domingo, 15 de marzo de 2026

AMOR DE UNIÓN

 


    Ayer concluí la predicación del septenario a la Virgen en su advocación de María Santísima de la Piedad. Durante los tres últimos días he querido contemplar distintas formas de amor que se revelan en el Calvario. Hablamos del amor fiel, un amor que permanece junto a la Cruz como permanecen las mujeres. Hablamos también del amor contemplativo, un amor que mira y penetra en el misterio como el del discípulo amado. Pero ayer la mirada se detuvo en algo más profundo todavía: en el amor de unión. Porque en María el amor es fiel como el de las mujeres, es contemplativo como el de Juan, pero es sobre todo un amor de unión total con Dios.


    Esa unión comienza en Nazaret, en aquel “hágase” que abre la historia de la salvación. Allí María acepta la voluntad de Dios con una disponibilidad absoluta. Pero la unión llega a su plenitud en el Calvario. Querer lo que Dios quiere cuando Dios quiere nuestra luz, nuestra paz o nuestro consuelo resulta relativamente fácil. Querer lo que Dios quiere cuando Dios bendice nuestra vida con salud, éxito o bienestar no exige demasiado. Pero querer lo que Dios quiere cuando llega la cruz, cuando la voluntad de Dios atraviesa nuestra vida con el dolor, la oscuridad o la pérdida, eso es otra cosa muy distinta. En María esa aceptación alcanza su forma más pura. Ante la muerte violenta de su Hijo, ante su sufrimiento y su abandono, Ella no se aparta de la voluntad del Padre.


    Por eso su amor es un amor perfectísimo, un amor de unión de voluntades. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, posee como hombre una voluntad humana y como Dios su voluntad es la voluntad divina de la Trinidad. En Él ambas voluntades se unen perfectamente cuando su voluntad humana se entrega sin reservas al querer del Padre. María, siguiendo a su Hijo, realiza lo mismo en su propia vida. Su voluntad se une plenamente a la voluntad de Dios. Así se explica la profunda configuración con Cristo que vemos en el Calvario. Por eso María no es simplemente una espectadora del misterio de la redención. Está unida a Él con un amor tan perfecto que participa de modo único e irrepetible en la obra salvadora.


    El amor de María es, por tanto, un amor que la une, que la identifica con su Hijo. No solo permanece junto a la Cruz, no solo contempla el misterio: entra en él con todo su ser. Y en esa unión perfecta con la voluntad de Dios encontramos uno de los secretos más profundos de su santidad.


    Que Ella, la Virgen dolorosa en el Calvario, nos enseñe también a nosotros ese camino difícil y luminoso: aprender a querer lo que Dios quiere, no solo cuando la vida se llena de luz, sino también cuando la voluntad de Dios pasa por la cruz. Amén.

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