jueves, 30 de abril de 2026

FRUTOS DEL ESPÍRITU: LA BONDAD QUE NACE DE DIOS (XIV)

 


    “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal. 33,9).


    Después de haber contemplado en los primeros días los frutos del amor, la alegría y la paz, y de habernos detenido ayer en dos frutos muy relacionados entre sí —la paciencia y la longanimidad (la primera, capacidad de soportar con serenidad las dificultades presentes; la segunda, fortaleza para no desanimarse cuando las dificultades presentes se prolongan)—, damos hoy un paso más para considerar la bondad. Es el sexto de los frutos del Espíritu Santo, y tiene una riqueza muy particular.


    La bondad no es simplemente hacer cosas buenas de vez en cuando. Es algo más hondo: es un corazón que se ha ido configurando con el corazón de Dios. Por eso la Sagrada Escritura no manda simplemente a hacer el bien, sino que afirma rotundamente que Dios es bueno. Él es la fuente misma del bien. Jesús lo expresa con gran claridad cuando dice: “¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es bueno” (Mt. 19,17). La bondad nace de Dios, es participación de su manera de ser. Nosotros somos buenos cuando creemos firmemente que Dios es bueno. Cuando el Espíritu Santo actúa en el alma, va haciendo que la persona no solo haga el bien, sino que sea buena, que respire bondad, que transmita una presencia que hace bien a los demás.


    Por eso es tan importante volver una y otra vez a esta verdad tan sencilla. Hemos de repetirnos muchas veces cada día esa breve confesión de fe: “Dios es bueno”. Repetirla en la oración, repetirla en medio de las dificultades, repetirla cuando no entendemos lo que sucede. Y si llega el cansancio, si la repetición nos parece pobre o monótona, podemos variarla suavemente: “Dios es buenísimo”. No se trata de decir muchas cosas, sino de permanecer en esta verdad hasta que vaya calando en lo más hondo del corazón.


    “Gustad y ved…”. La bondad se percibe. No es una idea abstracta. Se nota en el trato, en la forma de hablar, en la manera de mirar, en la disponibilidad para ayudar. Una persona buena no es ingenua ni débil, sino firme y serena, capaz de hacer el bien sin imponerse, sin herir, sin humillar. En un mundo donde tantas veces el bien se mezcla con dureza o con interés, la bondad es uno de los signos más claros de que Dios está actuando.


    Y como todo fruto del Espíritu Santo, la bondad no nace de nuestro esfuerzo. Es Él quien la hace crecer en nosotros. Nosotros podemos acogerla, disponernos, abrirnos, no resistirnos a ella y aprender a actuar no según nuestros intereses o caprichos, sino según esa moción interior, suave y constante, del Espíritu Santo. Y así, poco a poco, casi sin darnos cuenta, el corazón se va ablandando, se hace más acogedor, más luminoso, más capaz de hacer el bien sin cansarse.


    Espíritu Santo, fuente de todo bien, derrama en nosotros la bondad que nace de ti. Haz nuestro corazón semejante al de Jesús, bueno y misericordioso. Que sepamos hacer el bien sin buscar recompensa, amar sin medida y reflejar en nuestra vida la ternura del Padre. Amén.



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