“Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc. 21,19).
Después de haber contemplado en los días pasados cómo el Espíritu Santo hace brotar en el alma el amor, la alegría y la paz, nos detenemos hoy en un cuarto fruto: la paciencia, que también se traduce en ocasiones como longanimidad. Ambas expresiones son válidas, pero no significan exactamente lo mismo. La paciencia se refiere más bien a la capacidad de soportar con serenidad las dificultades inmediatas, lo que cuesta aquí y ahora; la longanimidad, en cambio, introduce un matiz de duración, de recorrido más largo. Es la capacidad de mantenerse firme sin perder el ánimo cuando las cosas negativas se alargan, cuando no cambian las circunstancias adversas, cuando el tiempo previsto por Dios para la prueba parece dilatarse. No se trata de una simple resignación ni de aguantar sin más lo que nos sucede, sino de una actitud más honda, que tiene su raíz en Dios.
“Con vuestra perseverancia…”. Jesús no habla de una resistencia tensa o amarga, sino de una perseverancia que nace de la confianza. Es la actitud de quien sabe que Dios conduce su vida, incluso cuando no comprende lo que está viviendo. Por eso, incluso en medio de la prueba, del dolor o de la incertidumbre, esta perseverancia puede mantenerse. No depende de que todo se resuelva pronto, porque se apoya en una relación viva con Dios. Muchas veces nos impacientamos. Queremos resultados inmediatos. Buscamos soluciones rápidas. Nos cuesta aceptar los procesos, los ritmos, los tiempos de Dios. El Espíritu Santo, cuando actúa en nosotros, va ensanchando el corazón. Lo hace más capaz de esperar, de permanecer, de seguir confiando incluso cuando todo parece lento o incierto. Y de esa espera habitada por Dios brota la paciencia.
Pero la paciencia no se queda en el interior. Como todo fruto del Espíritu Santo, se hace visible. Una persona paciente es una persona que no se precipita, que no responde con dureza, que sabe escuchar, que soporta con serenidad las limitaciones propias y ajenas. En un mundo marcado por la prisa, la exigencia y la inmediatez, la paciencia es uno de los signos más claros de que Dios está actuando.
Por eso, la paciencia es un fruto que el Espíritu Santo va haciendo crecer en nosotros. No nace de nuestro esfuerzo, sino de su acción en el alma. Cuando le dejamos actuar, cuando no nos cerramos a Él, va ensanchando el corazón, lo hace más capaz de esperar, de permanecer, de seguir confiando incluso cuando todo parece lento o incierto. Y así, poco a poco, casi sin darnos cuenta, nuestra vida se vuelve más serena, más firme, más confiada.
Espíritu Santo, Tú que conoces nuestros tiempos y sostienes nuestra debilidad, enséñanos a esperar sin inquietarnos, a perseverar sin cansarnos, a confiar cuando no vemos. Ensancha nuestro corazón para que pueda acoger los ritmos de Dios y permanecer en Él en medio de la prueba. Que no busquemos atajos, sino que aprendamos a caminar siguiendo a Jesús, paso a paso, cargando con nuestra cruz. Amén.
🙏🏽 Que así sea si Dios lo quiere 🙏🏽
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