“Encomienda al Señor tus obras, y se cumplirán tus planes” (Prov. 16,3).
Ayer no pude publicar la entrada de cada día, y lo primero que brota es una sencilla petición de disculpas. También eso forma parte de la cortesía, que no es solo una forma externa, sino una expresión de verdad interior. Recordaba aquella frase de Julián Marías, con la que tantas veces he comenzado algún curso de filosofía: "la claridad es la cortesía del filósofo". Y uno podría añadir, con una sonrisa, por ejemplo, que los intermitentes son la cortesía del conductor. Y que en la vida espiritual la claridad y la unción deberían ser la cortesía de quien escribe sobre Dios. Porque hablar de Él no es rellenar páginas con palabras, sino servir a las almas.
Quizá por eso tiene su gracia aquel chiste, un poco irreverente, pero sugerente, en el que Dios, como un anciano venerable, dice que se siente un poco mal y que tendrá que pedir cita con el teólogo, como si este último fuera el médico especialista en las enfermedades de Dios. Nos hace sonreír, pero también nos sitúa. Dios no necesita curación ni análisis ni diagnósticos. Somos nosotros los necesitados de luz y salvación. Y, sin embargo, cuántas veces corremos el riesgo de hablar mucho de Dios sin dejarnos iluminar por Él. La verdadera palabra sobre Dios no nace del ingenio, sino de una cierta pobreza interior, de quien sabe que no tiene nada propio y lo recibe todo.
En estos días de Cuaresma, con tantas ocupaciones, predicaciones y compromisos, no siempre es fácil ordenar lo que se debe hacer. Hay una tensión real entre lo urgente y lo importante. Y, sin embargo, permanece siempre una preocupación de fondo: no escribir por escribir, sino ofrecer algo que pueda ser verdadero alimento espiritual. Porque, en el misterio de la gracia, sucede algo profundamente consolador: lo más elaborado no es siempre lo que más aprovecha a las almas. A veces una palabra sencilla, casi inadvertida, llega al corazón de alguien y lo sostiene. Y, en otras ocasiones, lo que parecía más brillante pasa sin dejar huella.
Ahí se revela un secreto precioso. No solo el que escribe necesita inspiración, también el que lee. Dios actúa en ambos. Él es quien mueve el corazón del que escribe y quien abre el corazón del que lee. Por eso, al final, todo consiste en encomendar la obra, dejarla en manos de Dios. Nosotros sembramos; Él hace germinar. Nosotros escribimos; Él da vida a la palabra. Y así, incluso nuestras limitaciones, nuestro cansancio, nuestra pretendida falta de tiempo, pueden convertirse en lugar de gracia si son ofrecidos con verdad.
Señor Jesús, recibe lo poco que podemos darte, nuestras palabras torpes, nuestro tiempo limitado. Haz Tú fecundo lo que nace pobre y permite que, más allá de nosotros mismos, alguien encuentre en estas palabras una chispa de tu luz y de tu amor. Amén.
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