“Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría… y vuestra alegría nadie os la quitará” (Jn. 16,20.22).
Después de contemplar el amor como primer fruto del Espíritu Santo, nos detenemos ahora en la alegría. No se trata de algo superficial o pasajero, ni de una simple reacción ante lo que nos agrada, sino de una realidad más honda que nace de la presencia de Dios en el alma. La alegría cristiana no depende de que todo vaya bien, ni desaparece cuando llegan las dificultades. Es un fruto, es decir, algo que brota cuando el Espíritu Santo actúa en nosotros y va transformando poco a poco nuestro corazón.
“Vuestra tristeza se convertirá en alegría”. La alegría puede convivir con las lágrimas, porque no es lo contrario del dolor -lo contrario del dolor es el placer-, sino que es lo contrario de la infelicidad. Quien se sabe amado, perdonado, acompañado, comienza a experimentar una especie de luz interior que no se apaga fácilmente. Y quien toma conciencia de que, a pesar de ser criatura pequeña y pecadora, polvo y ceniza, con sus obras, puede sin embargo dar alegría al corazón de Dios, entra en un misterio profundísimo. Esta es la alegría que nadie nos podrá arrebatar.
Esta alegría se manifiesta de modos diversos. A veces es una serenidad profunda, una paz que sostiene en medio de las luchas de la vida. Otras veces es una claridad interior que permite seguir adelante incluso cuando todo parece oscuro. Y en ocasiones se desborda en el gozo, que impulsa a cantar, a dar gracias, a bendecir a Dios con entusiasmo. Pero, en cualquiera de sus formas, no nace de fuera, sino de dentro: es la huella del Espíritu en el alma.
Por eso, la alegría es también un signo visible. No siempre se traduce en gestos llamativos, pero sí en una manera distinta de estar en la vida: más confiada, menos amarga, más abierta a la esperanza. Un cristiano no está llamado a una tristeza permanente, sino a dejar que el Espíritu vaya transformando su interior hasta hacerlo capaz de vivir, incluso las pruebas, con una luz nueva. Así, la alegría se convierte en testimonio silencioso, pero elocuente.
Sin embargo, esta alegría puede debilitarse cuando el corazón se cierra. El pecado, el repliegue sobre uno mismo, la autosuficiencia, van apagando esa luz. Por eso es necesario volver una y otra vez a Dios, dejarnos reconciliar por Él, recuperar la sencillez de quien se sabe necesitado. Y entonces, sin ruido, como un don que vuelve a brotar, la alegría renace en lo más profundo del alma.
Señor Jesús, danos la alegría que nace de Ti, esa que no depende de nada exterior y que nadie puede quitarnos; haznos vivir sostenidos por tu amor, incluso en medio de las lágrimas, y conviértenos en testigos de esa alegría que solo tu Espíritu puede dar. Amén.
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