sábado, 11 de abril de 2026

SECUENCIA PASCUAL (y III)

 


Primicia de los muertos,

sabemos por tu gracia

que estás resucitado;

la muerte en ti no manda.


Rey vencedor, apiádate

de la miseria humana

y da a tus fieles parte

en tu victoria santa.

(Secuencia litúrgica pascual, siglo XI).


    En la ilustración que acompañaba a la entrada de ayer veíamos a María en actitud de testigo: “¿qué has visto, María, en la mañana?”. Su mirada se dirigía al Resucitado, cuya mano bendecía, mientras al fondo los ángeles aparecían como testigos, junto al sudario y la mortaja. Todo hablaba de un hecho, de algo sucedido realmente. Pero hoy, en estas últimas estrofas, la secuencia cambia de nuevo el ritmo: ya no es narración y diálogo, sino confesión y súplica.


    Ahora la Iglesia proclama con certeza: “Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado”. Ya no se trata solo de lo que otros han visto, sino de lo que nosotros creemos. La fe pascual es un conocimiento recibido, una luz que se nos ha dado. No nace de nuestro esfuerzo, sino de su gracia. Y por eso podemos afirmar con firmeza: “la muerte en ti no manda”. La muerte ha perdido su dominio, ha sido vencida desde dentro por Aquel que ha entrado en ella.


    Y entonces la alabanza se transforma en oración: “Rey vencedor, apiádate de la miseria humana”. El que ha vencido no se aleja, no se desentiende, sino que se inclina con misericordia sobre nuestra pobreza. La victoria de Cristo no es algo que contemplamos desde lejos; es una victoria en la que podemos y queremos participar. Por eso pedimos: “da a tus fieles parte en tu victoria santa”. No solo para admirarla, no solo para celebrarla, sino para entrar en ella, vivir de ella, dejarnos transformar por ella.


    Así termina la secuencia: comenzaba con una invitación a la alabanza, pasaba por el testimonio de quien ha visto, y termina en una súplica confiada. Porque la Pascua no es solo un acontecimiento que se proclama, sino una gracia que se pide y se recibe.


    Señor Jesús, primicia de los muertos y Rey vencedor, aumenta en nosotros la fe en tu Resurrección. Que vivamos como hombres redimidos, sabiendo que la muerte ya no tiene la última palabra. Ten misericordia de nuestra pobreza y haznos partícipes de tu victoria, para que vivamos desde ahora en la luz de tu Pascua. Amén. Aleluya.

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