“Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo” (Ef. 4,32).
Después de haber contemplado el último día la bondad, que nos hace participar del modo de ser de Dios, damos hoy un paso más para considerar la benignidad. Es el séptimo de los frutos del Espíritu Santo, y aunque está muy cercana a la bondad, introduce un matiz propio que conviene descubrir.
La benignidad es la bondad en el trato. Si la bondad mira más al fondo del corazón, la benignidad se manifiesta en la manera concreta de relacionarnos con los demás. Es el bien cuando se vuelve delicadeza, comprensión, paciencia en el trato, ausencia de dureza. Una persona benigna no hiere, no aplasta, no se impone. Sabe decir las cosas sin herir, sabe corregir sin humillar, sabe estar sin invadir.
Pero la benignidad no es debilidad ni falta de verdad. No consiste en callar lo que debe decirse ni en evitar cualquier conflicto. Es, más bien, la capacidad de mantener la verdad sin perder la caridad, de mantener la firmeza sin caer en la dureza. Jesús mismo, que es manso y humilde de corazón, sabe mirar con ternura al pecador y, al mismo tiempo, invitarle a una vida nueva. La benignidad es esa forma de presencia que no rompe, que no hiere, que no endurece, sino que abre caminos y dispone el corazón.
En el fondo, la benignidad nace de saberse tratado con benignidad por Dios. Quien ha experimentado la paciencia, la delicadeza y la misericordia de Dios en su propia vida, aprende poco a poco a tratar así a los demás. No desde un esfuerzo tenso, sino desde una transformación interior. El Espíritu Santo va limando asperezas, suavizando palabras, purificando intenciones. Y así, sin hacer ruido, va apareciendo en nosotros un modo nuevo de tratar a nuestros prójimos.
En un mundo donde tantas veces el trato se vuelve brusco, rápido, impersonal, la benignidad es un signo profundamente evangélico. No es algo llamativo ni espectacular, pero deja huella. Hace que los demás se sientan acogidos, respetados, comprendidos. Y muchas veces, sin darnos cuenta, es ese modo de tratar el que abre más puertas que cualquier argumento.
Y como todo fruto del Espíritu Santo, la benignidad no nace de nuestro esfuerzo. Es Él quien la hace crecer en nosotros. Nosotros podemos acogerla, disponernos, abrirnos, no resistirnos a ella y aprender a dejarnos conducir por esa moción interior, suave y constante, que nos lleva a tratar a los demás como Dios nos trata a nosotros.
Espíritu Santo, que suavizas lo duro y sanas lo herido, derrama en nosotros la benignidad que nace de ti. Haz nuestro corazón semejante al de Jesús, manso y humilde. Que sepamos tratar a los demás con delicadeza, con respeto y con verdad, sin herir ni humillar. Que en nuestro modo de hablar y de actuar se refleje la ternura de Dios. Amén.
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