viernes, 3 de abril de 2026

PUERTA DE LA CRUZ

 


   “Desamparada me vi

en la tierra y sin consuelo

clamorosa rogué al cielo,

y vuestro amparo sentí.”


    Estoy pasando la Semana Santa en Aracena, en plena sierra de Huelva. En el recinto del castillo, que se alza en lo más alto del pueblo, sobre un cerro que lo domina todo, hay una iglesia monumental. En uno de sus laterales se abre una puertecita sencilla, casi escondida, con un azulejo deteriorado que verán en la imagen que acompaña este texto. En esta iglesia tiene su sede canónica la hermandad de la Vera Cruz, que venera también como titular a la Virgen del Mayor Dolor, patrona muy querida de Aracena, que procesiona bajo palio. Pero hoy, Viernes Santo, quiero detener la mirada de un modo especial en esa pequeña puerta, y en esos versos que parecen brotar del corazón mismo de la cruz.


    Hay algo profundamente simbólico en esa puerta. No es grande ni solemne, no impresiona por su arquitectura, pero sugiere la idea de acceso, de paso. Y es inevitable pensar que la cruz de Cristo es precisamente eso: una puerta. No un muro que cierra, no el final de un camino, sino un umbral que se atraviesa. Para entrar en el misterio de Cristo hay que pasar por ahí, por esa puerta estrecha de la que habla el Señor: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha…” (Lc. 13,24). No basta con contemplar la cruz desde fuera, hay que acercarse, tocarla, dejarse “afectar”, reconocer en ella el propio desamparo, esa experiencia tan humana de sentirse “en la tierra y sin consuelo”. Solo desde ahí nace el verdadero clamor.


    Y ese clamor no queda sin respuesta. La cruz nos enseña que cuando todo parece perdido, cuando los apoyos humanos fallan, cuando el alma se siente sola, es entonces cuando se abre el cielo de un modo nuevo. Cristo, elevado en la cruz, es al mismo tiempo el que clama y el que responde, el que sufre y el que sostiene. Por eso la cruz no es solo dolor, es también amparo. No elimina la oscuridad, pero la llena de presencia. No evita la herida, pero la transforma en lugar de encuentro. Quien atraviesa esa puerta comienza a comprender, en lo hondo, que el desamparo puede convertirse en experiencia de Dios.


    Señor Jesús, llévame hasta tu cruz y dame la gracia de no quedarme fuera. Que sepa entrar por esa puerta humilde, reconocer mi pobreza y clamar a Ti con verdad. Y que, en medio de todo, descubra siempre tu amparo fiel. Amén.




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