“Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía’. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía’. Pues cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva” (1 Cor. 11,23-26).
La segunda lectura de la misa de esta tarde es de san Pablo, de su primera carta a los Corintios, y nos sitúa en el corazón mismo de lo que celebramos. Comienza con una expresión que no debemos pasar por alto: “en la noche en que iba a ser entregado”. No es un detalle secundario, es el marco real en el que se va a instituir la Eucaristía. Y esa noche a la que se refiere san Pablo es la noche de hoy. No es en un momento de mucha paz, ni está envuelto en un clima de fidelidad, ni cuando todo está controlado. Es en la noche de la traición. Y en ella, precisamente en ella, Jesús no escapa, no se protege, no se defiende. Al contrario: se da. “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”. No es solo una frase, es una realidad sobrenatural. Es el Cuerpo entregado, anticipando la cruz, ofreciendo ya lo que al día siguiente será visible en el Calvario.
Y después, el cáliz. “Este es el cáliz de mi sangre… que será derramada…”. Aquí el tiempo parece detenerse. La sangre derramada no es una imagen bonita: es la vida ofrecida, el amor llevado hasta el extremo. Cada vez que pronunciamos estas palabras, no recordamos algo pasado: entramos en ese mismo misterio. Es el mismo sacrificio, la misma entrega, el mismo amor que no se reserva nada. Por eso, ese silencio que me gusta abrir tras el “será derramada” no es un vacío, sino un espacio sagrado donde el alma puede asomarse al misterio. Ahí se comprende que amar no es decir, sino darse; no es sentir, sino entregarse.
Y, sin embargo, ese sacrificio no queda atrás en el pasado. Se hace presencia. “Haced esto en memoria mía”. No es solo un recuerdo, es una permanencia. Jesús ha querido quedarse. No como idea, no como enseñanza, sino como presencia real, viva, silenciosa. El mismo que se entrega, permanece. El mismo que derrama su sangre, se nos da como alimento. La Eucaristía une para siempre estas dos dimensiones: sacrificio y presencia. No podemos separar una de otra. Si se pierde el sacrificio, la presencia se vacía; si se olvida la presencia, el sacrificio queda lejos. Pero unidos, forman el corazón mismo de nuestra fe.
Así, cada misa es un Jueves Santo, y cada consagración es un instante en el que el tiempo se abre y Cristo, que se ha hecho presente, vuelve a entregarse por nosotros y a quedarse con nosotros. Y nosotros, que tantas veces somos inconstantes, distraídos, incluso infieles, somos, sin embargo, invitados a participar de este misterio. Él no espera a que seamos dignos: se nos da para hacernos capaces. Se nos entrega para enseñarnos a entregarnos. Se queda para que aprendamos a permanecer.
Señor Jesús, en este Jueves Santo haznos entrar en el misterio de tu Cuerpo entregado y de tu Sangre derramada. Danos un corazón capaz de detenerse, de adorar, de comprender en silencio lo que sucede en cada Eucaristía. Enséñanos a permanecer contigo para que, alimentada por tu presencia, sepamos vivir una vida entregada por amor. Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario