“Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a decirle: ‘Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio’. Naamán se puso furioso y se marchó diciendo: ‘Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra”. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio’. Dándose la vuelta, se marchó furioso. Sus servidores se le acercaron para decirle: ‘Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!’ Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio” (2 Re. 5,9-14).
Naamán llega con toda la grandeza de un general cargado de éxitos militares y poder. Carros, caballos, servidores… todo el aparato propio de un hombre importante. Pero nada de eso puede curar su lepra. Esperaba un gesto solemne, una ceremonia impresionante, una intervención espectacular del profeta. En cambio, recibe una indicación sorprendentemente sencilla: bañarse siete veces en el Jordán. Y esa sencillez le irrita. Le parece demasiado poca cosa.
También nosotros somos muchas veces como Naamán. Nos cuesta creer que Dios actúe a través de medios simples. Esperamos algo extraordinario, algo difícil. Y cuando Dios nos habla a través de lo sencillo -una obediencia humilde, una palabra discreta, un gesto pequeño, los sacramentos celebrados con normalidad- tendemos a despreciarlo. Pensamos que algo tan simple no puede venir de Dios.
Pero el problema no está en Dios. Dios es extraordinariamente sencillo, porque es perfectamente uno. En Él no hay división ni complicación interior. La sencillez pertenece a la misma naturaleza de Dios. Nosotros, en cambio, somos los complicados, los divididos por dentro, llenos de resistencias, de expectativas y de orgullo. Por eso lo sencillo nos desconcierta.
Naamán solo se cura cuando acepta descender, cuando renuncia a su orgullo y se sumerge obedientemente en el Jordán. Entonces sucede el milagro: su carne se vuelve como la de un niño. Algo parecido sucede también en la vida espiritual. Si la carne de Naamán se volvió como la de un niño, lo importante para nosotros es que nuestra alma, nuestro espíritu, se vuelva como el de un niño. La verdadera curación es la infancia espiritual: la confianza, la sencillez, la obediencia humilde ante Dios. Acoger estas palabras puede llevarnos también a que la piel de nuestra alma, por así decirlo, se vuelva limpia y tierna como la de un niño pequeño.
Señor Jesús, líbranos de la soberbia que desprecia los caminos sencillos. Danos un corazón humilde y confiado para obedecer tu Palabra, y haz que también nuestra alma recupere la pureza y la sencillez de un niño. Amén.
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