“Muchas veces y de muchos modos habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo” (Hb. 1,1-2).
Nos acercamos ya a la gran solemnidad de Pentecostés. Estamos viviendo los últimos días de preparación para la venida del Espíritu Santo. Y quizá una de las realidades más profundas que deberíamos redescubrir en este tiempo es precisamente la relación íntima que existe entre el Espíritu Santo y la Sagrada Escritura. Porque la Biblia no es simplemente un libro antiguo, ni solo una recopilación de experiencias religiosas del pueblo de Israel o de la Iglesia primitiva. La Palabra de Dios está atravesada por el soplo del Espíritu. Él es quien la inspira, quien la ilumina, quien la hace comprender y quien sigue hablando hoy al corazón del creyente.
La Carta a los Hebreos nos recuerda que Dios ha hablado “muchas veces y de muchos modos”. Toda la historia de la salvación está llena de esa voz divina que va llegando cada vez con más claridad al hombre. Dios habla en los profetas, en los acontecimientos cotidianos, en la Ley, en los Salmos, en la historia concreta de un pueblo pequeño y frágil... Pero todas esas palabras eran preparación de una Palabra definitiva: Jesucristo. Él no solamente trae un mensaje de Dios; Él mismo es el Verbo eterno del Padre hecho carne. Y el Espíritu Santo, que inspiró las Escrituras, es también quien nos conduce hacia Cristo y nos hace descubrir su presencia escondida en ellas.
Sin el Espíritu Santo no tendríamos nada, ni siquiera a Cristo. Fue el Espíritu quien descendió sobre María en Nazaret para que el Verbo se hiciera carne. Fue el Espíritu quien condujo a Jesús al desierto, quien llenó sus palabras de autoridad, quien sostuvo su entrega en la Cruz y quien resucitó su humanidad gloriosa. Y es también el Espíritu quien hoy nos permite reconocer a Cristo vivo en la Escritura, en la Iglesia y en los sacramentos. Sin Él, el Evangelio podría quedar reducido a letra, recuerdo o doctrina; con Él, se convierte en vida, fuego y presencia.
Por eso la Biblia no se comprende plenamente solo con inteligencia humana. Puede estudiarse como literatura, como historia o como documento antiguo, pero existe una profundidad espiritual que solamente el Espíritu Santo puede abrir. Hay frases del Evangelio que hemos leído decenas de veces y que un día parecen iluminarse por dentro. Entonces comprendemos que Dios sigue hablando ahora. La Escritura deja de ser algo lejano y comienza a alumbrar nuestra propia vida, sanar nuestras heridas, responder a nuestras dudas, colmar nuestras esperanzas y guiar nuestros caminos interiores.
Los santos han experimentado esto continuamente. Leían la Palabra de Dios no como quien consulta un libro, sino como quien escucha una voz viva. Y así, poco a poco, toda la existencia se iba transformando. También nosotros estamos llamados a entrar en esa escucha profunda. Pentecostés no es solamente el recuerdo de algo sucedido hace veinte siglos. Es pedir que el mismo Espíritu que inspiró las Escrituras venga también hoy sobre nosotros para abrir nuestros ojos, hacer arder nuestro corazón y enseñarnos a escuchar la voz de Dios escondida en medio del mundo y de nuestra propia historia.
Espíritu Santo, Tú que inspiraste las Escrituras y hablaste por los profetas, abre también nuestro corazón para comprender la Palabra de Dios desde dentro. Haz que no leamos nunca el Evangelio con frialdad o rutina, sino con hambre, silencio y amor. Amén.
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