Hay en estas palabras de Jesús, transmitidas por Santa Faustina Kowalska, una revelación de una extraordinaria profundidad. No son solamente palabras piadosas escritas por una santa, sino una confidencia del mismo Corazón de Cristo, que se nos muestra tal como es. Dios no quiere venir con “truenos”, es decir, no desea imponerse con fuerza ni castigar con justicia aunque también con dureza, sino sanar, reunir, abrazar. La humanidad -doliente, herida, dolorosamente desorientada- no es rechazada, sino estrechada contra ese Corazón misericordioso que late de amor.
Es la misma imagen que nos ofrece el Evangelio de este domingo: el Resucitado se presenta en medio de los suyos, no para reprochar su abandono, la soledad en que le dejaron, las negaciones, la traición… sino para regalarles el don de la paz y mostrarles sus llagas gloriosas, convertidas en fuente de vida y de luz. Allí donde ellos esperaban un juicio, encuentran un abrazo; donde temían el reproche, reciben el generoso perdón. Así actúa Dios: desarma el pecado no con violencia, sino con misericordia.
Y esta revelación, confiada a una humilde religiosa, no ha quedado en la intimidad de su alma. La Iglesia la ha reconocido como una llamada providencial para nuestro tiempo. Aquí aparece con fuerza la figura de San Juan Pablo II, que acogió esta espiritualidad nacida en su tierra, la difundió con ardor y quiso que toda la Iglesia celebrara el segundo domingo de Pascua como Domingo de la Divina Misericordia. No se trata de una elección arbitraria: ese día contemplamos a Cristo resucitado que atraviesa las puertas cerradas del miedo y del pecado, se pone en medio y comunica el don del perdón. Es el día en que la misericordia se hace visible, casi tangible, en sus manos heridas y en su costado abierto.
En esta misma línea resuena otra afirmación del Diario, breve pero luminosa: “La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a mi misericordia” (Diario, 300). De nuevo nos encontramos con una enseñanza decisiva para entender el corazón del hombre y el curso de la historia. Mientras el hombre se apoye únicamente en sus fuerzas, seguirá inquieto; la paz nace cuando el alma se abandona confiada a la misericordia de Dios, cuando deja de defenderse y se deja amar.
Celebrar la Divina Misericordia este domingo es volver al centro mismo del Evangelio. Es reconocer que lo que más desea el Corazón de nuestro Dios no es castigar, sino perdonar; no es rechazar, sino salvar; no es señalar la herida, sino curarla. Y es, también, una llamada a dejarnos alcanzar por esa misericordia, a no huir de ella, a no desconfiar, a no cerrarnos. Cristo sigue diciendo hoy, con una ternura infinita: no quiero castigarte, quiero sanarte; no quiero alejarte, quiero abrazarte estrechándote contra mi Corazón.
Señor Jesús, Corazón misericordioso, que no te cansas de buscarnos y de ofrecernos tu perdón, concédenos la gracia de acudir a ti con confianza, de abrirte nuestras heridas y de dejarnos sanar por tu amor. Danos un corazón humilde que no tema tu misericordia, sino que la desee y la acoja, para que, viviendo de ella, podamos también nosotros ser instrumentos de tu perdón y de tu paz en medio del mundo. Amén.