Este fin de semana he estado en Jerez predicando unos ejercicios espirituales a más de cuarenta seglares. Han sido días intensos: cuatro meditaciones diarias, la misa con su homilía, el rezo comunitario de laudes, vísperas y completas, adoración al Santísimo, rosario meditado… y, en los huecos, recibir a ejercitantes que venían a consultar o a confesarse. Por la noche, cuando todo parecía concluido, aún me quedaba el sentarme a escribir este artículo y a preparar y grabar el programa de radio.
He regresado esta tarde extraordinariamente cansado. El cuerpo y la mente, cuando uno ya tiene cierta edad, acusan el esfuerzo. No he hecho nada excepcional, ni creo haber realizado algo especialmente brillante. Me he limitado a hacer lo que tenía que hacer. Y, sin embargo, en medio del cansancio, hay una conciencia clara: dándose y perdiéndose es como uno se gana para la vida eterna (cf. Mt. 16,25).
En el Libro del Amigo y del Amado se lee en el punto 107: “El Amado dio a su Amigo el don de lágrimas, suspiros, penas, pensamientos y dolores, con cuyo beneficio servía el Amigo a su Amado”. Es una frase que puede llamarnos la atención. Llama “don” a lo que normalmente consideramos peso o carga. Y, sin embargo, cuando esos dolores, ese desgaste interior y exterior, se viven por amor y se ofrecen, se convierten en servicio.
También nuestro cansancio cotidiano —el que produce el trabajo profesional, el cuidado de la familia, las preocupaciones que nadie ve— es materia preciosa cuando se ofrece. No es algo inútil ni perdido. En la economía misteriosa de Dios, lo pequeño y lo fatigoso, si está unido a Él, adquiere un valor que supera nuestros cálculos.
Hoy no tengo grandes ideas para escribir. Solo tengo cansancio. Pero quizá también eso sea un pequeño don, si se convierte en ofrenda. Que el Señor nos enseñe a no desperdiciar nada: ni la fuerza ni la debilidad, ni la alegría ni la fatiga. Todo puede ser servicio. Todo puede ser camino hacia Él.