“Preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: ‘Juan es su nombre’. Y todos se quedaron maravillados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: ‘Pues ¿qué será este niño?’ Porque la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel” (Lc. 1,62-66.80).
Aunque estos días intento vivir con un ritmo algo más sereno -y pueda en alguna ocasión serme imposible publicar mi artículo diario- no querría dejar pasar la solemnidad de san Juan Bautista sin detenerme un momento en el evangelio que la liturgia nos proponía. Hay en él dos detalles que siempre me impresionan profundamente. El primero es la firmeza con la que Zacarías escribe sobre la tablilla: “Juan es su nombre”. No dice: “Quiero que se llame Juan”. Tampoco: “Ponedle por nombre Juan”. Habla con la seguridad de quien sabe que ese nombre no nace de la voluntad de sus padres, sino del corazón de Dios.
También nosotros hemos sido llamados por Él antes de venir a este mundo. Y junto con esa llamada hemos recibido los dones, las capacidades y las gracias necesarias para responder a la misión que nos confía. Por eso, en la Biblia, el nombre nunca es un simple sonido para identificarnos. Expresa una vocación, una identidad, un proyecto de Dios sobre cada persona. Quizá también nosotros deberíamos preguntarnos con más frecuencia cuál es ese nombre profundo que el Señor ha pronunciado sobre nuestra vida.
El segundo detalle aparece en la última frase: “Vivía en lugares desiertos”. No sabemos cuándo comenzó esa vida retirada; quizá siendo todavía muy joven, un niño o un adolescente. Lo importante no es el momento, sino la elección del desierto. No era una huida del mundo, sino una escuela de libertad. Allí desaparecen tantas voces que pretenden decirnos quiénes somos, y solo permanece la voz de Dios que nos llama por nuestro nombre. Me gusta pensar que el silencio no es únicamente la ausencia de ruido. Es una verdadera virtud que necesita ser cultivada. Solo quien aprende a callar acaba descubriendo quién es realmente y cuál es la misión para la que Dios lo ha llamado.
Señor, concédenos un corazón capaz de hacer silencio para escuchar la voz con la que Tú nos llamas desde toda la eternidad y danos la fidelidad necesaria para responder con alegría a la misión que has preparado para cada uno de nosotros. Amén.