jueves, 21 de mayo de 2026

EUCARISTÍA Y PENTECOSTÉS

 


    “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno” (Jn. 17,15).


    Las palabras de Jesús en la última cena poseen una profundidad inmensa. No pide al Padre que saque a los discípulos del mundo. No desea formar un pequeño grupo apartado de la historia, refugiado lejos de los problemas, de las luchas y del dolor humano. Al contrario. Los deja precisamente dentro del mundo. Allí tendrán que vivir, trabajar, sufrir, amar, anunciar el Evangelio y dar testimonio de Cristo. Pero pide algo esencial: que no pertenezcan al espíritu del mundo.


    Existe una gran diferencia entre vivir en el mundo y vivir mundanamente. El mismo Jesús compartió nuestra condición humana, recorrió los caminos de Palestina, entró en las casas, participó en comidas, lloró, trabajó y conoció el cansancio. Y, sin embargo, toda su vida permaneció interiormente unida al Padre. También el cristiano está llamado a vivir así: plenamente presente en medio de la realidad concreta, pero con el corazón sostenido por una presencia más profunda.


    Por eso la Eucaristía no nos encierra en un refugio espiritual para alejarnos de los hombres. Nos transforma lentamente para vivir entre ellos con otra mirada y con otro amor. Quien se alimenta de Cristo aprende poco a poco a llevar paz en medio de la violencia, esperanza en medio del cansancio y caridad concreta en medio del egoísmo cotidiano. La comunión no nos separa del sufrimiento del mundo; nos hace capaces de acercarnos a él sin perder el alma.


    Muy cerca ya de Pentecostés, la oración sacerdotal de Jesús (Jn. 17) adquiere un significado todavía más hermoso. Los discípulos no permanecerán encerrados para siempre en el Cenáculo. El Espíritu Santo los empujará hacia las calles, hacia los caminos y hacia el mundo entero. Pero saldrán transformados. Llevarán dentro de sí la memoria viva de aquella Cena en la que Cristo les entregó su Cuerpo y su Sangre. Pentecostés nace precisamente de ahí: de una Iglesia reunida alrededor de la Eucaristía y preparada por el Espíritu Santo para ser enviada al mundo.


    Señor Jesús, no permitas que el espíritu del mundo apague tu presencia dentro de nosotros. Haznos vivir en medio de la vida ordinaria con un corazón unido a ti. Y que, alimentados por la Eucaristía y fortalecidos por el Espíritu Santo, podamos llevar un poco de tu luz y de tu paz a los hombres de nuestro tiempo. Amén.

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