Jesús no niega el legítimo deseo de grandeza que tienen los hijos de Zebedeo en el evangelio de hoy, sino que lo purifica. No apaga esa aspiración a lo más alto, sino que la transforma. Mientras que los demás discípulos piensan en puestos de honor, Él habla de cáliz. Mientras ellos imaginan tronos, Él revela la importancia de la entrega. La verdadera subida es la que pasa por la bajada. La verdadera primacía consiste en hacerse el último.
Aquí está la inversión radical que revela el Evangelio. En el mundo, subir es imponerse; en el Reino, subir es servir. Y servir no es simplemente hacer cosas por los demás: es dejar de ocupar el centro. Es aceptar que la propia vida no nos ha sido dada para afirmarnos, sino para darnos. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido. Ha venido a entregar su vida. La medida de la grandeza es la capacidad de darse.
Esta enseñanza enlaza profundamente con la doctrina de la Subida al Monte Carmelo de San Juan de la Cruz. Allí se nos dice que el alma no llega a la unión buscando lo más alto, lo más sabroso, lo más brillante, sino caminando por la senda de la negación y el despojo, de la noche. El apetito de honras —incluso espirituales— debe ser purificado. El deseo de “sentarse a la derecha” es todavía demasiado humano. El camino seguro es la fe desnuda, la renuncia silenciosa, el anonadamiento interior.
“¿Podéis beber el cáliz?” Esa es la pregunta decisiva. No se trata de ocupar un lugar, sino de compartir el destino de Jesús. Beber el cáliz es aceptar la lógica de la cruz: perder para ganar, ocultarse para fructificar, morir para resucitar. En esa aparente pérdida se esconde la verdadera exaltación.
Al final, la grandeza cristiana no consiste en ser visto, sino en amar. Y el amor verdadero siempre tiene forma de servicio. Ahí comienza la auténtica subida: cuando dejamos de buscar nuestro puesto y aceptamos, con paz, el lugar que Dios nos concede.
Señor Jesús, purifica nuestros deseos y arranca de nosotros toda ambición escondida. Danos un corazón humilde, capaz de servir sin buscar reconocimiento, y haz que encontremos nuestra verdadera grandeza en amar como Tú amas. Amén.
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