“Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús (…). Si no puedes romper el vínculo conyugal, ¿cuánto menos podrás llegar a dividir la Iglesia? ¿No has oído aquella palabra del Señor: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos?” Y, allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad, ¿no estará presente el Señor? Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña” (San Juan Crisóstomo, Homilía antes de partir al exilio).
Hoy celebramos en España la memoria de San Hermenegildo, hijo del rey visigodo Leovigildo. Príncipe heredero, fue inicialmente educado en el arrianismo, pero, influido por su esposa Ingunda y, sobre todo, por San Leandro de Sevilla, abrazó la fe católica. Este paso no fue una simple opción personal, sino una verdadera confesión de fe en medio de una grave crisis política y familiar. Su padre, que defendía la unidad religiosa del reino en torno al arrianismo, vio en su conversión una amenaza. Hermenegildo fue despojado de sus dignidades, encarcelado en Sevilla y finalmente condenado a muerte hacia el año 585.
La tradición nos ha transmitido un gesto suyo muy decisivo y significativo: en la cárcel, se negó a recibir la comunión de manos de un obispo arriano. No fue un gesto de rebeldía, sino de fidelidad. Porque la fe no es negociable. No se trata de una opinión entre otras, ni de una conveniencia política o social. Es adhesión a Cristo, a su Iglesia, a la verdad recibida. Hermenegildo permaneció firme sobre la roca, como dice el texto de San Juan Crisóstomo. Ni la presión del poder, ni el dolor de la ruptura con su padre, ni la amenaza de la muerte pudieron arrancarlo de esa roca.
Y aquí aparece una segunda virtud: la fortaleza. No la dureza humana, ni la intransigencia, sino la fuerza que nace de la fe. La fortaleza que permite mirar de frente el sufrimiento, incluso el tormento, sin ceder en lo esencial. Hermenegildo no fue un teólogo ni un escritor; no nos dejó tratados ni discursos. Nos dejó algo mucho mayor: su vida entregada, su sangre derramada. Su martirio, consumado también en Sevilla —donde hoy se venera su memoria y se alza un templo en el lugar que la tradición vincula a su prisión y muerte—, es el testimonio supremo de la fe y de la fortaleza.
Para nosotros, cristianos del siglo XXI, su figura no es tanto un reflejo de lo que somos, sino una llamada exigente en medio de nuestro tiempo. También hoy existe la tentación de poner la fe al servicio del poder, de justificar concesiones en nombre de un supuesto bien mayor, de ceder a la lógica del mal menor o de la conveniencia política. San Hermenegildo nos recuerda que no todo puede subordinarse al poder, ni siquiera con la intención de hacer el bien. La fe ha de ir siempre por delante, clara, íntegra, no negociable; y la fortaleza ha de empujar desde dentro cuando llegan las dificultades. Solo así Cristo permanece en el centro, y solo así la Iglesia se mantiene de pie sobre la roca.
Señor Jesús, concédenos la fe firme de tu mártir San Hermenegildo, para no negociar jamás contigo, y danos la fortaleza para permanecer fieles en la prueba, sabiendo que contigo ninguna tempestad puede vencernos. Amén.
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