En el último puente del 1 de mayo he estado en Fátima, acompañando una numerosa y fervorosa peregrinación. He regresado hace apenas unos días y, al acercarse de nuevo el 13 de mayo, la cercanía de su fiesta vuelve a traerme recuerdos muy concretos y hondos de mi vida.
Hace veintiocho años, precisamente un 11 de mayo, moría mi padre. Él vivía entonces en Huelva junto a mi madre, que llevaba ya mucho tiempo cuidándolo con una entrega admirable en medio de un Alzheimer muy avanzado. Dos días después, el 13 de mayo, celebramos en Huelva la misa de corpore insepulto para los familiares y amigos de aquella tierra donde él había nacido. Después acompañamos su cuerpo hasta Sevilla, hasta el cementerio de San Fernando, donde le dimos sepultura en la misma tumba de sus padres, mis abuelos paternos. Y esa misma tarde celebramos otra misa funeral en Sevilla, rodeados de la mayor parte de mi familia materna.
Hay fechas que permanecen grabadas en nuestro recuerdo. El tiempo sigue avanzando, los años pasan, llegan nuevas tareas y responsabilidades, nuevas preocupaciones y relaciones… pero algunas jornadas quedan para siempre unidas a ciertos acontecimientos que nos marcan. El calendario deja de ser algo neutro y las fechas comienzan a tener un peso humano. Mi padre murió con setenta y un años. Yo tengo ahora setenta. Y uno descubre de pronto que ha llegado ya a esa frontera de la vida que durante mucho tiempo veía todavía lejana. Cuando somos jóvenes no solemos pensar demasiado en estas cosas. Pero llega un momento en que empezamos a mirar el tiempo de otra manera. No necesariamente con tristeza, sino con más verdad.
Por eso la Iglesia santifica el tiempo. No vivimos solo entre ideas o recuerdos vagos. Vivimos entre aniversarios, rostros queridos, nombres, fiestas, antiguas fotografías, peregrinaciones, presencias y ausencias. Y en medio de todo eso, la fe intenta iluminar nuestra memoria. Los cristianos no olvidamos a quienes hemos amado. Los seguimos llevando dentro de nosotros y, en mi caso, cada día ante el altar del Señor.
Este año, al volver de Fátima, pocos días antes de su fiesta, todo esto ha regresado de nuevo a mi corazón con una fuerza especial. La primera vez que visité Fátima fue con mis padres y con mi hermana. Tenía entonces dieciséis años. Ante esa misma imagen de la Virgen he vuelto a rezar ahora. La misma imagen ante la que rezarán millares de personas cuando nosotros ya no estemos. Las generaciones pasan. Nosotros pasamos. María, sin embargo, sigue acompañando el camino de sus hijos generación tras generación.
Quizás hacerse mayor consiste también en esto: en aprender a mirar el tiempo con serenidad, sin cerrar los ojos a nuestra propia fragilidad, pero sin perder nunca la esperanza. Porque para un cristiano el recuerdo no es solamente nostalgia. El recuerdo también puede convertirse en gratitud y en espera.
Santa María, Madre de Dios, Virgen del Rosario de Fátima, acompáñanos en el transcurrir de nuestros años. Enséñanos a recordar el pasado con paz, a vivir el presente con verdad y a esperar el futuro con esperanza. Amén.
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