“María estaba fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se inclinó hacia el sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco (…) Ellos le dicen: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’. Ella les contesta: ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. (…) Jesús le dice: ‘¡María!’. Ella se vuelve y le dice: ‘¡Rabuní!’” (Jn. 20,11-18).
En el Evangelio que leíamos el día anterior, María Magdalena corría hacia Simón Pedro y hacia el discípulo amado con una noticia que brotaba de su desconcierto: “se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. El sepulcro vacío, que ya era signo de algo nuevo (pero signo ambiguo), fue interpretado por ella desde la ausencia, desde su falta de fe. No proclama la Resurrección, sino la desaparición. Ante la Iglesia naciente -Pedro y el discípulo amado, la autoridad y el amor contemplativo- su palabra no es todavía anuncio de fe, sino eco de su herida. Así también nosotros, incluso dentro de la Iglesia, podemos transmitir más nuestras sombras que la luz de Dios, más nuestras propias opiniones y conclusiones, que su verdad.
Y hoy el Evangelio nos muestra cómo esa misma mirada se mantiene incluso ante los ángeles. Dos mensajeros del cielo, vestidos de blanco, le preguntan por su llanto, y ella responde de la misma manera: “se han llevado a mi Señor”. Su dolor no nace ya del hecho de la muerte, sino de una ausencia mal comprendida. Permanece en una lógica material, como si el Señor fuera algo que se pone y se quita, se pierde o se recupera. Ni siquiera la cercanía del cielo logra abrir su corazón. ¡Cuántas veces también nosotros estamos rodeados de signos, de llamadas, de presencias discretas de Dios, y seguimos encerrados en nuestra propia interpretación!
Y aún más, cuando Jesús mismo está delante de ella, no lo reconoce. Lo toma por el hortelano y llega incluso a decirle: “si tú te lo has llevado…”. El corazón herido puede endurecerse hasta sospechar de Dios. Puede hablar con Él sin reconocerlo. Puede buscarlo sin saber que lo tiene delante. Pero todo cambia en un instante, cuando Él pronuncia su nombre: “¡María!”. No es un argumento lo que la despierta, sino una llamada personal. Y entonces se produce la verdadera conversión: se vuelve desde su manera de ver, desde su lectura herida de la realidad, hacia la luz de la Presencia. Ya no mira desde el pasado, sino desde el Viviente.
También nosotros hemos pasado muchas veces por ese mismo camino. Hemos interpretado la acción de Dios desde nuestra tristeza, hemos reducido su misterio a nuestras categorías, hemos dudado incluso de su cercanía. Pero Él, en su infinita misericordia, nos busca y sigue pronunciando nuestro nombre.
Señor Jesús, llámanos por nuestro nombre. Sácanos de nuestras interpretaciones pobres y de nuestras cegueras. Haz que nos volvamos de verdad hacia ti, para reconocerte vivo, presente y actuante en nuestra vida. Amén.
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