martes, 31 de marzo de 2026

EL ARTE Y LA PALABRA

 


    (una reflexión personal y prescindible, que mis lectores me permitirán pacientemente)


    Estoy pasando estos días de Semana Santa en un monasterio carmelita en la Sierra de Huelva. Son días de silencio, de lectura, de oración y de paseo. Días también para escribir y, en algunos momentos, para ver algo de cine en mi ordenador portátil. He aprovechado para revisar la obra de Andrei Tarkovsky, un director ruso que siempre me ha fascinado por su hondura, por su profundidad y por esa dimensión espiritual que atraviesa sus películas, incluso habiendo sido realizadas en el contexto de la Unión Soviética (“La infancia de Iván“, “Andrei Rublev”, “Sacrificio”…).


    Hay obras de arte -en la literatura, en la pintura, en el cine- que, al contemplarlas, no se agotan en lo que vemos. Permanecen dentro, como si siguieran hablando en silencio. No siempre se comprenden del todo, y menos aún a la primera, pero se intuyen, se saborean, y siguen acompañándonos durante mucho tiempo, invitándonos a ser mejores, a superarnos de algún modo.


    Algo semejante ocurre con la Palabra de Dios. No es un texto que se agote en una primera lectura, ni siempre es fácil encontrar su sentido. Eso desalienta a algunos, que la abandonan a la primera dificultad. Pero, si somos capaces de superar ese obstáculo, vuelve una y otra vez, y cada vez diciendo algo nuevo. No porque cambie, sino porque somos nosotros quienes vamos cambiando al acogerla.


    También el arte verdadero tiene esa fecundidad. No queda encerrado en la intención de quien lo creó, sino que se independiza del autor (cobra vida propia) y se abre a múltiples lecturas. Una imagen, un verso, una escena, pueden ser leídos de maneras distintas, y sin embargo verdaderas. Como en la Escritura, donde una misma palabra puede iluminar diversas situaciones de la vida.


    Por eso el arte puede ser camino hacia Dios. No porque hable de Él de una forma explícita, sino porque despierta en nosotros una profundidad que nos trasciende. Nos obliga a detenernos, nos hace mirar de otro modo, nos arranca de la prisa y nos introduce en el silencio. Y en ese silencio, el corazón se vuelve más disponible.


    La Palabra de Dios, por su parte, no solo ilumina, sino que transforma. Es viva, eficaz, capaz de penetrar en lo más hondo del alma (Heb. 4,12). Pero para acogerla, hace falta una actitud semejante a la que requiere el arte: atención profunda y constante, apertura, disponibilidad interior… contemplación. 


    Cuando el arte es verdadero y la Palabra es acogida, ambos coinciden en algo esencial: nos sacan de nosotros mismos y nos orientan hacia una vida más plena. Nos despiertan, nos purifican, nos elevan.


    Y así, el arte -estoy convencido de ello- puede prepararnos para escuchar la Palabra, y la Palabra puede enseñarnos a mirar el arte con ojos nuevos. En ambos, si sabemos detenernos, se abre un camino que conduce hacia Dios.


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