“De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: ‘Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: ‘Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo’. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: ‘Levantaos, no temáis’” (Mt. 17,3-7).
La escena narrada en el evangelio de hoy se abre con una revelación: Moisés y Elías conversan con Jesús. La Ley y los Profetas dialogan con Él como reconociendo que todo lo anunciado en la Sagrada Escritura encuentra ahora su plenitud. No es un coloquio cualquiera: es el Antiguo Testamento inclinándose ante su cumplimiento. Y Pedro, conmovido por la hermosura de ese instante, quiere detenerlo, fijarlo, habitarlo para siempre. “¡Qué bueno es que estemos aquí!”. Es el deseo humano de eternizar la consolación, de prolongar la luz, de construir tiendas para que lo eterno no se nos escape. Pero la experiencia de Dios no se posee; se recibe y se continúa en el camino.
Mientras Pedro habla, la nube luminosa los envuelve. La nube es signo de la Presencia que oculta y revela a la vez. No permite ver del todo, pero deja sentir que Dios está allí mismo. Y desde la nube resuena la Voz del Padre: “Este es mi Hijo, el amado… Escuchadlo”. La clave no es construir tiendas, sino escuchar. No es tratar de retener la experiencia, sino acoger la Palabra. En la cima del monte no se nos pide administrar la experiencia, sino dejarnos enseñar por Dios. La auténtica experiencia mística no es evasión, sino obediencia amorosa a la Voz que nos conducirá después a la llanura.
Los discípulos caen rostro en tierra, llenos de espanto. Cuando la Gloria se manifiesta, el hombre no solo descubre su pequeñez, sino que queda turbado y desarmado ante lo Santo. Pero entonces sucede el gesto más delicado del episodio: Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levantaos, no temáis”. El Dios que deslumbra es el mismo que toca con ternura. El que habla desde la nube es el que se inclina y roza la fragilidad. Toda experiencia verdadera de Dios termina en esta palabra: no temáis. No temáis la luz, no temáis la cruz que vendrá después, no temáis bajar del monte. Él ha tocado nuestra vida.
Señor Jesús, que en la luz de tu gloria nos atraes y con el contacto de tu mano nos sostienes, enséñanos a escucharte en la nube y en el camino, y a no temer cuando tu Voz nos conduzca más allá de nuestras tiendas. Amén.
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