jueves, 12 de marzo de 2026

LA VIDRIERA Y LA LUZ


    “Escuchad mi voz y Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo; caminad siempre por el camino que os señalo, para que os vaya bien (…) Pero no escucharon ni prestaron oído (…) Este es el pueblo que no escuchó la voz del Señor, su Dios” (Jer. 7,23-24.28).


    Durante los días pasados he predicado ejercicios espirituales a unas monjas en la hermosa ciudad de Córdoba. A lo largo de esos días se repitió muchas veces una misma confidencia. Algunas de ellas me decían que las palabras de la Escritura que meditábamos juntos no les eran desconocidas, pues formaban parte de la Palabra de Dios que habían escuchado tantas veces a lo largo de su vida religiosa. Y, sin embargo, ahora las estaban saboreando de una manera nueva. Era como si aquellas mismas palabras, tantas veces escuchadas, se iluminaran por dentro y revelaran una profundidad que antes no habían percibido. Algo semejante ocurrió con los discípulos de Emaús: las Escrituras eran las mismas, pero el corazón comenzaba a arder dentro de ellos al escucharlas (Lc. 24,32).


    Precisamente hoy, en la primera lectura de la misa, el profeta Jeremías transmite al pueblo una exhortación de Dios que resulta muy significativa: escuchar su voz y caminar por el camino que Él señala. El drama del pueblo no es que Dios no hable, sino que muchas veces el hombre no escucha de verdad. La Palabra puede resonar en los oídos sin penetrar en el corazón.


    San Juan de la Cruz, a quien sigo leyendo esta Cuaresma, ofrece una explicación luminosa de este misterio en La subida al Monte Carmelo (lib. 2, cap. 5, n.º 6). El santo compara el alma con una vidriera sobre la que incide continuamente la luz del sol. Si el cristal está empañado o cubierto de manchas, la luz no puede transformarlo plenamente. Pero cuanto más limpio está el cristal, más se llena de la luz que lo atraviesa. Y escribe: “Está el rayo del sol dando en una vidriera. Si la vidriera tiene algunos velos de manchas o nieblas, no la podrá esclarecer y transformar en su luz totalmente… mas tanto más, cuanto más limpia estuviere; y si estuviese limpia y pura de todo, de tal manera la transformará el rayo que parecerá el mismo rayo y dará la misma luz que el rayo”.


    La comparación es preciosa y muy verdadera. La luz siempre está ahí. Dios habla siempre. Su Palabra no pierde nunca su fuerza. Pero cuando el alma se purifica, cuando se vuelve más sencilla y más disponible, cuando se desprende de tantas nieblas interiores, entonces esa misma Palabra comienza a iluminarlo todo y deja de ser simplemente un sonido que pasa por los oídos para convertirse en una Luz que atraviesa el alma.


    Señor, purifica nuestro corazón para que podamos escuchar tu voz. Límpianos de todo aquello que oscurece tu Luz en nosotros. Haznos sencillos y atentos a tu Palabra, para que, iluminados por ti, caminemos siempre por el camino que Tú nos señalas. Amén.

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