lunes, 20 de abril de 2026

DON DE FORTALEZA: PERMANECER FIELES EN LA PRUEBA (V)

 


    “El Señor es mi fuerza y mi poder, Él fue mi salvación. Él es mi Dios: yo lo alabaré; el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré” (Ex. 15,2).


    Así como el don de sabiduría nos permite gustar de Dios y verlo todo desde Él, el don de entendimiento nos introduce en su verdad, y el don de consejo nos ayuda a elegir según Dios, el don de fortaleza nos sostiene para permanecer fieles a Él en la prueba. No se trata ya solo de conocer o de decidir, sino de mantenerse, de perseverar, de no ceder cuando el camino se vuelve difícil.


    La vida cristiana no transcurre siempre en la claridad ni en la consolación. Hay momentos de resistencia, de cansancio, de lucha interior, en los que el bien conocido y elegido se vuelve exigente. Es entonces cuando aparece la necesidad de una fuerza que no procede de nosotros mismos. El don de fortaleza no es simplemente valentía ni firmeza de carácter: es una energía interior que el Espíritu infunde para sostener al alma cuando sus propias fuerzas no bastan.


    El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la fortaleza asegura, en las dificultades, la firmeza y la constancia en la búsqueda del bien, ayudando a resistir las tentaciones y a superar los obstáculos en la vida moral (cf. CEC 1808). Esta es la virtud de la fortaleza, que el hombre, con la gracia de Dios, puede adquirir y ejercitar. Pero el don de fortaleza no se sitúa en ese mismo plano: no es fruto principalmente del esfuerzo humano, sino una gracia que el Espíritu Santo infunde en el alma, elevando y perfeccionando esa capacidad.


    Por eso, cuando la dificultad sobrepasa lo que humanamente podemos sostener, el don de fortaleza actúa de un modo más profundo. No es solo resistencia, sino una fuerza que viene de Dios y que sostiene desde dentro. Es la gracia de permanecer, de no retroceder, de seguir adelante con una fidelidad que no se apoya en uno mismo, sino en Dios.


    Quien vive bajo este don no deja de sentir la debilidad, pero tampoco se deja vencer por ella. Puede experimentar cansancio o fragilidad, pero en lo más hondo hay una firmeza que no cede. Es una fuerza serena, sin dureza ni violencia, que se manifiesta en la constancia silenciosa, en la paciencia, en la perseverancia. Es la fortaleza de los santos, la que permite atravesar la prueba sin perder la paz y sostener el bien sin abandonarlo.


    Este don se acoge en la confianza. No nace del esfuerzo tenso, sino de apoyarse en Dios, de saberse sostenido por Él. En la oración, en la fidelidad a lo cotidiano, en la aceptación de la propia debilidad, el alma se abre a esta fuerza que no es suya, pero que la habita. Y así aprende, poco a poco, a permanecer firme no por sí misma, sino por la presencia del Espíritu que la sostiene.


    Señor, concédenos el don de fortaleza. Sostén nuestra debilidad, fortalece nuestro corazón en la prueba y no permitas que retrocedamos cuando el camino se vuelve difícil. Danos una fidelidad firme y serena, para que, apoyados en ti, sepamos permanecer siempre en tu amor. Amén.

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