“Le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: ‘¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?’. Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando” (Jn. 12,2-6).
Los lunes, para muchas personas, tienen algo de cuesta arriba. Cuesta empezar, cuesta retomar el ritmo, cuesta ponerse en marcha. Pero este lunes es distinto: es lunes santo. Y santos deberían ser todos los lunes, aunque este lo es de una manera especial.
En el Evangelio de la misa de hoy aparecen varios personajes en los que podemos vernos reflejados. Marta sirve. Está pendiente de todo, cuida los detalles, procura que Jesús esté a gusto, que la cena sea agradable. Es el arte de la hospitalidad: el amor que se pone en lo concreto. Quizá pasa desapercibida porque en esas cosas la mayoría no se fija. No busca protagonismo ni reconocimiento; ama sirviendo, sirviendo a sus hermanos, a los invitados y, sobre todo, a Jesús y también a los apóstoles.
María, por el contrario, actúa de una forma distinta. Toma el perfume, un perfume de nardo exquisito y carísimo, y lo derrama sobre los pies de Jesús. No piensa en guardar una parte para otro día, no se reserva nada ni calcula el coste: lo da todo. Y eso es lo que Jesús merece: ni mucho ni poco, sino todo. Después se inclina hasta el suelo y le seca los pies con su cabellera, en un gesto humilde y lleno de amor que la deja a ella envuelta en el mismo aroma.
Judas, como los demás apóstoles, también está a la mesa con Jesús. Ha visto y oído lo mismo que los otros, pero su reacción es muy distinta. Critica, pone objeciones, aparenta una falsa prudencia, habla de los pobres… Pero el Evangelio nos dice claramente que no era verdad. Está cerca de Jesús, pero en realidad su corazón está muy lejos de Él.
Y en Lázaro nos podemos ver reflejados todos nosotros. Ha estado muerto, pero Jesús lo ha sacado del sepulcro, le ha devuelto la vida. Con la ayuda de sus hermanas ha sido desatado, liberado. Y ahora está sentado a la mesa con Jesús. Esa mesa es imagen de la Eucaristía. Nosotros somos Lázaro: hemos recibido la vida del Señor y se nos invita cada día a sentarnos con Él a su mesa. No venimos como quien tiene algo que dar, sino como quien lo ha recibido todo. Por eso nuestra vida tiene que ser una continua y sincera acción de gracias.
Señor Jesús, danos un corazón sencillo para servir como Marta; un corazón generoso para entregarnos en todo y del todo como María. Líbranos de la dureza de Judas, y haznos vivir como Lázaro, agradecidos por la vida que nos has dado y fieles a la mesa a la que nos invitas. Amén.
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