sábado, 21 de marzo de 2026

EL TALLER DE LA REDENCIÓN


    Este cuadro con el que ilustrábamos la entrada de ayer (y cuyos detalles ofrecemos abajo) es obra de John Everett Millais, un pintor inglés del siglo XIX. Su título es “Christ in the House of His Parents” y fue pintado en 1849-1850, conservándose actualmente en la Tate Britain de Londres. Después de haberlo contemplado y meditado largamente, les ofrezco mis reflexiones.


    En el silencio luminoso del taller de Nazaret, todo parece sencillo, casi insignificante, y sin embargo todo está lleno de sentido. En el centro, el Niño Jesús muestra su mano herida. No es solamente un pequeño accidente en el taller. Es una herida mostrada, ofrecida, compartida. También el pie muestra la sombra de un rasguño o cicatriz. María se arrodilla para ponerse a su altura, y es besada con una extraordinaria ternura, intuyendo más de lo que se ve con los ojos. Ese beso no es sólo respuesta de amor a su solicitud, sino respuesta de amor a un misterio que apenas comienza a manifestarse. Porque la mano, hoy herida por una astilla, será un día traspasada por un clavo, y Ella, que ahora le consuela, volverá a contemplarla entonces, permaneciendo fiel al pie de la Cruz.


    San José se acerca con un gesto de gran delicadeza. Su mano izquierda parece tocar con respeto dos dedos de la mano herida del Niño, mientras que su derecha descansa sobre el hombro de Jesús. Mantiene la distancia, no invade el espacio, no sustituye a María. Su gesto es de presencia, de apoyo, de cuidado. José acompaña el dolor sin dramatizarlo, lo acoge dentro del ritmo del trabajo y de la vida. En él se revela la fuerza silenciosa del que custodia el misterio sin necesidad de palabras.


    A ambos lados de la escena, enmarcándola, aparecen dos aprendices: uno joven y otro niño. En el joven yo veo a Caín y en el niño a Abel. El primero, ante una ventana que se abre al campo (Caín era agricultor), continúa su tarea, pero su mirada no es franca ni directa. Observa la escena, pero sin enfrentarse del todo a ella. El segundo, en cambio, va sorprendentemente cubierto con una piel (Abel era pastor). Mira de reojo, asustado, como si intuyera el drama que se esconde tras la pequeña herida y el peligro latente en la mirada de su hermano. El niño se identifica fácilmente con el herido, pues quizás también un día su sangre será derramada. Entre ambos aprendices se establece así una tensión silenciosa: Caín y Abel vuelven a encontrarse, y la sangre del Niño Jesús será el precio de la sangre derramada por Caín, porque este Niño ha venido a redimir el pecado del mundo.


    Al fondo vemos la figura de una mujer anciana (¿Ana?) que subraya el carácter familiar e íntimo de la escena. Sobre una escalera una paloma parece dormitar, mientras que tras la ventana asoman ovejas y corderos que parecen muy atentos espectadores y miran casi con asombro. Evocan un mundo creado para la paz y ahora sometido a la realidad y al desorden del pecado. Acuden a mirar al Niño herido, porque ellas son ovejas perdidas que un día serán encontradas por esa sangre. La creación entera, “sometida a la vanidad del pecado” (Rom. 8,20), contempla desconcertada la violencia y el pecado de los hombres, y el precio de su Redención.


    Los personajes están descalzos. No es un detalle menor. En todas las representaciones con que yo ilustro estas entradas, los personajes están descalzos. Para mí la descalcez expresa pobreza interior, vulnerabilidad y también reverencia, como la que mostró Moisés ante la zarza ardiente al descalzarse en presencia de Dios. Es un mudo reconocimiento de que el hombre es profundamente pobre y de que se encuentra ante un misterio que lo sobrepasa. Es también una aceptación de la realidad tal como es, sin defensas ni artificios, en estrecho contacto con la tierra. El hombre tal como es, ante un Dios tal como es.


    Y si centramos nuestra atención en la herida, herida pequeña pero verdadera, la sangre la derrama el Niño, pero no la sufre Él solo. María también la sufre conmovida; José la sostiene con delicadeza. Es un dolor compartido, sostenido en el amor. Así comienza la Redención de los hombres, en la vida oculta, en lo cotidiano, en el silencio de un humilde taller lleno de virutas y herramientas. Pero ya todo está contenido ahí: el pecado del mundo y el Amor que carga con el dolor y lo transforma.


    Señor Jesús, que has querido mostrarnos tus heridas desde la infancia, danos un corazón humilde y “descalzo”, capaz de reconocerte, de acompañarte, de consolarte y reparar con amor las heridas que te inflige el mundo y yo pecador. Amén.








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