“Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes. Cómo juró al Señor e hizo voto al Fuerte de Jacob: ‘No entraré bajo el techo de mi casa, no subiré al lecho de mi descanso, no daré sueño a mis ojos ni reposo a mis párpados hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob’” (Sal. 131,1-5).
Es la madrugada. Dentro de unas horas debo realizar una prueba diagnóstica que quizá ayude a esclarecer el origen de los problemas de salud que he padecido durante estos últimos días. Como preparación para ella, los médicos me han pedido permanecer veinticuatro horas seguidas sin dormir. El sueño llega, insiste, reclama sus derechos, pero tengo que mantenerme despierto. Y precisamente en esta extraña vigilia, mientras las horas avanzan lentamente, han regresado a mi memoria unos versículos del salmo que rezábamos ayer en las vísperas.
En ese texto David hablaba de encontrar un lugar para el arca de la alianza, un lugar digno donde Dios pudiera habitar en medio de su pueblo. Su determinación era tan grande que estaba dispuesto a renunciar al descanso hasta lograrlo.
Mientras yo meditaba estas palabras en la oscuridad de la noche, comprendía que también necesito seguir encontrando un lugar para el Señor en mi propia vida. No un lugar exterior, sino interior. No una tienda o un templo, sino un espacio más profundo en el corazón. Jesús mismo utiliza este lenguaje cuando promete a sus discípulos: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn. 14,23). Dios desea habitar en nosotros. No pasa junto a nuestra vida como un visitante apresurado. Quiere quedarse. Quiere hacer de nuestra pobreza su casa y de nuestra fragilidad su morada.
Por eso, mientras la noche avanza lentamente y el silencio llena la casa, pienso también en tantas invitaciones del Evangelio a la vigilancia. “Velad y orad” (Mt. 26,41). “Velad porque no sabéis el día ni la hora” (Mt. 25,13). “Velad para no caer en la tentación” (Mt. 26,41). “Velad conmigo una hora” (Mt. 26,38), pidió Jesús a sus discípulos en Getsemaní. Habitualmente entendemos estas palabras como una actitud espiritual.
Hoy, sin embargo, las circunstancias me han llevado a experimentarlas de una manera mucho más concreta. No es una vigilia buscada. No nace de un propósito ascético. Es una vigilia impuesta por una necesidad médica, que se une a la incertidumbre que acompaña a toda prueba diagnóstica y al deseo de encontrar una respuesta a lo que está ocurriendo. Y, sin embargo, también aquí puede encontrarse el Señor. También esta noche sin dormir, no deseada, puede convertirse en un tiempo de gracia.
Cuando todo está en silencio, cuando no hay conversaciones, tareas ni distracciones, algunas palabras de Dios resuenan con una claridad especial. Uno toma conciencia de que nunca está completamente solo. Incluso en las horas más oscuras existe una Presencia que acompaña, sostiene y espera. El Señor sigue hablando en medio de la noche, igual que habló a Samuel mientras dormía en el templo (1 Sam. 3,3-10), igual que habló a Jacob bajo las estrellas (Gen. 28,10-17), igual que consoló a tantos hombres y mujeres que atravesaron momentos de prueba. Quizá todas las noches de nuestra vida, las espirituales y las no espirituales, las serenas y las angustiadas, puedan convertirse en una invitación a escuchar. Porque precisamente cuando experimentamos más intensamente nuestra vulnerabilidad, también podemos descubrir con mayor nitidez la cercanía de Dios.
Son las cinco de la mañana. Dentro de poco amanecerá. Ignoro lo que traerán las próximas horas, pero mientras tanto deseo permanecer aquí, en silencio, acogiendo la Palabra que he rezado y dejando que el Señor encuentre una vez más un lugar donde habitar. Tal vez esta sea la enseñanza más sencilla y más profunda de esta noche: que incluso en la incertidumbre, incluso en la enfermedad, incluso cuando el sueño llama insistentemente a nuestra puerta, Dios sigue viniendo a nosotros y sigue llamando suavemente a la puerta del corazón.