”Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia” (Jn. 15,18-19).
Hay cristianos que todavía creen que el Evangelio consiste en caer bien. Su ideal parece reducirse a no incomodar nunca, no disentir jamás, no molestar a nadie. Han convertido la prudencia en miedo, la caridad en blandenguería y el respeto humano en norma suprema. Se esfuerzan tanto por parecer modernos, razonables y “equilibrados”, que terminan siendo indistinguibles del mundo que les rodea. Pero Jesucristo no dijo nunca: “Si el mundo os aplaude, vais por buen camino”. Dijo exactamente lo contrario. Y no porque el cristiano deba ser agresivo o fanático, sino porque la verdad molesta. Siempre ha molestado. La luz incomoda a quien vive cómodamente en la penumbra.
El mundo tolera bastante bien un cristianismo decorativo. Un cristianismo reducido a sentimientos vagos, frases bonitas y valores genéricos. Mientras la fe permanezca domesticada y silenciosa, no suele haber problemas. El problema empieza cuando el Evangelio deja de ser adorno y vuelve a convertirse en fuego. Lo que el mundo no soporta es una conciencia libre. Lo que incomoda es un cristiano que todavía cree que no todo vale lo mismo, que el pecado existe, que el alma importa más que la imagen y que la verdad no cambia porque cambien las modas.
Hoy muchos cristianos parecen pedir perdón por existir. Piden disculpas por creer. Piden disculpas por defender la vida, por hablar de pureza, por recordar que hay caminos que destruyen el alma. Tienen terror a ser llamados “rígidos”, “carcas”,“ultraconservadores” o “intolerantes”. Y así, poco a poco, el miedo al mundo termina siendo mayor que el temor de Dios. Muchos tienen hoy más miedo a parecer anticuados que a traicionar el Evangelio.
Mientras tanto, los mártires nos contemplan. Ellos no murieron por defender valores vagos ni consensos cómodos. Murieron porque se negaron a quemar incienso ante los ídolos de su tiempo. Y cada época tiene los suyos. Los antiguos adoraban al emperador; nosotros adoramos el placer, la comodidad, el cuerpo, la aprobación social y lo políticamente correcto. Cambian los nombres, pero los ídolos siguen exigiendo sumisión.
El problema de muchos cristianos modernos no es que casi hayan perdido la fe, sino que han perdido el coraje. Creen algo, quizá sí, pero creen escondiéndose. Creen pidiendo permiso. Y un cristianismo acomplejado termina siendo un cristianismo irrelevante. Jesús no nos llamó a diluirnos en el mundo como agua tibia. Nos llamó sal. Y Él mismo advirtió: “Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla afuera y que la pise la gente” (Mt. 5,13).
Hay quienes confunden la misericordia con la renuncia a la verdad. Pero Cristo jamás separó ambas cosas. Perdonó a la adúltera, pero añadió: “No peques más”. Amó al joven rico, pero no rebajó las exigencias para retenerlo cerca. Comió con pecadores, pero no llamó bien al mal ni oscuridad a la luz. A veces parece que algunos quisieran un cristianismo sin cruz, sin combate y, sobre todo, sin ridículo. Pero el ridículo ha acompañado siempre a los discípulos de Cristo. Los santos parecían exagerados a sus contemporáneos. Los mártires parecían fanáticos. Los puros parecían ingenuos. Y, sin embargo, ellos fueron la verdadera luz del mundo.
Quizá hemos hablado demasiado de adaptación y demasiado poco de conversión. Demasiado de aceptación y demasiado poco de santidad. Hemos hablado muchísimo de este mundo, del planeta en que vivimos, de su conservación y de su defensa, y hemos hablado muy poco del hombre, de su verdad interior, de su alma y de su ecología espiritual. Nos preocupa el aire contaminado, pero apenas nos inquieta el corazón contaminado. Nos alarman los mares enfermos, pero casi ya no hablamos de conciencias enfermas, de vidas vacías o de almas destruidas lentamente por el pecado y la mentira. El Evangelio no está llamado a confirmar al mundo en sus caprichos, sino a salvar al hombre. Y la salvación comienza muchas veces con una incomodidad interior. Nadie busca un médico mientras no reconoce su enfermedad. Nadie se convierte mientras todo le parece perfectamente normal.
Por eso un cristiano fiel terminará siendo incómodo tarde o temprano. No porque busque pelea, sino porque ciertas verdades simplemente no pueden decirse sin provocar rechazo. Y quien pretenda seguir a Cristo evitando cuidadosamente toda crítica, toda oposición y toda incomprensión, probablemente terminará evitando también el verdadero Evangelio. El mundo pasa. Sus modas pasan. Sus consignas pasan. También pasan sus burlas. Lo único que permanece es Cristo. Y vale infinitamente más ser rechazados con Él que aplaudidos sin Él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario