viernes, 20 de marzo de 2026

HERENCIA DE FE



     Se suele decir que todos los santos tienen su octava, y la solemnidad de San José es tan grande que bien merece prolongar su recuerdo. Quiero compartir con ustedes una anécdota entrañable para mí, pero que tiene también un profundo significado.


    Muchos de nosotros hemos recibido la fe en el seno de nuestra familia, y junto a la fe, también devociones concretas con las que hemos ido expresándola y alimentándola. En mi caso, la devoción a San José me llegó de manera especial a través de mi madre. Para ella era una práctica tan cotidiana y natural como respirar. Y un detalle muy conmovedor es que, siendo ya anciana, con un comienzo de demencia senil, todavía fue capaz de escribirme de su puño y letra esta oración, porque se lo pedí, pues no quería que se perdiera. La conservaba intacta en lo profundo, en su recuerdo, como si lo verdaderamente importante permaneciera a salvo en ella durante mucho tiempo. Incluso cuando las demás cosas habían empezado a desdibujarse.


    Amable San José,

Postrado amorosamente a tus pies, te suplico recibas mi pobre y miserable corazón, que te presento con todo lo que soy, dándotelo enteramente y rogándote muy humildemente quites de él todo lo que te desagrade. Toma posesión de él desde ahora y ayúdame a hacer bien todas mis acciones para mayor gloria de Dios.


    Te encomiendo mi cuerpo, mi alma, mi vida, mi muerte, mi juicio y todo lo que se refiere a mi salvación, a fin de que, estando bajo tu amparo y protección, sea libre de todo mal ahora y en la hora de mi muerte. Amén.


    V/ Este es el siervo fiel y prudente a quien el Señor colocó por cabeza de su familia.

    R/ Ruega por nosotros, bienaventurado San José, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo.


    Comienza con una frase que refleja una actitud muy evangélica: “Postrado amorosamente a tus pies”. Así se colocaban ante Jesús quienes necesitaban de Él, con humildad y con gran confianza. Por ejemplo, el leproso que le suplicó diciendo: “Si quieres, puedes limpiarme” (Mc. 1,40). La persona que ora, como en aquella ocasión, se presenta como es, pobre y necesitada, pero se entrega sin reservas. Hay también un deseo sincero de conversión, y muy bonito, por cierto. La conversión es obra de Dios, pero por intercesión de San José, este santo puede quitar todo lo que desagrada a Dios y tomar posesión de la vida entera. Es decir, la conversión es también una gracia que se recibe.


    Después, la oración se ensancha y trata de abarcarlo todo: cuerpo, alma, vida, muerte, juicio y salvación. Es un verdadero ponerse en manos de quien ha sido constituido por Dios custodio fiel. Bajo su amparo vivió la Sagrada Familia, y el alma sabe que, si se acoge a su protección, se verá sostenida en el camino de la vida y también en ese momento decisivo de la muerte. Finalmente resuena la palabra de la Iglesia, que reconoce en San José al siervo fiel y prudente puesto al frente de la casa del Señor. A Él acudimos con confianza, pidiéndole que interceda por nosotros, para que también nosotros podamos “alcanzar las promesas de Jesucristo”. Amén, gracias mamá.

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