“Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!” (Lc. 12,50).
Hoy es la víspera de la Semana Santa y traigo aquí al blog de nuevo una obra de arte. En esta ocasión es un cuadro de Mathieu Le Nain (1607–1677), pintor francés del siglo XVII, perteneciente a la escuela barroca y miembro de la célebre familia de los hermanos Le Nain. Su pintura, sobria y silenciosa, está cargada de una profunda humanidad y de un sentido espiritual que trasciende lo cotidiano.
El Niño Jesús aparece recogido en oración, levemente inclinado hacia adelante, con las manos sobre el pecho. En Él se revela ya el misterio entero de la Redención. No es una imagen dolorosa en su forma, pero sí llena de dramatismo, cargada de una gravedad que sobrecoge. A sus pies se encuentra la Cruz. Los clavos hablan ya de la crucifixión. Los dados evocan el momento en que los soldados se repartirán su túnica. El martillo y las tenazas, instrumentos de la carpintería de José, recuerdan también los instrumentos del suplicio. La palangana, el jarro y la toalla sugieren el lavatorio de los pies, anticipando el amor llevado hasta el extremo. Y allí, apoyada en la pared, aparece también la escalera, cuya parte superior queda velada por una cortina. Esa escalera evoca el descenso del Hijo de Dios en la Encarnación, hacia la oscuridad de este mundo, insinuada en los tonos sombríos del cuadro; pero también es la escalera de la subida: subir a la Cruz y de la Cruz al Padre. “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre” (Jn. 3,13).
El Niño no juega con esos objetos, sino que los contempla con una mezcla de temor y devoción. Sus gestos recogidos, sus manos sobre el pecho, nos hablan de un Corazón en el que ya habita la angustia de Getsemaní. En él conviven el temblor ante el sufrimiento y el deseo ardiente de redimir a los hombres. Y también el Calvario. Y, sin embargo, ¡qué hermosura la suya! ¡Qué dulzura y qué ternura despierta! Su túnica blanca habla del Cordero inocente que se entrega por nosotros. Un Niño frágil, sí, pero no una víctima arrastrada, sino Cordero que se ofrece libremente, que se deja conducir con mansedumbre sin abrir los labios. Su Sagrada Infancia no es evasión del sacrificio, sino comienzo del mismo. Todo en Él, en su vida, es ofrenda, es oblación, entrega, amor que ha descendido… pero para elevarnos.
Señor Jesús, Niño santo y bendito, enséñanos a contemplar tu Corazón, donde ya arde el Amor que nos salvará. Haznos entrar en estos días santos con un espíritu recogido y humilde, con un espíritu contemplativo y atento, para que, acompañándote en tu Pasión, aprendamos también nosotros a amar hasta el extremo. Amén.