domingo, 8 de marzo de 2026

SED DE AGUA VIVA

    “La mujer le dice: ‘Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?’. Jesús le contestó: ‘El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna’” (Jn. 4,11-14).


    La mujer samaritana, protagonista del evangelio de hoy, piensa en el agua del pozo de Jacob: un agua buena, necesaria, pero que hay que volver a buscar cada día. Jesús no desprecia ese pozo, pero revela algo mucho más profundo: existe otra agua que no se saca con cubos ni depende de la profundidad de ningún pozo. Es el agua que viene de Dios y que puede transformar el corazón humano en fuente.


    También nosotros conocemos bien esos pozos de los que tantas veces bebemos. Son muchos y están muy cerca de nuestra vida cotidiana. A veces es el pozo del reconocimiento, el deseo de que los demás nos valoren, nos escuchen, nos tengan en cuenta. O el pozo del éxito, de la eficacia, de sentir que todo sale bien y que nuestra vida funciona. O el pozo de las pequeñas distracciones que nos llenan durante un rato: conversaciones superficiales, entretenimiento constante, redes sociales, noticias, información continua… También puede ser el pozo de nuestras propias seguridades: lo que poseemos, lo que controlamos, lo que creemos tener asegurado para el futuro. Incluso en la vida espiritual podemos buscar pozos que nos tranquilicen: prácticas hechas de un modo rutinario, consolaciones sensibles, la satisfacción de cumplir. Todo esto puede aliviar la sed durante un momento… pero no la apaga del todo.


    Por eso la palabra de Jesús resulta tan luminosa y tan verdadera: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed”. La experiencia lo confirma. Después de beber en esos pozos, volvemos a sentir el mismo vacío, la misma inquietud, la misma necesidad de algo más profundo. Jesús, en cambio, no ofrece simplemente otra agua más, sino algo totalmente distinto: una fuente interior. Su gracia, su Espíritu, su presencia viva en el corazón pueden convertir la vida en un manantial que no depende de factores externos: un surtidor que brota desde dentro.


       La Cuaresma es precisamente el tiempo en que el Señor nos invita a mirar con sinceridad dónde estamos buscando el agua. Es un tiempo para reconocer cuál es nuestra sed verdadera y también nuestros pozos insuficientes. El ayuno, el silencio, la oración o la limosna no son solo prácticas exteriores: son caminos para dejar espacio a esa agua que Dios quiere derramar en nosotros. Cuando el corazón se vuelve más sencillo y más pobre, queda más libre para recibir el don de Dios. Entonces empezamos a comprender que la vida cristiana no consiste solo en esforzarnos más, sino en dejar que Cristo haga brotar en nosotros su propia vida, su agua viva. 


    Señor Jesús, Tú conoces mi sed más profunda, incluso aquella que yo mismo apenas reconozco. Muchas veces he buscado agua en pozos que solo alivian por un momento y vuelven a dejar el corazón vacío. En esta Cuaresma quiero acercarme a ti con mi pobreza y mi sed. Derrama en mi corazón esa agua viva que es tu Espíritu, para que mi vida no dependa de consuelos pasajeros, sino que encuentre en ti la fuente que no se agota, el manantial que salta hasta la vida eterna. Así sea. 

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