“Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les dijo: ‘¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?’. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo…” (Mt. 26,14-16).
Hay en este comienzo del Evangelio una prisa inquietante. Judas “va”, pregunta, negocia, calcula, busca el momento oportuno. Todo se mueve con rapidez, como si hubiera urgencia por cerrar el trato, por asegurar el plan, por no dejar pasar la ocasión. Es la prisa del pecado, que no quiere detenerse a pensar demasiado, que necesita avanzar para no enfrentarse a sí mismo. Y, sin embargo, en medio de esa agitación, Jesús no corre, no se defiende, no se escapa. Permanece. Mientras los hombres se precipitan, Dios tiene paciencia.
En la cena, la tensión crece y se hace más dolorosa. “Uno de vosotros me va a entregar”. No hay acusación, no hay denuncia pública. Solo una palabra que interpela el corazón de todos. Cada uno pregunta: “¿Soy yo, Señor?”. También Judas, que ya ha pactado la entrega, que ya ha comenzado a recorrer el camino de la traición. Y, sin embargo, sigue sentado a la mesa, escuchando, compartiendo el pan. Todavía hay tiempo. Ese es el misterio que sobrecoge: incluso después de haber dado pasos tan graves, Judas está todavía en el lugar de la comunión, todavía cerca de Jesús, todavía al alcance de su palabra.
Pero el drama se consuma en lo más profundo, en ese “tarde” que cada uno decide por dentro. No es que Dios cierre la puerta; es el hombre el que la va cerrando poco a poco. Judas entra en una dinámica de prisas, de decisiones encadenadas, de autojustificaciones que le impiden detenerse y volver atrás, mirar de verdad al Señor. Pedro, en cambio, también caerá, también negará, pero su historia no estará marcada por las prisas sino por el llanto. Y el llanto abre caminos que las prisas cierran.
En este contraste entre la prisa y la paciencia de Dios se juega también nuestra propia vida. Hay decisiones que tomamos casi sin darnos cuenta, pequeños pasos que parecen insignificantes, pero que nos van alejando del Señor o acercando a Él. El peligro no es haber caído, sino no detenerse: no dejar que una mirada, una palabra, una gracia rompa la cadena.
Señor Jesús, Tú que permaneces sereno en medio de nuestras prisas, detén nuestro corazón cuando empiece a alejarse de ti. Haznos capaces de reconocer a tiempo nuestras traiciones, de no justificarlas, de no seguir adelante como si nada ocurriera. Danos lágrimas como las de Pedro y líbranos de la desesperación de Judas. Y cuando estemos aún a la mesa contigo, concédenos la gracia de volver, antes de que sea tarde. Amén.
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