miércoles, 8 de abril de 2026

EL CAMINO DE EMAÚS

 


    “Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús (…) y conversaban entre ellos de todo lo que había sucedido” (Lc. 24,13-14).


    El evangelio de la misa de hoy nos habla del camino de Emaús. Se parece muchas veces al que nosotros mismos llevamos. Es, en primer lugar, un camino de vuelta: el camino de quien empieza a perder la ilusión, de quien deja que la experiencia se transforme en desconfianza y el escepticismo en una mirada endurecida. Y es triste que un cristiano, que ha conocido al Señor, termine caminando así, como si ya nada pudiera sorprenderle ni salvarle.


    Es también un camino de falta de unidad. Los discípulos iban conversando, pero esa conversación era discusión, y por ello deja entrever una división interior, una dificultad para mantenerse unidos en lo esencial. Lo que debería sostenernos -el seguimiento de Jesús- ya no es vivido con la misma claridad. Entonces aparecen las grietas, las interpretaciones, las tensiones. El corazón dividido ya no camina con firmeza.


    Es además un camino de tristeza. Se detienen “con aire entristecido”. Nada ha sucedido como esperaban. Sus ilusiones se han venido abajo. Y sin embargo, lo que ellos viven como fracaso es en realidad el gran acontecimiento de la historia de la salvación. Pero el corazón herido no sabe entender a Dios. La tristeza cierra los ojos y nubla la mirada, de modo que incluso la presencia de Jesús pasa desapercibida.


    Sin embargo, este camino es también -afortunadamente- camino de apertura. Los discípulos acogen la palabra de Jesús, la escuchan en profundidad, no se sienten ofendidos cuando Él les dice “¡qué torpes y necios sois!”, sino que, con humildad, permiten que esas palabras los iluminen. Poco a poco el corazón comienza a arder; la luz entra sin hacer ruido, pero transforma todo.


    Finalmente le abren la puerta: “quédate con nosotros”. Lo invitan a entrar, a compartir la mesa, su vida, su intimidad. Acontece el reconocimiento; desde entonces ven y todo cambia. El camino deja de ser huida para convertirse en retorno al amor primero.


    Señor Jesús, cuando mi camino sea de vuelta y el corazón se endurezca, acércate Tú a mí. Hazme humilde para acoger tu Palabra, aunque tu corrección me duela. Enciende mi corazón con el fuego de tu presencia y dame la gracia de abrirte la puerta de mi vida, para que, al reconocerte, vuelva a ti con alegría renovada. Amén.


No hay comentarios:

Publicar un comentario