lunes, 16 de marzo de 2026

UN PUEBLO LLAMADO JÚBILO

 



   “Esto dice el Señor: ‘Mirad: voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra: de las cosas pasadas ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento. Regocijaos, alegraos por siempre por lo que voy a crear: yo creo a Jerusalén “alegría”, y a su pueblo, “júbilo”. Me alegraré por Jerusalén y me regocijaré con mi pueblo, ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido; ya no habrá allí niño que dure pocos días, ni adulto que no colme sus años, pues será joven quien muera a los cien años, y quien no los alcance se tendrá por maldito’” (Is. 65,17-20).


    Estas palabras del profeta Isaías, que se leen en la primera lectura de la misa de hoy, se escribieron en un tiempo de ruina y desolación. El pueblo había conocido el exilio, la destrucción de Jerusalén, la humillación de verse derrotado y disperso. En medio de ese desolador paisaje, Dios pronuncia una promesa que parece desmesurada: “voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra”. No se trata simplemente de reparar lo que se ha roto, sino de comenzar algo nuevo. Dios no solo promete restaurar, sino recrear. Donde el hombre solo ve escombros y un doloroso recuerdo, Él anuncia un futuro lleno de vida.


    Es muy hermoso notar que Dios no habla solo de cambiar las cosas, sino también de transformar el corazón del pueblo. “De las cosas pasadas ni habrá recuerdo”, afirma; y ello no porque la historia desaparezca, sino porque la alegría de Dios será tan grande que el pasado dejará de pesar como una losa. El Señor promete una ciudad llamada “alegría” y un pueblo llamado “júbilo”. Es el sueño de Dios para con la humanidad: una vida donde el llanto no tenga la última palabra y donde el dolor no sea definitivo.


    Esta promesa se cumple plenamente en Cristo. Él es el comienzo de esa nueva creación. Allí donde penetra su gracia, empieza algo nuevo: la culpa no es el final, las heridas no son el final, el pecado no es el final. Dios siempre puede anunciar un comienzo inesperado. Incluso cuando nuestra vida parece marcada por el cansancio o por antiguos errores, Él sigue diciendo: “Mira, voy a hacer algo nuevo”.


    Señor Jesús, Tú que haces nuevas todas las cosas, renueva también nuestra vida. Haz que no quedemos prisioneros del pasado ni de nuestras heridas. Danos un corazón capaz de esperar, de creer y de alegrarse en lo que Tú estás creando silenciosamente en nosotros. Amén.

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