“Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz y adhiriéndote a él” (Dt 30,19-20).
Ayer impartí una meditación a un grupo de cristianos pertenecientes a una hermandad que practica especialmente la caridad con los más necesitados. Todos los meses suelen dedicar una de sus meditaciones a los novísimos y me habían pedido que en esta ocasión hablase sobre el infierno. Para intentar explicar cómo una persona puede terminar escogiendo aquello que la hace desgraciada, les puse el siguiente ejemplo: imaginemos el patio de un colegio durante el recreo. Un grupo de niños juega al fútbol y uno de ellos ha traído el balón. En una jugada discutida, los demás no le dan la razón. El chico se enfada y dice: “¡Pues entonces no juego!”. Coge su balón y se marcha a un rincón del patio. Quizá piensa que, puesto que el balón es suyo, los demás tendrán que ir a buscarlo. Pero ellos juntan los papeles de aluminio de sus bocadillos, hacen con ellos una pobre pelota, no muy esférica, y siguen jugando. Corren, gritan, se ríen. Él, mientras tanto, tiene el mejor balón del patio, pero está solo.
Al principio quizá golpea el balón contra una pared. Después comienza a aburrirse. Mira de reojo a sus compañeros y descubre algo que le cuesta aceptar: ellos tienen una pelota pésima, pero se tienen unos a otros y se divierten. Él posee el balón, pero ya no lo pasa bien. Podría levantarse, acercarse al grupo y volver a jugar. Seguramente todos lo recibirían encantados. Pero para hacerlo tendría que renunciar a algo muy difícil: a su convicción de que la alegría, la felicidad, le vendrá de tener cosas, como el balón, más que de la unión y amistad con sus compañeros.
¿Ha elegido ese niño ser desgraciado? No directamente. Ha elegido conservar su balón, mantener su enfado, no ceder. Pero, al hacerlo, ha elegido también la soledad. Quizá algo semejante pueda ayudarnos a comprender el misterio terrible del infierno. Dios no quiere nuestra condenación; Dios quiere nuestra salvación. Pero nos ha creado libres y podemos aferrarnos de tal manera a nuestro orgullo, a nuestro egoísmo, a nuestro rencor o a aquello que consideramos “nuestro”, que terminemos prefiriéndolo al amor que se nos ofrece. Jesús ha unido inseparablemente el amor a Dios y el amor al prójimo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39). No podemos desear vivir eternamente en comunión con el Dios que es Amor y, al mismo tiempo, construir nuestra vida desde el rechazo, el desprecio o la indiferencia hacia los demás.
El infierno es, ante todo, la separación eterna de Dios, la negativa definitiva a recibir su amor. Y esa negativa puede ir preparándose silenciosamente cuando preferimos encerrarnos con “nuestro balón” antes que salir de nosotros mismos para amar y dejarnos amar. Mientras estamos en este mundo, todavía dura el recreo. Todavía podemos levantarnos del rincón y volver. Podemos pedir perdón, reconciliarnos, dejar de querer tener siempre razón, reconocer que necesitamos a Dios y que necesitamos a los demás. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos sea muy sencilla: ¿cuál es ese balón que estoy dispuesto a conservar, incluso a costa de sacrificar mi felicidad?
“Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas” (Oración enseñada por la Virgen a los pastorcitos de Fátima, 13 de julio de 1917).