martes, 10 de marzo de 2026

TOCADOS Y HUNDIDOS


    “Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: ‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?’ Jesús le contesta: ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’” (Mt. 18,21-22).


    En el evangelio de hoy Pedro todavía piensa el perdón como una mercancía que puede contarse y medirse. Siete veces, seguramente, ya le parece mucho; es una cifra bastante generosa, casi heroica. Pero Jesús rompe ese cálculo humano y le dice: “hasta setenta veces siete”. No está expresando un número exacto, sino un horizonte sin límites: siempre. El perdón cristiano no nace de una contabilidad moral, sino del amor. Y quien ama de verdad no lleva cuentas. Perdona porque participa del corazón de Dios, y el corazón de Dios es una fuente inagotable. Jesús invita a Pedro -y a cada uno de nosotros- a entrar en esa lógica divina donde la misericordia no conoce límites.


    En esta misma línea me iluminan mucho las palabras de Ramón Llull en el Libro del Amigo y del Amado que sigo meditando en esta Cuaresma: “Peligraba el Amigo en el grande mar de amor, y confiábase en la ayuda de su Amado, quien le dijo: ‘El lago de amor es muy al contrario de los otros lagos, porque en aquél se salva quien se zambulle a lo más profundo; y quien no se anega y sale fuera, éste se pierde, lo que muy al revés acontece en los demás lagos’. Y por esto el Amigo deja de temer” (nº 311).


    El amor de Dios funciona al revés de la lógica del mundo. En los mares ordinarios de la vida, quien se hunde perece; en el mar del amor divino, se salva quien se sumerge sin reservas. El que intenta mantenerse en la superficie (“no se anega”), defendiendo su orgullo, guardando cuentas de los agravios o aferrándose al resentimiento, termina perdiéndose. Pero quien se atreve a descender a lo profundo del amor -quien perdona “setenta veces siete”, como pide Jesús- descubre que no se ahoga: es sostenido por la misma misericordia de Dios.


    Perdonar “setenta veces siete” es, en realidad, aceptar esa inmersión. Cada acto de perdón es un pequeño salto hacia el fondo del lago del amor. Y allí, donde parecía que el hombre se perdía, se encuentra con Dios. Tocados por su amor, hundidos en su misericordia.


    Señor Jesús, enséñanos a no calcular el amor ni medir el perdón. Haznos entrar sin miedo en ese lago profundo de tu misericordia, donde el corazón que se entrega no se pierde, sino que encuentra la Vida. Amén.

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