viernes, 27 de marzo de 2026

CONTEMPLAR CON MARÍA


    “Oh, Dios, que en este tiempo otorgas con bondad a tu Iglesia imitar devotamente a santa María en la contemplación de la pasión de Cristo, concédenos, por la intercesión de la Virgen, adherirnos cada día más firmemente a tu Hijo unigénito y llegar finalmente a la plenitud de su gracia. Él, que vive y reina contigo…” (Oración colecta, Viernes de la 5ª semana de Cuaresma).


    Hoy es el viernes de la quinta semana de Cuaresma, tradicionalmente llamado en España viernes de Dolores, y que constituye un umbral espiritual que nos introduce en la Semana Santa. Durante siglos, este día ha estado marcado por la contemplación de María al pie de la Cruz, asociando el dolor de la Madre al sacrificio redentor del Hijo. En la actual edición del Misal Romano, se ofrece la posibilidad de elegir entre dos oraciones colectas: la habitual y otra que puede utilizarse cuando se hace memoria de la Santísima Virgen de los Dolores en la celebración, recogiendo así litúrgicamente esta antigua sensibilidad del pueblo cristiano.


    La oración que la liturgia nos propone, y que hoy podemos meditar, nos introduce en un matiz profundamente mariano de la vida espiritual: no se trata solo de mirar la Pasión de Cristo, sino de aprender a mirarla como la miró María. Ella no es una espectadora lejana, sino la que contempla con amor, con fe, con una profunda unión de corazones, permaneciendo junto a la Cruz. La Iglesia pide, en la oración de este día, poder imitar esa contemplación devota, que no es un simple ejercicio de piedad, sino una forma de participación real en el misterio de Cristo. Mirar como María es ya comenzar a amar como Ella, y amar así es entrar en el misterio de la Redención.


    Por eso, la súplica se hace más concreta: “adherirnos cada día más firmemente” al Hijo. No basta una emoción pasajera ante el sufrimiento de Jesús; se nos pide una adhesión creciente, estable, transformante. María aparece entonces como intercesora y como modelo, porque la unión con su Hijo no fue intermitente ni superficial, sino total y constante, hasta el extremo. Y el horizonte final de esta unión es claro: llegar a la plenitud de su gracia. No se trata solo de acompañar a Cristo en su Pasión, sino de participar también en la vida nueva que brota de ella, en esa gracia que nos configura con Él y nos introduce, poco a poco, en la comunión plena con Dios mismo.

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