“Yo te instruiré y te enseñaré el camino que debes seguir; fijaré en ti mis ojos y te daré consejo” (Sal. 32,8).
Después de gustar de Dios por la sabiduría y de penetrar en su verdad por el entendimiento, el Espíritu Santo guía al alma en lo concreto de la vida mediante el don de consejo. Ya no se trata solo de conocer, sino de elegir; no solo de ver, sino de decidir. Este don introduce en el corazón una luz práctica, delicada y firme a la vez, que orienta en medio de la complejidad de las situaciones.
Muchas veces sabemos en teoría lo que está bien, pero no siempre resulta claro qué hacer aquí y ahora. Hay circunstancias en las que confluyen diversos factores, en las que intervienen afectos, deberes, responsabilidades, y no basta con aplicar una norma general. Es entonces cuando el don de consejo se manifiesta como una inspiración interior del Espíritu, que inclina suavemente el alma hacia lo que agrada a Dios. No es un impulso ciego, ni una simple emoción, sino una luz que permite discernir con rectitud y decidir con paz.
En este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que los dones del Espíritu Santo hacen a los fieles “dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas” (CEC 1831). Esta docilidad es precisamente el corazón del don de consejo: una disponibilidad interior que permite reconocer y acoger esa orientación de Dios en el momento oportuno. No sustituye la reflexión ni la prudencia, pero las eleva y las perfecciona, de modo que el juicio no se apoya solo en razones humanas, sino en una luz que viene de lo alto.
Quien vive bajo este don experimenta una forma nueva de discernir. No se trata de eliminar la dificultad ni la duda, sino de recibir una claridad suficiente para dar el paso. Es como encontrarse en un cruce de caminos y percibir, en lo más hondo, por dónde hay que ir. A veces esa luz es suave y discreta; otras, más firme. Pero siempre deja en el alma una cierta paz, una consonancia interior que confirma que se está caminando según Dios.
Este don se acoge en la humildad y en la escucha. Supone un corazón atento, que no se precipita, que sabe esperar, que ora antes de decidir. En la medida en que el alma se ejercita en la fidelidad a las pequeñas inspiraciones, se hace más capaz de reconocer las más importantes. Así, poco a poco, la vida entera se va orientando no solo por criterios propios, sino por esa guía interior del Espíritu que conduce con suavidad y seguridad.
Señor, concédenos el don de consejo. Enséñanos a discernir según tu voluntad, a no fiarnos solo de nuestros propios criterios, y a escuchar en lo profundo del corazón tu voz que orienta y guía. Haznos dóciles a tus inspiraciones, para que sepamos elegir siempre el camino que conduce a ti. Amén.