viernes, 13 de marzo de 2026

MONTAR A CABALLO


    “Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, porque tropezaste por tu falta. Tomad vuestras promesas con vosotros, y volved al Señor. Decidle: ‘Tú quitas toda falta, acepta el pacto. Pagaremos con nuestra confesión: Asiria no nos salvará, no volveremos a montar a caballo, y no llamaremos ya ‘nuestro Dios’ a la obra de nuestras manos. En ti el huérfano encuentra compasión’. ‘Curaré su deslealtad, los amaré generosamente, porque mi ira se apartó de ellos. Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio, echará sus raíces como los cedros del Líbano. Brotarán sus retoños y será su esplendor como el olivo, y su perfume como el del Líbano. Regresarán los que habitaban a su sombra, revivirán como el trigo, florecerán como la viña, será su renombre como el del vino del Líbano’.” (Os. 14,2-8).


    La primera lectura de la misa de mañana es del profeta Oseas. Hay una frase de este texto que me llamó mucho la atención la primera vez que la escuché o la leí: “no volveremos a montar a caballo”. Quizá me impresionó porque conectaba con un recuerdo muy concreto de mi propia vida. De niños, en el campo, mi hermana y yo paseábamos en burro, pero de adolescentes nos procuraron caballos, y el paseo a caballo formaba parte de la rutina de las tardes de aquellos largos veranos de nuestra adolescencia. El caballo evocaba libertad, movimiento, una cierta sensación de fuerza e independencia. Por eso aquella expresión bíblica se me quedó grabada desde el primer momento.


    Con el tiempo comprendí que en esas palabras hay una verdadera confesión de fe de Israel. “No volveremos a montar a caballo” significa algo muy profundo. En el mundo antiguo el caballo era sobre todo un animal de guerra, una auténtica máquina militar de aquel tiempo. Por eso el mismo texto añade también: “Asiria no nos salvará”. Israel reconoce que su seguridad no está en las alianzas políticas, ni en los ejércitos, ni en los recursos humanos. Su salvación está únicamente en el Señor.


    También nosotros necesitamos aprender esta lección. Hay muchas maneras de “montar a caballo”. Podemos confiar en nuestras capacidades, en nuestras estrategias, en nuestros medios. Incluso en la vida espiritual podemos caer en esa tentación. Pero el profeta invita a una actitud más profunda: la confianza radical en Dios. No queremos poner ni el progreso de nuestra santidad, ni el crecimiento de nuestras virtudes, ni la defensa contra los enemigos en nuestra propia fuerza, sino en el Señor, sólo en el Señor nuestro Dios. Cuando hablamos de los enemigos nos referimos, por supuesto, a los de nuestra alma: el mundo, la carne y el demonio.


    Por eso el corazón creyente aprende poco a poco a repetir una oración muy sencilla y muy profunda: hazlo Tú todo, Señor. Hazlo tú todo. Que sea Él quien conduzca la vida, quien defienda al alma, quien haga crecer la santidad y quien sostenga la fidelidad.


    Señor, enséñanos a confiar de verdad en ti. Que no busquemos nuestra seguridad en “montar a caballo”, usando para ello todos los medios que nos ofrece este mundo, sino que pongamos toda nuestra seguridad en tu amor fiel, providente y constante. Que aprendamos a abandonarnos en ti con sencillez y con paz. Y que en lo profundo del corazón sepamos repetir siempre: hazlo tú todo, Señor. Amén.

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