“Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo… El tentador le dijo: ‘Si eres Hijo de Dios…’. Pero Él contestó: ‘No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’” (Mt. 4,1-4).
El Evangelio contiene un detalle importante: es el Espíritu quien conduce a Jesús al desierto. La tentación no queda fuera del camino querido por el Padre. Allí el diablo intenta algo muy decisivo: que el Hijo actúe por su cuenta, que viva como si el Padre no fuera su referencia. En el fondo, quiere debilitar su conciencia filial.
Precisamente uno de los aforismos del Libro del Amigo y del Amado, el número 194, habla de algo semejante: “Vino la tentación al Amigo para ausentarle a su Amado, a fin de que la memoria se despertase y recobrase la presencia de su Amado, acordándose de Él con más viveza que antes, y a fin de que el entendimiento quedase más sublime en entender y la voluntad en amar a su Amado”.
La tentación busca “ausentar” al Amado, es decir, relegarle al olvido. Quiere que el corazón viva como si Dios no estuviera. Pero, paradójicamente, puede producir lo contrario.
Primero, despierta la memoria. Cuando la prueba nos sacude y experimentamos nuestra fragilidad, se vuelve más urgente recordar. Y esa memoria no es un simple recuerdo intelectual: es presencia viva. Recordar a Dios es volver a situarlo en el centro. Es permanecer en Él.
Después, el entendimiento puede quedar “más sublime en entender”. La tentación, si no cedemos, clarifica. Nos obliga a distinguir lo que solo satisface un momento de lo que realmente sostiene la vida. La inteligencia se purifica y aprende a mirar con mayor verdad.
Y, finalmente, la voluntad puede quedar “más sublime en amar”. Amar cuando todo es fácil apenas prueba nada; amar en la dificultad fortalece el corazón. La fidelidad en la prueba hace el amor más libre y más firme. Lo que pretendía ser separación puede convertirse en profundidad.
También nuestros desiertos pueden vivirse así. Si en la tentación no dejamos que el Amado se ausente de nuestra conciencia, sino que despertamos la memoria, dejamos que el entendimiento se ilumine y reafirmamos la voluntad de amar, la prueba no nos apartará, sino que podrá hacernos crecer.
Señor Jesús, cuando la tentación quiera apartarme de ti, despierta mi memoria, ilumina mi entendimiento y fortalece mi voluntad para amarte con mayor fidelidad. Amén.