“Más agrada a Dios una obra, por pequeña que sea, hecha en lo escondido, no teniendo voluntad de que se sepa, que mil hechas con gana de que las sepan los hombres.”(San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 20).
En el evangelio de la misa de hoy, Jesús desplaza la atención desde lo visible hacia lo que verdaderamente configura al hombre: “Nada que entra de fuera puede hacer impuro al hombre; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre” (Mc. 7,15). Con estas palabras, el Señor desmonta una religiosidad centrada en la apariencia y en el reconocimiento exterior.
San Juan de la Cruz se mueve en esta misma dirección cuando afirma que agrada más a Dios una obra hecha en lo escondido que muchas realizadas con deseo de ser vistas. No habla del tamaño de la obra ni de su utilidad aparente, sino del lugar interior desde el que nace. El problema no es hacer el bien: surge cuando se experimenta la necesidad de que ese bien nos devuelva una imagen embellecida de nosotros mismos.
Existe una forma disimulada de impureza espiritual que no se manifiesta en acciones malas, sino en la búsqueda constante de confirmación. Incluso el bien puede quedar contaminado cuando se convierte en un modo de afirmarse, de justificarse o de existir en la mirada de los otros. Entonces, sin darnos cuenta, el yo ocupa el centro y desplaza a Dios.
La obra hecha en lo escondido es aquella en la que el yo se retira. No necesita aplauso ni reconocimiento, no se compara ni se exhibe. Basta con que exista ante Dios. En ese silencio, la acción queda purificada y se vuelve verdaderamente libre, porque ya no depende de ninguna mirada ajena.
Esta enseñanza no invita a despreciar lo visible, ni a ocultar sistemáticamente el bien. Invita a algo más hondo: a dejar de apoyarnos en la aprobación de los demás. Cuando el corazón se libera de esa necesidad, la vida se simplifica y aparece una paz nueva: la de la humildad. Ya no hay que justificarse ante nadie ni demostrar nada.
Señor Jesús, líbranos del deseo de ser vistos. Enséñanos a obrar con sencillez y a vivir ante tu mirada. Que sepamos hacer el bien sin apropiárnoslo, y amar sin buscar otra recompensa que estar contigo. Amén.