“Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí. (…) “Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer” (Os 11,2-4).
Continúo compartiendo en este canal algunas de las reflexiones nacidas durante la novena que estoy predicando en honor de la Santísima Virgen del Carmen. El hilo conductor es siempre el mismo: contemplar a María a través de las personas que tuvieron la gracia de encontrarse con Ella. Cada una descubrió un aspecto de su misterio y, al mismo tiempo, nos enseña una actitud para acercarnos hoy a la Madre del Señor. Después de san Gabriel, santa Isabel y san José, el cuarto día de la novena nos conduce hasta los pastores de Belén. Ellos nos enseñan una actitud imprescindible para la vida cristiana: velar.
En la primera lectura de la misa de aquel día, el profeta Oseas nos mostraba a un Dios que habla con la ternura de un padre: “Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer.” La imagen es conmovedora. Dios quiere levantar al hombre hasta sí, estrecharlo contra su rostro y alimentarlo con su propio amor. Pero el drama de Israel fue no reconocer ese cuidado: “Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí.” Entonces sucede lo impensable: si el hombre no ha querido dejarse levantar por Dios, Dios mismo se hace Niño para dejarse levantar por los brazos del hombre.
¿Qué descubrieron los pastores en María? Descubrieron precisamente ese misterio. Encontraron a la Virgen inclinada sobre el pesebre, donde había depositado al Niño. Aquel pesebre no era un detalle accidental: era el lugar donde comen los animales. María presentaba ya silenciosamente a su Hijo como alimento. Primero, porque Él es la Palabra de Dios hecha carne, el verdadero alimento del corazón humano. Después, porque un día se entregaría como Pan vivo en la Eucaristía.
¿Y qué aprendemos nosotros de los pastores? Aprendemos, ante todo, a vivir en vela. Dios sigue llamando continuamente, pero solo escucha quien permanece despierto. Los pastores estaban velando su rebaño y, precisamente por eso, pudieron escuchar la voz del ángel y ponerse inmediatamente en camino. La vigilancia hizo posible la llamada; la llamada puso en marcha la búsqueda; la búsqueda terminó en la adoración.
Hay todavía un último detalle lleno de significado. Durante tantas noches aquellos hombres habían velado para que los lobos no devoraran a sus corderos. Ahora, de rodillas ante el pesebre, contemplan al verdadero Cordero de Dios. Él vencerá a todos los lobos de este mundo: el pecado y la muerte. No lo hará con la fuerza de las armas, sino desde la pobreza de Belén, la debilidad de un Niño y el poder invencible del amor. Quizá ésa sea la gran lección de los pastores: solo quien permanece en vela escucha la llamada de Dios; solo quien responde a esa llamada llega a descubrir, en los brazos de María, al Cordero que ha venido a salvar al mundo.