viernes, 22 de mayo de 2026

TÚ SABES QUE TE QUIERO

 


    “Después de comer, le dice a Simón Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ Él le contestó: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis corderos’. Por segunda vez le pregunta: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas?’ Él le contesta: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Él le dice: ‘Pastorea mis ovejas’. Por tercera vez le pregunta: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?’ Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: ‘¿Me quieres?’ y le contestó: ‘Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’” (Jn. 21,15-17).


    Vemos, en el evangelio de hoy, que Pedro ya no habla como aquel hombre impulsivo y seguro de sí mismo que era unas horas antes de la Pasión. Ahora responde desde mucho más abajo: desde la humildad de quien ha caído y ha llorado amargamente su pecado. Ya no presume de amar más que los demás ni se compara con nadie. Simplemente se abandona a la mirada de Jesús: “Señor, tú conoces todo; tú sabes que te quiero.” Quizás también nosotros, después de tantos años, de tantas luchas interiores y de tantas heridas, ya no tenemos fuerza ni ganas de decirle al Señor grandes palabras. Solo podemos repetir humildemente: “Tú lo sabes todo. Tú conoces nuestras luces y nuestras sombras. Tú sabes que, a pesar de todo, te queremos.”


    Y entonces sucede algo admirable: Jesús vuelve a confiar precisamente en aquel que había fallado. “Apacienta mis ovejas.” El Señor no construye su Iglesia sobre hombres impecables, sino sobre hombres perdonados. Pedro llevará siempre dentro de sí la memoria de su fragilidad, y precisamente por eso podrá comprender mejor a los débiles, sostener a los pecadores y mirar con compasión a los heridos. Tal vez solo quien ha experimentado profundamente la misericordia puede convertirse verdaderamente en pastor a imagen del Buen Pastor. También nuestras heridas, cuando son tocadas por la gracia, pueden transformarse en lugares de humildad, compasión y amor verdadero.


    Tres veces pregunta Jesús. Tres veces permite a Pedro reparar su triple negación con una triple confesión de amor. El Señor no borra el pasado como si nunca hubiera existido; lo redime. Allí donde hubo oscuridad hace brotar la luz. Allí donde hubo miedo hace nacer una fidelidad nueva. Incluso la tristeza de Pedro, al escuchar por tercera vez la pregunta del Señor, parece convertirse en un camino de purificación. Hay recuerdos que todavía nos duelen. Hay pecados perdonados que siguen humillándonos cuando vuelven a la memoria. Pero precisamente ahí, en ese mismo corazón dolorido, Cristo vuelve a preguntarnos si le amamos. Y entonces comprendemos que el pecado no tiene la última palabra. La última palabra la tiene siempre su misericordia.


    Señor Jesús, haznos humildes como Pedro después de las lágrimas. Que nunca confiemos orgullosamente en nuestras fuerzas, sino únicamente en tu gracia. Y cuando el recuerdo de nuestra pobreza y debilidad nos entristezca, danos la paz de saber que Tú sigues confiando en nosotros. Amén.


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