¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.
(Secuencia litúrgica pascual, siglo XI).
En la ilustración que acompañaba ayer las tres primeras estrofas se veía con claridad un gesto de ofrenda muy expresiva: una mano que se alzaba con una rama, como símbolo de alabanza. Aquella imagen ayudaba a comprender bien la invitación inicial: “ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza”. Era la respuesta del creyente ante la victoria de Cristo, la alabanza que brota de la Pascua.
Pero ahora la secuencia cambia de tono. Ya no se trata de ofrecer, sino de escuchar. La Iglesia introduce una voz concreta, un testimonio, un diálogo. Y pone en el centro a María Magdalena, la mujer que ha visto, la primera testigo. Se le pregunta: “¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?” No es una curiosidad superficial, es la necesidad de acoger la palabra de quien ha encontrado al Señor, o ha sido encontrada por Él.
La respuesta es sobria y llena de contenido: “A mi Señor glorioso, la tumba abandonada”. No comienza por teorías ni explicaciones, sino por hechos, por lo que aconteció realmente. Por eso esta secuencia es tan densa, tan condensada: dice mucho con muy pocas palabras. La tumba está “abandonada”, es decir, está vacía. Y añade: “los ángeles testigos, sudarios y mortaja”. Los ángeles, presentes en el interior, son testigos e intérpretes de lo sucedido, los que dan sentido a ese vacío. Y el sudario y la mortaja están allí abandonados: ya no cubren ningún cadáver. Todo habla, todo indica, todo apunta en una dirección. La muerte no ha retenido al que es la Vida.
Y entonces irrumpe la confesión: “¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!”. No dice solo que Cristo ha resucitado; dice que ha resucitado “mi amor y mi esperanza”. La Resurrección no es una verdad abstracta: toca el corazón, transforma la vida, lo reordena todo. Aquello que parecía perdido -el amor, la confianza, el sentido profundo de todo- vuelve a levantarse con Él.
Finalmente, el testimonio se convierte en llamada: “Venid a Galilea, allí el Señor aguarda”. La fe no se guarda, se comunica. Quien ha visto, invita. Y señala un lugar: Galilea, el comienzo, la vida concreta, el espacio donde todo empezó. Allí, en lo ordinario, “veréis los suyos la gloria de la Pascua”. No en lo extraordinario, sino en el camino de cada día es donde el Señor Resucitado se deja encontrar.
Señor Jesús, resucitado y vivo, danos acoger el testimonio de quienes te han visto. Haz que también nosotros podamos decir: Tú eres mi amor y mi esperanza. Condúcenos a nuestra Galilea, al lugar donde nos esperas, para reconocerte vivo y dejarnos transformar por tu presencia. Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario