“No habéis recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ‘¡Abbá, Padre!’” (Rom. 8,15).
Los dones del Espíritu Santo nos van introduciendo progresivamente en la vida de Dios: la sabiduría nos hace saborear a Dios desde el amor; el entendimiento nos da una luz interior para penetrar su misterio; el consejo nos guía para elegir según Él; la fortaleza nos sostiene en la prueba; la ciencia nos enseña a ver el mundo en Dios. Y ahora, el don de piedad nos introduce en una relación nueva: la relación filial con Dios como Padre.
No consiste en una devoción exterior ni en una práctica religiosa más intensa, sino que se trata de algo mucho más profundo. El Espíritu Santo nos hace experimentar a Dios como Padre y a los demás como hermanos. Ya no nos acercamos a Dios movidos por el deber o el temor, sino por una inclinación suave y amorosa que brota del corazón.
Este don sana la dureza interior, disuelve la frialdad espiritual y nos introduce en una relación viva, cercana y confiada con Dios. Bajo su acción, la oración deja de ser un esfuerzo para convertirse en descanso, en diálogo sencillo, en presencia compartida. El alma comienza a gustar de Dios con una ternura nueva, y encuentra en Él su refugio y su alegría. Es el don que nos permite decir “Padre” con verdad, con humildad y con amor.
Esta filiación no se queda en Dios, se extiende necesariamente sobre los demás. El don de piedad nos hace mirar a cada persona con respeto, con compasión, con una delicadeza que nace de reconocer en ella a un hijo de Dios. Se despierta así una caridad concreta, paciente, servicial, que no es fruto del propio esfuerzo moral, sino de una mirada iluminada del corazón. Donde antes había juicio o distancia, ahora hay comprensión y cercanía.
Este don nos introduce en el corazón mismo de Cristo, en su relación con el Padre, en su manera de vivirlo todo desde la filiación. Es, en cierto modo, participar de su propio Espíritu filial, de su confianza, de su abandono, de su amor. Y así, poco a poco, el alma va siendo configurada con Él, aprendiendo a vivir no como siervo, sino como hijo.
Padre, danos el Espíritu de piedad, para vivir como hijos tuyos, para arriesgarnos a confiar en ti con sencillez, y para mirar a todos como hermanos, con un corazón nuevo, tierno y lleno de tu amor. Amén.
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