen los grandes símbolos de su Evangelio: Cristo como Luz del mundo, como Agua viva, como Pan de vida, como Vid verdadera, como Buen Pastor… Todo eso brota de la mirada contemplativa de un discípulo que ha profundizado amorosamente en el misterio de Cristo.
Pero la contemplación cristiana contiene todavía un secreto más profundo. No consiste solamente en mirar a Cristo, sino en saberse, creerse y experimentarse mirado por Él. Juan, es cierto, mira a Jesús con una mirada atenta y amorosa, una mirada penetrante como la del águila que será el símbolo del cuarto Evangelio. Pero al mismo tiempo Jesús mira a Juan. Y al mirarlo lo tiene en cuenta y le confía algo inmenso: “Ahí tienes a tu Madre”. Entonces Juan comprende que su vida está dentro de esa mirada de amor de Cristo, que su vocación nace de ese amor y que todo en su vida ha quedado sellado por esa mirada.
Señor Jesús, enséñanos a contemplarte con un corazón atento y amoroso. Que aprendamos a permanecer junto a tu Cruz, como el discípulo amado, penetrando en el misterio de tu amor. Y por intercesión de tu Madre, la Virgen Dolorosa, concédenos la gracia de vivir siempre bajo tu mirada. Amén.