“Porque por la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor.” (Sab. 13,5).
Así como el don de sabiduría nos permite gustar de Dios y verlo todo desde Él, el don de entendimiento nos introduce en su verdad, el don de consejo nos ayuda a elegir según Dios, y el don de fortaleza nos sostiene para permanecer fieles en la prueba, el don de ciencia nos enseña a mirar la realidad creada con los ojos de Dios. No se trata de saber más, sino de ver mejor: de reconocer en las cosas su origen, su sentido y su límite.
La creación no es un obstáculo para ir a Dios, sino un camino hacia Él. Pero este camino puede ser mal interpretado: el hombre puede quedarse en lo visible y olvidar su Creador, o incluso absolutizar lo creado. El don de ciencia viene precisamente a ordenar esta mirada. Enseña a descubrir que todo lo que existe procede de Dios y remite a Él, y al mismo tiempo ayuda a no confundir las cosas con Dios mismo.
En este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña que, a partir del orden y de la belleza del mundo, se puede conocer a Dios como origen y fin del universo (cf. CEC 32). Esta afirmación ilumina el don de ciencia: no es un conocimiento abstracto, sino una percepción viva de la huella de Dios en la creación. Es aprender a leer la realidad como un lenguaje que nos habla de Él.
Quien vive inspirado por este don comienza a descubrir una transparencia nueva en las cosas. El mundo deja de ser opaco, una pantalla que oculta la realidad, o autosuficiente, y se convierte en signo. Todo puede hablar de Dios: la belleza, el orden, la armonía, pero también la fragilidad y la caducidad. Incluso lo limitado y lo pasajero remiten a Él, precisamente porque no son absolutos.
Este don se acoge en una mirada humilde y contemplativa. No exige grandes razonamientos, sino un corazón atento y vigilante, que observa, que reconoce. En la medida en que el alma se libera del apego desordenado a las cosas, puede verlas en su verdad: buenas, pero no últimas; valiosas, pero no definitivas. Así, poco a poco, la creación se convierte en camino, y no en obstáculo.
Señor, concédenos el don de ciencia. Enséñanos a ver el mundo con tu luz, a reconocer en todo la huella de tu amor y a no quedarnos en lo pasajero. Que sepamos descubrirte en la belleza de la creación y, a través de ella, caminar siempre hacia ti. Amén.
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