viernes, 13 de marzo de 2026

MONTAR A CABALLO


    “Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, porque tropezaste por tu falta. Tomad vuestras promesas con vosotros, y volved al Señor. Decidle: ‘Tú quitas toda falta, acepta el pacto. Pagaremos con nuestra confesión: Asiria no nos salvará, no volveremos a montar a caballo, y no llamaremos ya ‘nuestro Dios’ a la obra de nuestras manos. En ti el huérfano encuentra compasión’. ‘Curaré su deslealtad, los amaré generosamente, porque mi ira se apartó de ellos. Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio, echará sus raíces como los cedros del Líbano. Brotarán sus retoños y será su esplendor como el olivo, y su perfume como el del Líbano. Regresarán los que habitaban a su sombra, revivirán como el trigo, florecerán como la viña, será su renombre como el del vino del Líbano’.” (Os. 14,2-8).


    La primera lectura de la misa de mañana es del profeta Oseas. Hay una frase de este texto que me llamó mucho la atención la primera vez que la escuché o la leí: “no volveremos a montar a caballo”. Quizá me impresionó porque conectaba con un recuerdo muy concreto de mi propia vida. De niños, en el campo, mi hermana y yo paseábamos en burro, pero de adolescentes nos procuraron caballos, y el paseo a caballo formaba parte de la rutina de las tardes de aquellos largos veranos de nuestra adolescencia. El caballo evocaba libertad, movimiento, una cierta sensación de fuerza e independencia. Por eso aquella expresión bíblica se me quedó grabada desde el primer momento.


    Con el tiempo comprendí que en esas palabras hay una verdadera confesión de fe de Israel. “No volveremos a montar a caballo” significa algo muy profundo. En el mundo antiguo el caballo era sobre todo un animal de guerra, una auténtica máquina militar de aquel tiempo. Por eso el mismo texto añade también: “Asiria no nos salvará”. Israel reconoce que su seguridad no está en las alianzas políticas, ni en los ejércitos, ni en los recursos humanos. Su salvación está únicamente en el Señor.


    También nosotros necesitamos aprender esta lección. Hay muchas maneras de “montar a caballo”. Podemos confiar en nuestras capacidades, en nuestras estrategias, en nuestros medios. Incluso en la vida espiritual podemos caer en esa tentación. Pero el profeta invita a una actitud más profunda: la confianza radical en Dios. No queremos poner ni el progreso de nuestra santidad, ni el crecimiento de nuestras virtudes, ni la defensa contra los enemigos en nuestra propia fuerza, sino en el Señor, sólo en el Señor nuestro Dios. Cuando hablamos de los enemigos nos referimos, por supuesto, a los de nuestra alma: el mundo, la carne y el demonio.


    Por eso el corazón creyente aprende poco a poco a repetir una oración muy sencilla y muy profunda: hazlo Tú todo, Señor. Hazlo tú todo. Que sea Él quien conduzca la vida, quien defienda al alma, quien haga crecer la santidad y quien sostenga la fidelidad.


    Señor, enséñanos a confiar de verdad en ti. Que no busquemos nuestra seguridad en “montar a caballo”, usando para ello todos los medios que nos ofrece este mundo, sino que pongamos toda nuestra seguridad en tu amor fiel, providente y constante. Que aprendamos a abandonarnos en ti con sencillez y con paz. Y que en lo profundo del corazón sepamos repetir siempre: hazlo tú todo, Señor. Amén.

jueves, 12 de marzo de 2026

LA VIDRIERA Y LA LUZ


    “Escuchad mi voz y Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo; caminad siempre por el camino que os señalo, para que os vaya bien (…) Pero no escucharon ni prestaron oído (…) Este es el pueblo que no escuchó la voz del Señor, su Dios” (Jer. 7,23-24.28).


    Durante los días pasados he predicado ejercicios espirituales a unas monjas en la hermosa ciudad de Córdoba. A lo largo de esos días se repitió muchas veces una misma confidencia. Algunas de ellas me decían que las palabras de la Escritura que meditábamos juntos no les eran desconocidas, pues formaban parte de la Palabra de Dios que habían escuchado tantas veces a lo largo de su vida religiosa. Y, sin embargo, ahora las estaban saboreando de una manera nueva. Era como si aquellas mismas palabras, tantas veces escuchadas, se iluminaran por dentro y revelaran una profundidad que antes no habían percibido. Algo semejante ocurrió con los discípulos de Emaús: las Escrituras eran las mismas, pero el corazón comenzaba a arder dentro de ellos al escucharlas (Lc. 24,32).


    Precisamente hoy, en la primera lectura de la misa, el profeta Jeremías transmite al pueblo una exhortación de Dios que resulta muy significativa: escuchar su voz y caminar por el camino que Él señala. El drama del pueblo no es que Dios no hable, sino que muchas veces el hombre no escucha de verdad. La Palabra puede resonar en los oídos sin penetrar en el corazón.


    San Juan de la Cruz, a quien sigo leyendo esta Cuaresma, ofrece una explicación luminosa de este misterio en La subida al Monte Carmelo (lib. 2, cap. 5, n.º 6). El santo compara el alma con una vidriera sobre la que incide continuamente la luz del sol. Si el cristal está empañado o cubierto de manchas, la luz no puede transformarlo plenamente. Pero cuanto más limpio está el cristal, más se llena de la luz que lo atraviesa. Y escribe: “Está el rayo del sol dando en una vidriera. Si la vidriera tiene algunos velos de manchas o nieblas, no la podrá esclarecer y transformar en su luz totalmente… mas tanto más, cuanto más limpia estuviere; y si estuviese limpia y pura de todo, de tal manera la transformará el rayo que parecerá el mismo rayo y dará la misma luz que el rayo”.


    La comparación es preciosa y muy verdadera. La luz siempre está ahí. Dios habla siempre. Su Palabra no pierde nunca su fuerza. Pero cuando el alma se purifica, cuando se vuelve más sencilla y más disponible, cuando se desprende de tantas nieblas interiores, entonces esa misma Palabra comienza a iluminarlo todo y deja de ser simplemente un sonido que pasa por los oídos para convertirse en una Luz que atraviesa el alma.


    Señor, purifica nuestro corazón para que podamos escuchar tu voz. Límpianos de todo aquello que oscurece tu Luz en nosotros. Haznos sencillos y atentos a tu Palabra, para que, iluminados por ti, caminemos siempre por el camino que Tú nos señalas. Amén.

miércoles, 11 de marzo de 2026

LEY VIVA


    “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley’” (Mt. 5,17-18).


    El evangelio de la misa de hoy nos sitúa ante una de las afirmaciones más profundas de Jesús sobre su propia misión. Él no ha venido a destruir lo anterior, ni a sustituirlo sin más, sino a llevarlo a su plenitud. La Ley dada por medio de Moisés era un camino, una preparación, una pedagogía divina para conducir el corazón humano hacia Dios. Pero todo aquello a lo que apuntaba la Ley -la fidelidad, la justicia, la misericordia, el amor- encuentra en Jesús su forma perfecta y definitiva.


    La plenitud de la Ley no consiste simplemente una explicación más profunda de los mandamientos. Es mucho más: es una vida. En Jesús contemplamos lo que significa amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo. Él vive lo que la Ley anunciaba. En su obediencia al Padre, en su misericordia hacia los pecadores, en su entrega total hasta la cruz, aparece el verdadero rostro de la voluntad de Dios. La Ley señalaba el camino; Cristo lo recorre y nos invita a caminar con Él.


    Por eso el cristiano no vive la Ley como una simple norma exterior, sino como una llamada a configurarse con Cristo. En Él, la Ley deja de ser un código y se convierte en una vida que se comunica. Su Espíritu escribe en el corazón aquello que antes estaba escrito en tablas de piedra. Seguir a Jesús es dejar que su misma vida vaya tomando forma en nosotros, hasta que el amor -que es el cumplimiento de toda la Ley- se convierta también en la ley interior de nuestro corazón.


    Señor Jesús, Tú eres la plenitud de la Ley y el rostro vivo de la voluntad del Padre. Haz que no busquemos cumplir tu palabra solo exteriormente, sino que tu Espíritu transforme nuestro corazón, para que aprendamos a amar como Tú amas. Amén.

martes, 10 de marzo de 2026

TOCADOS Y HUNDIDOS


    “Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: ‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?’ Jesús le contesta: ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’” (Mt. 18,21-22).


    En el evangelio de hoy Pedro todavía piensa el perdón como una mercancía que puede contarse y medirse. Siete veces, seguramente, ya le parece mucho; es una cifra bastante generosa, casi heroica. Pero Jesús rompe ese cálculo humano y le dice: “hasta setenta veces siete”. No está expresando un número exacto, sino un horizonte sin límites: siempre. El perdón cristiano no nace de una contabilidad moral, sino del amor. Y quien ama de verdad no lleva cuentas. Perdona porque participa del corazón de Dios, y el corazón de Dios es una fuente inagotable. Jesús invita a Pedro -y a cada uno de nosotros- a entrar en esa lógica divina donde la misericordia no conoce límites.


    En esta misma línea me iluminan mucho las palabras de Ramón Llull en el Libro del Amigo y del Amado que sigo meditando en esta Cuaresma: “Peligraba el Amigo en el grande mar de amor, y confiábase en la ayuda de su Amado, quien le dijo: ‘El lago de amor es muy al contrario de los otros lagos, porque en aquél se salva quien se zambulle a lo más profundo; y quien no se anega y sale fuera, éste se pierde, lo que muy al revés acontece en los demás lagos’. Y por esto el Amigo deja de temer” (nº 311).


    El amor de Dios funciona al revés de la lógica del mundo. En los mares ordinarios de la vida, quien se hunde perece; en el mar del amor divino, se salva quien se sumerge sin reservas. El que intenta mantenerse en la superficie (“no se anega”), defendiendo su orgullo, guardando cuentas de los agravios o aferrándose al resentimiento, termina perdiéndose. Pero quien se atreve a descender a lo profundo del amor -quien perdona “setenta veces siete”, como pide Jesús- descubre que no se ahoga: es sostenido por la misma misericordia de Dios.


    Perdonar “setenta veces siete” es, en realidad, aceptar esa inmersión. Cada acto de perdón es un pequeño salto hacia el fondo del lago del amor. Y allí, donde parecía que el hombre se perdía, se encuentra con Dios. Tocados por su amor, hundidos en su misericordia.


    Señor Jesús, enséñanos a no calcular el amor ni medir el perdón. Haznos entrar sin miedo en ese lago profundo de tu misericordia, donde el corazón que se entrega no se pierde, sino que encuentra la Vida. Amén.

lunes, 9 de marzo de 2026

¿SEREMOS COMO NAAMÁN?


    “Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a decirle: ‘Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio’. Naamán se puso furioso y se marchó diciendo: ‘Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra”. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio’. Dándose la vuelta, se marchó furioso. Sus servidores se le acercaron para decirle: ‘Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!’ Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio” (2 Re. 5,9-14).


    Naamán llega con toda la grandeza de un general cargado de éxitos militares y poder. Carros, caballos, servidores… todo el aparato propio de un hombre importante. Pero nada de eso puede curar su lepra. Esperaba un gesto solemne, una ceremonia impresionante, una intervención espectacular del profeta. En cambio, recibe una indicación sorprendentemente sencilla: bañarse siete veces en el Jordán. Y esa sencillez le irrita. Le parece demasiado poca cosa.


    También nosotros somos muchas veces como Naamán. Nos cuesta creer que Dios actúe a través de medios simples. Esperamos algo extraordinario, algo difícil. Y cuando Dios nos habla a través de lo sencillo -una obediencia humilde, una palabra discreta, un gesto pequeño, los sacramentos celebrados con normalidad- tendemos a despreciarlo. Pensamos que algo tan simple no puede venir de Dios.


    Pero el problema no está en Dios. Dios es extraordinariamente sencillo, porque es perfectamente uno. En Él no hay división ni complicación interior. La sencillez pertenece a la misma naturaleza de Dios. Nosotros, en cambio, somos los complicados, los divididos por dentro, llenos de resistencias, de expectativas y de orgullo. Por eso lo sencillo nos desconcierta.


    Naamán solo se cura cuando acepta descender, cuando renuncia a su orgullo y se sumerge obedientemente en el Jordán. Entonces sucede el milagro: su carne se vuelve como la de un niño. Algo parecido sucede también en la vida espiritual. Si la carne de Naamán se volvió como la de un niño, lo importante para nosotros es que nuestra alma, nuestro espíritu, se vuelva como el de un niño. La verdadera curación es la infancia espiritual: la confianza, la sencillez, la obediencia humilde ante Dios. Acoger estas palabras puede llevarnos también a que la piel de nuestra alma, por así decirlo, se vuelva limpia y tierna como la de un niño pequeño.


    Señor Jesús, líbranos de la soberbia que desprecia los caminos sencillos. Danos un corazón humilde y confiado para obedecer tu Palabra, y haz que también nuestra alma recupere la pureza y la sencillez de un niño. Amén.

domingo, 8 de marzo de 2026

SED DE AGUA VIVA

    “La mujer le dice: ‘Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?’. Jesús le contestó: ‘El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna’” (Jn. 4,11-14).


    La mujer samaritana, protagonista del evangelio de hoy, piensa en el agua del pozo de Jacob: un agua buena, necesaria, pero que hay que volver a buscar cada día. Jesús no desprecia ese pozo, pero revela algo mucho más profundo: existe otra agua que no se saca con cubos ni depende de la profundidad de ningún pozo. Es el agua que viene de Dios y que puede transformar el corazón humano en fuente.


    También nosotros conocemos bien esos pozos de los que tantas veces bebemos. Son muchos y están muy cerca de nuestra vida cotidiana. A veces es el pozo del reconocimiento, el deseo de que los demás nos valoren, nos escuchen, nos tengan en cuenta. O el pozo del éxito, de la eficacia, de sentir que todo sale bien y que nuestra vida funciona. O el pozo de las pequeñas distracciones que nos llenan durante un rato: conversaciones superficiales, entretenimiento constante, redes sociales, noticias, información continua… También puede ser el pozo de nuestras propias seguridades: lo que poseemos, lo que controlamos, lo que creemos tener asegurado para el futuro. Incluso en la vida espiritual podemos buscar pozos que nos tranquilicen: prácticas hechas de un modo rutinario, consolaciones sensibles, la satisfacción de cumplir. Todo esto puede aliviar la sed durante un momento… pero no la apaga del todo.


    Por eso la palabra de Jesús resulta tan luminosa y tan verdadera: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed”. La experiencia lo confirma. Después de beber en esos pozos, volvemos a sentir el mismo vacío, la misma inquietud, la misma necesidad de algo más profundo. Jesús, en cambio, no ofrece simplemente otra agua más, sino algo totalmente distinto: una fuente interior. Su gracia, su Espíritu, su presencia viva en el corazón pueden convertir la vida en un manantial que no depende de factores externos: un surtidor que brota desde dentro.


       La Cuaresma es precisamente el tiempo en que el Señor nos invita a mirar con sinceridad dónde estamos buscando el agua. Es un tiempo para reconocer cuál es nuestra sed verdadera y también nuestros pozos insuficientes. El ayuno, el silencio, la oración o la limosna no son solo prácticas exteriores: son caminos para dejar espacio a esa agua que Dios quiere derramar en nosotros. Cuando el corazón se vuelve más sencillo y más pobre, queda más libre para recibir el don de Dios. Entonces empezamos a comprender que la vida cristiana no consiste solo en esforzarnos más, sino en dejar que Cristo haga brotar en nosotros su propia vida, su agua viva. 


    Señor Jesús, Tú conoces mi sed más profunda, incluso aquella que yo mismo apenas reconozco. Muchas veces he buscado agua en pozos que solo alivian por un momento y vuelven a dejar el corazón vacío. En esta Cuaresma quiero acercarme a ti con mi pobreza y mi sed. Derrama en mi corazón esa agua viva que es tu Espíritu, para que mi vida no dependa de consuelos pasajeros, sino que encuentre en ti la fuente que no se agota, el manantial que salta hasta la vida eterna. Así sea. 

sábado, 7 de marzo de 2026

BUSCAR A CRISTO EN LA CRUZ


    "¡Oh Jesús Nazareno, que quiere decir florido, y cuán suave es el olor de ti, que despierta en nosotros deseos eternos y nos hace olvidar los trabajos, mirando por quién se padecen y con qué galardón se han de pagar! ¿Y quién es aquel que te ama, y no te ama crucificado? En la cruz me buscaste, me hallaste, me curaste y libraste y me amaste, dando tu vida y sangre por mí en manos de crueles sayones; pues en la cruz te quiero buscar y en ella te hallo, y hallándote me curas y me libras de mí, que soy el que contradice a tu amor, en quien está mi salud. Y libre de mi amor, enemigo tuyo, te respondo, aunque no con igualdad, empero con semejanza, al excesivo amor que en la cruz me tuviste, amándote yo y padeciendo por ti, como tú, amándome, moriste de amor de mí. Mas ¡ay de mí, y cuánta vergüenza cubre a mi faz, y cuánto dolor a mi corazón!, porque siendo de ti tan amado, lo cual muestran tus tantos tormentos, yo te amo tan poco como parece en los pocos míos" (San Juan de Ávila, Carta 58).


    En este texto apasionado de san Juan de Ávila late una intuición profundamente mística: el verdadero conocimiento de Cristo nace ante la Cruz. Allí el alma descubre algo que ninguna reflexión puramente intelectual podría alcanzar: que ha sido buscada, hallada, curada y amada. El santo doctor, apóstol de Andalucía, no contempla la Cruz solo como un hecho histórico, sino como un encuentro personal con Cristo. El Señor no murió simplemente por la humanidad en general; murió por mí. Y ese descubrimiento cambia completamente la mirada del alma.


    La Cruz aparece entonces como el lugar donde se revela el amor más extremo (cf. Jn.13,1). Allí Jesús busca al hombre perdido y lo rescata incluso de sí mismo. San Juan de Ávila señala algo muy profundo: no solo necesitamos ser liberados del pecado, sino también de nuestro propio amor desordenado, de ese amor a nosotros mismos que tantas veces contradice el amor de Dios. Y es precisamente el amor crucificado de Cristo el que tiene fuerza para curar esa raíz interior.


    Pero cuando el alma contempla ese amor, nace también una santa vergüenza. No es una vergüenza estéril ni desesperada, sino una vergüenza llena de luz: la conciencia de haber sido infinitamente amado y de amar tan poco. Los santos conocen bien este dolor, que en realidad es una forma preciosa del amor. Cuanto más se descubre el amor de Cristo, más desea el alma responderle, aunque sea pobremente, con una vida entregada.


    Jesús, mi Señor crucificado, que en la Cruz me buscaste cuando yo no te buscaba: haz que tu amor despierte en mi corazón un amor verdadero. Que al contemplarte herido por mí, aprenda a amarte más y a olvidar tantas cosas insignificantes para vivir solo para ti. Amén.


viernes, 6 de marzo de 2026

TODO ES GRACIA


    En el camino espiritual hay avances y retrocesos. Hay momentos en los que un creyente se siente fuerte, decidido a cambiar, lleno de buenos propósitos y con la voluntad firme para luchar contra el pecado. Y hay también momentos de debilidad, de cansancio interior o de mediocridad, en los que experimenta con claridad que sin la gracia de Dios nada puede.


    Cuando avanzamos, fácilmente pensamos que lo hemos conseguido con nuestro esfuerzo. Cuando caemos, nos culpamos por nuestra debilidad. Sin embargo, la verdad es más profunda y más humilde a la vez. Incluso el deseo de mejorar, la fuerza para levantarnos y la decisión de volver a empezar son ya un don de Dios. La gracia no sustituye a la voluntad, pero la despierta, la fortalece y la orienta.


    Por eso la vida cristiana no consiste en elegir entre gracia o esfuerzo, como si fueran dos fuerzas opuestas. La voluntad del hombre coopera con la gracia, y la gracia sostiene ese esfuerzo interior. Dios actúa en nosotros sin destruir nuestra libertad, y nuestra libertad alcanza su plenitud cuando responde a la acción de Dios.


    Cuando el cristiano descubre esto, algo cambia en su interior. Deja de apoyarse en sí mismo con orgullo, pero también deja de desesperar por sus caídas. Aprende a vivir en una humilde confianza. Sabe que debe luchar, pero sabe también que la victoria pertenece siempre a Dios.


    La verdadera conversión comienza cuando comprendemos que todo es gracia: la llamada, el deseo de buscar a Dios, la fuerza para levantarnos después del pecado y la luz que ilumina nuestro corazón. Entonces la vida espiritual deja de ser una tensión angustiosa entre éxito y fracaso y se convierte en un caminar confiado con Cristo.


    Señor Jesús, concédenos un corazón humilde que coopere con tu gracia. Haznos comprender que sin ti no podemos hacer nada, pero que contigo todo puede comenzar de nuevo. Amén.

jueves, 5 de marzo de 2026

CALLAR CON LOS HOMBRES, HABLAR CON DIOS


    “Usad mucho el callar con la boca hablando con hombres, y hablad mucho en la oración en vuestro corazón con Dios, del cual nos ha de venir todo el bien; y quiere Él que venga por la oración, especialmente pensando la pasión de Jesucristo nuestro Señor. Y si algo padeciereis de lenguas de malos (que otra cosa no hay que padezcáis), tomadlo en descuento de vuestras culpas y por merced señalada de Cristo, que os quiere limpiar con lengua de malos, como con estropajo, para que ella quede sucia, pues habla cosas sucias, y vosotros limpios con el sufrir, y vuestro bien esté cierto en el otro mundo. Mas no quiero que os tengáis por mejores que los que veis ahora andar errados; porque no sabéis cuánto duraréis en el bien, ni ellos en el mal; mas obrad vuestra salud con temor (Flp. 2,12) y en humildad; y de tal manera esperad vuestro bien en el cielo, que no juzguéis que vuestro prójimo no irá allá; y así conoced las mercedes que Dios os ha hecho, como no despertéis las faltas de publicano, en lo cual debemos escarmentar (Lc. 18,10-14)” (San Juan de Ávila, Carta 58).


    San Juan de Ávila (1499-1569), doctor de la Iglesia, fue un sacerdote secular español, gran predicador y maestro espiritual, llamado con frecuencia “Apóstol de Andalucía”. Escribió varios tratados espirituales, entre los que destaca el Audi filia, aunque las palabras que citamos en este artículo están tomadas de una carta que escribió para consolar a unos discípulos suyos que sufrían persecución. Sus consejos son sobrios y profundos, de modo que parecen escritos para todos los tiempos. Ante la crítica, la calumnia o la incomprensión —esas “lenguas de malos” de las que habla—, el santo propone una actitud profundamente evangélica: silencio ante los hombres y oración ante Dios.


    El mundo suele responder al ataque con defensa, al juicio con otro juicio, a la palabra hiriente con otra más hiriente todavía. Pero el santo propone otro camino: callar con los hombres y hablar con Dios. Es esta una sabiduría espiritual que brota de la experiencia: cuando el corazón se vuelve hacia Dios en la oración, muchas de las heridas humanas pierden su veneno. Allí se purifican las emociones, se ordenan los pensamientos y se aprende a mirar la vida con una luz más alta.


    Más sorprendente aún es la interpretación que San Juan de Ávila da al sufrimiento causado por la maledicencia: puede convertirse en una gracia. Con una imagen muy expresiva dice que Cristo limpia el alma “con lengua de malos, como con estropajo”. Es decir, aquello que nos hiere puede, si se acepta con humildad, convertirse en un instrumento de purificación. Las palabras injustas dejan manchado al que las pronuncia, pero pueden dejar más limpio al que las soporta con paciencia.


    El santo añade todavía una advertencia llena de realismo espiritual: no debemos creernos mejores que quienes ahora parecen equivocados. Nadie sabe cuánto perseverará en el bien, ni cuánto tardará el otro en levantarse del mal. Por eso el camino seguro es la humildad, trabajar la propia salvación “con temor y temblor” y mirar siempre al prójimo con esperanza.


    En el fondo, esta carta nos recuerda una verdad profundamente cristiana: la santidad no consiste en defender nuestra imagen, sino en dejar que Dios purifique nuestro corazón. Incluso las contradicciones de la vida pueden convertirse en instrumentos de gracia cuando se viven unidos a la pasión de Jesucristo.

miércoles, 4 de marzo de 2026

ASCENDER DESCENDIENDO


    “No sabéis lo que pedís (…). ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? (…). Y llamándolos, les dijo: ‘El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos’” (Mt. 20,22. 26-28).


    Jesús no niega el legítimo deseo de grandeza que tienen los hijos de Zebedeo en el evangelio de hoy, sino que lo purifica. No apaga esa aspiración a lo más alto, sino que la transforma. Mientras que los demás discípulos piensan en puestos de honor, Él habla de cáliz. Mientras ellos imaginan tronos, Él revela la importancia de la entrega. La verdadera subida es la que pasa por la bajada. La verdadera primacía consiste en hacerse el último.


    Aquí está la inversión radical que revela el Evangelio. En el mundo, subir es imponerse; en el Reino, subir es servir. Y servir no es simplemente hacer cosas por los demás: es dejar de ocupar el centro. Es aceptar que la propia vida no nos ha sido dada para afirmarnos, sino para darnos. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido. Ha venido a entregar su vida. La medida de la grandeza es la capacidad de darse.


    Esta enseñanza enlaza profundamente con la doctrina de la Subida al Monte Carmelo de San Juan de la Cruz. Allí se nos dice que el alma no llega a la unión buscando lo más alto, lo más sabroso, lo más brillante, sino caminando por la senda de la negación y el despojo, de la noche. El apetito de honras —incluso espirituales— debe ser purificado. El deseo de “sentarse a la derecha” es todavía demasiado humano. El camino seguro es la fe desnuda, la renuncia silenciosa, el anonadamiento interior.


    ¿Podéis beber el cáliz?” Esa es la pregunta decisiva. No se trata de ocupar un lugar, sino de compartir el destino de Jesús. Beber el cáliz es aceptar la lógica de la cruz: perder para ganar, ocultarse para fructificar, morir para resucitar. En esa aparente pérdida se esconde la verdadera exaltación.


    Al final, la grandeza cristiana no consiste en ser visto, sino en amar. Y el amor verdadero siempre tiene forma de servicio. Ahí comienza la auténtica subida: cuando dejamos de buscar nuestro puesto y aceptamos, con paz, el lugar que Dios nos concede.


    Señor Jesús, purifica nuestros deseos y arranca de nosotros toda ambición escondida. Danos un corazón humilde, capaz de servir sin buscar reconocimiento, y haz que encontremos nuestra verdadera grandeza en amar como Tú amas. Amén.