Hoy, 15 de mayo, la Iglesia celebra a San Isidro Labrador, patrono de los hombres del campo y de muchos pueblos y ciudades de nuestra patria. Nacido probablemente en Madrid hacia el año 1080, vivió una existencia humilde, sencilla y trabajadora. Fue labrador, esposo de Santa María de la Cabeza (María Toribia), y padre de San Illán. Su vida no estuvo marcada por grandes empresas humanas, sino por algo más hondo: oración, trabajo, fidelidad, paciencia y caridad.
San Isidro trabajó las tierras de Iván de Vargas, en los alrededores de Madrid, y la tradición lo recuerda como un hombre que comenzaba su jornada con la misa y la oración, para después entregarse al trabajo del campo. De él se cuenta el milagro de los ángeles que araban mientras él escuchaba misa. Más allá del detalle legendario, la enseñanza es preciosa: cuando un hombre pone a Dios en el centro, su trabajo no queda abandonado, sino bendecido.
En España, los hombres y mujeres del campo viven hoy grandes dificultades. Trabajan mucho y ganan muy poco. Dependen de la lluvia, del sol, de las plagas, las heladas… de los precios, de los intermediarios, de unas ayudas que a veces no llegan o no bastan, y de una sociedad que necesita sus frutos pero no siempre reconoce su esfuerzo. Como cada vez son menos, también cuentan menos para quienes se fijan sobre todo en el número de votos. Y, sin embargo, sin ellos nos faltaría el pan y el vino, el aceite, la fruta, la verdura, la leche, la carne… la alimentación sana que sostiene cada día nuestra vida terrenal.
La vida del campo nos recuerda algo que estamos perdiendo: el contacto directo con la realidad. Ver crecer una planta, mirar al cielo y esperar la lluvia, conocer la tierra, contemplar con asombro la aparición de la flor, aguardar con ilusión la maduración del fruto, saber que no todo depende de nuestras prisas ni de nuestras máquinas. El campo enseña humildad, paciencia y esperanza. Enseña que hay que sembrar antes de recoger, cuidar antes de disfrutar, esperar antes de poseer. Por eso Jesús habló de semillas, viñas, mieses, higueras, trigo, cizaña, pastores y rebaños. El Evangelio tiene olor a tierra, a camino, a pan, a vendimia y a cosecha.
San Isidro y Santa María de la Cabeza nos recuerdan que la santidad puede florecer en una casa humilde, en un matrimonio sencillo, en una jornada equilibrada de trabajo, en una oración fiel y escondida. No todos están llamados a hacer cosas llamativas, pero todos estamos llamados a hacer con amor lo que Dios nos confía. Y quizá ahí, en lo pequeño, en lo repetido, en lo que nadie aplaude, es donde el cielo trabaja más silenciosamente.
Señor Jesús, bendice a los hombres y mujeres de los campos de España. Dales fuerza, justicia, esperanza y consuelo. Enséñanos a todos a valorar su trabajo y a no perder el contacto con la tierra que nos sostiene. Y haznos, como San Isidro y Santa María de la Cabeza, humildes, trabajadores, orantes y fieles. Amén.
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