Ayer llegué al monasterio del Espíritu Santo, en El Puerto de Santa María. Esta antiquísima orden religiosa, fundada hace más de ocho siglos por el beato Guido de Montpellier, celebró hace poco los 825 años de su nacimiento. En otro tiempo estuvo muy extendida, pero hoy solamente quedan en el mundo cuatro monasterios contemplativos femeninos, y los cuatro están en España: dos en Andalucía y dos en Navarra. Nada más.
La orden del Espíritu Santo nació uniendo contemplación y caridad. Mientras la rama masculina tuvo tradicionalmente un carácter más activo y hospitalario, las religiosas españolas conservaron la vida contemplativa. Sin embargo, aquí, en este monasterio escondido y silencioso, la caridad sigue entrando todos los días por el torno.
Entre cincuenta y ochenta pobres llaman diariamente a esta puerta buscando algo para comer. Y las hermanas, los 365 días del año, les preparan bolsas con alimentos, bocadillos, fruta, leche o lo que tengan. Nunca dejan a nadie sin ayuda. Incluso, según me cuentan, aunque ellas mismas tengan que privarse de algo. Y entonces comprende uno que la contemplación verdadera nunca cierra el corazón, sino que lo ensancha.
Hoy celebraré aquí la fiesta de la Virgen de Fátima con las hermanas. Y me parece providencial prepararla precisamente en este monasterio dedicado al Espíritu Santo. Porque el Espíritu Santo no nos lleva hacia sí mismo, sino hacia Jesús. Él actúa silenciosamente dentro del corazón y nos conduce a reconocer a Cristo en la Palabra de Dios, en la Eucaristía y en los pobres.
Precisamente ayer por la mañana visité Onuva, una obra extraordinaria situada en una finca en el término municipal de La Puebla del Río (Sevilla). De ella me estuvo hablando, y amablemente me guió por sus dependencias y capilla, uno de sus iniciadores; alguien a quien ya considero amigo. Se trata de una realidad profundamente contemplativa y profundamente caritativa al mismo tiempo. Tiene tres grandes ejes: la Palabra de Dios, la Eucaristía y los pobres, entendidos todos ellos como verdadera revelación de la presencia de Cristo.
Me impresionó mucho una imagen que surgió hablando de esta obra: la de tantos hombres y mujeres que son como náufragos en el océano de la vida. Personas heridas, cansadas, rotas, perdidas. Y Onuva aparece para ellos como una ribera, una orilla donde refugiarse. Allí Dios, por manos humanas, sigue cuidando de sus criaturas.
He pensado hoy que ciertas conmociones interiores -como la que experimenté hablando con mi nuevo amigo- no son solamente fruto de la sensibilidad humana. Hay momentos en los que uno percibe que el Espíritu Santo toca algo dentro de nosotros, remueve el corazón y lo empuja suavemente hacia Dios. Y quizá María, la Virgen de las Gracias (así la veneran en Onuva), tenga mucho que ver con eso. Ella, a quien llamamos esposa del Espíritu Santo porque acogió plenamente su acción y dejó que su sombra la cubriera para engendrar a Jesús, sigue alcanzándonos a veces esta gracia interior.
Por eso siento este año la fiesta de Fátima casi como un pequeño Pentecostés anticipado. Y es una alegría profunda poder vivirlo en este monasterio escondido, silencioso y pobre, junto a estas hermanas que han entregado toda su vida a Dios Espíritu Santo.
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